El frasquito que terminó conteniendo al mundo ‧ por Martín Arias

Por Martín Arias

Imaginemos que comprendemos en términos técnicos la probabilidad y la programación. Imaginemos, por ejemplo, una aplicación de intercambio de mensajería. Imaginemos también, que se registra la totalidad de palabras emitidas por cada usuario, que luego, agregamos parámetros de vinculación sintáctica para guardar una mínima cohesión y establecemos un ranking de frecuencias de palabras para que arroje las opciones más frecuentes, es decir, que el sistema nos proponga una opción que, eventualmente, hable por nosotros. No imaginemos más. El “texto predictivo” de cada uno de los teléfonos que utilizamos funciona así. A través del aprendizaje automático (del inglés, machine learning), y procesando los datos recopilados a través de algoritmos, como, por ejemplo, árboles de decisiones  o redes neuronales artificiales, el sistema osa predecir nuestra respuesta. Y con determinada frecuencia lo logra, o al menos se acerca conceptual o sintácticamente.

Las palabras volcadas en las conversaciones no son sólo mensajes de intercambio con otros usuarios, sino que son información que, procesada, es cualitativa y cuantitativamente rica respecto de la construcción de nuestros pensamientos, e incluso de nuestra más privada intimidad. En términos gráficos, sería el subsuelo de nuestras redes sociales (con un grado de cobertura mayor respecto a la recolección de esta información). Cada uno de nuestros celulares, es una voraz esponja que absorbe todas las expresiones que allí plasmamos, y, si consideramos el desplazamiento del desarrollo de las relaciones sociales, laborales, políticas y comerciales hacia estos dispositivos tecnológicos (consecuencia de la dopamina que en estos tiempos desparramamos por la interacción en tiempo real y la eficacia que conlleva), no es descabellado pensar en la conformación de un mapa de nuestras mentes. La manipulación de la información de las personas en el ciber espacio es algo que ya ha traído notables problemas que por el momento no parecen tener una solución cercana. La existencia de datos a escala (Del inglés, Big Data) sobre las personas y su consecuente almacenamiento, procesamiento, detección de patrones, y utilización comercial o política son una de las cartas fuertes para intentar influir en el comportamiento de los seres humanos en la actualidad. La empresa Cambridge Analytica y la promiscuidad de Facebook a la hora de administrar información de sus usuarios, nos sirvieron como botón de muestra para dimensionar el poder que puede implicar la utilización de información privada. Ya no hablamos de inducir a la compra de determinado producto, con un bombardeo publicitario teledirigido según los intereses del receptor, sino de influir con trascendencia, entre otras cosas, en los resultados de procesos electorales.

Pero, como referimos anteriormente, el subsuelo de nuestra identidad digital, es lo que a diario escribimos y decimos en forma privada. Resumiendo: Todas nuestras expresiones (manufacturadas en nuestro inconsciente) son procesadas para predecir nuestras palabras. ¿Cuánto aprendió de nosotros nuestro celular? Como el inconsciente[1], nuestros dispositivos móviles son una caja de resonancia, un inconsciente cibernético que también se rige por reglas, leyes propias y que intercambia conceptos con nosotros a través de la oferta y concatenación de palabras.

Pero huyamos de donde estamos y abramos un nuevo interrogante: ¿Puede la tecnología “crear” en el sentido artístico de la palabra? ¿Cuánto vale una emoción vomitada por una probabilidad matemática? En otras palabras, ¿puede un algoritmo escribir una canción que produzca una sensación de amor más fuerte que una escrita por John Lennon? ¿Puede un proceso automático estremecernos más que un escalofriante cuento de Horacio Quiroga?

Si bien (por el momento) es el usuario quien define cuál de las tres o seis palabras que ofrece el celular al redactar un mensaje, el mero hecho de que exista esa posibilidad, nos plantea, en caso de que flexibilizáramos nuestros múltiples parámetros preconfigurados para comunicarnos (gramática, identidad, miedos, emociones, y otros filtros, etc.), una escritura alternativa, quizás tan representativa de lo que queremos decir como la palabra que pensamos y comenzamos a escribir en nuestros teclados touch. Un yo que no soy yo pero se me parece bastante. El sistema nos ofrece una versión distinta a la idea inicial nuestra, construida con datos por nosotros mismos aportados, bien parecida a nosotros y ajustada al contexto comunicacional. Por qué no, entonces, una invitación a que el azar y los algoritmos jueguen a ser una versión adaptada de nosotros mismos que escriba un relato, un poema o un cuento.

Este proceso alternativo de producción sistémica y cibernética, destacado circunstancialmente de manera recreativa por juegos inocentes en redes sociales (“Hoy me siento… completen la frase con el predictivo y twitteen qué sale”), me conectó con la potencia de una flecha con la novela de irreverente narrativa El Frasquito, del psicólogo Luis Gusman, sobre la que nos referiremos más adelante.

Nos encontramos entonces con un futuro no muy lejano en el que la belleza de un poema o un cuento radique en los criterios lógicos del algoritmo que lo arroja al mundo, donde un buen escritor sea aquel que, con una mínima intervención humana pueda producir infinitos poemas en cuestión de horas con la utilización de una nutrida base de datos de palabras frecuentes por él utilizadas, o quizás, un futuro donde los azares del vocabulario y la matemática nos entreguen un maravilloso configurador de poemas algorítmicos de un sujeto totalmente desinteresado en la materia y de escaso lenguaje y burdas ideas, pero con un léxico estrambótico que con los adecuados criterios de conexión resulten un revulsivo poema primo de la generación beat.

