Bajo el burlón mirar de las estrellas · #EstoTambiénPasará 1 · por Dante Sabatto

Por Dante Sabatto

Esta es la primera entrega de Esto también pasará, que a partir de hoy será una columna quincenal de análisis político en Rándom. La frase, de origen persa, parece particularmente apropiada para el contexto que estamos viviendo.

Comenzamos otra semana de aislamiento y pandemia, y sabemos que todas las discusiones son acerca del timing: hay que esperar al desarrollo de una vacuna, y los abordajes posibles (desde el dejar-que-pase de Bolsonaro hasta la plus-cuam-cuarentena China) no son más que tácticas efímeras para este período pre-cura. Sin una vacuna, lo máximo que se puede buscar es cerrar las fronteras y reducir al mínimo los casos activos en una población estable. Esto puede ser un buen caso para Nueva Zelanda y Australia (que están considerando incluso reabrir los vuelos entre ambos países) pero no es sostenible más que en casos excepcionales.

La mayoría de nosotros no está en condiciones de ayudar al desarrollo de la vacuna. Dentro de esta nueva normalidad (pasajera) que supimos conseguir, no nos queda mucho más que esperar. Pero la mayoría de nosotros, por desgracia, sí se considera en condiciones de analizar la realidad político-social que nos rodea; me encuentro entre los culpables de este segundo crimen.

Al estar bastante claros los parámetros en los que nos manejamos en este mientras-tanto (al menos en nuestro país), nos obsesionamos por el día después: el instante posterior a la pandemia. Para citar algunos ejemplos: en esta revista, Mateo Barros y Mair Williams pensaban la transformación del sistema de cuidados e Iván Sznaider, los cambios que este contexto implica para el proceso de globalización. En Nueva Sociedad, Ignacio Ramírez pasa a lo prescriptivo y nos invita a imaginar una nueva normalidad desde el progresismo. Varias miradas, entre ellas la de Bibiana Ruiz y Juan Pablo Suárez en Revista Crisis y la de Maite García Urruty y Gabriel Alejandro Orozco en este medio, leen la pandemia en clave geopolítica, en particular para pensar el enfrentamiento entre China y Estados Unidos. Una particularmente original, la de Ignacio Budano en Lamás Médula, reflexiona sobre el volver a las aulas. 

Estas miradas, como muchas otras, parten de una base fundamental: el mañana no está escrito enteramente en el código del hoy. El presente no contiene el futuro más que en potencia: existe en él una serie de futuros potenciales, abiertos, que tenemos la posibilidad de ayudar a escribir. En particular, junto con los autores citados, partimos de la noción de que la revaloración del Estado que resulta de la pandemia no tiene como consecuencia necesaria una reconstrucción de este bajo la bandera del Bienestar o de la Policía. De hecho, como veremos más adelante, si bien creemos que ambas posibilidades existen tendemos a descreer de que cualquiera de ambas se cumpla.

Queremos proponer una lectura alternativa, tal vez algo heterodoxa, para pensar esta situación de otra manera. Evitando nuestras tendencias a mirar hacia la ciencia social, llámese sociología, ciencia política, economía, relaciones internacionales, corremos la vista hacia la teoría literaria. En particular, el concepto del viaje del héroe, popularizado por Joseph Campbell. Se trata de una estructura narrativa tradicional, importada al fantasy y la ciencia ficción desde mitos y leyendas populares. Probablemente El señor de los anillos o la trilogía original de Star Wars sean algunos de los ejemplos de un viaje del héroe tradicional que los lectores más tengan a mano.

La estructura es sencilla: el protagonista debe dejar su patria y su vida cotidiana para emprender un viaje que lo lleva por caminos extraordinarios, donde conoce otras realidades, consigue aliados, vence eventualmente a un enemigo y, finalmente, retorna. Hay muchos elementos que complican el mito, pero no queremos de ninguna manera establecer una alegoría a ese nivel. Nuestra comparación se reduce a la impresión que nos causa la pandemia de que nos hemos visto expulsados de una normalidad a la que nos habíamos acostumbrado, y nos encontramos inmersos en un mundo distinto, con nuevas reglas que debemos conocer sobre el camino.

Tal vez sean las calles vacías (¿vacías?) de la ciudad de Buenos Aires, tal vez, el hecho de que debemos utilizar máscaras para salir a la calle. El hecho es que en mi experiencia cotidiana, la pandemia me lleva a pensar inmediatamente en El Eternauta. Santiago Mitnik, en un artículo publicado en este medio, llamó la atención sobre el hecho de que la política del COVID-19 es una “exopolítica”: el virus es tan inhumano que es básicamente alienígena; no se aleja tanto entonces de los enemigos del comic de Oesterheld. Corresponde también recordar que no es Juan Salvo el héroe de la historieta, sino el héroe colectivo. Es en este mismo sentido que pensamos aplicar el viaje del héroe al análisis de la pandemia.

Pero no iniciamos este divague para pensar el tránsito de la pandemia, sino el final del recorrido. En este caso, uno de los elementos fundamentales del viaje del héroe es que no se puede volver al lugar de donde se vino. Ese lugar ya no existe. 

