HACIA LA GRAN TRANSFORMACIÓN

Por Martín Pont Vergés

No querían beneficencia. Que dieran a los terrícolas la oportunidad de restaurar su planeta. Que reconstruyeran el hogar de sus padres, el mundo natal del hombre. Que trabajaran con sus manos, eliminando el suelo enfermo y reemplazandolo con suelo sano, que vieran crecer el verdor donde todo había estado muerto y dejaran que el desierto volviera a florecer en belleza.

Isaac Asimov, Imperio.

Todo es igual, nada es mejor

Hace al menos 10 años que en la Argentina hablamos de la grieta. En particular, desde uno de sus lados, que afirma que el otro -el kirchnerismo- “abrió la grieta”. Desde el otro, se suele responder que “la grieta ha existido siempre” porque siempre hubo opresores que quieren oprimir y oprimidos que quieren liberarse. Parece una discusión cíclica de la que cualquier participante casual-de-cena-familiar querría huir lo más rápido posible. Y, sobre todo, parece totalmente inútil y contraproducente. Un horror.

Sin embargo, tal vez tomarse el trabajo de escarbar entre los discursos termo que nos producen cringe sea más importante de lo que parece. Resulta que ese mismo debate lo tenía consigo mismo, en 1517, el señor Maquiavelo en sus Discursos. Señalaba que existían en la República Romana dos “humores” contrapuestos –el aristocrático, que deseaba dominar y el humor popular, que deseaba no ser dominado– y se preguntaba, entre otras cosas, de qué manera ese esquema que parecía destinado a la guerra civil llevó al pueblo romano hasta la cúspide de la gloria universal. Y por supuesto, Maquiavelo salió por arriba: “La desunión del Senado y del pueblo hizo poderosa y libre a la república romana” (Cap. IV). El conflicto más terrible, encauzado por las instituciones de la república, la hizo prosperar antes que derrumbarse.

Es que, en Roma y en Argentina, lo relevante no es el conflicto, que es absolutamente inevitable, sino sus efectos; la manera en la que ese choque furibundo de intereses aparentemente opuestos se canaliza. Y de eso se trata: ¿cómo hacer que el conflicto aporte en vez de restar?. Esa es una de las premisas fundamentales de cualquier país republicano que se precie.

Hoy en día, la grieta (que se expresa en una diferencia de lenguajes y de prejuicios que, como advertía Hobbes, sólo lleva a la anarquía y la miseria [Rinesi, 2009]) es un collar de melones. En el juego de “tener razón” perdemos todos y las instituciones de la República se degradan a la vez que la soberanía queda a merced de aventuras oportunistas foráneas. Pero no es, como le encanta señalar a nuestros comunicadores, culpa de la pasión, ni de la convicción ni del malvado peronismo: es la manera de hacer política.

Si quienes nos reconocemos con vocación de pensar la política y de participar de ella como ciudadanos nos formamos para hablar siempre de los mismos temas cómodos y –peor aún– si nos dedicamos profesionalmente a hablar siempre de los mismos temas cómodos, no vamos a ser más que niños. La grieta va a seguir ahí, muriéndose de risa, porque ambos “humores” van a continuar gritando lo más fuerte que puedan mientras el conjunto gira en el mismo sitio. En la medida en la que dejemos de pensar en la superficie y nos preocupemos por investigar y discutir y presentar en sociedad los problemas específicos en materia de desarrollo, geopolítica, tecnología, distribución demográfica, instituciones políticas, vamos a poder decir que estamos en camino de salir de la rueda sin fin que nos condena a ser, aunque duela y aunque sea lo que menos queremos en el mundo, un país irrelevante. Y queremos un país grande, que sea dueño de una pequeña porción del destino del género humano.

Se trata, entonces, de salir de la minoría de edad y tomar la política con la responsabilidad que el momento histórico y el estado de la Argentina demandan, sobre todo partiendo de la base de que, incluso habiendo generado una utopía y habiendo desglosado como llevarla a cabo, aún quedan las pujas políticas inevitables y, sobre todo, el tiempo (basta con hacer un cálculo de cuánto demora la construcción de grandes obras de infraestructura o cuántos años creciendo al 6% hacen falta para tener el PBI per cápita de España para dimensionar la magnitud y la extensión de la tarea). Si no lo hacemos, en vez de honrar con nuestra forma de vida el acto de compromiso cívico y patriótico que significa jugársela y hacer política, vamos a estar jugando a tener más razón que el otro. Jugando. Jugando con los fondos, con las ilusiones y con el futuro de los argentinos. Y eso, jamás.

Son las instituciones, estúpido

“[…] para que así sea un gobierno de leyes y no de hombres.”

