Un peronista con vista al mar

Por Tomás Rebord

La política más vertiginosa del continente se espectaculariza al compás de un final de temporada fabricado desde los múltiples estómagos del peronismo.

1) Una redención simbólica.

Para el núcleo duro de los núcleos duros (militante orgánico o el vastísimo mundo del “resistiendo”), la debacle kirchnerista demandó la exageración de todos los atributos morales asociados a “bancar los trapos”; lealtades mutantes y apóstoles tardíos gritando a cuatro vientos su conversión.

Para sostener la coherencia sistémica de este relato, la gesta se cargó de cruces que nadie necesitaba sostener: la auto-vindicación de “la difícil” y “hacer lo que hay que hacer” justificaban el derrotero permanente como en otros tiempos lo fue él casi psiquíatrico “no pasa nada” que empapaba en triunfalismo invencible.

La trayectoria de Fernández se construyó en espejo a esto. Crítico de dichos procesos, acusado de todo lo acusable, armador de Randazzo y ahora, candidato “propio”. El dedo acusatorio cotiza en baja en todos los frentes de este presente.

2) Apuesta a la fisura del bloque antagonista.

El llamamiento discursivo a la reconstitución de un orden nacional y el individuo en particular no son casualidades. El “cese de la guerra” con Clarín (textualmente propuesto por Alberto Fernandez) implica una lectura del estado de situación que reconoce la necesidad de cerrar frentes de batalla.

Ni la “unidad hasta que duela” que llora la militancia emocional, ni la unidad suma cero de Pino Solanas y Victoria Donda haciendo un dueto de trap, si no la posibilidad real de torcer en parte los intereses de un factor de poder real que condiciona y decide sobre el futuro del país.

3) Jaque a los relatos oficialistas.

Alberto confunde. Tildado por “propios” como agente de Clarín y por ajenos convertido de “hábil operador” a “títere” en cuestión de horas, genera un auténtico error técnico en la alquimia de discursos.

Cristina permitía una linealidad retórica, Alberto no: se puede ser un hábil operador judicial, crítico del Kirchnerismo y agente de Clarín, o una marioneta de Cristina. Pero no se puede ser las dos a la vez.

La reacción de los principales medios a la noticia fue de hecho visceral: videos compilatorios de las críticas de Alberto al Kirchnerismo señalando las “contradicciones” de la decisión, el escenario ideal para reflejar la amplitud que desea la campaña.

La región y el continente demuestran que (al menos en campaña) las “contradicciones” no le importan a nadie, y los videos “difamatorios” son formidables herramientas de posicionamiento cuando tu presunta oposición los pone a la cabeza de su discurso.

4) Apuesta al tercio en disputa.

Más allá de angustias aisladas, la recepción de Alberto como candidato parece haber sido bien recibida por el núcleo duro kirchnerista. Con lo propio garantizado, hay un claro intento (intento no es garantía) de convencer al famoso “tercio que decide”.

Tampoco hay otra manera de entender el inédito tiempo de antelación con que la decisión fue comunicada (inédito para los tiempos habituales de CFK): esto no se trató de resolver el orden de los propios a último minuto con “los votos de siempre”. El anuncio es punto de partida y el trabajo a realizar está por delante.

En ese sentido:

  • Asociar Alberto a Cristina intensifica el polo y aleja al tercio indeciso. “Alberto al Gobierno Cristina al poder” es un rezo solitario y un disparo en el pie.
  • Alberto requiere una identidad propia, y constituir su propio margen de maniobra (o al menos la capacidad de venderlo). Esto no está realizado, debe ser construido simbólica y orgánicamente.

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