¿Guerra comercial?

Por Camilo Rivera*

Mao y Deng

El 9 de septiembre de 1976 moría el fundador de la República Popular China, Mao Zedong. Su liderazgo autoritario de más de 20 años sacó a China del subdesarrollo, erradicó el analfabetismo y le dio a cada uno de sus habitantes 20 años más de esperanza de vida. Sin embargo su paso a la posteridad dejó al Partido Comunista en una situación precaria. A la inestabilidad política producida por la muerte del Presidente Mao, se le sumaba un grave estancamiento económico. Los niveles de producción agrícola amenazaban con volver a desatar el flagelo de la hambruna, había escasez de productos industriales y una inflación creciente que atentaba contra el bienestar de la población.

Bajo el control de Mao, la economía china había logrado crecer a un modesto promedio del 3% anual situando al país dentro de las naciones asiáticas de desarrollo medio. Sin embargo, sus rivales capitalistas de Corea del Sur, Japón y Taiwán habían gozado de tasas de crecimiento más elevadas durante el mismo período. Al igual que el resto del mundo comunista, los chinos sufrían las limitaciones del modelo de centralización económica y propiedad estatal de los medios de producción, que había garantizado un crecimiento notable al inicio de su ciclo, pero que entraba en un proceso de estancamiento productivo que se demostraría irreversible en aquellos países no dispuestos a realizar reformas. 

Si bien no se encontraban en un período agudo de crisis, varios cuadros del PCCh entendían que el país estaba situado en una curva de desarrollo que en el mediano plazo ponía en riesgo la continuidad del modelo económico y el sistema político. Liderados por Deng Xiaoping, consideraban que era menester una profunda reforma que potenciara el desarrollo económico y destrabara la situación de estancamiento en la que se encontraban.

La muerte de Mao Zedong le dio a estos cuadros la ventana de oportunidad para desplazar a las facciones menos favorables a la reforma. Los herederos de Mao, portadores de posiciones más ortodoxas, fueron purgados de sus posiciones de poder pasado sólo un mes desde la muerte del Presidente.

La facción reformista liderada por Deng logró una posición firme desde la cual encarar la titánica tarea de cambiar el modelo socioeconómico de la nación más poblada del planeta. Sin embargo, los riesgos que conllevaba una transformación de tal magnitud eran mucho mayores que el peligro de las facciones opositoras. 

La real amenaza al proceso de modernización y apertura de Deng estaba representada por las consecuencias de la liberación de los factores productivos, la potencia destructora del capitalismo en toda su magnitud. Armonizar estas fuerzas y subordinarlas al bienestar del pueblo y a la estabilidad del sistema político era el verdadero desafío que tenían por delante los cuadros del PCCh. Iba a demandar creatividad, innovación y capacidad de adaptación, justamente cualidades que los aparatos estatales comunistas solían carecer.

Como demostraría la URSS más adelante, el tiempo y las condiciones en las que se operaba la apertura de una economía centralizada eran fundamentales, porque el desmanejo del proceso podía activar una implosión socioeconómica irreversible. No sólo se trataba de insertar a China en el mundo capitalista, sino que había que hacerlo de manera armónica, soberana y controlada, que contuviera las fuerzas destructivas del libre juego del capital para garantizar un mínimo de bienestar general, al mismo tiempo que aprovechar el dinamismo productivo de la iniciativa privada para garantizar la continuidad del sistema político, en un momento en donde el sistema institucional todavía tuviera el mando necesario para implementar políticas de Estado.

Desde 1978, entonces, el PCCh operó una apertura gradual y controlada de la economía, que reemplazó el modelo de centralización estatal por uno donde el Estado pasó a controlar sectores claves de la producción, pero a la vez permitió un creciente papel a la iniciativa privada. La reforma no fue irrestricta o improvisada, sino cuidadosamente implementada por los organismos de planificación del Partido, afectando de manera parcelada a diferentes sectores de la producción y dividiendo en etapas los distintos niveles de penetración del capital internacional y liberación de la actividad privada, a través de una articulación consciente y férrea entre Estado y el sector privado nacional

La estrategia utilizada fue bidireccional, con una liberación progresiva de los factores de producción “desde abajo” combinada con un proceso de modernización tecnológica implementado “desde arriba”. Esta dualidad en la dirección de la reforma produjo un incremento constante de la producción de bienes agrícolas e industriales, a la vez que dio competitividad a las industrias chinas a través de una modernización digitada desde las más altas esferas de la administración del Estado.

