Lo orgánico: ¿moda new age o desarrollo sustentable? ‧ Por Pilar Sánchez Muiño

Después de comprobar que producir y consumir verduras podía enfermarnos de aquel padecimiento que nos da miedo nombrar, empezamos a querer poner en discusión el modelo productivo en el campo.

Aquella panacea sojera de la década kirchnerista trajo distribución de la riqueza, divisas suficientes para cancelar algunos créditos externos heredados, y nos ayudó a estabilizar la macroeconomía. Sin embargo, también trajo consecuencias en lo que para los argentinos y las argentinas significa una mina de oro: el campo.

Andrés Carrasco fue director del Laboratorio de Embriología Molecular de la Facultad de Medicina de la UBA. Fue también docente y presidente del Conicet. En el año 2009 publicó una investigación acerca de los efectos catastróficos que tenía el glifosato en embriones anfibios. Solía decir: “No descubrí nada nuevo. Digo lo mismo que las familias que son fumigadas, solo que lo confirmé en un laboratorio”. Ya lo habían dicho también algunos países admirados por nuestro medio pelo. Carrasco sufrió todo tipo de aprietes y persecuciones: la más rimbombante tuvo que ver con el ministro de ciencia y tecnología Lino Barañao, que aportando investigaciones realizadas por la empresa Monsanto solicitó una acusación contra Carrasco en el Comité Nacional de Ética de la Ciencia y la Tecnología que rápidamente fue desestimada.

A partir de las investigaciones del Dr. Andrés Carrasco en nuestro país, empezó a discutirse en algunos ámbitos científicos y agrarios la necesidad de cuestionar el uso del glifosato y otros herbicidas y fertilizantes tóxicos en nuestros campos. La masificación de la soja con una preocupante tendencia al monocultivo vino acompañada de un proceso de industrialización en la actividad rural desordenada y agresiva contra las poblaciones cercanas. Las deforestaciones para expandir las fronteras sojeras trajeron inundaciones, las napas comenzaron a llenarse de veneno y el impacto en la salud de estas poblaciones rurales comenzó a avanzar de manera estridente. Carrasco explicó: “En general, los agrotóxicos ejercen su acción sobre moléculas (enzimas, receptores) que los hongos, plantas, insectos y vertebrados comparten. Por esta razón resulta lógico que los seres humanos experimentemos, al entrar en contacto con aquellos, daños similares a los sufridos por esas especies”[i] Podríamos extendernos varios párrafos más ahondando en los detalles de ese “impacto”, pero ya está ahí para quien quiera verlo. Más allá de lo significativo que resulta cuidar nuestra salud como comunidad organizada, me interesa en este artículo poner a discutir la necesidad de entremezclar lo saludable y sustentable con la necesidad de relacionarnos con el mundo a partir de una propuesta productiva potente, generadora de empleo digno, y enmarcada en un plan integral pensando no sólo en los dólares del presente, sino en los próximos 30 o 40 años del país. 

El argumento central para sostener estas prácticas agropecuarias tiene que ver con la posibilidad de sembrar muchísima soja en casi cualquier territorio. Es decir, una fábrica sin límites de divisas. El paquete tecnológico de la agroindustria es provechoso para las grandes extensiones de tierra, a su vez manejados por los pools de siembra a través de accionistas de todas partes. Quedó para la historia el gran terrateniente que vive en su estancia y controla las actividades de sus hectáreas, cuidando la productividad de la tierra a través de la rotación de los cultivos. Ese gran terrateniente se fue a vivir a la ciudad y ahora sus hectáreas las maneja la mano invisible del mercado, llenándole la cuenta de dólares por el arrendamiento. El problema de este nuevo modelo tiene que ver, por un lado, con la ausencia de la discusión de producir alimentos saludables para la población argentina, y por otro lado, con el gran conflicto a largo plazo que significa quitarle productividad a nuestra principal fuente de actividad económica: la tierra. Ya no está en el centro de la escena la propiedad de los suelos, como en otras épocas, sino la ausencia de políticas de Estado que orienten las líneas de desarrollo agropecuario de forma planificada.

