Te prefiero igual (internacional) · Por Iván Sznaider

Por Iván Sznaider

Vivimos tiempos donde reina la incertidumbre. La situación que atraviesa el mundo hace muy difícil poder realizar análisis sobre los efectos que el Coronavirus dejará sobre la economía. Pero puede ser un disparador para pensar la globalización y, más específicamente, la manera en la que los países se relacionan entre sí.

Hace muchos años comenzó un proceso de hiperglobalización. En la la actualidad -y hace ya algunas décadas- vamos hacia la integración de las cadenas productivas, hacia la multilateralidad y la reducción de los costos de comercialización y transacción. Vivimos en un sistema donde la producción se encuentra deslocalizada y la interdependencia es moneda corriente.

La crisis global, provocada por la pandemia del Coronavirus, pone en evidencia una discusión que hace mucho tiempo se viene dando: el de la cooperación internacional y la globalización. 

Hemos visto muchas dificultades para generar los marcos de cooperación internacional necesarios para combatir una amenaza a la salud y a la economía global. Si vivimos en un mundo hiperconectado, ¿por qué es tan difícil la coordinación mundial? Una respuesta posible es que hemos confundido el proceso hiperglobalizante que vivimos hace décadas, con la creación de organismos para la coordinación real de políticas a escala mundial. Desde la caída de los acuerdos de Bretton Woods que la coordinación internacional ha perdido fuerza. La actualidad saca a relucir que, con las reglas de juego que tenemos actualmente, priman las necesidades nacionales por sobre el bienestar internacional. Que muchos países hayan decidido confiscar insumos médicos que se dirigían a otros no es una casualidad, es una muestra de que el sistema, por más interrelacionado que esté, deja mucho que desear en términos de cooperación. Priorizar las demandas y necesidades nacionales no tiene que ser, necesariamente, antagonista a la coordinación de políticas a escala mundial.

Durante la vigencia de Bretton Woods, el mundo creció a niveles más que aceptables. Estos acuerdos establecieron una serie de instituciones, entre ellas el FMI y el Banco Mundial, y fijaron entendimientos para el correcto funcionamiento del sistema económico mundial. Por supuesto que es imposible volver al mundo de hace más de 50 años y, por ende, a sus reglas de juego. Pero lo que sí es posible es observar los efectos que tuvo en el desarrollo y crecimiento cuando diversos países lograr acordar condiciones para el funcionamiento básico de la economía mundial. 

Se ha confundido, durante mucho tiempo, la defensa irrestricta a la globalización y al proceso de liberación de controles al flujo financiero mundial con la convicción de que el sistema económico internacional precisa coordinación y reglas claras que maximice la posibilidad de desarrollo de las economías más pobres y permita, a su vez, continuar el proceso de baja en los costos de producción y de avance en materia tecnológica. Esto nos ha llevado, muchas veces, a defender el proteccionismo a ultranza para diferenciarnos de quienes defienden el proceso que vive el mundo en los últimos años. 

El coronavirus, sin lugar a dudas, está generando innumerables problemas sociales, sanitarios, culturales y económicos. Pero también nos permite pensar en la posibilidad de que el mundo cambie una tendencia de los últimos años. Nada permite asegurar que el cambio sea un giro hacia un proteccionismo extremo o hacia mayores niveles de cooperación y ayuda internacional. Lo que es claro es que el sistema global viene en crisis hace tiempo. Vastos sectores sociales de las economías más desarrolladas vienen mostrando la insatisfacción que se vive en esos países. En el último año hemos visto que, también en América Latina también se viven tensiones sociales. La pandemia ha demostrado que los líderes de los distintos países y el sistema global tal como lo conocemos, no puede responder satisfactoriamente a los desafíos que requieren respuestas coordinadas y globales.  

 Es difícil realizar predicciones sobre el mundo que nos dejará la pandemia. Pero así como la segunda guerra mundial dio lugar a los acuerdos mundiales de Bretton Woods, es posible pensar que al salir de esta crisis vaya a haber sectores que abogan por nuevos marcos mundiales para la cooperación y el funcionamiento del sistema económico mundial. Los organismos multilaterales existentes, así como las organizaciones dependientes de Naciones Unidas, han demostrado ser insuficientes para coordinar acciones a escala global. Por otro lado, no parece muy exagerado pensar que, una vez solucionada la pandemia, nos encontremos con gobiernos y empresas abogando por la suspensión de la producción deslocalizada tal como la conocemos. Tampoco sería muy loco imaginar a muchos gobiernos endureciendo políticas migratorias e intensificando políticas proteccionistas o de acuerdos bilaterales. 

Si la apuesta mundial, como bien señala Alberto Fernández, es por un mundo moral, con mayores grados de solidaridad y cooperación, entonces es necesario poner en el centro de la escena la discusión sobre una reforma profunda en el sistema institucional internacional. Si apostamos a que el comercio y el intercambio son vías válidas para disminuir las desigualdades, sacar a millones de ciudadanos de la pobreza y para combatir el atraso tecnológico en las economías en vías de desarrollo, deben establecerse nuevas reglas. Y no las que impone la Organización Mundial del Comercio (OMC), que mucho no ha hecho por el desarrollo de las economías más pobres, sino un nuevo conjunto de marcos, instituciones y reglas que pongan en el centro de la escena la búsqueda del desarrollo humano, la cooperación internacional, el cuidado del ambiente y la disminución de la desigualdad. Por supuesto que no podemos volver a los controles de capitales de los años 40, ni a un mundo donde las monedas se encuentran atadas al dólar y ésta al oro. Tampoco podemos esperar, ni es deseable, en muchos casos, tener instituciones políticas a escala global que busquen generar normas para el funcionamiento del globo en su conjunto.