Esta mixtura particular de descentralización y desregulación de determinadas políticas económicas, una férrea implementación de un proceso de transferencia tecnológica digitado desde la cima del Partido y un adecuado margen temporal que permitía progresividad y fortaleza institucional resultó clave para explicar el éxito final del programa de transformación económica.  

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Deng Xiaoping

Agricultura e Industria

Inicialmente la reforma afectó al campo, donde la colectivización de la agricultura en granjas estatales había estancado la producción. Las grandes propiedades administradas por comunas gubernamentales fueron divididas y dadas a los campesinos bajo un sistema de contratos donde el Estado demandaba una cuota de producción más allá de la cual el campesino era libre de vender su excedente en el mercado. El estímulo que produjo la generación de un mercado de bienes generó un crecimiento inmediato de la producción, potenciado progresivamente por la reducción de las cuotas demandadas por el Estado. Entre 1975 y 1985, la producción agrícola se incrementó en un 25% y permitió dejar atrás los temores a la repetición de hambrunas de millones de muertos como lo acontecido en 1959.

A raíz del nuevo sistema de contratos, se establecieron dos precios para los bienes agrícolas. Las cuotas fijas de producción alimentaban un mercado de abastecimiento garantizado por el Estado mediante precios menores a los del libre mercado. La producción excedente de las granjas se guiaba por el libre juego de la oferta y la demanda de los mercados desregulados. De esta manera se estimulaba la producción y el consumo, pero a la vez se garantizaba la cobertura de las necesidades básicas de la población. En la medida en la que la producción agrícola aumentaba, los precios de los dos mercados se acercaban y posibilitaban la reducción de las cuotas estatales hasta volcar la totalidad de los bienes al libre juego de la oferta y la demanda.

Con la producción alimentaria asegurada, el Partido operó una segunda etapa de reformas, esta vez dirigida a la industria. Desde 1979 se había abierto la posibilidad de inversión extranjera en zonas económicas especiales. Sin embargo había que crear un contexto favorable para que pudieran prosperar. Es por ello que el PCCh encaró un programa similar al sistema de contratos aplicado en la agricultura. Las empresas debía cumplir una cuota de producción, más allá de la cual podían volcar su producción al mercado de bienes. Se expandió el sistema dual de precios, esta vez para los productos manufacturados, con el mismo efecto.

Asimismo, se permitió a los gerentes de las empresas estatales a manejarse por contratos y la conformación de pequeñas y medianas industrias. Con un mejor entramado productivo, que entraba en una fase de fuerte crecimiento, la liberación progresiva de los precios y el abandono del sistema dual no produjo situaciones de escasez ni desfasajes en el sistema de precios.

El control estatal sobre las industrias decreció paulatinamente, y desde 1984 comenzaron las primeras privatizaciones de empresas de pequeña escala, a la par de un proceso de descentralización. La gerencia pasó a manos de cuadros provinciales, con la intención de otorgarles una mayor flexibilidad mediante una dirección más cercana y adaptable a las necesidades locales.    

En 1992 se reabrió la bolsa de valores de Shanghai y comenzó un proceso de privatizaciones de grandes compañías. A pesar de estar jalonado por picos inflacionarios y una corrupción endémica, el incuestionable crecimiento del PBI permitió a los sectores reformistas mantener a raya a la oposición ortodoxa del Partido y continuar con las transformaciones. Se redujeron tarifas, eliminaron aduanas internas y se desregularizó el sistema bancario. Estas adecuaciones apuntaron a compatibilizar el entramado económico a las exigencias de la Organización Mundial de Comercio, con el objetivo de convertirse en miembro pleno.

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Bolsa de Valores de Shangai

China y la OMC

El ingreso a la OMC marcaría el final del exitoso proceso de reforma socioeconómica, puesto que permitiría volcar la producción industrial china, adecuadamente adaptada a los niveles competitivos de la economía mundial, a los principales centros de consumo con menores restricciones, así como recibir un creciente flujo de inversión externa directa.

