Devorados por el consumo

“De todos modos, mantener el actual ritmo de crecimiento de la población humana es tan suicida como mantener el despilfarro de los recursos naturales en los centros altamente industrializados donde rige la economía del mercado, o aquellos países que han copiado sus modelos de desarrollo.”

Juan Domingo Perón, “Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo”, 1972

1. Peronismo y entropía

Noviembre 2019. La palabra “Greta” aparece más en los medios que “grieta”, Alberto Fernández habla de “revolución social ambiental” con Patti Smith y me llega por WhatsApp una imagen de Justin Trudeau, presidente de Canadá, en una movilización ambientalista, con el subtítulo “está marchando contra su propio gobierno???”. Una nueva ola verde salpica Argentina, y el mundo.

En este contexto, vuelve a circular el “Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo”, documento elaborado por el expresidente hacia el final de su exilio en Madrid. Algunos recordamos haberlo conocido en base al post de Mauro Accurso en Artepolítica “Por un peronismo verde”. Discutiendo al respecto, un compañero plantea el argumento, en formato pseudoirónico, de que Perón era decrecionista.

El decrecionismo es una corriente de pensamiento relativamente difusa, con diversos niveles de radicalidad y de coherencia, pero en líneas generales sostiene una interpretación política directa de la segunda ley de la termodinámica: el crecimiento es, de por sí, insostenible. El planteo se vincula siempre a la necesidad de frenar lo antes posible todo crecimiento económico y explotación de recursos naturales, reconducir a la sociedad a vivir “con lo que tiene” y el retorno a formas económicas, al menos, precapitalistas. Desde el ecologismo como responsabilidad empresaria hasta el post-trotskismo de Maristella Svampa, pasando por el eco-fascismo y el anarcoprimitivismo, el decrecionismo es una corriente extraña que produce, inmediatamente, rechazo.

Marcha por el Clima, 1 de octubre de 2019.

El peronismo, por supuesto, está muy alejado de cualquiera de estas ideas. Cuando durante el tercer gobierno de Perón se creó, en una jugada muy anticipada a los tiempos, la Secretaría de Estado de Recursos Naturales y Ambiente Humano, esta se colocó dentro del Ministerio de Economía: subsumir lo ecológico a lo económico es exactamente lo que el decrecionismo invierte.El argumento irónico, sin embargo, despierta algunas preguntas sobre la naturaleza del peronismo. La noción de “bienestar social”, al servicio de la cual el justicialismo pone a la economía en general y el capital en particular, debe ser complejizada.

2. Sociedades de despilfarro

El modelo de acumulación que consolida el primer peronismo es en definitiva y por sobre todo un modelo específico de industrialización. Si bien el modelo basado en el agro había comenzado a declinar más de una década antes de la llegada de Perón al gobierno, es evidente que fue este gobierno el que instauró un punto de no retorno. Aún luego del golpe de 1955, y hasta al menos el Rodrigazo veinte años después, la disputa fue por la forma específica que el modelo industrializador debía tomar. El crecimiento, en particular de un país del Tercer Mundo como lo es la Argentina, no está nunca en juego para el justicialismo. 

Sin embargo, tal vez podemos encontrar una mayor relación con los discursos que mencionamos previamente en su rechazo al consumismo, que está directamente ligado a la noción de “crecimiento insostenible” que articula las miradas distópicas del tipo decrecionista.

Perón era claramente consciente de la profundidad de las transformaciones operadas en la estructura social y en las características objetivas y subjetivas de los trabajadores entre su exilio y su retorno a la Argentina. En Modelo argentino para el proyecto nacional, que de alguna forma fue la actualización final de su doctrina, se refiere específicamente al problema del consumo:

Cuando una sociedad incrementa el grado de sofisticación del consumo, aumenta a la vez su nivel de dependencia. Esto es, en gran medida, lo que ocurrió entre nosotros. Por un lado, el ciudadano se ve forzado a pagar por la tecnología de lo banal; por otro, el país gasta divisas en consumo innecesario. Pero, a la vez, es impostergable expandir fuertemente el consumo esencial de las familias de menor ingreso, atendiendo sus necesidades con sentido social y sin formas superfluas. 

Es importante notar el uso de ciertas categorías: banal, superfluo, sofisticación. Más adelante usará más: inútil, prescindible, voraz, artificialmente estimulado. La disputa de Perón contra el consumismo es fundamentalmente ética, y consiste en un punto en la más clara supervivencia de la doctrina social de la Iglesia católica como columna vertebral de la ideología peronista en la etapa más avanzada de esta. Esto estaba articulado con un discurso antiimperialista y, atención, con una crítica al rol de los medios de comunicación. 

Perón llama a las sociedades de consumo “sociedades de despilfarro”, sólo cuatro años después del libro de Baudrillard que ayudó a popularizar el primer término. Las describe como “sociedades altamente competitivas, devoradas por el consumo”.

