Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar el cambio climático

Por Dante Sabatto

“No hay que reír, o sonreír frente a estas preguntas: ‘¿de dónde venimos? ¿por qué existimos?’, sino rumiar acerca del hecho notable de que las respuestas ‘de ninguna parte, por ninguna razón’ sean efectivamente respuestas. Y descubrir, a partir de este hecho, que estas preguntas eran efectivamente preguntas, y además excelentes.”

Quentin Meillasoux, Después de la finitud

“Con dificultad, los indios chapoteaban en ese medio chirle y sentían, en todo momento, la amenaza de la aniquilación. Lo externo, con su presencia dudosa, les quitaba realidad. Y, a pesar de su carácter precario, el mundo era más real que ellos. (…) Querían hacer persistir, por todos los medios, el mundo incierto y cambiante.”

Juan José Saer, El entenado

1. Fenomenología apocalíptica del cambio climático

El líder del Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi, muere en Barish, Idlib. Pese a que la votación la ganaron los manifestantes en Hong Kong, la persona del año de la Times es Greta Thunberg. EEUU asesina a Qasem Soleimani, segundo hombre fuerte de Irán. Y para colmo, como repite el Otello de Fontanarrosa, Venecia se hunde. La frase no puede ser más literal: sube el nivel del agua, los glaciares se deshielan, cada año es un año récord de temperatura. 2020, crisis del clima.

No es sólo Greta, el Green New Deal ni el hecho de que espacios como Jóvenes por el Clima hayan pasado en segundos del anonimato a ser un actor más de la política. Tampoco se trata exclusivamente de las vagas e imprecisas conexiones que unen el activismo ambientalista actual con el que viene desarrollándose desde los 70. Ni basta recordar que Perón fue uno de los primeros líderes mundiales en hablar del tema (aunque a muchos nos guste hacerlo). Lo que es evidente es que existe un nuevo discurso ambientalista, que no podemos caracterizar sólo como “más radical”.

Su mensaje no es más autónomo, por lo pronto: penetra más en todos lados porque su crítica al Capitalismo es, como mucho, vaga, pero a la vez porque no deja de hacerla. El Green New Deal de Ocasio-Cortez y Sanders es un programa económico para una crisis ambiental. El nuevo discurso sobre el cambio climático no reclama para sí un ámbito propio sino el imperio sobre todos los ámbitos, por necesidad y urgencia. La radicalidad no pasa tanto por sus propuestas sino por su tesis: es el fin del mundo, pronto, ya, no de manera inevitable aún (pero cada vez se acerca más a ello).

Y además, podemos verlo. El discurso remite inmediatamente a la experiencia. Es fenomenológico: ahí está, al alcance de tus cinco sentidos, toda la prueba que necesitás, si tan sólo conseguís mirar de otra manera. Hay que saber dudar correctamente. La ciencia lo sostiene, pero en el mundo de Donald Trump es evidente que hay que buscar otras formas de discutir. Experiencia contra experiencia: hoy hace frío aunque es diciembre, ¿no ves que el cambio climático es un invento de los chinos? Fusil contra fusil: el Amazonas está prendido fuego, ¿no ves que si no cambiamos el patrón de acumulación este cambio es irreversible?

El negacionismo del cambio climático es vencido en el terreno de la ciencia, pero es combatido también en el discurso cotidiano apelando a la emoción y a estas nociones de experiencia directa, casi personal. Un segmento de la izquierda evidentemente ha aprendido de los triunfos de la nueva derecha. Hay un concepto difícil de traducir: “climate grief”, literalmente “dolor” o “pesar” climático (aunque YouTube lo traduce automáticamente como “duelo” en el video de ese título del canal de filosofía PhilosophyTube) que implica una aflicción muy profunda surgida de la certeza de que la crisis climática nos lleva a un punto de no retorno. Un apocalipsis. 

