EL CENTRO SIEMPRE ES IMPREDECIBLE

Por Martín Pont.

A él que era
rey de esta jungla
se le soltó un patín

Mientras la crisis se acelera y los otrora paladines estrella del desarrollo y la comunicación tambalean atrapados en su propio juego, la Argentina existe. Y sus lógicas también. Como adelantamos en Otra vez, la rueda de ciclos (económicos, políticos, sociales) –el “péndulo”– captura, más temprano o más tarde, y ahoga a todo aquel que no pueda romperla.

Cambiemos, como dijimos, pareció entender su posición: intentó organizar un proyecto de orden alternativo y hegemónico, y fracasó. Y si hace tres semanas (cuando todo era un desastre, pero todavía parecía obvio que “el 10 de diciembre de 2019 iba a asumir el 9° gobierno electo…”, algo no tan seguro hoy en día) ya podíamos decir que aquel proyecto había fracasado no es porque eramos adivinos, sino porque la propia lógica de la rueda lo adelantaba. El macrismo perdió la iniciativa –su única esperanza de salir de la trampa– y pasó los últimos 8 meses a la defensiva, corriendo atrás de la pelota y tratando de contentar a “los mercados”. Es decir, abandonó cualquier esperanza de escapar de la rueda y se entregó, entero, a jugar (y generalmente jugar mal) dentro de las reglas que aquella le imponía. En ese momento, ya estaba muerto.

Posicionado en el vértice de todas las demandas sociales y económicas, el presidente y su equipo fueron perdiendo momentum, y con ello poder, representatividad y –lo más grave– libertad de acción: maniatados por las circunstancias, confusos y excedidos por las cosas que pasaron, quedaron en la peor posición en la que te puede poner la rueda. Quedaron en el centro de todas las miradas, en un ambiente adverso y con contadas herramientas. Y el que está en el centro y no se mueve, aquí, está muerto.

Y lo saben. Cuando Macri culpa a la mala fortuna (a Brasil, Turquía, Estados Unidos, la sequía, la “intransigencia opositora” (?), a “todas las tormentas juntas”) mientras pide misericordia, lo hace con el capítulo XXV del Príncipe de Maquiavelo bajo el brazo. La frase “veníamos bien pero pasaron cosas” quiere transmitir la situación trágica en la que se encuentra el pobre Mauricio, que aún haciendo todo bien es arrastrado por un “río impetuoso” de mala fortuna que excedía a sus capacidades humanas. Quiere empatía. Mauricio Macri pide empatía.

No entiende el lugar que ocupa, diría Maquiavelo, porque se rinde ante lo que pasa a su alrededor, en vez de interpretarlo y actuar en consonancia. No entiende que “triunfa el que acomoda su manera de proceder a las circunstancias del momento, e igualmente fracasa quien en su proceder entra en desacuerdo con ellas”. Es él, como todo Jefe de Estado, el que está en el centro de la escena y el que por razones lógicas se enfrenta, día a día, con la fortuna. Es él quien, con capacidad e ímpetu, debe doblegarla. ¿O acaso los Kirchner, con sus ministros tan vapuleados por los “técnicos” cambiemitas, gobernaban en un país en el que no pasaban cosas? ¿Cómo hicieron? ¿Tuvieron más suerte, aún gobernando cuatro veces más tiempo? ¿No le da vergüenza al macrismo agraviar de semejante manera a la política, llorando malas fortunas y subordinando su gestión a lo que pasa más allá de ella?

El sueño macrista, la imagen del futuro que los propios dirigentes de Cambiemos quisieron construir, pensó por un rato que podía controlar la gran mayoría de las variables de la realidad nacional. Tenían buenas razones, por supuesto: efectivamente la mayoría de las variables los miraba con buena cara, salvo aquella odiosa alianza defensiva. Pero quisieron montar ese proyecto sobre un país con una lógica (que ya desarrollamos) que determinaba desde el minuto uno que, por más que rezaran a los dioses de la estabilidad, por más que quisieran muy fuerte controlar todo, las cosas iban a pasar. Como le pasaron a Néstor y Cristina en el 2008-9, sólo para poner un ejemplo. Porque en el centro las cosas pasan.