Sin embargo, como todo el resto del proceso, no estaba en los planes del Partido dejar la apertura librada al azar: esta se dio de manera controlada, a través de políticas de Estado que buscaban la pervivencia del tejido industrial nacional una vez ingresado al sistema competitivo mundial. Nuevamente el PCCh, con un meticuloso planeamiento y una inflexible aplicación de políticas de Estado, garantizó que el ingreso de China a la OMC significara un sustancial beneficio gracias al acceso sin restricciones a los principales mercados del mundo. Al mismo tiempo, se evitó la destrucción del capital nacional y las consecuencias sociales de la inserción de una economía cerrada en el mundo globalizado.

Para lograr esta tarea ciclópea, el Estado chino no hizo distinción entre sus instituciones y la sociedad civil, entre sectores militares o civiles, entre prácticas de buena fe y manejos discrecionales, hackeo de redes de información y espionaje industrial. Tampoco reconoció límite alguno en el sistema legal y de arbitraje internacional. Después de todo, el bienestar del pueblo y la supervivencia del Partido estaban en juego: su accionar y sus omisiones quedaron subordinadas a esa primordial política de autopreservación del Estado.

Como el establecimiento de aranceles era un anatema para los miembros de la OMC, esa herramienta simple de protección quedaba fuera de cuestión. Sin embargo, el gobierno chino implementó una variada serie de recursos para-arancelarios, más difíciles de litigar y combatir y orientados a la obtención de nuevas tecnologías y su rápida transferencia a las líneas de producción de las empresas de capital nacional. Mediante mecanismos de aprobación discrecionales, aplicación de reglas no escritas, requisitos de asociación con empresas nacionales, limitación a agentes extranjeros en la participación accionaria de empresas chinas y otras formas de presión facultativa, el PCCh dirigió un mecanismo de apropiación de tecnologías traídas por la inversión extranjera directa. Esas tecnologías fueron luego trasladadas al sistema productivo nacional, para que pudiera mejorar su competitividad y, progresivamente, tomar la delantera en los sectores que el Partido consideraba prioritarios (biotecnología, tecnologías de la información, tecnología energética y marítima, tecnología láser y aeroespacial).

Desde el Estado se estimuló, financió y dirigió una sistemática campaña de inversión de capitales nacionales para la adquisición de compañías extranjeras que operaran con tecnología de punta. Tras posibilitar su establecimiento en el país, estas compañías eran adquiridas por capitales chinos, posibilitando una transferencia de tecnología a gran escala en aquellos sectores considerados prioritarios.  

La implementación de este proceso (por lo menos de sus aspectos menos clandestinos) lejos de ser un secreto, se incluyó en varias publicaciones institucionales que funcionaban como guías para establecer los pasos a seguir por las compañías chinas. Estas guías planteaban una estrategia dividida en cuatro etapas:

Introducción: adquisición de tecnología extranjera (en aquellas áreas donde no había un desarrollo doméstico) mediante convenios de transferencia y la recolección de inteligencia de mercado por parte entidades estatales en beneficio de las compañías chinas

Digestión: análisis, comprehensión y difusión de la tecnología adquirida por el gobierno, dirigida hacia sectores públicos y privados.

Absorción: colaboración entre gobierno y compañías privadas para el desarrollo de productos sobre la base de las nuevas tecnologías incorporadas. El Estado debía financiar las iniciativas privadas de producción, pero también establecer centros de investigación en ingeniería, centros mixtos de investigación en tecnología de punta, laboratorios estatales y centros nacionales de transferencia tecnológica.

Re- Innovación: las compañías beneficiadas con la nueva tecnología deben re-innovar con nuevos productos y un desarrollo en I&D propio, que les permita lograr competitividad a nivel global.

Una vez en poder de una potente techne, China no sólo se transformó en el principal exportador mundial de bienes industriales, sino que las compañías chinas comenzaron a desarrollar tecnología de punta por sí mismas y se colocaron a la cabeza de la innovación mundial en algunas de las áreas que el Partido identificó como prioritarias. Sus exportaciones incrementaron su participación en el total mundial y potenciaron el crecimiento económico chino hasta convertir al país en el segundo PBI del planeta y el primero medido en poder de compra. 

