Un cambio de raíz ‧ Por Gabriel Orozco

Por Gabriel Alejandro Orozco *

Más allá de las trampas de los recursos naturales y buscando la sustentabilidad

Los vientos en América Latina y el Caribe son contradictorios y están atravesados por la incertidumbre. Por una parte, la región se enfrenta a enormes desafíos. Se manifiesta una tendencia decreciente en el crecimiento económico, convulsiones en Ecuador, Chile y Bolivia, se proyectan niveles récord de concentración de gases de efecto invernadero y un número inédito de especies está en peligro de extinción. Sin embargo, una transformación radical tecnológica y productiva atraviesa a estos fenómenos y puede colaborar decisivamente en un crecimiento sostenido. No es una panacea, sino un cambio acuciante que aprovecha las ventajas de la región y las combina con los avances del siglo XXI. Es así como la bioeconomía modifica la forma de pensar las políticas públicas, de entender los territorios y de construir una visión común de sueños colectivos.

Biomasa + Conocimiento

La bioeconomía es un concepto polisémico y para nada moderno. La evolución humana está ligada a la mejora en la administración y dominación de los recursos biológicos. Sin embargo, debido al crecimiento demográfico, la urbanización, el cambio climático y el agotamiento de los recursos fósiles, ella surge como una alternativa para contribuir a solucionar estos problemas. Impulsada inicialmente por la Unión Europea (UE) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), hoy se entiende a la bioeconomía como el uso del conocimiento científico y tecnológico para tener un mejor y mayor aprovechamiento de los recursos y procesos biológicos, de forma más eficiente y sostenible en el sistema productivo. Por ello, se complementa con los conceptos de economía circular y economía verde, abocados a lograr menores huellas de carbono y aplicar los principios de reutilización, reducción y reciclaje de recursos.

En América Latina y el Caribe, por lo tanto, este fenómeno es central, dada su dotación relativa de recursos naturales renovables y no renovables. Asimismo, debido a que la biomasa se procesa más eficientemente en origen, tiende a generar empleo e integración de las diferentes cadenas productivas. En consecuencia, se tiene la visión de que este modelo puede promover el crecimiento con base en la Agenda 2030, la inclusión social, la diversificación productiva y el desarrollo local. Si se tienen en cuenta los históricos problemas que la región debió solventar, en torno a la gestión de sus riquezas, es un enfoque atractivo para gobiernos, empresas y comunidades de todo tipo.

Un traje a medida

En el siglo XXI, el conocimiento es el capital más valioso. No obstante, en el campo de la bioeconomía debe ser acompañado por un contexto agro-ecológico, institucional y macro-económico apropiado. Es por ello que, a decir de Guillermo Anlló, la región cuenta con una mano ganadora en este partido de póker global. El corolario es un posicionamiento estratégico para aportar soluciones para la inseguridad alimentaria, una población creciente, un clima cambiante y una biodiversidad menguante.

Así, cabe considerar que América Latina cuenta con una amplia y diversa base de recursos naturales (producción, biodiversidad, agua y tierra disponible) relativa a otras áreas del mundo. Seguidamente, los sectores tradicionales (agrícola, ganadero, forestal y pesca) pueden mejorar su productividad, aprovechar recursos como los desechos y externalidades positivas. Dada esta diversidad, es más pertinente hablar de diferentes senderos de especialización para cada territorio. Desde otra perspectiva, existe un caudal de conocimientos acumulados convergentes en materia de ciencias biológicas, de la información, nanotecnología y ciencias cognitivas. Esta circunstancia permite valorizar los atributos de la biodiversidad y las prácticas eco-intensivas. Asimismo, están presentes cadenas de valor y sectores empresariales consolidados en materia agroalimentaria, química y farmacéutica. Estos casos evidencian la cooperación público-privada, la innovación productiva y una orientación hacia procesos menos contaminantes.

Este potencial fue evidenciado tempranamente por la cooperación entre la UE y los países latinoamericanos a través del proyecto ALCUE-KBBE. El mismo arrojó 6 senderos en vistas de las asimetrías territoriales: valorización de los recursos de la biodiversidad, ecointensificación, biorrefinerías y bioproductos, aplicaciones biotecnológicas, mayor eficiencia en las cadenas de valor y servicios ecosistémicos. Todos ellos permiten una especialización inteligente, es decir, orientar las estrategias de producción y consumo según las ventajas competitivas, la demanda, las asociaciones de innovación y la coordinación de gobiernos, sociedad civil, empresas y sistema científico-tecnológico. Puede observarse este enfoque en experiencias exitosas, como el proyecto energético a base de caña de azúcar del Grupo Los Balcanes (Argentina) y el aprovechamiento de la pulpa del café en la biorremediación de los suelos realizada por CoopeTarrazú (Costa Rica).

