La venganza será (no tan) terrible ‧ Por Santiago Mitnik

Vivimos colectivamente unas jornadas excepcionales. En todos los niveles de análisis hay tela para cortar. Desde las Relaciones Internacionales hasta los estudios de medios de comunicación. Millones de personas siguieron en vivo el no-arranque de la tercera guerra mundial. En los altos y bajos del ciclo informativo se vieron los claroscuros de un conflicto que tiene marca registrada del siglo XXI pero que a la vez fue sorprendentemente clásico.

La introducción a la cuestión, para quienes no sean conocedores del conflicto en MO (enorme mayoría) fue el asesinato del general Qassem Soleimani. Explicado como un acto de lucha contra el terrorismo por unos y un acto de agresión estadounidense por otros. De alguna forma esto sonaba la campana de la Tercera Guerra Mundial. Al menos hasta el día en que se publicó este texto aquello no sucedió, esperemos que envejezca bien.

Recapitulando al contexto, en Medio Oriente hay muchas líneas y tensiones mezcladas. Los conflictos étnicos, religiosos, políticos y económicos se entrecruzan y no se explican unos sin otros.

En Irán se sigue mayoritariamente el islam chiíta, a diferencia de la corriente mayoritaria en el resto del mundo musulmán, los sunnitas. Pero Irán no es solo religión, la nación es heredera de la antigua Persia y tiene una configuración natural que la proyecta a ser potencia regional. Es étnicamente distinta a los países árabes y tiene su propio idioma, el Farsí (persa). Su gobierno actual es un modelo propio, una mezcla entre una teocracia (gobierno religioso comandado por los Ayatolas) con un nacionalismo revolucionario (república semi-democrática con enorme influencia de FFAA). El régimen surgido de la revolución islámica de 1979 tiene como signos centrales el combate contra sus enemigos externos y la lucha por la supervivencia. Rodeado de enemigos, la militarización de la política exterior es absolutamente comprensible. Expansionismo y defensa son prácticamente sinónimos y la lucha contra sus principales enemigos (Estados Unidos, Israel y Arabia Saudita) es considerada “resistencia”.

La proyección política hacia afuera del gobierno iraní tiene un modus operandi específico que es la creación o cooptación de diversas organizaciones en formato partido-estado-milicia en los distintos países de la región. Más como el Monopoli que como el TEG. Los principales focos de este “Eje de la resistencia” abren camino desde Persia hasta el mediterráneo, en Irak, Siria y Líbano y a este se suman los Houthies, facción de la guerra civil en Yemen y algunos grupos no chiítas como la organización palestina Yihad Islámica.

Tampoco se trata de señalar a Irán como el mal absoluto y el culpable de toda la inestabilidad regional. La mayoría de esos actores tienen legitimidad propia. En una región donde las líneas religiosas y étnicas dividen países por la mitad no es sorprendente que conflictos políticos desencadenen guerras civiles. Las facciones de esas guerras civiles se alinean a fuerzas extranjeras que puedan balancear la puja a su favor. No hay que pensarlo desde la moralidad del estado-nación occidental, perder una guerra civil en medio oriente no es joda.

Irak es el caso perfecto. Explicación breve: País árabe, mayoría chiita al sur, minorías sunnita al noroeste y kurda al noreste. El gobierno de Sadam Hussein era un régimen dominado por la minoría sunnita. Fue usado por Estados Unidos como tapón contra la influencia iraní en Medio Oriente durante años. Con la segunda guerra de Irak ese tapón cae. La presencia de las tropas estadounidenses aseguró que se mantenga la estructura institucional, pero el vacío de poder fue gigantesco. En el sur la población chiíta gozaba de una nueva libertad y hegemonía interna (aunque bajo ocupación/protectorado norteamericano) por lo cual la búsqueda de alianzas externas no fue inmediata.

Con el empantanamiento de la situación en Medio Oriente y el ascenso de China, los EEUU viraron el centro de su política hacia Asia Oriental, relegando el control a actores regionales. Pero el daño que se había hecho era demasiado grande. El estado irakí estaba demasiado deslegitimado por años de ocupación y Mosul cayó en 2014 ante el Estado Islámico en una sola noche. En este contexto, Irán tuvo un momento de oro que fue aprovechado por Qassem Soleimani, articulador principal de la política exterior iraní en la región.