No pensamos específicamente en un caso como el de Luke Skywalker, cuyo poblado de origen es literalmente destruido. Ocurre que el viaje del héroe es un viaje en primera persona, y es desde esta perspectiva que nuestro lugar ya no es nuestro lugar: somos nosotros los que hemos cambiado. 

Debemos destacar, en este momento, como el viaje del héroe se diferencia de otra narrativa similar: el exilio. Es probablemente Mercedes Sosa, en su resignificación de la letra de César Isella y Armando Tejado Gómez de Fuego en Anymaná, cantada en su regreso a la Argentina en 1982, quien mejor expresa la narrativa elaborado en torno al exilio:

Si yo me voy, conmigo irá
Todo lo que soy
Lejos de aquí, lejos de mí
Ya no seré yo
Déjenme estar de solo estar
Viendo el sol volver
Yo quiero ver en mi país
El amanecer

Esta narrativa también aparece disponible para pensar el momento actual. Nos hemos visto, al fin y al cabo, expulsados de la vida que vivíamos hace tan sólo unos meses. Este artículo propone que ambos mitos pueden ser aplicados al análisis de la pandemia.

La pregunta a responder es: ¿cuánto extrañamos nuestra vida pre-COVID?

Antes de responderla, debemos hacer un aparte para discutir con una idea que en este momento no parece más que marginal: la idea de que ya hemos llegado a nuestro destino. Que esta es la nueva normalidad. Utópicos del freelance, oportunistas del apocalipsis y, claro que sí, grandes empresas que ven subir su productividad con la flexibilidad laboral de facto implicada en el teletrabajo, imaginan que algunos de los elementos de la vida con COVID deben quedarse luego de la partida de este. Aún si esto fuera posible (no lo es), no sería de ningún modo deseable. 

Otros sectores, entre los que contamos a los seguidores más acérrimos de Donald Trump, consideran que debemos ir apurando el final del viaje, que debemos ir volviendo a casa. A la pregunta antes planteada, estos responderían: extrañamos mucho nuestra vida pre-COVID. Esto es, al menos, llamativo, porque el movimiento de Trump no es un movimiento conservador sino reaccionario, en tanto plantea un cambio social, no un mantenimiento del status quo inmediato, si bien este cambio es en la dirección contraria al que imagina un progresista. Si hay algo de lo que no puede acusarse al discurso trumpista es de una naturalización radical del presente; de hecho, su principal activo político ha sido una poderosa inventiva aplicada a violar las vetustas reglas de etiqueta con el objetivo de realizar transformaciones fuertes.

Ahora bien: cuando Donald Trump fue electo presidente en 2016, el (neo)liberalismo estadounidense se vio inmerso en su propio viaje del héroe. “This is not normal” fue uno de los primeros eslóganes que encontró la oposición al presidente electo para separarlo de la normalidad previa. El problema, por supuesto, es que Donald Trump no descendió de un plato volador en noviembre de 2016: es un producto de los errores, pero también de muchas de las virtudes, de los presidentes previos. Los sectores estadounidenses de izquierda, en creciente radicalización, respondían al establishment demócrata: claro que esto es normal. Esto pasaba con Obama; esto habría pasado con Hillary. Las prisiones en las que Trump encarcela a los inmigrantes ilegales fueron construidas por la administración Obama. Pero el discurso liberal continuó embelesado con la idea de “off with Trump and back to normal”: acabar con Trump y volver a la normalidad.

Al final de su viaje del héroe, cuatro años después, el Partido Demócrata se encuentra con Joe Biden, un candidato que a duras penas puede pronunciar tres palabras seguidas y que está cruzado por denuncias de abuso sexual. ¿Cuánto extrañan los demócratas la normalidad pre Trump? Mucho. Pero el mismo presidente no la desprecia tanto: al fin y al cabo, fue a través de ella que llegó aquí.

Entonces, nosotros, ciudadanas y ciudadanos de la Argentina: ¿cuánto extrañamos los días antes de la pandemia? ¿Cuánto extrañamos este mundo en el que no encajamos, esta globalización que no nos deja lugar? 

Definitivamente, deberíamos extrañarlo lo suficiente como para no querer un cambio para peor. Aquí es donde la narrativa del exilio se aplica mejor: no queremos acostumbrarnos a este estado de excepción. Pero tampoco puede cegarnos la nostalgia: si volvemos a casa (lo que en esta alegoría quiere decir “volvemos a poder salir de casa”), es probable que nos encontremos con que nada puede volver a ser igual. Tal vez lo intentemos, tal vez podamos fingir, pero hemos aprendido (espero que hayamos aprendido) algo de este viaje. Como escribíamos varias líneas más arriba, nos toca hacer lo posible por convertir en realidad el mejor de los futuros que están contenidos, potencialmente, en este presente de cambios. 

Pero no podemos esperar “acabar con el COVID y volver a la normalidad”. No somos quiénes éramos cuando esto empezó. 

Es posible que, como dice una vieja canción de folk estadounidense, ya no nos podamos sentir como en casa en este mundo. Creo que tal vez deberíamos darle la bienvenida a esa sensación. Y tal vez, como decía un viejo militante peronista, podamos volver a “sentir ganas de querer cambiar el mundo”.

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