DEMOCRACIA, AÑO 35

Por Dante Sabatto

En el imaginario peronista, decía Cristina Kirchner, el 25 de mayo no era una fecha tan importante. En base a la idea de que el justicialismo debía realizar la independencia económica que aún faltaba en Argentina, los gobiernos de los 40-50 ponían todo el foco en el 9 de julio, fecha de la Independencia Política, primera mitad de la tarea histórica de liberación de la Patria. Pero el kirchnerismo estaba, por azar, en el gobierno cuando se cumplieron 200 años de la Revolución de Mayo. Dicen que ella ya lo empezó a imaginar durante el gobierno de él, dicen que él era más cauto (no creía siquiera que fuera a llegar al gobierno en 2003, imaginaba una victoria en 2007). Pero el período de Duhalde-Kirchner, de Remes Lenicov-Lavagna fue eficiente y fue eficaz.

2003, se baja Menem del balotaje y asume un santacruceño de apellido impronunciable sin haber ganado la elección y con tan sólo 22% de los votos. 2005, primera negociación de la deuda externa, se juega la interna peronista y el duhaldismo es dejado atrás para siempre. 2007, por primera vez una mujer es electa presidenta con más del doble de los votos obtenidos 4 años antes y en un frente peronista-radical con Ricardo Lagos como inspiración. 2008, crisis del campo, enfrentamiento con Cobos, argentina al rojo vivo. 2009, derrota del kirchnerismo en PBA a pesar de encabezar la boleta el expresidente, el gobernador y el jefe de gabinete. Y llegó ese 25.

2010, boom de consumo. 2010, muerte de Néstor. 2010, Bicentenario. Fiesta popular, cultura para todos, presidentes de todos los países del Continente, desde Evo Morales hasta Sebastián Piñera, caminando por las calles de la Capital. Parecía que Buenos Aires se había finalmente sacado el diablo de su corazón, diría Fito Páez. O, en otras palabras: la Argentina antes de la Grieta. Cuando Mauricio Macri le decía a CFK “la señora que vive enfrente”, cuando se disputaban la tenencia del subte y no la hegemonía ideológica de la sociedad civil. 2010, el año fundante de una Generación argentina, de la que forma parte quien escribe.

Al gobierno de Mauricio Macri le tocó otro Bicentenario, pero no por azar (“Cambiemos no es un golpe de suerte” dice el mantra). El 9 de julio de 2016, a doscientos años de la firma de la Independencia de la Patria, la Plaza de Mayo amaneció vallada. La fiesta en la era Macri es para ser tenida dentro de cada casa y con la calefacción apagada. Para la difusión de la cultura está la televisión. De todos modos, la noción de independencia y la lucha emancipatoria de Hispanoamérica no estuvieron jamás presentes en el discurso PRO, salvo la notable excepción del “querido Rey”. Sin embargo, tuvo el gobierno actual otra oportunidad para festejar: su Bicentenario bien podría haber sido el lunes 10 de diciembre, aniversario trigésimo quinto del Retorno a la Democracia; el alfonsinismo ha sido siempre el comodín al que pueden acudir tanto progresistas como conservadores para legitimarse. ¿Es este o no el Tercer Gobierno Radical?

En el discurso de Macri el 10 de diciembre se dijo decenas de veces la palabra “libertad” pero jamás “Dictadura”. Pero aún más ausente estuvo la participación, esa participación de la sociedad en la esfera pública, esa posibilidad de vernos, encontrarnos como sujetos de derecho en la vía pública. Es distinto que encontrarse con el otro en una manifestación ya sea política, sindical, feminista, por algún reclamo específico ante el Congreso, aún un 24 de marzo. Todos esos encuentros implican una coincidencia con ese otro. Pero el Bicentenario no. Una sola cosa te unía con las demás personas que participaron de los festejos del Bicentenario: la existencia en el mismo lugar en el mismo momento, y un respeto natural, republicano, por la existencia del otro. Ese otro era, potencialmente, infinitamente distinto a uno; y sin embargo, igual. La grieta es la ruptura de esa concepción, más que cualquier definición banal de la misma que haya tenido en su origen en el discurso de Jorge Lanata.

