Moral y sacrificio

Por Mateo Barros


“Moral y Luces son los dos polos de una República.
     Moral y Luces son nuestras primeras necesidades.”

Simón Rodríguez

¿Hacia dónde va el discurso moral de Cambiemos? ¿Qué significa ‘refundar’ un país atorado en la corrupción populista? ¿El futuro ya llegó?

La retórica de un pueblo feliz y de la revolución de la alegría se transformó rápidamente en un pedido vil de sacrificio a cualquier costo. El discurso ético y moral republicano de Cambiemos es una serpiente que se muerde la cola.

Toda ideología política tiene como correlato un discurso moral. Un discurso que promueve fines legítimos, toma recursos disponibles y pretende convertirse en la autoridad -plena e independiente- que rige y orienta las conductas de un pueblo. El relato se construye como promesa de futuro y con un horizonte emancipador, enunciando objetivos justos que legitiman ese fin moral. La matriz discursiva del PRO tiene varias aristas y probablemente no exista una forma exacta de describirla sin olvidar algún aspecto. Sin embargo, podemos decir que tiene un componente programático vinculado a la economía de mercado, la seguridad, el orden jurídico, la inclusión en el contexto internacional, la educación “de excelencia” y su propia visión de la cultura; y un componente polarizador, que reiteradamente vincula con una disputa de moral ética. Los slogans comunicacionales requieren discursos épicos y diferenciación frente a una otredad bien marcada. La dirección que se busca desde el discurso se encuentra influenciada por esta otredad. En este esquema, es central la grieta profundizada desde el Ejecutivo.

Cambiemos busca posicionarse en la vereda contraria a la del “populismo” que gobernó Argentina y parte de América Latina en las últimas décadas. Su discurso moral está planteado a partir de esa diferenciación. Metodológicamente Cambiemos hace comunicación electoral efectivista, apunta al resultado inmediato y a la polarización.

El discurso populista, por lo general, apela a heroísmos y personalismos con arraigo en la memoria colectiva de su pueblo. La búsqueda de identificación no se halla vinculada a una plataforma programática, a un partido político en particular o a una consigna o campaña; más bien se buscan lazos de lealtad a la figura de un líder, de una persona con características resaltables y disruptivas en relación con la política previsible. Es líder quién sabe “patear el tablero”, quien logra establecerse como autoridad competente e interlocutor de mayorías. El líder tiene un lazo que debe recrear constantemente con sus seguidores para poder conservarlo, y la forma en que se comunica es sumamente importante para mantener la confianza y el afecto conquistado. Esa comunicación, por lo general, tiene un fuerte arraigo a la historia y se encuentra asociada a figuras emblemáticas de un tiempo pasado. Un claro ejemplo en el kirchnerismo es la adopción del tridente San Martín, Rosas, Perón como línea positiva de identificación nacional.

El discurso de Macri, en un comienzo, parecía no necesitar de héroes ni próceres. El PRO buscó desde el comienzo un posicionamiento ético como “Propuesta Republicana”. El respeto a las instituciones, la transparencia y la alternancia en los cargos fueron algunos de los componentes de la agenda republicana que Cambiemos sostuvo desde un principio y que, podríamos pensar, no requería de retóricas heroicas.

Pero, una vez convertido en Gobierno, su irresponsabilidad política puso en jaque el propio sistema sobre el que se basó para sumar adhesiones. La actual crisis económica y todas sus dimensiones políticas obligaron al Presidente a hacer un viraje y tratar ahora, con tres años de gobierno a cuestas, de establecer su figura personal como la del “salvador” de la República (justo lo contrario que siempre quisieron hacer cuando trabajaban para mostrarlo humilde y empático con las necesidades de las “personas comunes” que visitaba, toda una construcción para el hijo de millonario que en realidad es). El “salvador” que, según dicen, el país necesita ante la posibilidad de un retorno del populismo, que en Argentina se traduce en la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner a la Presidencia, y el peligro de que nuestro país se “convierta en Venezuela”. En el mismo sentido, su soldada más fuerte -Maria Eugenia Vidal, la “leona” que gobierna la Provincia de Buenos Aires- también se muestra como salvadora y solución (en este caso de la Provincia de Buenos Aires) y combatiendo valientemente las mafias y el narcotráfico. “Cambiar un país actuando contra mafiosos y patotas no es una tarea fácil”, es lo que parecen decir en cada uno de sus mensajes públicos.