Más allá de buenas intenciones

No obstante el enorme potencial de la región, es necesario mencionar que existen diferentes barreras que obstaculizan su capacidad para alcanzar sus objetivos. Desde el espectro territorial, existen grandes asimetrías en términos de productividad, capacidades científico-tecnológicas, dotación de recursos naturales, grado de madurez institucional y empresarial, estructura productiva y apertura económica. Desde la economía política, Rozenwurcel y Abrieu (2012), han clasificado a los países ricos en recursos naturales según la sostenibilidad a largo plazo de su explotación y el la equidad que poseen las políticas públicas, visualizando que ningún país en la región ha construido todavía un modelo integrado en estas dimensiones. Desde el enfoque de la sustentabilidad, Dietz et al (2018) alertan sobre la existencia de muchos y variados mecanismos que promueven la bioeconomía en la región, pero una escasa evaluación de los riesgos que conlleva este paradigma.

Por otro lado, desde la investigación local, Rodriguez et al y Trigo et al (2018) ponen de manifiesto limitaciones estructurales en América Latina. Es así como existen marcos regulatorios complejos, descoordinados, que no permiten responder al rápido avance del conocimiento y que no se adaptan a los requerimientos del mercado. A su vez, se presentan barreras al acceso a mercados tales como las limitaciones en trazabilidad, deficiente protección de derechos de propiedad y falta de conciencia en los consumidores. También, si bien hay progresos, en general el financiamiento para estas actividades es escaso, fundamentalmente de origen público y sin una cultura de inversión en innovación.

Además, se acreditan grandes dificultades para pasar del conocimiento de laboratorio a los emprendimientos públicos y privados.

La mano invisible de las instituciones

Las condiciones habilitantes y limitantes están presentes para el crecimiento de la bioeconomía como estrategia de desarrollo. De hecho, desde hace más de treinta años que se edifican emprendimientos en aplicaciones biotecnológicas en el agro, bioenergías, bioquímica y aprovechamiento de la biodiversidad. No obstante, hasta el presente no han existido marcos institucionales integrales y que respondan a las necesidades tanto del desarrollo tecnológico, como de las sociedades y las actividades productivas. Esto ha sido así tanto a nivel nacional, como regional y local. Afortunadamente, las perspectivas parecen estar cambiando.

Desde principios de la década, varios países y provincias latinoamericanas han venido construyendo estrategias relacionadas a la bioeconomía, y actualmente existe la voluntad para avanzar en una visión regional. Este estado de situación ha sido el resultado de esfuerzos de una comunidad de científicos, tomadores de decisiones políticas, empresarios y académicos que pusieron a la bioeconomía en el radar de las políticas públicas. A su vez, se consolida una cooperación internacional que desde hace décadas combina el aporte de organismos intergubernamentales (FAO, UE, UNESCO, CEPAL, IICA, BID, etc) con actores locales y redes de expertos. Estas experiencias han permitido, también, enmarcar a la bioeconomía en una narrativa particular y generar una institucionalidad acorde.

Actualmente, como parte de estos movimientos convergentes, se han establecido la Red Latinoamericana en Bioeconomía (Red Bioecolatina) y el Observatorio Latinoamericano en Bioeconomía. Este proceso pone de relieve el rol de las instituciones como marcos de reglas consensuadas para el pensamiento y la acción. Además, se visualiza el papel de las organizaciones internacionales como plataformas para la difusión de información, provisión de incentivos y mitigación de riesgos en el camino a la sustentabilidad.

Se hace camino al andar

A partir de esta evaluación, puede advertirse que los retos presentes son enormes y se ven contrapesados por ventajas y oportunidades igualmente imponentes. En el trayecto para cerrar las brechas entre expectativas y resultados ¿qué le depara a América Latina y el Caribe?

Para responder a este interrogante, en primer lugar, es preciso que los movimientos que dieron cabida al crecimiento de la bioeconomía maduren y se expandan a todo el entramado productivo, social y político. Es así como las redes y plataformas existentes necesitan contar con el debido acompañamiento político, tanto en recursos financieros, como el lugar organizacional preciso y una visión clara. Seguidamente, las medidas que promueven las actividades bioeconómicas deben ser acompañadas de proyectos que evalúen los riesgos y posibles conflictos entre objetivos, estableciendo acciones que los mitiguen. De igual manera, cada territorio deberá elegir su combinación de senderos productivos con una dinámica determinada: “desde abajo hacia arriba” con el sector público como facilitador o “desde arriba hacia abajo” con el Estado como director. Por otro lado, deberá definirse el grado y modos de participación de la sociedad civil en el proceso, algo vital para la supervivencia del programa político. Por último, las nuevas iniciativas deben apoyarse en las anteriores, favoreciendo la colaboración horizontal y a varios niveles entre los diferentes participantes, tales como los Centros Latinoamericanos de Formación Interdisciplinaria (CELFI) y el Programa de Bioeconomía del IICA.

Los resultados iniciales están a la vista. El desafío para las próximas generaciones es cimentar proyectos colectivos que movilicen las emociones y el ingenio en pos de objetivos de largo aliento. Por mérito propio y debido a las necesidades del planeta, la bioeconomía tiene un lugar privilegiado en ese escenario.

* El autor es Licenciado en Ciencia Política y de Gobierno (UCES) y es alumno de la Maestría en Política y Economía Internacionales (UdeSA).

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