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It takes two to Tango

En el año 2000, el Presidente norteamericano Bill Clinton se embarcó en una campaña para convencer al Poder Legislativo estadounidense de la conveniencia de aceptar un tratado de libre comercio con China. Sobre axiomas endebles que suponían una total falta de adaptación de las compañías chinas y sobreestimaban la capacidad del sistema político estadounidense para subordinar el proceso de apertura a los intereses del bienestar general, el presidente Clinton urgía con vehemencia al poder legislativo a aprobar el tratado.

El mandatario parecía desconocer las lecciones históricas de la competencia capitalista, donde las transformaciones exitosas se dieron a través de un aceitado apalancamiento entre Estado, clase política y sector privado.

En los argumentos esgrimidos para propiciar el libre comercio con China los dirigentes norteamericanos parecían haber olvidado los procesos que convirtieron a EEUU en la primera potencia mundial. Quienes sí habían prestado profunda atención eran las contrapartes del acuerdo, que adoptarían muchos de esos recursos para su beneficio.

El absurdo del “fin de la historia” de Fukuyama parecería haber calado fatídicamente en el ideario del establishment estadounidense. La propaganda liberal que sus embajadas comerciales y compañías difundían para convencer una apertura pacífica (o legitimar las concesiones forzosas) de los mercados del mundo había finalmente colonizado el discurso y accionar de su propia clase política. Los responsables de aprobar el tratado y de realizar el seguimiento de sus consecuencias económicas soslayaron el imprescindible rol que el Estado debía tomar como agente activo de tamaño desafío productivo.

La diferencia entre las políticas adoptadas por la clase política china y la norteamericana fue crucial para determinar el resultado del proceso. Por un lado, hubo un Estado que tomó un rol protagónico y encaró una transformación total de su estructura productiva mediante políticas activas, de largo plazo, en total coordinación con la sociedad civil y el sector privado, sin consideración alguna por las normas vigentes, el derecho internacional y los acuerdos diplomáticos. Por el otro, un Estado adoptó una posición pasiva y defensiva, permitiendo la libre iniciativa de su sector privado, y desarmando cualquier mecanismo serio de intervención o seguimiento, con una fe en la supuesta mano invisible del proceso que terminó por generar consecuencias socioeconómicas que se volvieron en su contra.

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NBA y soberanía

El 4 de octubre del 2019, un gerente de equipo de la NBA tweeteó un mensaje de siete palabras en apoyo a las protestas que los ciudadanos de Hong Kong realizan contra el gobierno chino. El PCCh no sólo emitió una protesta diplomática, sino que canceló eventos de la NBA a realizarse en China, suspendió la transmisión de sus partidos, vedó toda publicidad alusiva a la NBA y las compañías de retail removieron de su oferta productos de equipos de la NBA.

La NBA reaccionó rápidamente y emitió un comunicado oficial donde se distanciaba de las declaraciones del gerente, hizo que la seguridad privada confiscara todos los carteles a favor de la protesta que comenzaron a llevar los espectadores a los partidos y expulsó de los estadios a aquellos que gritaron consignas alusivas. El riesgo de perder el acceso al mercado más grande del mundo era demasiado para la NBA.

Esta colorida anécdota sirve también como alegoría de cómo se desenvolvió la liberalización comercial entre EEUU y China desde el 2000 en adelante y sus consecuencias en EEUU. Desde la firma del acuerdo, China implementó la política de apropiación y transferencia descrita anteriormente. Su accionar y consecuencias fueron pronto percibidas por compañías y funcionarios norteamericanos, pero el riesgo de recibir represalias comerciales chinas impidió no sólo la ejecución de políticas de contención, sino que obstaculizó la recolección de datos fehacientes por parte de los organismos a cargo del seguimiento del proceso.

Investigaciones realizadas por funcionarios norteamericanos encontraron una fuerte reticencia a colaborar por parte de las compañías afectadas. El PCCh recurrió al tamaño de su mercado para evitar críticas o denuncias norteamericanas respecto a su política de transferencia forzosa de tecnología. Esta estrategia demostró efectividad para disuadir las acusaciones de las empresas afectadas.

Asimismo, las autoridades chinas no se privaron de realizar repetidas declaraciones y compromisos donde aseguraban tomar medidas efectivas para combatir el flagelo de la transferencia tecnológica y detenerlo donde quiera que lo detectaran.

