EN LA ARENA

Por Martin Pont Vergés.

“El mérito recae exclusivamente en el hombre que se halla en la arena, aquel cuyo rostro está manchado de polvo, sudor y sangre, el que lucha con valentía, el que se equivoca y falla el golpe una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y sin limitaciones.

El que cuenta es el que de hecho lucha por llevar a cabo las acciones, el que conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones, el que agota sus fuerzas en defensa de una causa noble, el que, si tiene suerte, saborea el triunfo de los grandes logros y si no la tiene y falla, fracasa al menos atreviéndose al mayor riesgo, de modo que nunca ocupará el lugar reservado a esas almas frías y tímidas que ignoran tanto la victoria como la derrota.”

Theodore Roosevelt, 1910.

Así como toda obra tiene sus intérpretes, todo momento histórico tiene sus protagonistas. Ineludiblemente. Porque si pensamos –y sí pensamos– que la historia la hacen los hombres y mujeres, aunque “bajo las circunstancias con que se tropiezan inexorablemente”, entonces alguien la tiene que hacer. Las cosas no se producen por combustión espontánea y los sucesos históricos más gloriosos y los más oscuros siempre son producto de la acción u omisión de un grupo de personas o, lo que es lo mismo en este caso, de un sujeto. Esto, por más básico que parezca, implica un peso enorme a la hora de pensar el “qué hacer” de la política, porque significa que, pase lo que pase, hay un responsable. De más está decir, como discutimos en notas anteriores, que no todo lo que pasa es efecto de una acción deliberada del sujeto. Existe la contingencia y existe, en términos maquiavelianos, la fortuna. Pero en definitiva las cosas pasan, y hay gente que, frente a la historia, hace y se mueve, y gente que no.

Aquel que se mancha la cara “de polvo, sudor y sangre”, que pone en riesgo su vida, también pone fundamentalmente pone en riesgo su memoria, porque se hace responsable. Y el responsable se hace cargo de los buenos resultados, pero también de los malos. En un giro trágico, el héroe que se pone al hombro la historia acepta la posibilidad de, eventualmente, manchar su memoria para siempre, mientras el indiferente, que mira desde afuera, no tiene nada para perder. El que se inmola por una causa justa es recordado como un héroe, pero el que acepta cargar el peso de la infamia a fin de hacer algo que el colectivo demanda y alguien tiene que hacer pierde la vida y la dignidad por igual. ¿Es “cristiano” enviar a un batallón a la muerte para intentar ganar una guerra que también se puede perder? ¿Se puede conciliar la acción responsable con el purismo moral? Abundan ejemplos, desde la Biblia hasta Harry Potter, de esto que Rinesi llama “tragedia de la acción y los valores” de lo político.

Aunque lo esquematizamos en términos individuales, a la hora de pensar nuestro país resulta ineludible hablar de actores colectivos. Podríamos trabajar con nociones de sujeto histórico, clases sociales, pueblo y élite, etc., pero de eso hay mucho dicho, y mejor. Algo nos lleva a nosotrxs a poner sobre la mesa un término que, aunque minimizado, siempre estuvo allí en la historia argentina. En una nota de noviembre de 2017, Martín Rodríguez la presenta sin tapujos: Generación.

Desde la generación del 37 (incluso la de Mayo), pasando por la del 80, los reformistas de Deodoro, lxs descamisadxs, la “juventud maravillosa” de los 70 y las nuevas generaciones de la democracia, hasta los millennials, las mismas experiencias que marcaron y cohesionaron a cada grupo etario fueron las que determinaron, en definitiva, el futuro del país. Es imposible pensar el devenir de nuestra historia como Nación sin hacer referencia a los acuerdos y diferencias, a los sueños y prejuicios que los sostenían. Del “gobernar es poblar” al “Democracia para siempre”, la clave generacional siempre estuvo. Eso es lo que lleva a Rodríguez a reflexionar sobre su propia identidad generacional, que es la de “lxs hijxs”:

“Si en términos mitológicos seríamos la generación hija de los desaparecidos, entonces, en términos políticos, somos la generación que no puede matar a sus padres: venían simbólicamente muertos. Somos la generación que los repara, los continúa, los repite, los discute, les restituye los símbolos, les tributa, a veces huye, y así. Pero no los podemos matar. Y si no los podemos matar: ¿somos una generación?”

