La negación de lo político en el gobierno de Cambiemos

Cambios de óptica en contextos de fracaso

Por Benjamín Gatti

Es conveniente hacer una aclaración. Algún observador podría decir: “Cambiemos no negó nada y si así lo hizo esto no deja de ser una definición política, con sus errores y aciertos”, y no estaría equivocado. Lo que resulta innegable es cómo Cambiemos apuntó a un discurso condenatorio de “lo político” (entendiendo a la política como una disciplina innecesaria, es decir, el rechazo al conflicto en su modelo de origen), lo que resultó en graves errores no sólo de ejecución sino también de lectura del contexto nacional e internacional.

A la hora de disputar el poder en la política no hay un mecanismo estático, a modo de fórmula, que opere de la misma forma en todos los casos. Como oposición al kirchnerismo, Cambiemos sostuvo una lectura muy acertada con respecto al humor social: asociaron conflicto con retroceso e ideología con ceguera, mientras ellos se presentaban como una fuerza que se desarrollaba por fuera de estas lógicas, como un principio nuevo, evolutivo y diferenciado de las demás ofertas electorales.

En este sentido hay otro principio que resulta cada vez más evidente y que Cambiemos canalizó muy bien en su primera disputa a nivel país: es realmente difícil oponerse a la necesidad de la población de expandir sus horizontes personales y colectivos. Cuando el político desconoce o niega el sentir subjetivo de cada vez más ciudadanos insatisfechos, se encuentra en una etapa cuyo desenlace inevitable es el castigo. Sea de la forma en que se manifieste, siendo hoy nuestro caso dentro del marco institucional (lo deseable) que parece una rareza virtuosa digna de celebración dado el contexto que atraviesa la región. Volviendo a sus inicios,  el slogan “Podemos vivir mejor” generó un gran impacto contra un kirchnerismo que, ante un contexto de estancamiento económico, recurrió a depositar en la gente una ideologización que pecaba de cierta insolencia: “Recordá donde estabas antes de que llegáramos nosotros y no te olvides que detrás de todo esto están los enemigos”.

Es cierto que negar la hostilidad en la política es equivalente a no entenderla, pero el problema puntual pasa por la ausencia de un refuerzo positivo detrás de las necesidades ciudadanas. La gran mayoría no está dispuesta a inmolarse por una batalla que no considere estrictamente propia, mucho menos por ideas o conceptos abstractos, sino que necesita de un esquema donde se brinden opciones de vida ante determinados escenarios colectivos, siendo el estado de la economía su principal eje.

En este punto el gobierno de Cambiemos cayó en el error de sobreestimar el origen de su capital político, confundiéndolo con una promesa de fidelidad de quien no está acostumbrado a ser oficialismo. Hacia fines de 2017 su misma lógica comienza a jugarles explícitamente en contra. Se vieron forzados a una mutación del discurso que decantó en una quimera bastante confusa: un gobierno que buscaba reemplazar lo político por el resultadismo económico, siendo este deficiente y agravado por un sacrificio completamente asimétrico; un Macri personalista necesitado del apoyo de los convencidos en nombre del fin del personalismo; la “normalización” de las relaciones públicas vía medidas extraordinarias y endogámicas junto a un modelo “republicano” negador de la existencia de la divergencia, que a su vez despositaba en ésta todos los vicios y males circunstanciales. 

Se centraron entonces alrededor del mercado como un ente más religioso que empírico, impalpable y sobre-ideologizado (ya que nunca llegó) mientras acrecentaron enormemente el caudal de aquellos denominados indeseables que fueron quedando al margen de este modelo especulativo. Siendo que los mercados nunca terminaron de nutrirlo y la ciudadanía está cada vez más reducida en sus opciones de vida, sometida a un sacrificio que se prolonga exponencialmente, nos encontramos frente a un esquema donde los roles del oficialismo y la oposición se invirtieron, pero con el agravante de presenciar la autodestrucción del paradigma que Cambiemos intentó constituir.

¿Por qué ocurre esto? Porque ese paradigma del concepto de lo político hoy funciona como una prisión cada vez más pequeña y disociada de la realidad, cuando un paradigma debería funcionar como una identidad expansiva en sí misma, siempre que se plantee la necesidad de disputar poder real y no quedarse en una reafirmación identitaria de los propios.