Entre 2010 y 2015, en distintas instancias de negociación internacional, funcionarios chinos realizaron no menos de 10 declaraciones donde se comprometían, incluso por escrito, a “impedir la injerencia estatal en acuerdos de transferencia de tecnología entre firmas privadas, evitar convenios de transferencia como precondición para habilitar inversiones en territorio chino, no intervenir en el sistema de patentes de propiedad, etc.”

Los chinos entendían acabadamente el alcance que tenían los mecanismos de arbitraje, los acuerdos diplomáticos y todo el esquema del derecho internacional frente a los intereses que crea la búsqueda corporativa de ganancias. La que no parecía estar tan al corriente era la clase política norteamericana, que se contentaba con declaraciones chinas en las instancias diplomáticas que le permitían salvar la cara y no ejecutó políticas activas de contención del accionar perjudicial, no sólo del PCCh sino también de sus propias corporaciones.

De esta forma, desde el 2000 en adelante, el establishment norteamericano impulsó casi sin disidencias la profundización de los lazos comerciales con China, en un consenso que resulta difícil de explicar y menos de elogiar, a la luz de los resultados negativos obtenidos no sólo en el área económica, sino en aspectos sociales y de legitimidad del sistema político mismo.

Consecuencias en EEUU

La más obvia consecuencia del acuerdo de libre comercio con China fue la explosión del déficit comercial entre los dos países. 

En consonancia con la expansión del déficit, sucedió una notable extinción de las fuentes de trabajo industrial en todo el territorio estadounidense. Las corporaciones que entraron al mercado chino no sólo usufructuaron la amplitud de la demanda, sino que mudaron sus industrias para aprovechar la mano de obra barata, las regulaciones tenues y las menores presiones gremiales que ofrecían las ciudades del gigante asiático.

Esto no significó la pérdida total del trabajo pero sí una modificación en la calidad de éste. El mismo gráfico que muestra la caída de los puestos industriales, también refleja el ascenso en la creación de nuevos tipos de trabajos. Sin embargo, no se trató de un simple reemplazo de rubro, donde las personas que perdieron un trabajo industrial encontraron otro de igual salario en el sector de servicios o primario, sino que el fenómeno conllevó una problemática serie de transformaciones sociales.

La mayoría de pérdida de trabajo industrial se centró en las zonas del Sur y del mid-west de los Estados Unidos, donde las plantas industriales cerraron o achicaron su personal empleado. Estas zonas aumentaron el empleo en el sector de los servicios, pero con trabajos de menores salarios, disminuyendo el promedio total de riqueza apropiado por la masa de trabajadores. El aumento en éstas áreas no compensó totalmente la desaparición de los empleos industriales, pero ayudó a suavizar la caída en el índice de desempleo.

En áreas de mayor “capital humano”, con un mejor nivel educativo promedio la pérdida de trabajo industrial fue menor. Los puestos que industriales que requerían mayor capacidad técnica se mantuvieron y los que se perdieron fueron compensados por la creación de nuevos puestos en el área de servicios. La generación de nuevos puestos de trabajo en estas áreas fue mayor que la pérdida de puestos industriales por la apertura comercial, lo que terminó por compensar la pérdida de trabajo industrial producida en las áreas de menor capital humano fuera de las costas.

Los datos censales muestran que las firmas que cerraron sus plantas industriales en el centro-oeste y el sur desarrollaron su área de servicios en las costas del país, creando nuevos puestos de trabajo calificado en investigación y desarrollo, administración y ventas, que compensaron la pérdida de trabajo industrial. Las fábricas de estas compañías se relocalizaron en China y sus beneficios totales se mantuvieron o crecieron gracias a un mejor acceso al mercado asiático y una disminución en sus costos de producción.

La apertura comercial con China produjo una relocalización de los puestos de trabajos y una modificación en su calidad, más que su pérdida absoluta. Sin embargo, los efectos de esta transformación no deben menospreciarse. No hay indicación de migración entre zonas de pérdida de empleo a zonas donde se crearon nuevos puestos de trabajo. Esto significa que el mercado de trabajo se debilitó en áreas de bajo capital humano, donde los obreros industriales terminaron desempleados o empleados con salarios menores y creó nuevas oportunidades para los individuos mejor educados de los grandes centros urbanos de las costas estadounidenses.

