El día después de mañana ‧ Por Mateo Barros y Mair Williams

“Se omite lo que la crisis misma elabora como perspectiva propia y crítica respecto de la estructuración del presente. En su inmanencia, en cambio, la crisis tiene algo de genético, de germen o fermento, es decir, de engendramiento de estrategias capaces de extraer vitalidad de un medio árido, mortífero.” Diego Sztulwark, La ofensiva sensible.

El Presidente argentino lo puso en términos dicotómicos: o se preserva la economía o se preserva la vida. Lo hizo en términos dicotómicos para ofrecer una respuesta frontal y una justificación de las medidas tomadas a quienes perciben correctamente que las políticas de contención de la pandemia tienen un efecto pernicioso sobre la economía del mundo tal como venía siendo. Y es tangible: la relación de oposición -en los marcos modernos de la producción y explotación de recursos- entre economía y ecología revela lo profundamente emparentados que están los dos conceptos. Todo el mundo sabe, y admite, en sus quejas, que la economía actual del mundo funciona deteriorando y poniendo en riesgo la vida. Todo el mundo sabe que la ecología, pensada como la serie de reglas y políticas a tomar para preservar la vida en el planeta, destruiría el funcionamiento de la economía tal como lo conocemos. Nadie admite, políticamente, que piensa la economía y la ecología por separado y en oposición, pero las tragedias ambientales que provocamos y los discursos políticos demuestran que así se da en los hechos. El discurso del presidente lleva impreso el signo de los tiempos: ecología y economía pasan a formar parte de un mismo lenguaje, de un mismo debate y de un mismo plan, y la contradicción -casi hegelianamente- solo se resuelve si pasan a ser una misma cosa, transformada y distinta de los dos objetos bien diferenciados que fueron hasta hoy en el pensamiento occidental. 

A excepción de algunos grises, como el modelo alemán de prohibición del contacto sin confinamiento, la gran mayoría de los líderes de Estado parecen elegir entre una u otra de las opciones posibles. Los que ya saben dónde enterrar a los muertos pero no quieren ataúdes económicos elegirán la primera, y los que intentan “aplanar la curva” para neutralizar al enemigo invisible la segunda. Decidir en medio de las penumbras no es tarea sencilla, y menos cuando nos enfrentamos a un fenómeno desconocido sobre el cual -aún- no hay ciencia cierta. Claro está que “elegir la vida” no implica -como efecto colateral- que el daño económico no complique también las condiciones de vida y la reproducción de los medios de vida. Tan entramadas se muestran, por fin, economía y ecología, que un cambio radical e inmediato en la dinámica económica significaría, también, un suicidio.

Este artículo propone pensar en el día después de mañana. De ese mañana después del hoy perpetuo de la pandemia global que encuentra a los estados nacionales dejando de lado sus agendas para resolver el momento. Este artículo se propone pensar los vericuetos que aparecen en una serie de hipotéticos “después” de la pandemia y que plantean el imaginario de una configuración distinta de lo ya conocido. El día en que finalmente la curva tome una tendencia descendente y los estados-nación dominen esta problemática. El acontecimiento pandemia genera un corrimiento de las categorías con las que juzgamos al mundo y a nosotros mismos. Un desplazamiento necesario en nuestra manera de administrarlo, lo verdadero y lo falso, lo natural y lo social, todo inclinado, re-configurado. 

Parece que la crisis golpea a todos sin distinciones: el virus no distingue entre ricos y pobres, pero el punto de partida de ese universo que compone a “todos” nunca es el mismo y es imperioso detenerse en los matices. A partir de la crisis, podemos entrever más claramente los puntos de apoyo clave de la sociedad que se invisibilizan en su funcionamiento cotidiano. La pandemia, la emergencia, sirven a modo de test de identificación de los pilares que hacen a la contención social y a su vital importancia. Hay que pensar y repensar el caminito que nos llevó hasta aquí, pensar los últimos 10 años de lo que José Natanson llama “desglobalización”, la crisis financiera del 2008, las nuevas olas; pensar desde la crisis un potencial transformador del cuerpo social y el escenario global; pensar los ciclos del capital y el descuido de los sistemas sanitarios; pensar las instituciones globales.

El cuidado de los segmentos más vulnerables de la población está siempre tercerizado, informalizado, pauperizado y feminizado. Estamos frente a una oportunidad para modificar la norma anterior. El costo de tantas vidas debe servir como enseñanza para que tanto padecimiento no haya sido en vano y el fin de la pandemia arroje otra forma de habitar lo público y también esa enorme parte del sistema de cuidados que sostiene la vida y que hoy es considerado, por su informalidad, privado. No basta con preámbulos tecnócratas, es momento de rescatar –ahora que sí lo vemos– el valor del sistema de cuidados y la sanidad pública; así como también de reconocer la fragilidad del sistema. La experiencia de la crisis muestra que las respuestas generalizadas no alcanzan a la totalidad del conjunto: la excepción permanece como regla en ciertos territorios y ciertas categorías sociales.

¿Menos globalización?

