VENEZUELA EN TRES DIMENSIONES

Por Dante Sabatto

Venezuela se sume nuevamente en el caos. El presidente de la Asamblea Nacional se auto proclama Presidente, Maduro se sostiene, y los líderes del resto del mundo reconocen a uno y otro alternativamente. Todo en un contexto de simultáneas movilizaciones opositoras y oficialistas, ambas masivas. Vamos a analizar esta situación en tres dimensiones: la dimensión interna de la correlación de fuerzas dentro de Venezuela, la dimensión geopolitica en torno a las posiciones de los distintos países, y por último la manera en que esto afecta a la Argentina. Como veremos (y es evidente), estas dimensiones se entrecruzan continuamente y separarlas es casi imposible. Sin embargo, ante una situación tan compleja y caótica es necesario poner algún tipo de orden.

En primer lugar, ¿qué ocurrió? El recientemente electo presidente de la Asamblea Nacional, el órgano legislativo que continúa operando pese a que el Tribunal Supremo de Justicia lo clausuró por encontrarlo en desacato, Guaidó, se autoproclamó presidente de Venezuela, tras considerar fraudulentos los comicios del año pasado en los que Nicolás Maduro fue reelecto por 68%. La administración Trump del gobierno estadounidense se apuró a reconocer a Guaidó, y lo mismo hicieron otros presidentes incluido Mauricio Macri. Esto le dio cierta legitimidad a esta iniciativa anti chavista.

Guaidó comenzó con esta operación el 13 de enero, día de la toma de posesión de Maduro. En esos días fue detenido por oficiales de las fuerzas de seguridad venezolanas, pero fue inmediatamente liberado: el presidente aseguró que no se les había ordenado arrestar al dirigente opositor. En los últimos diez días hubo una serie de movimientos importantes: primero, un pequeño grupo de las FFAA se acuarteló contra el gobierno chavista, pero fueron rápidamente derrotados por el ejército. Luego, el llamado opositor a movilizaciones, las primeras en más de un año y medio. La Asamblea Nacional Constituyente llamada por Maduro en 2017, de la cual sólo participó el oficialismo, había relegitimado al gobierno y acabado con la protesta opositora. Eso se terminó. El chavismo también salió a la calle, como de costumbre, y movilizó millones, como de costumbre.

¿Quién es Juan Guaidó? Una figura relativamente irrelevante para una oposición de grandes figuras. Pero la crisis de los partidos opositores es uno de los hechos políticos fundamentales de los últimos dos años. Para las elecciones legislativas de 2015, aquellas que conformaron la Asamblea Legislativa que preside Guaidó, (casi) todos los partidos se habían unido en la Mesa de Unidad Democrática; la MUD venció con más del 60% en esas elecciones, pero después la incapacidad de lograr el más mínimo acuerdo sobre como acceder al poder y quien ocuparía la presidencia al hacerlo terminaron diluyendo la unidad. En las elecciones presidenciales de 2018, gran parte de la ex MUD no se presentó: lo hicieron sólo Capriles por su partido AP en alianza con algunos grupos opositores pequeños, y una nueva fuerza: El Cambio, un partido evangelista liderado por Javier Bertucci. El presidente interino proviene de Voluntad Popular, el partido del opositor preso Leopoldo López, el que sostiene una política de enfrentamiento más directo e insurrección más abierta contra el gobierno del PSUV, llegando a utilizar armas en intentos sucesivos de golpes de estado. Este es el sector que representa el desconocido Guaidó, un dirigente joven que puede llegar a ser el futuro de Venezuela.

Los dos sectores vuelven a disputarse la legitimidad en Venezuela. El chavismo invoca para esto una serie de elecciones; la oposición sostiene que fueron fraudulentas. Es necesario tomar la decisión de creer los argumentos de un sector y otro. No hay un método científico objetivo al que remitirse en esta cuestión donde un sector y otro tienen razones ideologicas para mentir y testigos de un lado y el otro sostienen sendas opiniones opuestas. Las pruebas de fraude en el referendo opositor que se realizó en simultáneo a la Constituyente son muy claras, pero también es innegable que Maduro se negó a permitir este referendo por vías institucionales, y, nuevamente, es imposible negar que tampoco tenía por qué hacerlo.