Los trabajos industriales que desaparecieron fueron reemplazados por una gran cantidad de nuevos puestos poco calificados en el área de servicios en las regiones de poco capital humano. De esta forma, la pirámide salarial perdió salarios medios y ganó en salarios altos y bajos, mientras que los beneficios corporativos recibieron el fuerte impulso de la apertura comercial. La profundización de la desigualdad social se centró, entonces, en regiones particulares, donde sus efectos negativos fueron exacerbados en comparación con el resultado macro. La desigualdad en la distribución del ingreso aumentó, así como también la desigualdad regional entre los Estados de la unión.

Y sin medidas de contención alguna por parte de un establishment muy confiado en los efectos de la “mano invisible”, el daño infligido a la población que decía representar fue innecesariamente grande. Los índices de mortalidad de aquellos afectados por el desplazamiento del trabajo creció entre un 50 y un 100%. Entre la población estadísticamente más afectada por la pérdida de trabajo industrial aumentó la mortalidad y la morbilidad de manera mayor a la de otros sectores sociales. 

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“Compre (productos) americanos, contrate americanos”

Trump y la guerra comercial

Jóvenes, universitarios, habitantes de grandes centros urbanos, de cultura cosmopolita y progresista fueron los grandes ganadores de la relocalización del trabajo producida por la apertura comercial chino-norteamericana. Las grandes corporaciones estadounidenses los emplearon en los nuevos centros de investigación, administración y ventas en las grandes ciudades de la costa y el derrame producido por el consumo de sus altos salarios trasladó su beneficio al resto de la población de la región. 

Los pueblos y ciudades del centro-oeste y sur estadounidense, de menor capital cultural, con acceso más limitado al sistema universitario y menor proporción de minorías étnicas sufrieron el peso mayor de la transformación. Los trabajadores de las fábricas que cerraron o ajustaron su planta no pudieron sostener su nivel salarial en los nuevos puestos de trabajo generados o directamente quedaron desempleados. La falta de políticas de Estado activas de protección los transformaron en los claros perdedores del incremento de la desigualdad social y regional.

En estas comunidades con más desempleo, aumento de la tasa de suicidio y epidemia de  adicción a los opioides, no pudo más que desarrollarse un profundo resentimiento contra el establishment que en su conjunto les prometió progreso y los abandonó a un erial de malos salarios y baja en su calidad y expectativa de vida. La NBA los había expulsado del estadio y no encontraban anclaje representativo en la oferta política norteamericana. El sistema bipartidista se debatía entre el progresismo liberal de Barack Obama y un integrismo republicano socialmente conservador, pero que coincidía con sus rivales en no cuestionar el rumbo económico general. Ningún partido planteaba grandes debates o políticas que dieran lugar al padecimiento de las comunidades afectadas. Estas contemplaban como empeoraba su situación laboral y social, al mismo tiempo que otros sectores gozaban de una renovada prosperidad.

La existencia de sectores carentes de representación nunca es un buen suceso en un país que cuando sus individuos descontentos trascienden el recurso a los tiroteos masivos y se organizan para canalizar su frustración, suelen acontecer sangrientos atentados, escuadrones paramilitares racistas, enfrentamientos armados con milicias separatistas y cultos suicidas.

Es por eso que uno de los méritos más grandes de la gestión de Donald Trump fue el haber dado voz al dolor y resentimiento de los ciudadanos afectados por la transformación económica norteamericana tras su acuerdo comercial con China. El actual presidente estadounidense tuvo la virtud de percibir el abandono al que el establishment político había sometido a parte de la población. Y se dedicó a darle voz a los perdedores del Estados Unidos posindustrial. Durante su campaña se transformó en el único que cuestionaba el rumbo económico y prometió atacar al establishment responsable del deterioro de la situación de sus representados. Esta estrategia y cierta de ayuda de un gerrymandering que subrepresenta los grandes conglomerados urbanos de la costa, le permitieron adquirir el peso electoral suficiente como para ganar las elecciones.

El odio, el racismo y la misoginia con el que el presidente se expresa a diario no son más que el reflejo del resentimiento de las familias blancas no hispánicas que perdieron sus trabajos industriales y vieron desmejorar su calidad de vida. Lejos de ser exabruptos de una mente inestable, son los estandartes que sólo él supo enarbolar para ganar las elecciones y que repite para proteger su relevancia electoral. Mientras el establishment norteamericano se debatía entre agendas que no realizaban grandes cuestionamientos al rumbo socioeconómico fijado, él renovó el discurso y reinsertó en el sistema político a una franja peligrosamente olvidada. 