Constitución de Massachusetts, 1780

Al mismo tiempo, como ya hemos introducido en otras notas, de una manera u otra todos los sectores necesitan salir de la rueda que nos tiene en un limbo eterno entre expansionismo económico y ajuste brutal a medida que se complica el frente exterior. Dando vueltas para siempre no quiere estar nadie. ¿No tenemos algo, aunque en un plano hiper táctico, en común? ¿No podrían coincidir, en el corto plazo y en este sentido, las líneas de acción de los dos “humores” para seguir peleandose, pero en un país donde todo el mundo tenga un techo y un plato de comida?

No se trata de transar con Cambiemos, sino de empezar a conversar con los actores que hoy están alineados con Cambiemos, “sabiendo de qué se habla, sin jerga tecnocrática” ni abstracciones luchadoras, para que el día de mañana no lo estén más, como siempre pidió el modelo de la Comunidad Organizada del General Perón.

Si una fuerza política no se puede imaginar ganando y haciendo las cosas bien, si no sabe lo que hay que hacer ni tiene una salida hacia la integración y canalización del conflicto social, ¿cómo pretende que el círculo rojo la escuche? ¿cómo espera que los y las votantes se la imaginen ganando?

Afirmamos que queremos un país que sea actor y no espectador en la Historia de la Humanidad. Anhelamos un país de justos e iguales de verdad y por lo tanto comprendemos la necesidad de iniciar una transformación estructural que nos garantice el Futuro. ¿Cómo se garantiza algo así? No son sólo los líderes, ni la dirigencia, los que hacen a una Nación digna de su nombre: es necesario ir en la dirección correcta, pero sobre todo hacerlo durante un (largo) tiempo de manera sostenida. Y ni los plazos de los ciclos políticos argentinos (que hemos comparado con la Rueda de Westeros) ni los plazos de la vida humana alcanzan para eso. “En el largo plazo estaremos todos muertos” decía Keynes… ¿Qué cosa sí será capaz de aguantarlo, más allá de los vaivenes y los aciertos y los errores y las estupideces y los actos de nobleza de las personitas?

Las instituciones. Esas que tanto supimos despreciar y que volvieron para enseñarnos una clase de responsabilidad política. Sin instituciones que aten los esfuerzos humanos y canalicen los choques inevitables no hay “grandeza de la República” como pide Maquiavelo. Habrá que volver a pensar en con qué mecanismos institucionales deberíamos contar para garantizar que el barco marche a destino más allá de su tripulación circunstancial.

Más que nunca, es la hora de ser imaginativos y de ser generosos para hacerse cargo del futuro. Conscientes de nuestros derechos, pero más aún de nuestros deberes. De lo contrario, la política dejará de ser un medio de transformación: será una forma de prolongar lo inevitable, girando y girando hacia la derrota.

Que tu alumno te supere

“Lento el tiempo es gran señor y grande el tendal que deja”.

José Larralde

En entradas anteriores de Random (en particular en esta) hemos presentado una que otra idea sobre la cuestión generacional: qué rol cumple cada camada de integrantes de una comunidad –sea un país, un club social y deportivo o el conjunto de la raza humana– cuál es la “misión” de cada generación sobre la tierra no es menor. Cada civilización se esfuerza por aprovechar al máximo lo que los distintos grados de experiencia política, personal y profesional tienen para aportar.

En el desconcierto de la retirada general, confusa, traicionera y embarrada, cada parte mira a las otras para encontrar la culpa del fracaso. Y en general todas pueden tener algo de razón. Por eso el concepto “ser más generosos” es clave: menos hablar de intrigas palaciegas, menos sellar juicios de valores y más hacer la tarea. Mirar menos para arriba y concentrarse en lo que está abajo no sólo es infinitamente más efectivo –porque se sale de la inmovilidad y se hacen cosas–, sino que también es mucho más gratificante: a la angustia de la incertidumbre de arriba sólo la desarma la certeza de la materialidad de lo propio.

Que el diagnóstico sea oscuro, que “la Patria esté en peligro”, no da lugar a la licencia. Todo lo contrario. En los momentos más difíciles es cuando, en pos de un fin que se reconoce justo, se exige a personas que en tiempos normales no deberían tener que ocupar el lugar que ocupan que hagan cosas que no deberían estar teniendo que hacer para apagar incendios que ellas no provocaron. Allí es cuando el sentido del deber aparece en su máxima expresión: amor profundo hacia los demás; compromiso inquebrantable con la comunidad que te vio nacer. Se puede empezar por guardar los pases de factura y, cada quien, reconocer debilidades, perfeccionar fortalezas y poner la cabeza en hacer lo mejor posible para cumplir con el rol que le toca de cara a los desafíos del presente.

En un contexto de incertidumbre, donde las grandes líneas flaquean y las tendencias de largo plazo se esconden a la vista, nada mejor que poner la cabeza on the game. Cuidar, atesorar y potenciar lo propio; definir funciones según las aptitudes de cada grupo y dedicarse a eso por sobre todas las especulaciones electorales, los prejuicios y los llantos escandalizados que produce el ver avanzar lo que no se entiende.