Los conceptos de “bienestar social” o “felicidad del pueblo” son omnipresentes en el discurso justicialista justamente por su carácter difuso, por la posibilidad de encarnar una multiplicidad de ideas y de articularse “en contra de”; los adversarios del peronismo serán aquellos que rechacen la felicidad, que exijan un sacrificio. Pero la doctrina justicialista es siempre más profunda que las veinte verdades: la problematización peronista del tema del consumo se mueve en dos sentidos. En un plano individual, existe una concepción ética profundamente espiritual del hombre cuyo desarrollo compone buena parte del “bienestar”. En un plano colectivo, esto se articula con una responsabilidad asociada a reducir la contaminación y el despilfarro de los recursos naturales, para lo que se debe “regular y analizar las necesidades dando preeminencia a las más auténticas, compatibilizándolas con nuestra liberación”

Ninguna de las cuestiones vinculadas a consumo, ambiente y recursos naturales planteadas por Perón en los primeros años de los 70 nos es ajena hoy. Pero lo que resulta interesante es justamente que Perón no es decrecionista, usando el término no sólo en referencia a las ideas generales que conlleva sino a la ética que implica adherir a estos principios. El pragmatismo inherente al peronismo, la gran responsabilidad que implicaba para el justicialismo el desarrollo de una nación sumida en un caos creciente, su natural conciencia de las necesidades insatisfechas de los desposeídos, su ferviente antiimperialismo, no juegan un rol secundario sino principal. La preocupación por el ambiente y por el consumo no son exógenos sino endógenos, surgen de la misma noción de justicia social (y por qué no, de las otras dos banderas), no son agregados posteriores. 

Las palabras de Perón evocan, en un cierto sentido, las de un dirigente político con el cual comparte poco: Julio Anguita, el mítico líder comunista español que fue alcalde de Córdoba en los primeros años del posfranquismo. Anguita recupera un concepto que, crisis europea de comienzos de siglo mediante, genera inmediato rechazo en el campo popular: el concepto de austeridad:

La austeridad es una manifestación de la racionalidad en cuanto al uso de los recursos, la aplicación de los mismos a las necesidades inherentes al desarrollo personal y colectivo y su reposición en aras del equilibrio ecológico. La austeridad es incompatible con unas fuerzas económicas y financieras totalmente desligadas y ajenas a las decisiones de los poderes públicos

Anguita reivindica, en sus palabras, una austeridad “romana”, republicana. El dirigente español la recupera a su vez del comunista italiano Enrico Berlinguer, líder del PCI en los 70-80, y la usa explícitamente contra las llamadas políticas de austeridad aplicadas en el Reino Unido, Grecia, Francia y otros países europeos. El mismo concepto es fundamental en la ética que ha desarrollado el comunismo cubano ante el bloqueo. Y está plenamente presente en el discurso peronista, aunque nunca se use la palabra precisa.

3. Gobernar es dejar consumir

Ahora bien, existe una complejidad particular en el caso del peronismo. Iniciamos la sección anterior hablando del modelo de industrialización consolidado por el primer gobierno peronista. Es importante recordar que existen diferentes formas de organizar y planear la industrialización, y que esto dio pie, en 1940, a un debate público en nuestro país, en torno al Plan Pinedo. Este fue el primer proyecto consistente de modificar el modelo basado en la exportación primaria por uno de industria, pero el abuelo del actual presidente provisional del Senado proponía una industrialización exportadora. Perón, el general Manuel Savio, y muchos de los participantes del movimiento que se haría con el poder tres años más tarde se encontraron contraponiendo a este el modelo de industrialización para el mercado interno que terminó siendo el desarrollado con profundidad desde 1946.

El proyecto económico peronista es esencialmente mercadointernista. Y esto plantea dos dilemas. El primero tiene que ver con el choque producido entre la ética de condena al consumo y la necesidad que el modelo económico tiene del mismo. Este es un problema de mayor envergadura que el problema filosófico que tiene el peronismo con el deseo de las masas: este último puede ser interpretado, está matizado por la idea de que los deseos de los sectores populares son producidos por los medios de comunicación, es articulable con la noción antiimperialista del movimiento. Digamos que como en todo populismo, la relación del peronismo y el pueblo no es reductible a una idealización de este o un paternalismo puro, sino que es un vínculo complejo con grises que permiten acoplar esta primera contradicción.

El general Manuel Savio en Altos Hornos Zapla, Jujuy.

Sin embargo, el choque que tiene el anticonsumismo con el modelo económico basado en el consumo es de otro orden, del orden de la necesidad, no de las necesidades (in)satisfechas de los sectores populares sino de lo necesario para el sostén del Modelo. Esta contradicción entra en juego más adelante. En las veinte verdades, por ejemplo, la preocupación era otra: “que cada uno produzca al menos lo que consume”; no hay preocupación por el crecimiento desmedido, sino por justificar teóricamente al trabajo como fuente de dignidad. No por nada Perón se encuentra frente a frente con este problema cuando ya está planeando su regreso desde Madrid, de forma contemporánea a las nociones de austeridad-comunista que nombramos al comienzo (Anguita en el posfranquismo, Berlinguer en la Crisis del Petróleo, Cuba cuando el monocultivo azucarero no basta).