El enfrentamiento con el otro es positivo. Cuando pañuelos verdes y pañuelos celestes se encontraban de un lado y del otro del Congreso esperando las votaciones, era definitivamente bueno que ambos sectores se enfrentaran mutuamente, que se vieran como adversarios y que buscaran vencerse. Quienes nos encontrábamos (nos encontramos) de lado verde, apoyando la Ley de IVE, nos sabíamos defensores de una causa justa, una causa por la que valía la pena luchar. Cuando nos movilizamos exigiendo que no se aprobara la Reforma Previsional, nos sabíamos defensores de una causa justa por la que valía la pena luchar. Aun así, sería positivo poder encontrarnos con quien estaba del otro lado, en otra oportunidad, compartiendo algo. La Grieta, como fenómeno, implica infranqueabilidad. Implica la creencia generalizada de que las diferencias que tenemos con las otras personas se convierten inmediatamente en un obstáculo total que nos impide vincularnos inclusive con ellas; en lugar de la igualmente posible noción de que esas mismas diferencias son exactamente las que nos permiten relacionarnos, de que hay una igualdad fundante, preexistente, más fuerte, que existe en tanto la sostenemos públicamente. En tanto la construimos en la esfera pública al permitirnos coexistir con la otra, con el otro, reconociéndonos diferentes y considerándonos, a pesar de esto, iguales.

Es posible que el Bicentenario de Cambiemos haya sido el G20. Fue sincera la emoción del presidente en aquella foto ahora convertida en meme. Tal vez ese G20 sea el homenaje que le hizo este gobierno al de Raúl Alfonsín: una restauración del orden liberal natural que en el 83 implicaba el retorno de los derechos civiles y políticos y el fin de la represión, reparece trastocada en comedia como el retorno al mundo (a un mundo que ya no es) luego de una década de aislamiento (de aislamiento que no fue). Y a quienes vivimos en la Ciudad de Buenos Aires se nos recomendó, para este fecha patria, que dejemos nuestra Ciudad. No sólo no hubo participación en la esfera pública, sino que se nos pidió que cediéramos también parte de nuestra esfera privada para que el accionar de las élites de representación pudiera darse en paz.

Este fue el año 35 de nuestra joven Democracia. Sería un buen momento para hacer un balance, si nuestro gobierno quisiera compartir su concepción sobre el país con la nación; pero no les interesa. Este es el gobierno que tal vez tiene una relación más distante e insólitamente falsa con su sociedad civil. Alfonsín se comunicó directamente con las masas, aún para traer malas noticias. Menem mintió una y otra vez, y admitió que había mentido, y luego volvió a hacerlo, pero aún en sus peores momentos pudo hacer que millones rieran con él y no de él. De la Rúa fracasó en esto último, y sin embargo hay algo de honestidad en la naturalidad con la que aceptó la hecatombe: una especie de “¿y qué esperaban?”. Néstor y Cristina fueron a veces más parecidos a Alfonsín, otras al Perón del 73, otras más laclosianos. Mauricio Macri, a diferencia de todos los anteriores, jamás habló, jamás quiso hablar para la totalidad del Pueblo argentino. Y aún para la parte que habla dice poco y nada. ¿Qué piensa el Presidente de estos 35 años de democracia? ¿Qué cree que somos y qué quiere que seamos? Es imposible saberlo. Tal vez su legado, más aún que la catástrofe económica, sea la Grieta, que no es la infranqueabilidad real sino la noción de que hay algo infranqueable.

Tal vez por eso resonaron tanto las palabras de CFK respecto a los pañuelos verdes y los celestes. La expresidenta cree y dice que es posible encontrarse y verse a la cara con quien no sólo piensa sino que es diferente. La Grieta jamás pasó verdaderamente por su figura ni por el apoyo hacia ella de un sector de la población, y por eso la idea de que su sola ausencia bastaría para cerrarla es errónea. No hay recetas mágicas para pensar el fin de la Grieta, pero si un punto de inicio: hay que ser capaces de imaginar una sociedad que no la contenga. Y para esto, un buen punto de referencia tal vez sea aquel 25 de mayo de 2010.

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