Este nuevo brote de Estado de Bienestar y valorización de lo público -en boca de todos- no implica, necesariamente, menos globalización. Que quede claro, la decisión de frenar el mundo fue tomada a nivel global, los paliativos económicos los sustentará el Banco Mundial y el G20 sesionó para acordar un Fondo Mundial de Emergencia Comunitaria como reparo de las consecuencias del virus. Todos los países -con sus propias recetas locales- se encolumnan, en mayor o menor medida, tras la “estrategia china”. Las fronteras se cerraron y los países se aislaron, pero las respuestas nacionales fueron todas consonantes a una misma respuesta global: la que predica la OMS, el ente válido del mundo desconfiado.

Bolsonaro y Boris Johnson intentaron elaborar sus propias respuestas nacionales con épica churchilliana para cuidar sus economías y no ir al parate, pero no lograron consolidar su posición. Navegaron tan solos en la tormenta que la propia marea los acomodó en eje con el resto de los barcos. Johnson apostó al “herd inmmunity“, privilegiando al mercado, y se terminó contagiando y admitiendo, contra la hegemonía heredada de Thatcher, que “existe tal cosa como la sociedad”. Y, alguno comentó chistosamente, el neoliberalismo corrió de local. Algo similar, aunque no tan ridículo, sucedió en EEUU, pero el elevadísimo número de casos de COVID-19 los obligó a alinearse también. “Nadie se salva solo” dijo Alberto Fernández en la teleconferencia del G20, quienes minimizaron la pandemia la están padeciendo y no están preparados, no pueden afrontarla sin cooperación.

Las crisis ponen en tela de juicio los consensos vigentes y arrojan otros nuevos. Esta crisis parece arrojar uno que el siglo XX promulgó pero no supo materializar: el derecho colectivo a vivir. A transitar la excepción preservando la vida por sobre la riqueza. Este derecho quiebra un mandato neoliberal, que habrá que sostener cuando esto acabe y logremos parir otra normalidad. Algo sangra en el corazón del hedonismo individualista, y esa sangre no se lava con agua.

Quizá debamos preguntarnos ¿quién cuida nuestra vida? Una primera respuesta, por la negativa, podría afirmar que los mercados no. Las farmacias aumentaron los precios, “los vivos especularon”, el capital financiero mostró los dientes, Techint despidió y el Estado tuvo que salir a regularlos, a decirle a los que ganan siempre que esta vez no les toca la sortija y que los sagrados privilegios del capital concentrado pasan a un segundo plano. Primero está la salud de todxs, muchachos, “ganen menos”.

¿Entonces el Estado nos cuida? ¿O nos pide que nos cuidemos? “Cuidarse” parece ser un acto individual reducido al orden del confinamiento, la única alternativa al día de hoy; y también colectiva, porque “cuidarte es cuidar al otro” y evita los contagios. Pero el cuidado es insuficiente si el reducto de confinamiento implica hacinamiento, falta de acceso a los servicios básicos, trabajo informal e inseguridad, condiciones de vida en las que se encuentra el 30% de nuestros país. 

De todos modos, el Estado argentino está ocupándose de los más afectados y otorgará subsidios de emergencia y planes para que los que vieron afectada su fuente de trabajo o se exponen al virus por trabajar en la vía pública. Al día de hoy, más de 9 millones y medio de personas se inscribieron para cobrar el bono de 10 mil pesos que implementó el gobierno como Ingreso Familiar de Emergencia para los trabajadores informales. ¿Se trata de un reconocimiento de la importancia de esta dimensión que está por fuera de los márgenes de la economía formal capitalista? 

Además, se decretó el congelamiento de alquileres y la suspensión de desalojos por 180 días. Se regularon los abusos del mercado inmobiliario y se obligó a los propietarios a bancarizar sus ingresos, sin duda un hecho extraordinario en la lucha por el derecho a la vivienda en Argentina. El desafío es no volver atrás.

Lo que vendrá 

Está claro que cualquier cambio en la dimensión pública y el reordenamiento del escenario económico, aquí y allá, dependerá del éxito o fracaso de decisiones políticas. Si el nuevo mundo se parece más a un Estado de bienestar humanista y solidario o a un autoritarismo reaccionario con supresión de derechos civiles donde estemos “absorbidos por la gestión digital de lo humano y el control bio-social” como sostiene Horacio González en su más reciente artículo en el blog Lobosuelto!, tendrá que decidirlo la política.

¿Es una guerra sin tiros? ¿Una guerra por nuevos estandartes? ¿Por el dominio del orden global? Como primer esbozo es posible vislumbrar que el mundo ha tomado formas violentas, existe un estado de belicosidad manifiesto: libertades restringidas por la excepción, ejércitos de médicos, retórica agresiva, ciudadanos sobreideologizados, tensión, desconfianza generalizada, economías golpeadas y tropas con armas. Dar respuestas a estos interrogantes sería asumir prematuramente conclusiones que hoy por hoy muy difícilmente podamos obtener, y consideramos que la delicada coyuntura requiere de rigurosidad cirujana. Cautela.

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