No puede negarse la crisis socioeconómica en la que está sumida Venezuela, ni la responsabilidad del gobierno actual, ni tampoco la responsabilidad de Estados Unidos y de sectores opositores. No se puede negar la violencia opositora en movilizaciones del período 2015-2017, que fue el motivo por el cual amplios sectores de la población volvieron a inclinarse por el chavismo en elecciones (los resultados de las cuales, una vez más, han sido puestos en duda).

La respuesta de Maduro fue romper lazos diplomáticos con Estados Unidos y reclamar a los funcionarios de ese país a retirarse. No lo hicieron los cónsules y el embajador, sin embargo: Guaidó, el presidente al que reconocen, les pidió que se queden. Porque, y esto es fundamental: el hecho que destaca este suceso y lo hace crítico es el apoyo inmediato de Estados Unidos hacia Guaidó. El lector puede confiar en Maduro y decir que se trata de un golpe de estado, o bien descreer del discurso oficial y sostener que es una revolución. Pero no puede negar la injerencia de Estados Unidos sobre la soberanía de otro país latinoamericano y el precedente que eso sienta.

Hemos hecho un recorrido conciso por los hechos de las últimas horas con una cierta pretensión de objetividad que, sabemos, es imposible de lograr. Venezuela parece atravesar nuevamente un empate hegemónico con una oposición muy abierta desde ambos lados. Todavía no ha vuelto la violencia de los últimos años, pero puede ocurrir. Una cosa es clara: mientras Estados Unidos no se decida a intervenir militarmente el país, mientras la oposición continúe con su política de no aceptar ningún resultado adverso en las urnas, mientras el PSUV no consiga una estrategia sostenible a largo plazo, la incertidumbre continuará y este tipo de situaciones de caos estarán siempre a la vuelta de la esquina. Tanto para un gobierno del PSUV como para una potencial administración antichavista. Pero la cuestión de Venezuela es de una importancia geopolítica esencial, y debemos pasar a esta dimensión para comprender mejor los sucesos.

Todo esto para decir: el apoyo de los países socialistas (China, Cuba, Corea del Norte, Vietnam y Laos), los neosocialistas (Bolivia, Nicaragua), así como de Rusia, Turquía, Siria, Irán y otros países orientales eran de esperarse. El rechazo estadounidense, así como el de casi toda Europa, y los gobiernos neoliberales de América Latina, también se esperaban.

Pero este es un escenario interesante para ver qué sucede con ciertos gobiernos que se encuentran en los límites difusos de la alineación geopolítica, así como de algunas fuerzas no gobernantes en algunos países. Nos referimos, por supuesto, principalmente al gobierno de Andrés Manuel López Obrador en México, pero también al Frente Amplio uruguayo y los socialismos español y portugués. En el mismo sentido, es interesante ver el comportamiento de fuerzas como los Frentes Amplios chileno y peruano, la fuerza Colombia Humana y las distintas vertientes del peronismo en Argentina.

Los gobiernos uruguayo y mexicano emitieron un comunicado en conjunto en el que llaman

“…a todas las partes involucradas, tanto al interior del país como al exterior, para reducir las tensiones y evitar una escalada de violencia (…) a todos los actores a encontrar una solución pacífica y democrática…”

La negativa a reconocer a Guaidó como presidente legítimo es un aspecto fundamental, pero también lo es el compromiso responsable implicado en proponer la existencia de una salida pacífica. El mismo hecho de decirlo, de pronunciar la posibilidad de un acuerdo y un entendimiento mutuo en beneficio de las mayorías de los venezolanos, ayuda de por sí a reducir el conflicto. Es de alguna manera el camino propuesto por el Papa Francisco, que no logró concretarse en gran medida por sabotaje de la oposición venezolana. En este mismo sentido se expresaron muchas de las fuerzas antes mencionadas: los partidos progresistas de América Latina y Europa, sectores de los socialismos de la península ibérica, gran parte del kirchnerismo (silencio de La Jefa mediante). Hasta algunas figuras sueltas de la nueva izquierda yanki que gira en torno a Sanders, Ocasio-Cortez y Gabbard, y del corbinismo británico, parecieron inclinarse por este tipo de declaraciones.

