Decálogo bicentenario ‧ Por Dante Sabatto

Por Dante Sabatto

Este 31 de diciembre, además de un año, finalizó una década. Los ‘10, esa década incómoda, impronunciable (¿los años diez?). En Argentina, vimos pasar tres presidentes, el primer ballotage, la primera reelección fallida, el primer presidente no originado del PJ o la UCR, el debate del aborto legal en el Congreso, la muerte de dos expresidentes.

La década anterior tenía una narrativa clara: crisis económica del 2001, recuperación, crisis política del 2009. El “electrificación y soviets” de nuestros ‘00 fue “peronismo progresista y superávits gemelos”. Con esta distancia nula de la década recién terminada, quiero esbozar algunas ideas sobre estos diez años.

1. La década perdida de la Grieta

Imposible arrancar por otro lado. El primer año de los ‘10 fue el del Bicentenario, el del sueño glorioso del orden y progreso kirchnerista. Se había superado el momento jacobino del 2008, se había salido de la transversalidad con más transversalidad y el populismo cotizaba en alza. 2010: festejos populares, boom del consumo, muerte de Néstor. Las tres ocupaciones de la calle del kirchnerismo: la ciudadanía organizada celebrando, los sectores populares llenando los shoppings, el pueblo politizado de luto. De mayo a octubre (dos meses de connotación ya fuerte para nuestro país) se dio el recorrido total del populismo, del momento constituyente de un nuevo orden, a la cotidianeidad pacífica, a un nuevo día de desintegración en el dolor. 

2010 fue, por desgracia, una última visión de la Argentina sin la Grieta, de la Argentina que leía el pasado reciente de 2008 y 2009 como un enfrentamiento concreto por una temática eminentemente política que la política misma resolvía. Con 2011 llegaron las elecciones y el resultado de ese 2010 glorioso, con la reelección de CFK. A la fundación mítica del nuevo orden kirchnerista, cómo a la Buenos Aires de Borges, sólo le faltó una cosa: la vereda de enfrente.

Al calor de esta ausencia se compuso la Grieta. Se confundió la ausencia de una oposición organizada que enfrentara al imponente proyecto CFK en las urnas con la ausencia real de una identidad antiK. Se confundió el duelo por Néstor con el festejo de Mayo, o mejor: se confundió a quienes despedían a un expresidente con quienes despedíamos a nuestro expresidente. La oposición se situó fuera del Congreso, fuera del ámbito donde se la podía ver, y se creyó entonces que estaba ausente. Desde ahí surgió el grito del 8N en 2012, las plazas de 2013, la candidatura de Massa, la épica de impedir la reelección indefinida.

La Grieta fue siempre retrospectiva. Nació adulta, nació pronunciada por Jorge Lanata (considerado entonces el principal opositor: un periodista, qué signo más claro de la etapa prepolítica, parapolítica de la oposición) en una entrega de premios, poco más que como un término para denominar esa ausencia. La Grieta se hizo presente en el 8N siguiendo el molde populista laclausiano casi al pie de la letra. De un lado estaba el kirchnerismo, o más bien, Cristina; del otro, el conjunto difuso de quienes se oponían a la ley de medios, la democratización de la justicia, las carteras Louis Vuitton, los DDHH, el chavismo, la 125, las candidaturas testimoniales. 

¿Era la marcha del 8N la marcha de quienes se querían ir a Punta del Este todos los fines de semana? Sí, pero no sólo sí. Esa era la marcha opositora que le servía al kirchnerismo. El error fue creer que ahí se agotaba. El kirchnerismo se cayó en la Grieta, en la noción de que sus opositores eran los lectores de un diario y no dirigentes políticos representativos de inmensos sectores poblaciones que eventualmente irían a enfrentarlo (y a vencerlo) en las urnas.

Los últimos cuatro años son un recuerdo más fresco. El gobierno de Macri metió en cana a Milagro Sala y se llevó a Massa a Davos. Quiso cerrar la Grieta haciéndose una oposición a su medida, es decir que la cavó más profunda. Macri quiso elegir lo único que no se elige: la oposición. 

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 2. América Latina y el desorden

La década que termina coincide con un proceso claro en América Latina. Comienza en el punto cúlmine de los gobiernos nacionales y populares del siglo XXI: Fernández de Kirchner, Chávez, Lula, Evo Morales, Mujica, Lugo, Correa, Ortega, Raúl Castro, Humala. Si bien nunca dejó de haber líderes de derecha (Piñera, Santos, Calderón), el giro a la izquierda era pronunciado y, sobre todo, se llevaban bien. En otras palabras: no se negaban legitimidad democrática. 