Goodbye WTO?

Es preciso lograr un equilibrio entre la autonomía nacional a la hora de definir la política social y económica con un marco normativo que permita el correcto funcionamiento de la economía mundial. No basta con tener instituciones que oficien de prestamistas de última instancia. El mundo, si quiere apostar a la multilateralidad, deberá hacerlo con profundos cambios, tal como lo hizo al terminar la Segunda Guerra Mundial.

Toda crisis es una oportunidad. Argentina puede salir de esta crisis con la capacidad de generar los consensos necesarios para solucionar algunos de los problemas estructurales que nuestro país acarrea hace años. O, por el contrario, podemos profundizar una situación de división que agrave la grieta social e impida alcanzar los objetivos de convivencia política, social y económica que nuestro país necesita para crecer, solucionar los problemas fiscales y bajar la inflación. Lo mismo vale para el FMI y los organismos internacionales. El Fondo, bajo el liderazgo de Kristalina Georgieva, tiene la posibilidad de cambiar el funcionamiento del FMI para con el sistema económico mundial. Un ejemplo de esto es el documento en el cual se declara la deuda pública Argentina como insostenible, contradiciendo el propio informe de la gestión anterior, liderada por Christine Lagarde, donde la deuda se calificaba como sostenible pero con baja probabilidad de cumplimiento. En marzo se dio a conocer una nota del staff del FMI que, si bien aclara que no representa la opinión de la junta ejecutiva del Fondo, da algunas definiciones que jamás se hubieran imaginado hace unos meses o años. Lo llamativo es que no se haga un pedido de ajuste fiscal para alcanzar rápidamente un equilibrio del déficit público para, supuestamente, aumentar la capacidad de pago del país, sino que se recomienda mantener los gastos en porcentajes del PIB similares a los actuales e intentar aumentar la recaudación. Además, no hace un llamamiento a liberar los controles de capitales en el mediano plazo.

 No es posible sacar de la ecuación la preocupación que tiene el Fondo por recuperar su prestigio internacional. El acuerdo que firmó con la Argentina en el 2018 fue el más grande de su historia y, por lo tanto, no puede permitir que fracase rotundamente. Pero las acciones de la nueva conducción van más allá de un mero intento por recuperar el honor perdido. Se escucha mucho la posibilidad de que la pandemia nos deje un sistema internacional distinto, con un FMI cambiado. Para empezar, se está analizando, o al menos ese es el rumor, la posibilidad de ampliar el monto de los Derechos Especiales de Giro y generar liquidez en un momento de incerteza y derrumbe de la producción a nivel global. Un Fondo más cooperativo y  comprometido con solucionar muchas de las fallas que la globalización y el comercio mundial produce, podría ser el inicio de grandes cambios a escala internacional.

 La otra gran incógnita es qué pasará con China. El gigante asiático viene apostando por la bilateralidad. Es sabido que el proceso de excepcional crecimiento económico que China ha vivido era, en un principio, incompatible con las reglas de la Organización Mundial del Comercio. Pero, nuevamente, el coronavirus nos da una enorme oportunidad: incorporar a la segunda economía mundial a un nuevo esquema multilateral. El nuevo orden económico global no puede exigirle a China renunciar a todo lo que le ha permitido crecer y, seamos honestos, reducir la pobreza como en ningún otro lugar del mundo. Pero sí podemos sentarlo en la mesa de negociaciones y no caer en la demanda intransigente de que China se vuelva una nación democrática con valores occidentales. El Covid-19 ha dejado en claro que China debe estar más integrado al mundo. Que las alertas sobre la posible pandemia se hayan disparado tan tarde es una muestra de ello. Pero no podemos exigir que un país renuncie a años de crecimiento de la producción y de la influencia en vastos sectores del mundo a cambio de un sistema global bajo el control de los valores e ideales occidentales. Para lograr una real multilateralidad que permita volver a la senda del  crecimiento, la disminución de la pobreza y aumento de la cooperación internacional, tanto China como el establishment occidental deben cambiar.

 Tenemos ante nosotros y nosotras una oportunidad histórica: la posibilidad de incidir, en los lugares que nos toca, en la construcción de un nuevo sistema mundial. Como se dijo antes, el agotamiento de la hiperglobalización tal como la conocemos no es novedoso. Lo que ha cambiado es que, una vez mitigada la pandemia, estará en el centro de la escena la discusión sobre el mundo que se viene. La apuesta por la solidaridad y la multilateralidad tiene que venir acompañada de muchas de las demandas de las generaciones más jóvenes. La lucha contra el cambio climático, la igualdad de género y la extrema concentración de la riqueza tendrán que ser, entre otros temas, parte de la discusión del mundo post-pandemia. Dejar de lado los dogmas y los prejuicios sobre los valores y sistemas de organización que nos son ajenos van a ser condición necesaria para lograr la cooperación internacional, aunque no suficiente. Nunca es fácil realizar grandes cambios. Mucho menos si significa sacrificar bienestar presente por un mejor futuro. Luego de la batalla contra la pandemia nos queda una más: resignificar la idea de multilateralismo, cooperación y solidaridad internacional. Pero no solo eso, sino que, la gran dificultad, es hacerlo con China y Estados Unidos dentro. 

Del otro lado está la vuelta al aislacionismo y al proteccionismo. Estas posturas vienen tomando fuerza en el mundo. Generar nuevos marcos mundiales y, a la vez, respetar la soberanía de las naciones, es un gran desafío. Podemos salir mejores de esta crisis, pero necesitamos para hacerlo con consensos. Si, igual que en Argentina.

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