Crisis y decisión: el tiempo del Leviatán ‧ Por Emiliano Cobe y Juan Rocchi

Crisis y decisión: el tiempo del Leviatán

La humanidad se enfrenta a una pandemia. La magnitud del fenómeno hace que se vea afectado cada aspecto de la vida y genera una gran dificultad a la hora de comprenderlo y de estructurar un análisis en torno a él. Los hechos imponen urgencia en la misma medida en que dificultan su propia interpretación en pos de dar una respuesta efectiva. Las instituciones y el orden geopolítico, que mantuvieron un delicado equilibrio durante la última década, hoy parecieran empezar a sucumbir ante la potencia del hecho. Cualquiera podría haber sido el detonante de las fuerzas que se están expresando: un conflicto bélico, un desastre natural, una rebelión o una crisis económica. Sin embargo, y fruto de la contingencia, resultó ser un virus el agente que impuso la excepcionalidad a las estructuras políticas. Se dieron respuestas diversas alrededor del globo, unas más satisfactorias que otras. El Covid-19 o Coronavirus se impone en la agenda mundial como un hito histórico que libera orientaciones que habían permanecido en un estado embrionario y ahora pugnan los lineamientos de las décadas venideras. Aparecen marcando la dirección de lo que podría ser el inicio de un Siglo XXI acotado, en el sentido en que la Primera Guerra Mundial inauguró el Siglo XX corto (que hallaba su final con la caída del muro de Berlín) tal como lo describió el historiador Eric Hobsbawm.

En los últimos cincuenta años, nunca se había hablado tanto del Leviatán. Hoy esta poderosa imagen, quizás la más memorable de toda la Filosofía Política, trasciende los espacios académicos para llegar a artículos periodísticos, prime time televisivos y publicaciones en redes sociales. ¿Por qué se impone la figura del Leviatán? La crisis exige no sólo presencia del Estado, sino presencia de su elemento más específico, de aquello que lo convierte en este monstruo, en “el príncipe de los orgullosos”.

Thomas Hobbes tuvo una razón fundamental para elegir a esta bestia mitológica como emblema de su tratado político: en el Antiguo Testamento, Dios dice de él que “no hay poder en la Tierra que pueda comparársele”. Si hay algo más poderoso que él, es de orden celestial. Llevado al terreno político, el Estado soberano es más poderoso que cualquier institución que tenga por debajo. Y centralmente, este poder se traduce en poder de decisión.

En este sentido, los deberes y derechos del Leviatán coinciden curiosamente. Quizás éste sea el mayor descubrimiento filosófico de Hobbes: para garantizar la paz y seguridad del pueblo (objetivo por el cual los seres humanos crean al Leviatán), debe haber una voluntad única que decida qué es la paz y cuáles son los medios para obtenerla. 

En este sentido, puede verse cómo el ejercicio de ese poder leviatánico, la capacidad política de definir un único orden de acción coordinado ante la crisis, es lo que está escribiendo el destino de los distintos países al día de hoy. 

En la crisis, la controversia exige un único juez por su estructura misma: si cada ciudadano particular, si cada institución particular quisiera ser jueza del orden de acción a seguir, la controversia persistiría como tal: el ejemplo más concreto es la situación de Italia.

Paradigma de la ausencia de Leviatán

Massimo Galli, director del Departamento de Enfermedades Infecciosas en el hospital universitario Sacco de Milán, afirmó que “la epidemia ha ejercido una presión sobre los hospitales que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial”. Si bien la declaración caló hondo en la sociedad como signo de la magnitud de la tragedia, de ella puede inferirse un problema más profundo. En efecto, la crisis del Coronavirus en Italia abrió una caja de Pandora que deja al descubierto los mellados cimientos de una república sin rumbo. Lo que asomó en distintos países como una crisis sanitaria de muy difícil control, incluso para estructuras estatales titánicas y eficientes, golpeó en la Lombardía como una peste bíblica convirtiéndola en el epicentro del contagio que lleva, al cierre de este artículo y según cifras oficiales, más de 160 mil infectados y 20 mil muertes en todo el país.

Sistema de Salud

El sistema de salud recibe el 13,5% del gasto público (6,5% del PBI italiano), y se financia con impuestos nacionales, regionales y copagos. La atención Primaria recibe el 50% de este presupuesto y garantiza a todos los ciudadanos italianos y residentes en Italia el derecho a asistencia sanitaria gratuita financiando el 74% de esa asistencia con impuestos nacionales y locales. Se ubica entre los 25 países con mejor sistema de salud del mundo.