Este tiempo llegó a su fin con el golpe a Lugo en 2012, cuyo mismo carácter de golpe no fue nunca sostenido por todos. Luego sobrevino la muerte de Chávez. Los procesos de Venezuela y Nicaragua se radicalizaron, y la ventana de Overton se transformó. En un proceso de pocos años, Castro, Maduro y Ortega dejaron de ser simples interlocutores del juego político y su sola aceptación como tales se ideologizó. La situación en Honduras, luego del golpe de 2009, nunca se estabilizó. En general, el orden del eje UNASUR se cayó más rápidamente de lo que se había levantado.

La década que termina fue una década de desincronización de la política latinoamericana. México eligió su primer presidente progresista en décadas. En Argentina la derecha llegó y volvió a irse. Luego de 15 años, el Frente Amplio perdió el gobierno en Uruguay. Moreno traicionó su partido y sumió a Ecuador en el caos. Contra cualquier expectativa, el segundo gobierno de Piñera se marcó de movilizaciones populares en contra del sistema menos criticado de la historia del continente. Cuba parece transitar con cierta paz su primer presidente no apellidado Castro (y perdimos, en el camino, a uno de los hombres más grandes que nació de este continente). En Brasil, Dilma sufrió un impeachment fraudulento, Lula fue preso, un neofascista fue electo presidente, Lula fue liberado y el desorden aumenta al minuto. En Bolivia, Evo plesbicitó su reelección, rechazó la negativa y, pese a imponerse en las urnas, sufrió un golpe cívico militar.

Nada reemplazó al eje ordenador de la UNASUR. El giro a la derecha no instituyó un ciclo breve: ni siquiera instituyó un ciclo. Piñera no es Bolsonaro, sino un representante de la derecha conservadora, clásica, institucional, y su gobierno es el que enfrenta una crisis de legitimidad más aguda. La derecha tiene medios, y los pone en juego. Pero no tiene un endgame. Es difícil contar la historia de los ‘10 en América Latina porque es la historia de una crisis que no finaliza: algo se cayó y nada ha conseguido erigirse en su lugar.

 3. Introducción a la aritmética

¿Qué aprendió nuestro sistema político de esta década?

Es evidente que el aprendizaje no tiene que ver con una esencia trascendente a la política. La misma moraleja que el kirchnerismo quiso sacar de sus doce años y medio era fundamentalmente posmoderna: no fue magia. La reafirmación de la política como herramienta y esencia a la vez. La justicia social, la independencia económica y la soberanía política pueden ser el fin, pero ya no son lo que se afirma, sino que se afirma el carácter transformador de la política en sí. El macrismo tomó nota, armó un frente y ganó las elecciones, y entonces el peronismo armó un frente y ganó las elecciones. La política, la política, la política.

De este proceso simétrico hubo un aprendizaje simétrico, y un aprendizaje puramente aritmético. El peronismo unido tiene un piso de unos 45 puntos. El antiperonismo unido tiene un piso de unos 40 puntos. Los incentivos para continuar dividiéndose son mínimos. Los incentivos para dividir al otro son máximos. 

Esta noción ya estaba presente. Al introducir la transversalidad y a la UCR dentro del mismo kirchnerismo, se buscó (y se logró) dividir a una oposición que no era tan débil en 2007. Al sumar a sectores provenientes del peronismo, la Alianza tuvo una chance en 1999. Pero la remontada de 7 puntos del macrismo entre agosto y octubre, así como el imprevisible 48% del Frente de Todos, y la alternancia misma en elecciones consecutivas de dos fuerzas políticas, sirvieron para grabar a fuego esta idea en los dos espacios políticos. El bipartidismo de los 80 renace como bifrentismo. Partimos en 2011 de un peronismo casi unido pero expulsivo y una oposición desintegrada y sin vocación representativa, a 2019: dos polos claramente conformados, con vocación de unidad en la diversidad y de maximizar su representación.

Podríamos pensar la historia democrática de Argentina, estos 36 años, como una teleología del disenso político. La luz del bipartidismo en el 83 y el 89, la ruptura por izquierda del peronismo en el 95 (FrePaSo) y por derecha en el 99 (Alianza por la República), la unión del tercer partido con la UCR en la Alianza, la desintegración del 2003, la reestructuración en torno al polo único K entre 2005 y 2011. El aprendizaje de la última década pone en cuestión la manera en que se construyó el disenso en la anterior y plantea una vuelta al origen. Pero ya nada es igual.