Perón busca enfrentar la cuestión desde su doctrina, pero no podrá hacerlo desde su práctica de gobierno, que a fin y al cabo será profundamente breve y enfocada en problemas de mayor urgencia. Pero no deja de llamar la atención que el tema del consumo es crucial para los dos peronismos post-Perón: menemismo y kirchnerismo. En más de uno de sus artículos (pero sobre todo en “Menem: Un busto ahí”) Martín Rodríguez define una de las transformaciones centrales de los años noventa como el cambio de movilidad social ascendente por, simplemente, consumo:

En la Argentina somos raros: creemos demasiado en el capitalismo y lo asfixiamos. Y aunque hoy nos gobierne una corte de liberales que detestan esa “naturaleza argentina”, la última herencia y más difícil de sacarnos de encima de estos setenta años de peronismo es “el derecho a consumir”.

El kirchnerismo no se apartó de esto. De hecho, el consumo como motor de la economía se convirtió en un tropo discursivo reiterado hasta el día de hoy por Cristina, y sólo un poco menos por Alberto Fernández. “Poner plata en el bolsillo de la gente”, “reactivar la economía desde abajo”, los subsidios como salario indirecto para las clases populares. Sobre este último ejemplo, es interesante una crítica, una marca de los límites intrínsecos de la situación, que surge desde adentro. En su libro Los tres kirchnerismos, el economista Matías Kulfas, hoy un miembro central del equipo económico del Frente de Todos, sostiene que 

con tarifas bajas y una apreciación cambiaria que abarató el costo de las importaciones, las prácticas de uso racional de la energía carecieron de incentivos. Estás prácticas (…) hubieran permitido un ahorro de energía estimado en un 5% y, con ello, un ahorro de divisas de hasta 2000 millones de dólares (…). La magnitud de estos desajustes es tan grande que terminó por convertir un problema sectorial en un problema macroeconómico.

El dato refiere en forma específica al consumo de energía, pero podemos fácilmente pensar en los patrones de consumo sostenidos por el kirchnerismo como, volviendo a la terminología del comienzo, insostenibles, no para el futuro de la humanidad, pero sin duda para el sostén del bienestar social necesario para la continuidad del proyecto político

Existe un segundo dilema que surge de la condición mercadointernista de la economía peronista. Tiene que ver con la equivalencia tantas veces citada por Axel Kicillof entre peronismo y keynesianismo: distribuir para crecer. El consumo se articula directamente con el crecimiento, y volvemos así al problema con el que empezamos

El peronismo condenó éticamente al consumo, a la vez que lo amplió como forma de justicia, y temió por los resultados del crecimiento continuo, a la vez que lo desarrolló. Estos dos términos, consumo y crecimiento, pueden usarse para una historia completa del peronismo, desde sus antítesis. Felicidad del Pueblo, anticonsumismo. Responsabilidad con el ambiente, crecimiento industrial. Estos dilemas son constitutivos del peronismo, y una vez más destacamos su rechazo de esta fenomenología barata del apocalípsis ya, su rechazo a subsumir una lógica por otra, su a veces desesperado intento por poner estos dilemas en el centro del accionar político y resolverlos con pragmatismo y responsabilidad.

4. Peronismo balanceado

Hemos sido, tal vez, algo injustos al comienzo de esta nota al bastardear las políticas que se enfrentan al crecimiento. No por el decrecionismo en sí, sino por algunos de sus primos hermanos, entre los que encontramos, claramente, a gran parte de los movimientos sociales que hoy parecen formar una segunda columna vertebral del tan deformado movimiento nacional popular. Renunciar al crecimiento no es una opción, no lo es siquiera para ellos, pero sus críticas al modelo de acumulación existente no pueden ser más justificadas, ni puede negarse la potencia emancipatoria presente, más que en sus esbozos de programas de economía social o solidaria, en su sola presencia en la escena política.

Irrumpieron en escena con la caída de la Convertibilidad, con los piquetes del 2001, sin dudas, pero ¿qué ámbito político los recibió? El peronismo; un peronismo kuka, progre, chavista; un peronismo “de Perón”, randazzista, con pretensiones de autonomía; finalmente un peronismo de Todos. Y Todas. Esto es sintomático tal vez de una cuestión esencial al peronismo: aunque nunca lo encuentre, no deja de buscar ese equilibrio entre desarrollo-crecimiento y bienestar-consumo. La responsabilidad con la que asume los problemas de la Argentina lo lleva a afrontar estas contradicciones y a buscar activamente equilibrar una balanza que nunca podrá enderezarse. Lo lleva también a cometer errores, y lo lleva por el mismo camino a corregirlos.

Si hay un movimiento que tuvo sentido del momento histórico, es el peronismo. Sus herramientas teóricas, sus experiencias prácticas, no pueden más que ser útiles cada vez que surge una nueva problemática.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s