Destacamos particularmente el rol de AMLO y el gobierno de la coalición Juntos Haremos Historia desde México, que podría haber girado a la derecha pero en su lugar decidió “jugarse” por una pseudo tercera vía que no lo es, ya que continúa reconociendo el gobierno de Maduro como legítimo. La victoria de AMLO fue una bocanada de aire fresco para la izquierda latinoamericana, y con razón: por la importancia económica, poblacional, territorial de México era fundamental un alineamiento geopolítico inteligente. Si esta política para con Venezuela fuera eficiente, el de AMLO podría pasar a ser un liderazgo muy interesante.

Porque al fin y al cabo de sutileza se trata. Venezuela no eligió ser Cuba. No son un régimen comunista de partido único, no tienen un universo simbólico de tradición marxista leninista por el cual legitimarse pero tal vez sí un universo material de potencias aliadas en el cual apoyarse. Si bien en los últimos dos años el gobierno de Maduro parece encarar para ese camino, continúan eligiendo las instituciones de la democracia liberal como sistema político de legitimación, si bien sus límites aparecen muy claros. Al fin y al cabo es mucho más fácil hoy en día defender a Cuba públicamente que a Venezuela.

Nos queda una última dimensión que mencionar: la Argentina. Nos remitimos a las palabras de @JuanCourel:

“Meter miedo con Venezuela va a jugar en la campaña. Hablar del tema o no es una decisión que cada opositor tomará de acuerdo a cálculos y convicciones. No es la política internacional la que opera en el voto, sino la asociación retórica y visual a prejuicios y percepciones.”

Cambiemos y el peronismo de Argentina Federal no tienen diferencias en la cuestión Venezuela, y el troskismo rechaza a Maduro a la vez que a Guaidó. Solo el kirchnerismo y algunas fuerzas de izquierda aliadas sostienen el apoyo al gobierno chavista, con lo complejo que eso les resulta en un año electoral. El peronismo nació ni-yanki-ni-marxista. El kirchnerismo, sin embargo, no dudó en alinearse rápidamente con los no alineados, con los socialistas del siglo XXI y por conveniencia del proyecto económico, con Rusia y China. Y al fin y al cabo, la “tercera posición” de Perón fue leída y releída por él mismo, al calor de diversos contextos, de diversas maneras. El peronismo no se siente cómodo alineándose abiertamente, tal vez, pero la política que debería tener si fuera gobierno probablemente se parecería mucho a la de AMLO.

Para concluir: el gobierno chavista ha demostrado una coherencia en legitimarse vía elecciones que no ha demostrado jamás la oposición, que busca como presidente interino a un diputado que jamás fue votado para ejercer un cargo ejecutivo y no se atrevió a jugar hasta el apoyo de Estados Unidos. Si Maduro, sin embargo, no logra contener de alguna forma a los sectores opositores dentro de su país, no podrá lograr jamás un plan económico estable, pero ¿es ese el único impedimento? ¿No hay alguna forma de salir de la crisis económica junto con la política? ¿Es de verdad imposible demostrar si hay elecciones fraudulentas o no? Venezuela, como Siria e Israel-Palestina es uno de los focos principales de una batalla geopolítica que parece manejarse aún según una lógica bipolar, si bien esta es más difusa que en otros momentos.

Si ni un sector ni el otro logran avanzar en la lucha por la hegemonía en Venezuela, algo similar sucede a nivel global.  Estamos en un momento histórico de alta incertidumbre y ausencia de horizontes claros y utopías verosímiles, que requiere un alto nivel de sutileza en la comprensión así como en la acción.

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