El apocalipsis es antes que nada un género literario, y uno profundamente político, del pueblo hebreo. El de Jesús es, de hecho, un discurso apocalíptico, pero es también un evangelio, una buena nueva: se hará en nosotros su Reino. Apocalipsis significa literalmente “revelación”: por eso, el vínculo con la fenomenología es muy directo. El discurso apocalíptico siempre está “revelando algo a la experiencia” y requiere una puesta en suspenso cartesiana de las cosas que creíamos, de nuestra forma cotidiana de experimentar el mundo: nuestra tendencia natural a pensar el presente como permanente. El momento en que estás.

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2. Tiempo al tiempo

La curva temporal de la era Moderna es una línea recta en diagonal ascendente. “Somos prehistoria que tendrá el futuro”, nos sitúa Silvio Rodríguez, el hombre capaz de convertir las más duras tesis del marxismo en poesía, las líneas más ásperas de Gramsci preso en acordes de guitarra acústica. “Somos los anales remotos del Hombre”: el positivismo es una experiencia de la Historia pero también del sujeto, sobre todo en su versión comunista. “Estos años son el pasado del Cielo”. Utopía: en ningún lugar se encuentra lo menos ausente, el futuro.

Lyotard habla de grandes narrativas de la Modernidad: el marxismo, el cristianismo, el psicoanálisis, el tecnocapitalismo. Grandes relatos con un Final: la sociedad comunista, el Juicio Final, el sujeto curado, la redención de la vida terrenal por la tecnología. Grandes enemigos: la clase burguesa, la tentación, la neurosis, el atraso. Todos estos relatos se consumen en lo que Onfray llama el agujero negro de Auschwitz. El horror de la Alemania nazi, el horror stalinista impiden seguir creyendo.

Deleuze y Guattari sostienen que el psicoanálisis justamente viene a sostener la creencia cuando ya no se cree en nada. La suya es, en un sentido, la última utopía: seguir las líneas de fuga del deseo, ir más allá del principio de placer. El problema es que el mejor ejemplo de ello es el doctor Strangelove en la película que da nombre a esta nota: un hombre que sigue sus líneas de fuga hasta el punto orgásmico de la aniquilación nuclear. El collage de videos de explosiones atómicas del final de la película es la desterritorialización pura. La Bomba.

Es justamente en esta crisis de los misiles, no sólo en el 63 (con Kennedy a la cabeza) sino en toda la etapa nuclear de la Guerra Fría, que se funda la posmodernidad como la conocemos. Y tiene mucho que ver con la experiencia de la cotidianeidad en ese tiempo: vivir en un mundo que puede en cualquier momento llegar a su fin. En cualquier momento y como porque sí. Esa incertidumbre constante fuerza una pérdida de sentido casi irreversible: así caen los metarrelatos que buscan explicar todo, porque cae la idea de que todo (de que algo) tiene explicación. El absurdo resulta mucho más plausible, y si algo hemos heredado de la filosofía medieval es que la explicación más simple suele ser la correcta. La navaja de Ockham corta el cuello de la era Moderna.

El capitalismo, claro está, no cae. Cae su utopía, sobrevive su sistema, en palabras de Zizek: “como si el capitalismo liberal  fuera lo ‘real’ que de algún modo sobrevivirá, incluso bajo una catástrofe ecológica global”. “No hay alternativa” es el slogan de una marca que no tiene competencia pero también que no tiene nada intrínsecamente bueno que vender. Podría ser el tagline de un producto en uno de esos supermercados cubanos que horrorizan cada tanto a algún estadounidense liberal: góndolas enteras de la única marca disponible de tallarines. There’s no other way.

El tiempo se vuelve puro presente. El historiador francés Fraçois Hartog lo llama “presentismo”: la pérdida tanto de un horizonte de expectativas (futuras) como de experiencias (pasadas) en las que anclarse. La curva se achata. Tesis, antítesis, síntesis se convierten en asíntota. Pero todo puede ser procesado por la máquina presentista: Fukuyama recuperará a Hegel para hacerle decir que la Historia se ha terminado para siempre de nuevo. Pero tal vez quien mejor expresa esta época sea García: say no more.