Dicho esto, reconociéndonos parte de una de esas generaciones –la del b, que se inscribe entre quienes están terminando la secundaria y quienes ya van entrando a los treinta–, no podemos pretender señalar a otras camadas anteriores qué deberían hacer (de ordenar su rancho se tendrán que ocupar ellas), pero sí esbozar las maneras en las que podrían aportar a formar una juventud lo más apta posible para las tareas que enfrenta, y sobre todo las que deberá enfrentar en la medida que madure. Si la vocación es producir camadas de personas-ciudadanos cada vez mejores, es preciso identificar qué semillas plantar –y cómo– para sentar una base que sirva de caja de herramientas y de baluarte de valores para la Juventud Argentina; y lo único que garantiza que eso suceda es un diálogo adecuado, con trazos finos cargados de respeto por el pasado y anticipación por el futuro. No debería ser tan difícil con todos los veteranos y veteranas que, después de toda una vida, pueden transmitir mejor que nadie sus propios aciertos y derrotas y con una juventud interesada y dispuesta a aprender.

Las madres y padres de la Generación del Bicentenario también tienen algo invaluable que aportar: vivieron como cabezas de familia el 2001. Saben lo que es una crisis. Y eso sirve mucho para pensar el futuro. A grandes trazos, el “que se vayan todos” del 2001, aunque pretendía instalar un discurso antisistema, terminó en la práctica como una crítica a ciertas personas (aún cuando fuera un conjunto de ellas: “todos” los gobernantes). Así, se ubicaba en el centro de las explicaciones por el fracaso argentino a las personas y no a las estructuras. Y por lo tanto, si el problema eran las personas, con nuevas caras y nuevos discursos alcanzaba para no volver a repetir la tragedia. Vinieron líderes mejores, ideas y valores mejores, pero no alcanzaron a torcer el rumbo del implacable péndulo argentino. Vimos que la cosa pintaba mejor y analizamos el 2001 como excepcionalidad más que como regla: caímos en justificar lo recurrente con explicaciones coyunturales, y hoy nos volvemos a encontrar con el abismo.

Sin embargo, esta vez puede que todo sea distinto. Aunque sea en un ámbito reducido, nos encontramos con que, aunque sea en un ámbito reducido, está presente la reflexión sobre el carácter cíclico de los problemas (desde Nicolás Tereschuk hasta Ernesto Tenembaum, con distintos niveles de rigurosidad) y se siente la voluntad de salir de la trampa de una vez por todas. Y que esta vez, como Marechal y como Maquiavelo, debe ser por arriba.

Desde esta interpretación, queda claro que más allá de las personas, el cambio está en las instituciones. Eso de por sí representa, siendo coherentes con la postura que venimos exponiendo, una avance importantísimo. Extender esa manera de aproximarse a los desafíos argentinos, que mira menos a los detalles y más a los procesos, al conjunto de la opinión pública podría ser una gran manera de cambiar el eje y evitar que la historia se repita. Y de eso depende el éxito o no de una nueva Gran Transformación.

To boldly go…

La crisis de incertidumbre que presentamos trajo aparejado un tremendo debilitamiento de la mística que la década pasada supo engendrar. Y perder la mística es algo terrible, imperdonable. Sin símbolos que le den un sentido heroico a la acción política no sólo cede la cohesión de los factores internos, sino que el esfuerzo por administrar los asuntos de la polis se vuelve un embole: un mero acto administrativo que se estanca, y, al estancarse, se pudre y se quiebra al primer hachazo.

Reconstruir la mística aparece entonces como una necesidad fundamental e indiscutida, pero no hay un sólo tipo de mística, y quizás se trate de hacer algo más difícil que simplemente volver a izar una bandera caída, gritando las mismas consignas más fuerte y en más lugares. Quizás haya que pensar que, si la mística no es más que un aglomerado de símbolos, sensaciones, pasiones y expectativas que inscriben a la acción de un sujeto político en un plano histórico que vive más allá de él mismo, –es decir, si es aquello que, desde el pecho y la cabeza, nos da ganas de movernos, de progresar, de construir, de ganar o de perder con la frente en alto– entonces el desafío es levantar una mística acorde a las tareas materiales que se está por acometer.

Y ahí la cosa se pone más divertida. Porque cargar como los tres reyes cristianos en las Navas de Tolosa en defensa de la civilización tiene mística, pero fundar un imperio tiene más mística. La noche en la que el peón, en vela, planea cómo reconstruir su aldea saqueada, la hora y media de charla técnica en el primer día de la pretemporada de un equipo que acaba de descender, el instante de emoción que debió sentir un Constituyente de Filadelfia al mirar a los ojos a su hijo, en el albor de una República naciente que lo vería crecer, también es un punto alto en la historia universal de la humanidad. Morir con las botas puestas tiene aguante, pero pensar, pensar, pensar e inventar el tanque T-34 que derrotó a los nazis para siempre tiene mucho, pero mucho, más aguante.

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