Sin embargo, sus personalismos son lavados, débiles, con poco arraigo incluso en su propia estructura. Su relato tiene un fuerte componente modernista, new age de cotillón, globalizado y con poco apego a la identidad nacional.

El propio Mauricio Macri construye en sus discursos objetos sociales que discrimina positiva o negativamente según la experiencia histórica de la cual hayan surgido. Esta construcción es la ética de Cambiemos y los objetos que construye son objetos morales: el peronismo, los trabajadores, la clase media, Venezuela, Nisman, los inmigrantes y un largo etcétera. Por el contrario, el pasado inmediato constituye el peor de los males para el discurso oficialista: nada bueno ha sucedido en la Argentina en los últimos 70 u 80 años. En virtud de eso, su retórica carece de arraigo al pasado, como también de patriotismo. No existe siquiera nostalgia hacia un pasado perdido, se añora algo tan lejano en el tiempo que no es interrogable.

Podríamos deducir que hubo un intento de apostar a la construcción de un modelo agroexportador fuerte, con cierta cuota de desarrollismo. Probablemente eso explique que el ex Presidente de la Sociedad Rural Argentina y actual Secretario de Agroindustria, Luis Etchevehere, indique en su biografía de Twitter que trabaja incansablemente para que su país sea el supermercado del mundo. La certeza que tenemos es que esta nueva derecha argentina aspira a desmantelar los símbolos y mitos heroicos que tiene la memoria colectiva de la patria en un intento por abstraernos de la historia, porque ese sitio le es incómodo y allí hay otros que lo ocupan mejor.

Actualmente, la coalición gobernante atraviesa una caída monumental en el índice de confianza y aprobación de la gestión. El monstruo aparentemente imbatible que se veía afianzado tras las elecciones legislativas de 2017 y que parecía invencible hace un año empieza a desmoronarse. En 2018, Marcos Peña ordenó la confección de un mapa electoral para ganar la gobernación de 14 provincias en 2019 y darle vuelo al PRO en el interior. Hoy, se conforma con retener las cinco que tiene y apostar al antikirchnerismo -ajeno- en el resto del territorio.

Aunque recibe demandas de todos los sectores, Cambiemos insiste en instalar un proyecto a largo plazo para barrer con estructuras de antaño y “salir del pozo”. La tarea no parece sencilla, ni siquiera cuando la cuentan ellos. Mientras continúa con su discurso moral y buscando la luz al final del túnel, el bolsillo de la gente no puede ‘aguantar’ todo lo que se le pide.

Es éticamente inaceptable sacrificar el bienestar de los ciudadanos de un país para imponer de forma brusca y torpe un modelo socioeconómico con una capacidad destructiva tan inmensa. Así como es moralmente bajo y políticamente inútil insistir con establecer ese modelo para pocos como remedio para los problemas de los cuales es, precisamente, causa y efecto.

El precio que se exige para ver el renacer de un nuevo país ‘serio’ y transparente, que sepulte definitivamente al peronismo clientelista, populista, oscuro y corrupto, parece ser muy alto. El discurso moral de Cambiemos no es una política pública y por más épica que tenga no le da de comer a nadie. No hay relato que resista cuando se juega con el plato de comida de la gente. La retórica de un pueblo feliz y de la revolución de la alegría se transformó rápidamente en un vil pedido de sacrificio a cualquier costo.

La última medida de control de precios tampoco ayudó mucho a ese intento optimista de “salir adelante”, de “superar la transición”. Por el contrario, tuvo un efecto negativo que acrecentó más aún la incertidumbre electoral y la desconfianza en el Gobierno. Sensación que existe tanto en los mercados, que apuestan a un macrismo sin Macri del tipo “Plan V”, como en los ciudadanos de a pie, sin previsibilidad a futuro.

El oficialismo le atribuyó a esta incertidumbre electoral la última alza del dólar y el riesgo país. Sin embargo, trasladarlo todo a la cuestión electoral es un reduccionismo que tiene patas cortas, y es probable que Cambiemos deba hacerse cargo de alguna de estas decisiones ajenas a su ADN y a su marco teórico. Se cae de maduro que esta medida de “kirchnerismo blando” es muestra clara de debilidad, y el rostro afligido de Macri lo refleja a la perfección.

Su comunicación política sigue abonando a esa sensación de incertidumbre y pesadumbre, alimenta la inestabilidad. Y la inestabilidad es la condición más cómoda que tiene el futuro para poder ser.

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