Hemos desarrollado entonces dos experiencias de la realidad: la mediada por la posmodernidad y la del discurso apocalíptico. Pero estos dos modos de ver se asemejan, en el fondo, por aquello que las contrapone: son comparables porque constituyen una semejanza invertida. La etapa nuclear de la Guerra Fría es el reino absoluto de la contingencia: de nada depende que la Bomba caiga o deje de caer, nada lleva al dedo a apretar el botón rojo.

Por eso las grandes anécdotas sobre los momentos en que estuvimos a instantes de la total aniquilación nuclear tienen esta estructura: un radar en la URSS o en Estados Unidos (las anécdotas son espejadas) capta algo que puede ser una Bomba pero el funcionario a cargo confía en su comprensión de la situación política, en su entendimiento del Otro Lado y decide que se trata de un error de maquinaria, y decide no responder. Desescala, y tiene razón: no se trata de una Bomba. No sólo el error es contingente. Sobre todo, lo es la Decisión (este es el punto donde el Schmitt nazi se reencuentra con el postestructuralismo), la Decisión de desescalar, la burocracia weberiana que salva a la Tierra poniendo a la casi-racionalidad humana a trabajar contra la hiperracionalidad de la máquina.

La fenomenología apocalíptica del cambio climático repone algo que estaba dolorosamente ausente, el elephant in the room desde 1989: la necesidad. El mundo se acaba por necesidad histórica. No hay bello encuentro fortuito de un combustible fósil y una molécula de CO2 sobre un sistema capitalista: hay determinación. (Incluso para Meillasoux hay necesidad de la contingencia, y así “se acaba el misterio”). No hay punto de vista ni perspectivas múltiples: el mundo se acaba para todos y todas.

No hay Decisión, no hay decisiones que puedan ser tomadas o no: hay un Sistema que nos llevó a esto, una articulación racional en el sentido fuerte: externa a lo humano, coercitiva sobre este. Existen continuos llamados a la acción, sí (reciclá, no uses bolsas de plástico, poné el aire en 24) pero no hay soberanía sobre la crisis del clima como sí la había sobre la decisión de disparar la Bomba. Llegamos hasta acá por una serie de decisiones en minúscula, decisiones más o menos forzadas, decisiones articuladas con otras lejanas, decisiones que muchas veces parecían tomadas por nosotros. En sus posturas más radicales, ¿qué es al fin y al cabo el fin del mundo sino el último absoluto?

El discurso apocalíptico vuelve a poner, sobre un mundo desorbitado, coordenadas temporales. O mejor: puede hacerlo, si es bien conducido, si no se agota en el dolor, el catastrofismo, la inmovilidad que denuncia Herzog. Si acepta completo su programa, si toma el camino de la praxis, si llama a la acción tanto como a la emoción. Si se repone la decisión.

El Doomsday Clock (reloj del apocalipsis del Boletín de Científicos Atómicos que marca el tiempo que falta para la destrucción total del planeta) es el fin de la metáfora de este discurso. Es una concepción de la Historia que se dirige a algún lado, como lo es, por ejemplo, el Marxismo. Pero con reglas distintas y claras: una de ellas es la urgencia. Un Simón Rodríguez post-postmoderno no diría “inventamos o erramos” sino algo más parecido al meme de la pintada que dice “ganen o mueran”. 

3. Uno, dos, cien apocalipsis

El climático no es el único fin de los tiempos que acecha el presente. El feminismo contemporáneo se propone acabar con el patriarcado, una estructura que es más antigua que el mismo capitalismo. Se propone, de hecho, hacer que imaginar el fin del patriarcado sea más fácil que imaginar el fin del mundo. Quiere hacerlo ahora, y en cada hombre. Una revolución subjetiva y colectiva de magnitudes impensadas. Ese es su carácter radical, su carácter revolucionario. Por eso se mete en todos lados (hasta en esta nota).