La agroecología se presenta casi siempre como una necesidad del sector de la agricultura familiar frente a los precios inaccesibles del paquete tecnológico que promueven las cerealeras. Los agricultores y las agricultoras no son ningunos jipis con OSDE de la ciudad, sino trabajadores y trabajadoras de la tierra que encuentran reducidas sus opciones a: irse del campo del que viven dejando lugar a los pools de siembra, o readaptar su manera de hacer con los cultivos para evitar la compra indiscriminada de químicos que no pueden pagar. Cuba es un ejemplo magnánimo de este talento de subsistencia: luego de la caída del muro, la isla quedó imposibilitada de importar los insumos que la Revolución Verde había consolidado como única manera de producir alimentos. Frente a este bloqueo, comenzaron a desarrollar alternativas de bio insumos formando a sus ingenieros agrónomos y re discutiendo los arrendamientos de las tierras públicas hasta llegar a tener un 50% de su población alimentada con agroecología y con alimentos producidos en la isla.  

 En nuestro país, los debates en torno al glifosato llegaron a oídos de los consumidores y las consumidoras de algunas regiones y empezó a construirse un mercado en crecimiento de producción orgánica. Bien cerquita de la Gran Ciudad de Buenos Aires, en el cordón hortícola-ganadero de La Plata-Florencio Varela existen hoy más de 150 hectáreas de producción agroecológica. Existen también cadenas de distribución y comercialización en crecimiento, todavía enmarcadas en un voluntarismo desmedido, pero que aún así crecen sin techo y empiezan a consolidarse como alternativa de nuevos hábitos alimenticios y mayor cuidado sobre nuestros cuerpos. Adiós coca cola y congelados, hola zapallitos y verduras cuyo nombre ni siquiera conocemos. 

 Efectivamente nos encontramos con una manera de producir que resulta altamente rentable colocada en un consumo interno, generadora de muchísimo empleo genuino, libre de veneno para los productores y consumidores, y con capacidad de expandirse y aumentar su productividad a partir de investigaciones direccionadas y la misma utilización de los recursos que se encuentran en el campo. Uno de los grandes mitos en relación a la utilización del paquete tecnológico de agroquímicos tiene que ver con la productividad alcanzada por ellos: se trata de un círculo perfecto de 1) semillas transgénicas que resisten los herbicidas 2) herbicidas que matan la maleza, y por lo tanto, erosionan y destruyen la vida del suelo 3) fertilizantes que le inyectan a la planta los microorganismos que mueren en el suelo a causa de los herbicidas. Con el correr de los años, el suelo se encuentra más erosionado, con menos vida, y necesita más productos químicos para tener el alto rendimiento que se espera de él. En la producción agroecológica, no se mata nada. Todo lo que existe en el suelo es utilizado para mejorar el rendimiento. Para fertilizar, se utilizan estrategias propias del biosistema de los cultivos, es decir, los microorganismos que existen son los que alimentan a la planta. No es un ensayo, es una manera de producir. Un productor me decía el otro día que estas maneras de producir son menos nazis, más integradoras. Toda la diversidad de la vida participa de la producción en una cadena virtuosa y sumamente eficiente. 

Ante un mercado mundial cada vez más demandante en la salubridad de los alimentos que importa, y teniendo en cuenta que en los países productores de alimentos como Canadá o algunos países de la Unión Europea ya se produce de esta manera, Argentina tiene la posibilidad de un crecimiento sostenido en un mercado aún no explotado del todo. Esta podría ser una de las herramientas para insertarse “inteligentemente” en el mercado mundial, siguiendo las palabras de nuestro presidente. Ya hoy estamos segundos en el mundo en la escala de nuestra producción orgánica; hasta algunas grandes empresas sojeras han reconvertido parte de su producción. Es lo que se viene, atajémoslo bien y tomemos la delantera.   

Hoy en nuestra urbe, lo orgánico parece ser el mote canchero de las dietéticas de Palermo. Sin embargo, podría incorporarse como línea directriz de una producción enormemente variada y saludable, guiada por un Estado preocupado por la alimentación de los argentinos y las argentinas. En un país con 40% de pobreza y dos dígitos de desocupación, pensar en un nuevo plan quinquenal de desarrollo sustentable en el campo pareciera no ser descabellado. Trabajo digno, alimentación saludable y cuidado de nuestro principal recurso, que sigue siendo la tierra.

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