En Irak se fundaron las Fuerzas Populares de Movilización, un ejército paralelo mayoritariamente chiíta para el combate contra el Estado Islámico. También avanzaron políticamente las facciones pro-Irán dentro de la población chiita, que hoy en día están en el gobierno aunque con un frágil equilibrio político interno. Esto también es importante de entender, dentro de todo grupo étnico-religioso hay un abanico de posiciones, líderes y partidos. Si bien de la imagen de los marines norteamericanos como libertadores ya no queda nada, tampoco es que desde la población chiíta se vea con buenos ojos a la influencia iraní de forma unánime. Y a veces, dependiendo de la situación, todo lo contrario. Hace no mucho había grandes manifestaciones por la situación económica y contra políticos pro-iraníes en Irak, las cuales fueron violentamente reprimidas.

Volviendo a la región, en mayo de 2018 Trump rompe los acuerdos que se habían firmado con Irán bajo la administración Obama y recrudece las sanciones económicas. Estas sanciones tienen un duro efecto en la economía persa. Se produjeron protestas populares en todo el país. Irán responde con represión a la interna e intensificando la presión tanto propia como desde sus agentes no-estatales en la región. En junio se atacan cargueros ingleses en el golfo pérsico, en septiembre se produce un ataque masivo con drones a una refinería petrolera saudí.

En este contexto se da la toma de la embajada Estadounidense en Bagdad. No es un acto espontáneo, aislado. Es una acción militar, planificada, en un contexto de conflictividad creciente.

La toma de la embajada obliga a ver dos antecedentes. En primer lugar, la toma de la embajada en Teherán en 1979 durante la Revolución Islámica, donde el régimen recién nacido expresa claramente el fin de la influencia yanqui en el país. Porque eso es lo que quiere decir tomar una embajada norteamericana en la práctica. En segundo lugar lo sucedido en 2012 en Bengazi, Libia, donde bajo el comando de Obama y Hillary Clinton la embajada local cae, con varias bajas estadounidenses. Este hecho fue muy usado en la campaña electoral de 2016, como una demostración del fracaso de la política exterior demócrata (que siendo honestos, y mirando Libia hoy, lo fue).

Ante este escenario, Trump se ve obligado a actuar. Me permito un comentario: se ha dicho que todo lo que sucedió estos días tiene una raíz “populista”: demostrar fuerza por razones de orden interna. No coincido. Hay cierto uso político del conflicto, eso es obvio, no lo trato de negar. El punto es que todas las acciones se pueden explicar por razones de Estado. Apliquemos la Navaja de Ockham.

El viernes pasado, Qassem Soleimani, máximo responsable de la política exterior iraní aterriza en el aeropuerto de Bagdad, a pocos kilómetros de la embajada que fue atacada días antes. En el convoy en el que se fue del aeropuerto iban, además, el líder las Fuerzas Populares de Movilización y funcionarios iraquíes. Fueron alcanzados por un ataque aéreo de precisión quirúrgica.

Se señaló a esta acción como criminal, desmedida e irracional, lo cual detona debates interesantes.

La legalidad del acto puede ser bien cuestionada. Un asesinato de un general, en una misión diplomática en un país soberano. Un ataque en el que además fallecieron ciudadanos Iraquíes. La idea tampoco era llevar a cabo una acción legal bajo los marcos de acuerdo del derecho internacional. De hecho, en la medida existe una voluntad de unilateralidad. No se consultó al gobierno Iraquí ni a la OTAN, no se protestó ante el Consejo de Seguridad. Vieron la oportunidad y actuaron.

Sobre la desmesura de la respuesta vemos lo mismo. Efectivamente es desmesurado, pero esa es la idea. No se trata de golpear igual de fuerte sino de demostrar que el costo de ir contra los intereses norteamericanos en la región no vale la pena.

Y lo de irracional, bueno, ahí puede haber distintas lecturas, pero para analizarlo hay que salir de la postura propia y analizar los intereses que tiene EEUU en la región. Permitir que el asalto a la embajada quede “impune” era suicida. Primero porque dejaría muy debilitada la autoridad norteamericana, de alguna forma “entregando” Irak a Irán, sobre todo teniendo en cuenta que tampoco se iba a detener la escalada. No con los antecedentes de los últimos meses.