Asistimos entonces al punto quiebre de esta experiencia política, donde el único camino posible es, primero, no dejar huérfano de representatividad a ese famoso 40% del electorado antiperonista, pero al mismo tiempo asumir la necesidad de tener que adaptarse a una realidad más allá de esos sectores históricos para poder aspirar a cambiarla. Esta contradicción resulta nada sencilla de resolver, ya que las condiciones dadas en los inicios del gobierno de Cambiemos fueron muy favorables y es difícil imaginar un escenario similar en un futuro cercano.

El desafío se traduce en lo que algunos llaman peyorativamente como “peronizarse”, que consiste lisa y llanamente en encontrar mecanismos de adaptabilidad a la realidad efectiva, algo bastante universal como para delegarlo infantilmente al adversario como si fuera una cualidad intrínsecamente negativa. En un combate en el plano de las ideas existen dos medios prácticos para barrer a un adversario: se lo elimina, o se adoptan subsidiariamente sus tesis (no por nada el menemismo, a modo de ejemplo, es igual de incómodo para algunos peronistas y no-peronistas).

Ahora bien, la adaptabilidad desde un no-peronismo no es solamente un gesto hacia algún u otro sector, sino que consiste en la idea de co-gobierno como eje principal para administrar el país donde la insignia peronista puede padecer mutaciones o disputas, pero apostar a su completa extinción es algo irrealizable. Tampoco concuerdo con quienes dicen que “el peronismo es un destino”, ya que un espacio tan plural y con un fuerte componente identitario, libra ese “destino” a las pujas internas que son producto de la construcción política en común, donde siempre hay cierto riesgo de romper con la unidad.

En un combate en el plano de las ideas existen dos medios prácticos para barrer a un adversario: se lo elimina, o se adoptan subsidiariamente sus tesis.

Cualquiera puede ser bueno trazando consensos entre los suyos, pero la verdadera esencia del conflicto nace con la democratización de estos horizontes, posibilidad que existió en el oficialismo victorioso del 2017 y que posteriormente se entendió como un valioso aprendizaje con respecto a la necesidad de incorporar peronismo. Las sumas son peligrosas” objetó Durán Barba a partir de esa posibilidad, apelando a una visión estratégica que prometía una maximización del capital político con un nivel de riesgo casi nulo, mecanismo que funcionó con Cambiemos siendo oposición y en los primeros años de gobierno considerados como el período de gracia, pero funcional a raíz de un adversario dividido, con errores y sesgos tremendamente evidentes, más que por virtud en sí mismo.

Posteriormente, cuando esta lógica entra en crisis, la tensión entre el hilo que divide la visión idealista del gobierno y la realidad se resolvió en favor de la primera, con las consecuencias descritas anteriormente y expresadas en los resultados de las PASO más allá de la incorporación de Miguel Ángel Pichetto a modo de compensación en búsqueda de ese peronismo “racional”.

El período de mayor contenido político aparece tardíamente en el tramo desde las PASO hasta las Generales en octubre. La radicalización del discurso volviendo a poner los valores conservadores tradicionales como prioridad (hacia el famoso “núcleo duro”) fue algo más que evidente y sobre todo necesario en función de esta última etapa donde la unión hace la fuerza. 

Este viraje combativo que llama a la participación desde un lugar fatalista fue eficaz, porque, en mi opinión, partió de la premisa de que ante el espanto hasta el más apolítico se politiza, y en Argentina los auto denominados apolíticos son en mayor proporción anti-peronistas cuyo voto no aparece o va hacia espacios minoritarios en momentos del país medianamente estables.

El período de mayor contenido político aparece tardíamente en el tramo desde las PASO hasta las Generales en octubre con la radicalización del discurso volviendo a poner los valores conservadores tradicionales como prioridad .

Ante la sorpresa que despertó la sustancial recuperación de votos por parte de Juntos por el Cambio en este contexto económico, la polarización en relación a un criterio amigo-enemigo, en el sentido schmittiano del término, generó en el electorado una sensación de que acá se trata de algo mucho mayor a una elección: definimos al fin y al cabo dos formas irreconciliables de experimentar la vida en sociedad, por lo tanto no votar, votar en blanco o a un candidato sin ninguna chance de triunfo se convierten en opciones más difíciles.

Siendo que aproximadamente el 88% del electorado se repartió entre el Frente de Todos  y Juntos por el Cambio, la enseñanza de este momento es comprender que no sólo pierde quien no deja una economía mejor a la que recibe en su mandato, sino que la división interna de cualquiera de los dos es garantía de derrota en el futuro.

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