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 4. Progre cismas

En 2010, el año cero de este racconto, contiene un hito histórico. Nos convertimos en el primer país de Latinoamérica en legalizar el matrimonio igualitario. No deja de ser importante el nombre que le dimos, tan distinto del gay marriage (light), del matrimonio homosexual (horrible). Como siempre en el kirchnerismo, intervino la política, la voluntad de algún funcionario en remarcar gramscianamente el carácter ideológico de todo. Pocas leyes tan cargadas de memoria: fue la única que votó Néstor Kirchner como diputado nacional.

Indicio de la ausencia aún de Grieta formalmente constituida, el kirchnerismo no hizo batalla cultural de la Ley. Se enfrentó muy difusamente a los discursos más reaccionarios, dijo “no hay lugar” al purismo liberal de Carrió, metió dos senadoras en un avión con destino China y aprobó la ley en las dos cámaras como quien aprueba el Día Nacional del Tatú Carreta. Similar fue la ley de Identidad de Género de 2011. No sin oposición (la hubo, y fuerte): sin Grieta profunda. Casi la mitad del FPV y más de la mitad de la UCR y el PRO se opusieron al matrimonio igualitario. La ley estuvo muy cerca de no salir. Hoy sería aprobada casi por unanimidad: utopía del progreso lineal y la teoría del desarrollo.

En el espejo de estos casos, la (todavía no sancionada) legalización del aborto. En los primeros ejemplos, el Estado desbordó a la sociedad civil, pasó por encima el timing, reconoció la demanda de la minoría correspondiente y jugó su rol igualador. En el caso del aborto, la sociedad civil desbordó al Estado, la política inundó todo y el gobierno macrista quiso anotarse el poroto de haber “permitido el debate” para después besar el pañuelo celeste. 

¿Quién hubiera dicho en 2015 que CFK y Scioli votarían a favor del aborto legal? Y sin embargo, es difícil pensar que habría habido “Ni una menos” (esa experiencia de irrupción masiva del feminismo) sin kirchnerismo. No porque lo haya promovido, sino todo lo contrario: porque el Ni una menos fue, en su origen, al menos crítico del kirchnerismo.

Tanto de arriba para abajo como de abajo para arriba, con el gobierno a favor y en contra, con las calles y sin las calles, esta década fue una década de fuertes avances en todo lo que implica derechos civiles. Como siempre, a la Argentina: en 2019 tuvimos nuestro primer diputado que era abiertamente gay previo a su elección: Maximiliano Ferraro, nuevo titular del bloque de la CC-ARI, probablemente el bloque parlamentario más conservador.

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 5. La cuesta abajo

Hay una constante económica clara en el período 2010-2019: cada año es peor que el anterior. Pasamos del boom de consumo a un kirchnerismo austero a una estanflación poderosa. Es fácil dividir la década en dos y decir que los problemas del tercer kirchnerismo se radicalizaron con el macrismo, a la vez que se sumaron nuevos, y es verdad.

Se trata de una década entera de intentos infructuosos por superar el agotamiento del modelo anterior. El gran problema del último kirchnerismo es que se decidió a simplemente sobrevivir: esperar que un pozo de petróleo, un nuevo boom de las commodities, algún aumento inusitado de la productividad lo viniera a salvar. La Argentina de los últimos diez años fue, sobre todo, económicamente frágil. Esto la hace excepcional en tanto fue, a la vez, políticamente estable, al menos si nos miramos en el espejo de otros países de la región. 

No se trata de buscar continuidades entre los modelos 2010-2015 y 2016-2019, que son claramente opuestos, sino de entender que hubo un aprovechamiento de las debilidades del último gobierno de CFK (expresado, por ejemplo, en el retorno de los fondos buitres) así como de sus fortalezas (el desendeudamiento) por el gobierno que la sucedió. Una década de inflación media primero, alta después; de desaceleración, estancamiento y caída del PBI; de creación de empleo baja primero, sólo precario después. La foto (arbitraria) de la década es opaca; el desafío, inmenso.

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 6. Vida y obra de San Cayetano

Estos 10 años coinciden casi exactamente con la existencia de la Central de Trabajadores de la Economía Popular. La CTEP se fundó en 2011, pero los comienzos de su institucionalización son del año anterior.

Los movimientos sociales cuentan una historia muy clara de nuestra Democracia. En los 90 se dieron las bases para su surgimiento, al calor del menemismo: jubilados, empleados estatales despedidos, jóvenes desempleados. En los 00 se dio la institucionalización del movimiento a partir del momento insurreccional de 2001, la muerte de Kosteki y Santillán y el ingreso y egreso de ciertos sectores (Libres del Sur, el FTV) al gobierno kirchnerista. En esta década se dio una segunda institucionalización, lo que podríamos llamar el momento corporativo de los movimientos sociales.