Se dice que el equipo de asesores le presentó a Trump una serie de medidas en respuesta, todas de distinta intensidad. De todas ellas se eligió la más dura. No fue (o al menos no solamente) una cuestión de brutalidad y bravuconería. La demostración de eso vino un par de días después, pero no spoileemos.

“Correrán ríos de sangre”, “bombardearemos Haifa y Dubai”, “esto es el comienzo del fin de la presencia Estadounidense en medio oriente”.

Si en algo es experto el gobierno iraní es en la redacción de amenazas, pero esta vez la cosa iba más en serio que de costumbre. Mucho más que romper la estructura de mando, este ataque tocó el honor del régimen y eso no se podía permitir. Dar una respuesta política y militar adecuada a este acto era de vida o muerte. Una no-respuesta implicaba mostrar una debilidad brutal, era retroceder años de avance político externo y ponía en riesgo la propia estabilidad del gobierno. Una respuesta desmesurada era garantía de guerra.

Trump twitteó una amenaza como nunca se había visto. Se anunciaba que si los iraníes cumplían su amenaza se iban a atacar 52 blancos políticos, militares y culturales (algo absolutamente prohibido por la convención de Ginebra). Uno por cada rehén de la toma de la embajada en Teherán en el 79. Un ataque de esas magnitudes implica guerra abierta.

En la práctica el gobierno iraní no quiere ir a la guerra, no ahora. Quiere, pero solo cuando pueda ganarla, sabiendo muy bien que eso hoy es imposible. No hay que confundir retórica ultramilitarista con irracionalidad, algo común en el paternalismo liberal, que se suele repetir con otros gobiernos como Corea del Norte, pero también con Trump mismo (recordemos que la mesura y el bello estilo de Obama no le impidió dejar Libia hecha un cráter).

Adelantándose, la Unión Europea, China, Rusia e incluso la propia Arabia Saudita salieron a pedir desescalar el conflicto.

Notable fue la importantísima respuesta del Parlamento iraquí, brutalmente ignorada por la prensa occidental. El 5 de enero se votó una ley, presentada por el primer ministro, que pide la retirada de las tropas estadounidenses del país. Esta definición es algo que hace un tiempo habría sido imposible. Los partidos kurdos y suníes se opusieron a ley, por ser una toma de postura pro-Irán e intentaron boicotear la sesión pero no pudieron. El ataque en territorio propio a personas que estaban en visita diplomática más el hecho de que en el ataque murieran ciudadanos y funcionarios iraquíes fue demasiado. 

Se filtró una carta del mando local de las fuerzas americanas enviada al ministro de defensa iraquí en la que se habla de los preparativos para “aceptar esa decisión soberana”. A las pocas horas hubo una extraña desmentida en la cual se dijo que eso no estaba en los planes y que era un “borrador”. La cuestión no se aclaró aún.

Finalmente, la madrugada del 8 de enero la respuesta llegó. Según lo confirmado se lanzaron más de una decena de misiles de los cuales 9 impactaron en la base de Ein Assad, en el occidente iraquí. Durante unas horas el mundo estuvo en vilo, pero lo que siguió a esto fue una clase magistral de diplomacia. El ministro de relaciones exteriores iraní comunicó que Irán había tomado medidas basándose en el principio de autodefensa invocando el artículo 51 de la Carta de las naciones unidas, atacando la base de donde salió el ataque a Soleimani. Al poco tiempo, Trump, luego de avisar que no iba a dar una conferencia de prensa esa noche, twitteó algo histórico: “All is well” y “so far, so good”. No hubo víctimas fatales, no pasa nada.

¿Y entonces? ¿Qué pasó? Ni más ni menos que la expresión racional de dos actores políticos con necesidades específicas. No solo fue un ataque moderado sino que además se alertó antes a los EEUU para que refugien a sus soldados (vale decir que esta información es no-oficial, las fake news que nos gustan). El objetivo de Irán era salvar el honor y se logró. Al menos en el campo militar, los iraníes se quedaron con la última palabra.