En el año 2016, el norteamericano Bob Dylan fue galardonado con el premio nobel de literatura por “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”, según refirió la propia academia sueca, disgustando a muchos expertos y críticos literarios. Por qué no podemos pensar entonces, en un premio nobel de literatura a un ingeniero que con un algoritmo y la utilización de dos bases de datos de palabras pertenecientes a dos personas absolutamente disimiles, acercó la probabilidad matemática a una métrica perfecta y así ofreció poemas basados en el vocablo de dos personas, pero mucho más allá de sus propios límites y creatividad.

Esta perturbadora recolección de datos, sobre la que, en general, poco sabemos (¿Se almacenan en el propio dispositivo, o en servidores de alguna compañía? ¿Se utiliza un esquema de datos colaborativos y se combinan con los de distintos usuarios asociados por características similares?), nos da, entonces, una posibilidad única de producir oraciones con la materia prima de la mente humana, construyendo sentido más allá de la potencia consciente de cualquier persona que quiera dar vida a una historia a través de las palabras.

Juguemos un poco y veamos un ejemplo de un fragmento producido por el algoritmo predictivo de mi celular, sólo iniciando la estrofa con “Que”, eligiendo las palabras que son ofertadas por el dispositivo e introduciendo dos comas para amenizar lectura:

Que me asusta nena

Quizás, inútilmente

Apuro mi paso

Violento, mediodía gris

La radio pone fuego

A la lenta cumbia.

Puede que saber que dicha estrofa es el resultado de una operación matemática hecha por un teléfono comprado en cuotas le quite emoción a la recepción por parte del lector y recorte la imaginación para interpretarla. Veamos ahora, un fragmento de “Yo miro tu amor”, una composición del letrista Luis Alberto Spinetta, reconocido por sus letras y su prolífica creatividad:

Que no me gusta la verdad

Desde las primeras páginas

Y me dijo algo sobre el hombre, que no es una persona,

A la noche sé, si me dice algo sobre la vida.

Las similitudes entre las estrofas mencionadas en cuanto a un halo de misterio del contexto, narradores y personajes difusos, y expresiones crípticas de emociones, se dejan encontrar con facilidad. Pero, puede probablemente sea de preferencia mayoritaria aquella aquella escrita por una persona, y particularmente si ésta ostenta el talento de Spinetta.

Distinto es respecto de una novela o un cuento, donde se espera una presencia imperiosa de un narrador para relatar una serie de sucesos causalmente vinculados que tienen principio y fin. Pareciera que la producción algorítmica en una construcción de estas características, se enfrentaría a escollos inevitables que, pasándolo por un tamiz tradicionalista la marginarían de una lectura posible.  O al menos de una lectura cómoda. Y ahí es dónde radica una cuestión neurálgica de interés. El Frasquito, novela de Luis Gusman, se publicó en 1973 y aún casi 40 años después resulta un cachetazo para cualquier lector desprevenido. Y seguramente también para muchos precavidos. No hay un hilo conductor sostenido durante la historia que se dispara desperdigada en múltiples planos con una borrosa descripción de un interrogatorio policial de dudosa legalidad, y se desarrolla con sucesos alienados, sin posibilidad de inferir una estructura narrativa lógica. La historia se desarrolla dinamitando las características de la novela tradicional. Al respecto, Gisela Garcia, en “El Frasquito de Luis Gusman. Perspectivas de atextualidad”, publicada en la revista Hologramática literaria de la Universidad de Lomas de Zamora, explica con sobrada claridad:

“(…) No es posible verificar los deícticos (unidades lingüísticas que permiten rastrear la situación del sujeto que enuncia, como las instancias temporales y espaciales) que den cuenta de la posición del narrador a lo largo del relato y de la cohesión textual en una linealidad factible de ser repuesta con la lectura completa. Las referencias, en líneas generales, no son deícticas sino cotextuales. No hay cohesión textual ni unicidad gramatical en el relato. Se estaría ante una suerte de yuxtaposición de fragmentos de relatos (…)”,

para luego aclarar que tampoco se puede establecer “una correlación de tiempos o espacios entre dichos fragmentos. No porque el narrador juegue con estas categorías oponiéndose a una narración de tipo realista al mezclarlas, entrecruzarlas, alternarlas, saltearlas o confundirlas. Sino porque directamente no hay espacio, no hay tiempo.”

Este contestatario cachetazo en seco de Gusman da muestra de la riqueza que se puede encontrar picando las paredes de la opresión sintáctica y técnica para transmitir una historia. Una literatura tridimensional en cuya incomprensión radican su energía y rebeldía. Frente a la ausencia de reglas claras para identificar personajes, relaciones, e incluso al propio narrador, podríamos comparar el laberinto de El Frasquito con una sucesión de hechos automáticamente conectados, donde el lector estará a la deriva con sus propias limitaciones para el disfrute de las páginas. No será un proceso breve el que nos permita asimilar que quien nos narra una historia es un algoritmo, pero tampoco será de mucha dificultad. En cualquier momento, Siri, el “asistente personal” de Iphone que a todas nuestras palabras escucha con atención, nos podrá relatar un poema expresando nuestras emociones en las últimas 24 horas o desarrollando un cuento sobre nuestras vacaciones. La tecnología nos acerca a una época en la que todos podríamos ser prolíficos escritores de literatura. O quizás, ninguno lo sea y sólo se trate de variables matemáticas.

Nota: Mejor que las reglas sean claras. Rebobinemos las páginas. La estrofa de “Yo miro tu amor” de Spinetta en realidad fue creada por un algoritmo. Y la estrofa del algoritmo, es la verdadera creación del flaco. Bien podría ser un escritor del futuro.  


[1] En términos freudianos, un sistema psíquico que tiene contenidos y que posee mecanismos que se pueden describir como específicamente inconscientes; es un sistema que se rige por leyes y posee una economía de energía que le son propias.

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