Más allá de la discusión que dicha camada se debe sobre sí misma, resulta clave la noción de que, para ser una generación, es fundamental separarse de la anterior, e incluso, superarla. Ese es –o debería ser– el desarrollo normal de la lógica de una descendencia efectiva: poder retener las mejores tradiciones del pasado y trabajar en mejorar las deficiencias para ser mejores. Lenin, Guevara, Perón y hasta el Maestro Yoda se cansan de señalarlo cuando se ocupan de pensar a la juventud, a lo que vendrá. “Que tu alumno te supere”, marca un enorme cartel en la Escuela Militar de Montaña J.D. Perón de Bariloche.

No siempre es tan fácil, porque –como señala el propio Marx en el 18 Brumario– “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, sobre todo cuando aquellas han dejado marcas profundas en la sociedad e incluso entregaron su vida al servicio de lo que consideraban su mandato generacional. Allí reflota, evidentemente, la preocupación de Rodríguez. ¿Cómo conciliar el permanente reconocimiento a “sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, […] con disfraz de vejez venerable” y la necesidad ineludible de constituirse como una nueva generación, con sus propios criterios, experiencias y sueños?¿Cómo “ser como el Che” y a la vez ganar, en un mundo y un país que demandan nuevas aproximaciones al cambio colectivo?

Con sus intentos y sus experiencias, todas las generaciones de la democracia se esforzaron por resolver estas preguntas y fracasaron, pero dejaron una base sólida desde la cual otro sí lo pueda hacer. Y ese otro, creemos, ya llegó.

Es ese grupo de entre 17 y 25 años que se crió durante los “años felices” del progresismo latinoamericano y compartió la 9 de Julio colmada durante los festejos del 2010. Es la generación del Bicentenario, que hoy sufre como un perro mientras vé aplastados los valores que incorporó colectivamente durante sus primeros pasos de formación identitaria, pero que, a pesar de los tormentos alevosos a los que deliberadamente la somete un régimen que odia a la juventud, no reniega de esos valores y, porque se formó digna, tiene la certeza de que va a hacer todo lo posible para ponerlos en el lugar que se merecen. Al mismo tiempo, se entusiasma a la vez que crea, en las escuelas, en las universidades y en el trabajo, nuevos valores (sueño de cualquier revolucionario), como evidencia el empoderamiento a través del feminismo de lxs menores de 30 y la enorme brecha entre ellxs y lxs viejxs en torno a las discusiones de género.

El primer paso para encaminarse a resolver el dilema es tomar conciencia de su existencia. Reconocer la deuda que tenemos, sobre todo, con la generación que hoy le falta a la Argentina porque la desaparecieron, y tomar la decisión de hacerse responsable. No huír al dolor que emana la pregunta, sino lanzarse a la arena. Armarse de voluntad y hacer realidad el ser mejores, que necesariamente implica aglutinar detrás de lo que se defina como mandato generacional a la mayor cantidad de personas posible, entendiendo que la potencialidad de ser mayoría reside en la capacidad que se tenga de construir puentes transversales que movilicen a cualquiera que quiera un futuro más justo. Construir su propio sentido, sin ignorar el peso enorme que le legaron las tradiciones pasadas y también lxs habitantes futuros de nuestra Patria. Encontrar una misión que se justifique a sí misma, como demandaba Marx de la revolución social del siglo XIX, “sin sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir”. Todas las demas discusiones, ineludibles, tienen ese punto de partida.

No se trata de bastardear el pasado ni de ser hipócritas. Se trata de ser dignos. De comprometerse con lo complejo y hacerse cargo de la victoria, que es precisamente lo que todas las “generaciones muertas” demandan. Romper la lógica actual y salir a ganar, en vez de quedarse en casa prendiendo velas a lxs derrotadxs. Porque la dignidad no se hereda, “se obtiene, o no, a consecuencia del comportamiento que se desarrolla en esta vida. Se desprende de lo que hacemos y decimos y hasta de lo que callamos, particularmente en los momentos difíciles” (Inquebrantables, de Figueras).

La semana pasada Juan Grabois decía que “No hay compañeros nuestros que piensen que lo que hace Bonadío tiene que ver con hacer justicia. También hay una cuestión generacional. La generación del 2001 tiene que asumir ahora un rol de protagonismo.” Hoy es el turno de la generación del 2001. Eso significa que mañana será el de la generación del Bicentenario: estar preparadxs, más que una aspiración, se transforma en un deber de compromiso con la Patria.

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