Estos hechos tienen un antecedente en el año 2017, cuando un -supuesto- ataque de Al Assad con gas nervioso a población civil siria ocasionó una crisis diplomática. La respuesta de Trump fueron declaraciones de alto impacto, un ataque con misiles hacia una base militar provocando bajas mínimas y desescalamiento del conflicto.

El día siguiente al ataque iraní, Trump dió una conferencia de prensa muy particular, donde marcó una serie de cuestiones fundamentales.

1) “Deberíamos estar contentos, ningún americano falleció en el ataque”.

2) “Irán está desescalando y eso es bueno”.

3) “Mientras se piensan otras respuestas, se recrudecerán las sanciones económicas.

4) Críticas a Soleimani y afirmaciones acerca del correcto accionar en el ataque.

5) “Nunca vamos a dejar que Irán tenga una bomba atómica”.

6) Críticas a la política de Obama y el acuerdo nuclear con Irán. Pedido a toda la comunidad internacional de que se retire del acuerdo.

7) EEUU tiene el mejor ejercito del mundo pero no quiere usarlo.

8) EEUU tiene autonomía energética y ya no necesita del petróleo de medio oriente.

9) Pide a la OTAN que se involucre en la región.

10) Irán debe abandonar sus objetivos actuales.

11) Mención a la destrucción de ISIS como un ejemplo de intereses compartidos con Irán para trabajar en conjunto.

12) Trabajar para un nuevo acuerdo con Irán.

[Brilló por su ausencia alguna mención al misterioso “accidente” de un avión civil sobre Teheran esa noche, un claro intento de no meter el dedo en la llaga. Más aún tras las primeras conclusiones de los servicios de inteligencia internacionales y el reconcimiento de su autoría por parte de los iraníes “por error humano”, en otro contexto, el suceso sería un escandalo internacional.]

En resumen, la tensión baja de nuevo desde lo militar a lo económico-político. Algunos fragmentos del discurso resultaron mucho más pacifistas de lo esperado, invitando a Irán a la mesa de negociación. Lo notable es que ese también es el verdadero deseo de Irán. Una renegociación de la balanza de poder en la región. Lo importante son lo términos y condiciones en los que se llegue a esa negociación.

EEUU continúa una lenta pero inevitable retirada estratégica de la región. Una conjunción entre no depender más del petróleo extranjero con la admisión del fin de la etapa en que eran la única potencia (policía del mundo). La invocación a la OTAN, tan atacado por Trump pero también a China a “hacerse cargo” va en esa sintonía. Los grandes perjudicados por un posible conflicto son los países consumidores netos de energía (China y la UE), por lo que deberían ser ellos quienes paguen parte del precio de controlar la zona.

La política detesta el vacío, si hoy los EEUU se retiraran unilateralmente sin negociar los términos probablemente las consecuencias serían terribles. Un ejemplo es lo que sucede en el Kurdistán sirio, donde a la retirada de Trump le siguió una brutal ocupación turca. Probablemente algo similar suceda con Irak.

Ya hubo algunos comentarios de esta naturaleza: el senador y ex rival de Trump en la interna republicana, Marco Rubio, “preguntó” si no era ya hora de un Kurdistán totalmente independiente en el norte de Irak. Se está agitando el fantasma (que ya había agitado el ISIS) de la renegociación de “Sykes-Picott”, el tratado de 1916 en el que se definieron las fronteras y áreas de influencia de Medio Oriente entre Francia y el Reino Unido. Increíblemente, hasta ahora todos los intentos de borrar esas fronteras “dibujadas sobre la arena” fracasaron.

Irán, por otro lado, necesita urgentemente un alivio de la presión económica para sortear la crisis interna que está atravesando. No puede mantenerse eternamente este nivel de conflictividad sin riesgo a implosión.

Otros frentes

En el plano interno norteamericano Trump parece haber salido, en principio, fortalecido. Protegido de que lo “corran por derecha” también se asegura la base que lo votó por ser quién prometió terminar con las guerras de cambio de régimen. No parece tan predispuesta la sociedad norteamericana a una aventura del estilo Irak con Bush o Libia y Siria con Obama. Por el lado demócrata uno supondría que estas situaciones benefician a quienes se han posicionado más coherentemente contra las guerras, como es Bernie Sanders.

Este va a ser un tema de agenda en las elecciones que se disputan este año, sin dudas.