Aun así, el “Servizio Sanitario Nazionale” ha quedado completamente colapsado y carente de respuesta. Las pocas decisiones que se han podido tomar giran en torno a la gestión de los respiradores disponibles, con la perspectiva de brindar asistencia a la población más joven (y por lo tanto, con mayor expectativa de supervivencia al virus). Esto redunda, básicamente, en dejar sin asistencia respiratoria a los pacientes edad avanzada.

Que la estructura de salud pública italiana gozaba de buenas características, o al menos mejores que muchos de los países en que el virus fue más eficazmente controlado, es un hecho prácticamente indudable. ¿Qué explicación precisa puede darse, entonces, ante el fenómeno inédito que describe el Dr. Galli?

Sistema Político

Desde el período al que se refiere Galli hasta hoy, Italia ha tenido 66 Gabinetes ejecutivos. Es decir que, desde la Segunda Guerra Mundial a esta parte, los ejecutivos italianos han tenido un promedio de duración de 13 meses: el menor entre los Gobiernos de sus pares occidentales. En el transcurso 29 dirigentes italianos han sido nombrados con el cargo de Primer Ministro. Silvio Berlusconi, quien gobernó entre 2001 y 2005, ostenta el período de Gobierno más extenso desde Mussolini a la fecha.

A la par de esta estructura solidaria con la fragmentación política, brotan rizomas históricos que operan determinando fuertemente la realidad: el bloqueo de expresiones partidarias de izquierda durante la guerra fría, el fortalecimiento superficial de la Democracia Cristiana durante un gran período de inestabilidad gubernamental y el siempre presente fraccionamiento social expresado en cada instancia política conformaron un caldo de cultivo perfecto para que una crisis pandémica de esta envergadura terminara de imposibilitar el ejercicio de poder de un lánguido sistema parlamentarista.

Este país, cuya tradición en el pensamiento político es paradójicamente importante, recibió los primeros casos de una pandemia sumido en discusiones que ponderaban con displicencia si las medidas a ejecutar no serían “excesivas” para la “no tan grave” situación. En una total ausencia de liderazgos y con un poder a cuyo ejercicio elemental le llovían críticas a diestra y siniestra, Italia se vio transformada en el paradigma de la ausencia de Gobierno.

Italia no vive una crisis sanitaria a causa de la pandemia actual. Trágicamente, revive una crisis política de más de 70 años que, ante la excepción, lo único que manifiesta es la brutalidad de una anomia estructural. Si el Leviatán es aquello que se constituye como juez supremo, como voluntad única que dirime en la controversia, su tarea nunca es más imperativa que ante la crisis. Un Estado-Leviatán es, como todo juez, un intérprete. Pero al ser representante de una sociedad, de un Pueblo, el Estado es también intérprete de sí mismo, de qué es para él la paz y cuándo ésta ya no es tal. Quizás su derecho supremo sea pronunciar, de forma inapelable, “esto es una guerra”, o “esto es una pandemia”. Una nación sin soberano no puede pronunciar una interpretación firme de sí misma. En otras palabras, no puede plantearse las preguntas básicas – ni, lo que es peor, sus respuestas correspondientes- ante la multiplicidad del azar. El bienestar de Italia reclama con ansias la constitución de un Leviatán que ordene, controle y gobierne en aras de la salvación de su pueblo.

Se presenta así una tendencia que recorre el mundo. El caso italiano revela coincidencias alarmantes con situaciones cuyos protagonistas tomaron a la ligera el bastardeo de la política. Tanto la anomalía ecuatoriana provocada por Lenín Moreno al detonar el capital de su legitimidad de origen como el experimento pseudo-democrático de Brasil que desembocó en la presidencia de Jair Bolsonaro anuncian imágenes dantescas de la crisis que se avecina. El patrimonio común es la negación de la política. Más allá de los casos particulares, es la humanidad en su conjunto la que ve concluído el interludio onírico en que podía decirse inocentemente que “el poder ama esconderse”. Este siglo corto inicia sacudido por demandas urgentes. Es tiempo de soberanía, de decisión. La tempestad es el medio del Leviatán.

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