Si bien vemos claramente dos etapas, una de acompañamiento distante a un gobierno kirchnerista que no lograba reducir ese tercio de empleo precario y otra de confrontación directa con el gobierno macrista, la continuidad es clara. Los movimientos sociales se unificaron, se centralizaron, construyeron alianzas y vínculos precisos con los actores políticos. El sindicato de San Cayetano (CTEP-Evita, Barrios de Pie y CCC) conformó una alianza poderosa que terminó muy directamente vinculada al nacimiento del Frente de Todos.

No es menor que en 2013 haya surgido el liderazgo del Papa Francisco, que se convirtió en un polo ideológico que trajo nuevo aire al elemento socialcristiano y populista del peronismo. Grabois, el Frente Patria Grande, el FTD Milagro Sala, las marchas a San Cayetano. Todas experiencias difusas con diverso grado de éxito pero que indican una organicidad y madurez importantes de los movimientos sociales, que no son ya un actor de afuera de la política al que hay que “ir a buscar” sino un elemento interno a esta.

La década se cierra con el lanzamiento del UTEP, sindicato donde confluirán quiénes integran estos movimientos sociales, una estrategia que permite a las y los trabajadores de la economía popular ingresar a la CGT. Todo cambia.

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7. After 4G

Esta fue la década del 4G, casi literalmente. Las primeras redes de ese tipo comenzaron a funcionar en 2009, y en 2010 empezaron a llegar al resto del mundo. Y este año tuvimos las primeras noticias de que pronto tendremos tecnología 5G.

Fue entonces la década de las redes sociales, tal como las conocemos: Instagram se lanzó en 2010. En 2010, Twitter lanzó “the New Twitter experience”, una serie de modificaciones que la convirtieron en lo que es hoy.  Snapchat surgió en 2011. Facebook recibió las primeras acusaciones de venta de información privada de sus usuarios en 2010. La década de los smartphones. La década en que murió BlackBerry. La década en que Huawei pasó de empresa minoritaria a líder. La década del streaming: Netflix comenzó a prestar ese servicio en 2010. HBO en 2015. Apple Music en 2015. Twitch en 2011.

Los cambios tecnológicos de la década fueron vertiginosos y sus consecuencias se sienten en todo: han cambiado la manera de experimentar el mundo. Este año tuvimos la oportunidad de ver un golpe de Estado (en Bolivia) a través de videos en vivo y twitts. 

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 8. Pequeñas anécdotas

¿Cómo evitó Argentina el destino de la mayoría de sus países vecinos? ¿Por qué somos el país con una derecha ultra más débil electoralmente? ¿Por qué Cristina no fue Lula? Pero también, ¿por qué Macri no fue De la Rúa? ¿Cuán lejos estuvimos de elegir a un Bolsonaro? ¿Cuán cerca estuvieron, por ejemplo, las denuncias de fraude en Tucumán 2015 de convertirnos en Bolivia 2019?

Debe necesariamente ser más complejo que, Fernando Iglesias dixit, es el peronismo, estúpido. Hay mucho de ello, sin embargo: un movimiento tan amplio, tan catch all, tan institucionalista en los hechos en vez de en el discurso (donde a veces haría falta que lo fuera).

En estos años Argentina vivió una serie de tests institucionales que dejan una buena impresión sobre su democracia. El primer presidente electo no proveniente de los partidos tradicionales. El primer presidente no peronista en terminar un mandato. El primer presidente no reelecto. Dos cambios de signo en cuatro años.

Los síntomas, sin embargo, están ahí. Milagro Sala, Julio De Vido, Cristóbal López, un largo etcétera, pero no Cristina, nunca Cristina presa. Nada es absoluto: el gobierno de Cambiemos tuvo signos autoritarios claros, tendencias internas que se expresaron, pero que si bien incidieron nunca tomaron las riendas.

Tal vez sea la presencia de lo plebeyo siempre ahí, la evidencia que siempre aporta el peronismo de que hay algo más allá de lo representado a lo que siempre se debe tender y que nunca se debe olvidar. Que los movimientos que desbordan lo instituido siempre pueden moverse hacia dentro: que los pañuelos verdes pueden hacer que Cristina vote el aborto legal.