Turquía e Israel se mantuvieron alejados del conflicto. Netanyahu planteó que el asesinato de Soleimani fue una decisión unilateral de los Estados Unidos, que ellos apoyan pero en la que -en principio- no se van a involucrar. Israel sigue sumido en una crisis interna y hasta que no se estabilice el gobierno no va a haber mucha iniciativa geopolítica (esto incluye al por ahora cajoneado Plan de Paz de Trump). Erdogan, en cambio, está muy ocupado enviando tropas a intervenir en la guerra civil en Libia. Estos países, junto con Egipto, Chipre y Grecia están trenzados en un conflicto por los yacimientos de gas del mediterráneo oriental.

Putin se mantuvo silencioso y cauto, como de costumbre. Rusia libera el espacio aéreo sirio para que Israel bombardee instalaciones iraníes desde hace tiempo. La relación ruso-iraní parece no estar tan bien como hace unos años. China, en un giro bastante novedoso, ofreció a Irak sus fuerzas armadas para estabilizar el país, lo que sería el segundo despliegue militar chino por fuera del territorio nacional.

Redondeando

En este escenario, cabe hacerse dos preguntas: si esto ya terminó y de qué manera afecta a la Argentina lo sucedido.

Empezando por lo primero, tiendo a creer que no. Las Fuerzas de Movilización Popular ya anunciaron que los misiles fueron la respuesta de Irán y que ahora falta la suya. También es propio del régimen iraní golpear más tarde. Quizás con algún agente regional o algún ataque terrorista no convencional lejos de la zona. Ninguno de los problemas de la región se solucionan mágicamente e, incluso, se vislumbran algunos nuevos, como la enorme debilidad del gobierno iraquí, que no pudo impedir que su territorio sea usado como campo de batalla.

Además, esta crisis diplomática se suma a las que vienen sucediendo, una tras otra, hace tiempo: Siria, Corea, Crimea, Mar del Sur de China, Libia, etc. El riesgo es cada vez más alto. Mientras los actores tengan margen de maniobra y actúen en base a decisiones racionales nada puede salir mal, hasta que sale mal. Ejemplos en la historia sobran.

En lo que respecta a nuestros intereses nacionales hay bastante para decir. Una visión muy cínica podría ser apostar todo a un nuevo boom de commodities, especialmente petróleo, motorizado por una guerra en la zona y que Vaca Muerta nos salve. Por otro lado, nuestra Cancillería mantuvo una correctisima neutralidad ante el conflicto. En plena crisis económica y necesidad de negociación con el FMI no estamos para aventuras antiestadounidenses. Tampoco estamos para romper filas con los países no alineados porque inversiones chinas o rusas en sectores estratégicos podrían ser claves.

Lo seguro es que, sí el mundo al que quería volver Macri había empezado a acabarse al ganar Trump en 2016, en 2020 ese orden ya es historia antigua.

Hoy vuelve con todo la idea de que son las naciones (y el interés nacional) el principal factor político ordenador, aunque no el único. Lo importante sigue siendo la identificación de objetivos nacionales estratégicos. El colapso del multilateralismo es un hecho. No hay margen para recostarse en la idea de que alguna potencia (sea EEUU o Rusia/China) o Bloque Supranacional (UNASUR o Lima, ambos debilitadísimos) va a cuidar de nuestros intereses. Más aún con un Brasil pretoriano alineado a EEUU. Necesitamos aumentar nuestros márgenes de maniobra, se requiere una política exterior firme e inteligente.

Una serie de acciones del gobierno argentino parecen indicar que se avanza en esa dirección. El acto de Alberto Fernández en el buque Irízar, la designación de Argüello como embajador en Estados Unidos y el nombramiento de Cafiero en China son sobrados ejemplos de un cambio de rumbo, tanto de la política exterior macrista como de la del viejo kirchnerismo. La neutralidad estratégica también se plasma en la postura con Venezuela: críticas al gobierno de Maduro y -en simultáneo- expulsión al “embajador” de Guaidó.Para finalizar, no queda más que agradecer el hecho de vivir en esta tierra, que con todos sus problemas y miserias mantiene un altísimo nivel de institucionalidad y paz. Eso también hay que defenderlo.

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