Al calor del desarrollo científico tecnológico, el mundo del trabajo moderno vive su propio apocalipsis, uno de tan envergadura que hacer renacer el pensamiento marxista para condenarlo a reinventarse. Automatización. Robots. Renta básica universal. Un mundo sin trabajo: ¿qué son la mujer y el hombre si no trabajan? ¿Son más o menos libres? We’re not in Kansas anymore. Así se tiembla también otra columna de eso que llamamos posmodernidad: el posfordismo como única alternativa. Cae acelerándose, yendo más allá de sí mismo.

Los apocalipsis (estos y otros que han surgido y surgirán) no están desconectados, claro está. El fin del patriarcado es también el fin del mundo donde ciertas cosas no son trabajo no pago sino amor; cambian las categorías, cambia el sentido de todo. Gran parte de los discursos y políticas que surgen en los últimos años están vinculadas a la imagen de un futuro de escasez y cómo administrarla (ver “Cuatro Futuros”, de Alejandro Galliano en Panamá). El mundo post apocalipsis climático no es más que el punto cero al que tiende esa escasez. 

Hay todavía corrientes que plantean combatirla. El decrecionismo piensa si no podríamos, tal vez, apagar ya la maquinaria entera. Su tesis es en un punto mesiánica: si dejamos ya de crecer y empezamos a transitar el camino inverso, tal vez logremos evitar el estallido climático. Otras perspectivas, algunas también vinculadas al decrecionismo, se proponen organizar el caos. Se puede ver, por ejemplo, el sitio www.marxismoycolapso.com. Leninismo y Mad Max: Fury Road.

Incluso cabe preguntarse, volviendo a la idea del mundo post trabajo, qué ocurre con los movimientos sociales vinculados a experiencias de economía popular/social/solidaria, ultraprecarizada y en hipernegro. Sus formas de organización están basadas en la práctica política presente, teñidas de tradición pero hechas al fuego de la necesidad. Y parecen, sin embargo, prefigurar formas de organización postapocalíptica. Vivir el futuro hoy. 

Vivimos un tiempo de discursos proféticos pero sin evangelio: sin buena nueva. Demasiada oferta de distopías, demanda insatisfecha de utopías. Restricción externa. El problema no es que sea más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, como hacen decir a coro Fisher y Zizek a Jameson, sino que sea más fácil imaginar el fin del mundo que cualquier otra cosa. Es el peligro del discurso apocalíptico: si nos sume en el pánico en vez de llamarnos a la acción, cierra la imaginación. Pero tiene el potencial de abrirla. Es falso que no puede pensarse otro mundo. Un amigo lo llama “determinismo soft”: podemos escapar. Eso requiere pensar “en grande”, evitar el facilismo de pensar a la anarquista la organización de pequeñas comunidades. Utopías, metanarrativas, proyecto de mundo y humanidad.

O de inhumanidad. El transhumanismo (como el xenofeminismo de Hester o el feminismo cyborg de Haraway) operan casi como un retorno del positivismo reprimido. Sus impulsores probablemente escuchen otros géneros musicales, pero nos vuelven a decir, con Silvio, que somos los anales remotos del Hombre (y de la Mujer, y de lo que haya más allá de esto). Es imprescindible volver a tender hacia algo. Aún si lo que hay al final del túnel es la crisis climática, eso puede permitir pensarnos de nuevo en una continuidad temporal en la que tenemos capacidad de incidir.

“Quedamos los que puedan sonreír / en medio de la muerte / en plena luz”. No es el mismo proyecto positivista, iluminista (se deshace el último verso de Silvio en literalidades sin perder su belleza). Si vuelve la concepción temporal pre-posmoderna, lo hace cambiada, y lo hace encontrándonos cambiados. Se trata de asumir críticamente los desafíos planteados en estos años: la urgencia que reclama el fin del mundo. Se trata de empezar a ocuparse, de dejar de preocuparse, y no de amar el cambio climático, pero sí entender cómo se toca con esa necesidad dolorosa de volver a ubicarse en la Historia. Si podemos hacerlo, (nos) habremos demostrado que no es el fin de la Historia. Es apenas el fin del mundo.

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