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 9. Plus ultra

El siglo XXI parece estar compuesto de una serie de refutaciones a la teoría del Fin de la Historia, del liberalismo globalizado como última etapa del Espíritu Absoluto. En la primera década, con la caída de las Torres Gemelas, el giro en la política estadounidense en Oriente Próximo y el nacimiento de los progresismos latinoamericanos. En la segunda, con la “primavera árabe”, la crisis del cambio climático, el fin del sueño sudamericano y las nuevas derechas pseudo-neo- fascistas.

“We came, we saw, he died” dijo la entonces Secretaria de Estado de EEUU, Hillary Clinton, y no podía parar de reir. La escena se dio cuando, en medio de una entrevista, se le comunicó que el líder libio Muammar el Gadafi había sido asesinado. 20 de octubre de 2011. Desde entonces, y hasta noviembre de 2016, sólo quedaría vivo uno de los líderes no alineados que Perón soñaba como aliados: Fidel Castro. Esta década vio morir a algunos de los más grandes líderes populares de la Historia.

Esta es también la década de Xi Jinping. La década del Brexit. Del resurgir del independentismo catalán. De la derecha italiana, del neofranquismo en España, de Bolsonaro. De la alt right. De la crisis de inmigración.

“El mundo nos está quedando chico” parecen decir muchas voces, y no puede estar aislado de una nueva lectura apocalíptica del cambio climático. Pero ni el catastrofismo de izquierda ni el negacionismo de derecha son las verdaderas respuestas a esa crisis, sino las políticas reales de la Europa entumecida, de Trump con y contra Xi Jinping.

Es también la década de la incertidumbre respecto al trabajo, de la aceleración de los procesos de automatización, el miedo de los movimientos obreros y las propuestas vinculadas a la Renta Básica Universal, que de hecho llegaron a la interna demócrata de la mano del joven empresario Andrew Yang.

En esta nueva década se ponen en juego los Estados nación (Catalunya), los supraestados continentales (Reino Unido), los términos de la bipolaridad global (guerra comercial China-EEUU). Surgen nuevos discursos que miran más allá del presente, pero no surgen utopías sino distopías. La era no está pariendo un corazón.

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10. La oportunidad ganada de la política

Quiero evitar que este decálogo se convierta en un “balance” que tenga que dar positivo o negativo. Intenta ser un recorrido, un mapeo de algunas transformaciones centrales, una cartografía marcada desde el inicio por un doble sesgo: el de la efervescencia social que se vive en estos últimos días de diciembre producto del Nuevo Gobierno Popular, y el de la delimitación absolutamente arbitraria de la década. (Arbitrariedad que, por supuesto, hace mella en el imaginario social, que termina siendo a veces una profecía autocumplida: la década tiene identidad de década porque esperamos que la tenga cuando actuamos).

Difícil es negar un cierto pesimismo generalizado del Décalogo, de todos modos. Es posiblemente producto de un espíritu generalizado del nuevo milenio, del nuevo siglo, de los años después del Fin de la Historia. Sin embargo, para volver al marco general de orientación de este artículo (la Argentina y su política), no parece haber otra palabra que “oportunidad”.

La década de las oportunidades perdidas, la década perdida de la Grieta, es también la década que sobrevivió a la Grieta. La política sobrevivió al algoritmo, el peronismo sobrevivió a la crisis de identidades políticas globales, la institucionalidad sobrevivió al lawfare. Es la oportunidad ganada de la política, el eterno retorno de nuestra democracia presidencialista: siempre pasan cuatro años, siempre llega un nuevo gobierno, y todo presidente puede ser un líder. De hecho, todos los presidentes de la Democracia lograron serlo salvo uno, Fernando De la Rúa. 

La década que termina fue la década donde evitamos, levemente, el ciclo. La crisis cada diez años que se ha vuelto más esperada que los mundiales, si se produjo, lo hizo mucho más moderada, tanto al comienzo como al final de los años diez. 08-09, crisis del Campo y Cobosgate: la crisis que parió nuestra década fue de dirigencia pero no de legitimidad, crisis de política económica pero nunca crisis económica en sí. 18-19, la crisis con la que el macrismo se retira es la primera crisis económica de envergadura que no acelera la salida de un gobierno, que no se convierte en crisis orgánica. 

Siempre hay una oportunidad ganada de la política. Argentina no sucumbe al infierno. Esta década lo demostró una vez más. El kirchnerismo sobrevivió a Néstor. Cristina sobrevivió sus Tres Derrotas. La imagen de este diciembre era clara: toda Sudamérica encendida salvo Argentina y Uruguay. Ellos en el Caos, nosotros en las Urnas. Como por milagro, insoportablemente vivos: el peronismo, el macrismo, las y los 45 millones de argentinos.

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