Gobernaron a la Argentina como si fuera un país de mierda (como señala brillantemente el Documento del grupo Fragata), pero a la vez le pidieron que se comporte como Suiza. Que no haya caos ni fuego; que no haya intrigas políticas y corridas cambiarias; que no hubiera ninguna oposición ni que los intereses cortoplacistas empresariales se tradujeran en lobby. Quisieron ordenar el desorden desde arriba, como si con una operación de la imaginación alcanzara, y después se quejaron de que “este es un país muy difícil para gobernar”. ¿Por qué será que “los populistas” la tuvieron tanto más fácil? Seguramente, algo tuvo que ver que operaran dentro de la realidad del conflicto y la contingencia en vez de mirar para otro lado. Será que le hicieron caso a Maquiavelo.
Pero hoy, mientras todo se hunde, a cualquiera le divierte hablar mal del derrotado. ¿Cual es el rol de la oposición –mejor dicho, de la verdadera oposición: la alianza defensiva– en todo este asunto? Aparece como algo lógico que, siendo oposición, el campo popular sea de corte defensivo. Que lógicamente, cuando se es oposición se defiende y cuando se es oficialismo se avanza. Es decir, en el centro hay que pensar en avanzar, pero cuando se está en la periferia la prioridad es no morir. Así, la táctica de Cristina (que indiscutiblemente expresa aquella alianza) no requeriría más que esperar a que “la rueda haga lo suyo” para tomar nuevamente la centralidad, mientras resiste embates judiciales.

Pero, como la nota del colega Sznaider insinúa, ese retorno no sería, en el caso eventual de que suceda, en el marco de un ciclo normal, sino con una economía que va a seguir demandando ajuste y con un contexto general absolutamente adverso, sin margen para que con agitar la bandera de la expansión se despejen las nubes.

Además, incluso si no fuera así, el peronismo seguiría atrapado en la rueda. La pregunta que aflora, entonces, es cómo hacer, en tanto alianza defensiva, para construir el “palacio de la victoria”. Y antes que el cómo, el cuándo: ¿Cuándo aparece el momento de la Victoria? ¿Dónde se construye el proyecto, el “intento”, del campo popular por romper la rueda? ¿Una vez que se alcance el gobierno, en el centro, o en la resistencia/oposición, en la periferia?

La idea de que a los actores políticos “les tocan” roles según su posición relativa en el campo de juego se corresponde perfectamente con la dinámica de los ciclos de O’Donnell. Eso es lo que hay que romper. En el centro, la contingencia invade al político y, al estar en primera línea de fuego, nadie recibe los golpes antes que él. La propia lógica del centro lo condena a pagar caro el privilegio de ocupar el lugar que ocupa. Porque, como inocentemente señala una canción de Los Tipitos, el centro siempre es impredecible. En cambio, en la periferia hay más tiempo para hacerse fuerte, para edificar una propuesta que pueda afrontar los golpes de la fortuna cuando se pare en el centro.

Sobre todo cuando, como Cristina, se cuenta con la comprensión mayoritaria de que en el período en el que le tocó gobernar –más allá de todo– se vivía mejor, y cuando se dispone de estructuras (organizaciones políticas y sociales, sindicatos, profesionales, bancas en el parlamento) que permitan ir ensayando prototipos de iniciativas que se traduzcan en una experiencia propia y en evidencia de cara a la sociedad de que hay algo para hacer con todo esto. A la desintegración, al fango del desconcierto gubernamental, acción e iniciativa.

Por eso, para honrar aquella demanda de “no ser más de lo mismo” es fundamental tener hoy mismo la capacidad de perfilar desde la periferia, en vez de esperar pacientemente a que el macrismo caiga para “ver qué hacemos”. Encarar ya, hoy mismo, un proyecto con horizonte de futuro que llegue con la fuerza suficiente para romper la rueda cuando sea su turno. Porque a un mundo hostil que no perdona se le gana con coraje, creatividad e iniciativa, no con especulaciones.

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