Sin embargo Trump no se limitó a religar este sector social al sistema de representación, relegitimando, de paso, a la democracia norteamericana. El presidente también tuvo la virtud de identificar e intentar combatir el principal peligro externo que se cierne sobre la posición dominante de su país: la superioridad industrial y tecnológica china. 

La guerra de tarifas que inició contra el gigante asiático no está dirigida a revivir los puestos industriales perdidos. Después de todo, más allá de lo discursivo, probablemente sea poco lo que pueda hacer para mejorar la situación del Rust Belt. El objetivo pareciera ser, en cambio, la reducción del abismal déficit comercial de la potencia norteamericana. Este déficit se agravó, como ya se mencionó, tras el inicio del libre comercio con China y tiende a incrementarse en la medida en la que China desarrolla tecnología de punta que desplaza el liderazgo norteamericano en distintos rubros. Sin embargo esta disputa es parte de un problema mucho más grande, que es el enorme déficit comercial que EEUU posee con el resto del mundo.

Para cubrir ese déficit, que se suma al déficit presupuestario para conformar el rojo más grande de todos los desequilibrios del mundo, se emite enormes cantidades de deuda. Afortunadamente, la misma clase política que enarboló las supuestas ventajas del libre mercado para arrastrar a su país al ocaso productivo, todavía no se atreve a aplicar los postulados neoliberales de déficit cero en su propio presupuesto.

Sin embargo, el cálculo de Trump (al igual que él mismo) es simple y brutal: Estados Unidos se sostiene gracias a una creciente emisión de deuda. Y, ceteris paribus, llegará el momento en que no sea posible colocarla de manera tan aceitada y surjan nuevos actores que disputen el dólar como moneda de resguardo. Ese momento marcará el día en que Estados Unidos abandone su posición de primera potencia mundial y cuanto más déficit se genere con China, más cerca se estará de ese fatídico evento.

Disminuir el déficit comercial con China, entonces, es parte del correcto diagnóstico y descarnada estrategia de Trump. Las tarifas impuestas, citando los abusos con los que China operó su proceso de transferencia tecnológica, buscan reducir las importaciones de ese país, golpear su  modelo de crecimiento basado en exportaciones y ralentizar su desarrollo macroeconómico.

La administración norteamericana intenta redefinir (con resultados bastante endebles) su mapa de alianzas internacionales, quitando prevalencia a la rivalidad con Rusia y  dando prioridad a la disputa con China. Resta conocer el grado de efectividad de la estrategia trumpiana. Lejos de ser un exabrupto de irracionalidad, su poder se basa en el desarraigo de una parte de la población abandonada por la falta de previsión de la clase política tradicional. Su estrategia se fundamenta en axiomas bastante cercanos a la realidad y propone líneas de acción coherentes.

Sin embargo es dudoso que puedan detener el rumbo hacia la post-industrialización tomado por los EEUU. Probablemente el ocaso geoestratégico norteamericano sea inevitable en el mediano plazo y queda poco claro si esta guerra comercial ha demorado el acontecer de ese fenómeno, o ha apresurado la reconfiguración del nuevo esquema de poder global.

Lo que sí es seguro es que esta guerra de tarifas no es parte de un enfrentamiento meramente comercial o de diferencias tecnológicas, sino que es un componente más de un duelo por la hegemonía mundial entre las principales potencias del mundo. En este contexto, la mayor irracionalidad desplegada por el presidente norteamericano no consiste en sus intentos de acercamiento con Rusia o en la imposición unilateral de aranceles contra las importaciones chinas. Sus políticas no son fruto de los desvaríos de un ser demente, a pesar de lo que se pueda inferir, prima facie de sus declaraciones incorrectas, intempestivas, con faltas de ortografía, muchas veces racistas, misóginas y xenófobas. La principal irracionalidad residiría en su quijotesco enfrentamiento contra un proceso que la historia hasta el momento demuestra inevitable.

* El autor es Historiador (UBA) y director del Área Informes del Centro Republicano de Buenos Aires.

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