Republicanos somos todos · Por Martín Pont Vergés

Cuando decimos República #1

En honor a la memoria de Julio Anguita González.

Perón: Mire, en Argentina hay un 30% de radicales, lo que ustedes entienden por liberales; un 30% de conservadores y otro tanto de socialistas.

Periodista: Y entonces, ¿dónde están los peronistas?

Perón: ¡Ah, no, peronistas somos todos!

¿Qué tienen en común un comunista catalán, un corredor inmobiliario neoyorquino, un nacionalista irlandés, un mendocino gorila y un socialdemócrata francés? ¿Qué, acaso, puede unir a Robespierre y Miguel Pichetto, o al fiero Enrique Lister del Quinto Regimiento y Arnold Schwarzenegger? Se podría contestar: nada (o a lo sumo algunos muertos en el baúl). Y la respuesta no tendría por qué estar mal. No tendría por qué estarlo, si no hubiera sido por un príncipe malcriado que, en el 509 antes de Cristo, tuvo el desatino de pasarse de vivo con la hija casada de un ilustre patricio romano (al menos así cuenta la leyenda), desatando indignación generalizada y provocando una revolución antimonárquica que fundaría una República que duraría quinientos años. Y esos quinientos años de República del Pueblo y el Senado de Roma se volverían tan importantes para la historia de Occidente, que su nombre se convertiría en la base de toda una tradición política sin la cual sería imposible pensar la sociedad en la que vivimos.

En la actualidad, por lo menos en la Argentina, la palabra “republicano/a” suele remitir instantáneamente a Donald Trump, rednecks provida cargados de ametralladoras o, con suerte, a figuras locales como Federico Pinedo o el PRO (Propuesta Republicana). A la vez, toda idea de gobierno no autoritario, representativo y pacífico se asocia a la “institucionalidad democrática”. Entonces ¿qué decimos cuando decimos “República”? Algo que provoca tantas confusiones, para quienes nacimos en la misma tierra que Borges y Eva Perón, tiene que ser profundizado.

La República es una forma de gobierno, es decir, una manera específica en la que se configura el poder en un Estado. En 1809, solo dos jóvenes naciones (los EEUU y el sur de Haití) sostenían esta forma de gobierno, en un océano de colonias, revoluciones fallidas y monarquías absolutas (Fitz, 2016); en la actualidad, casi 150 Estados de todo tipo se reconocen como repúblicas.

El cambio fue tan contundente y abrumador que, intuitivamente, tendemos a pensar que siempre fue así: ¿quién no escuchó alguna vez a alguien preguntándose en voz alta cómo, en pleno siglo XXI, podían seguir existiendo reyes y princesas con coronitas y palacios? Pero no siempre fue así, ni fue un accidente de la naturaleza. Hubo hombres y mujeres que construyeron, defendieron e impulsaron una filosofía (y una práctica) política que hizo posible que lo que habrían parecido las palabras de un demente irrecuperable en la Francia del Rey Sol sean hoy artículos primeros en la mayoría de las constituciones del mundo. Si hay Repúblicas, es porque hubo republicanos y republicanas.

Sin embargo, estas líneas no están escritas para celebrar la victoria definitiva del “bando de los buenos” (ja) y para proceder a enumerar, con el diario del lunes por supuesto –¿de qué otra manera sino?–, las múltiples virtudes que hacían que desde un principio aquella victoria fuera inevitable y, de ahora en más, la harán definitiva. No. Nada de eso. Negras tormentas agitan los aires (como rezaba la canción anarquista). De hecho, lo vienen haciendo hace bastante tiempo, pero en los últimos años, entre Brexits, Trumps y pandemias, entre sueños de colonias en Marte y amenazas de robotización desempleadora, se volvieron lo suficientemente notorias como para taparle el sol incluso a quienes, como nosotros, de lo que está pasando no tenemos ni idea.

Sí escribimos estas líneas, entonces, es porque esta idea, la idea de que, como dicen Touzón y Rodríguez, “se siente, se acerca, el nudo del siglo XXI, el fin de un largo y tortuoso preámbulo […], el verdadero momento en donde se juega la época”, es demasiado poderosa. Y porque, cuando nos damos cuenta de lo poco preparados que estamos, más que poderosa, se convierte en aterradora.

El mundo se lanza de lleno hacia un desafío monumental cuyo desenlace no podemos adelantar. Más que nunca, parece estar claro que el mapita pintado de celestes y rojos no nos dice absolutamente nada. Para escribir sobre eso, mejor mirar películas (Chino Navarro dixit).

En cambio, creemos que, si aspiramos a engrandecer el caudal del género humano en momentos misteriosos, puede ser de gran ayuda entender mejor aquello que nos dejó hasta acá el republicanismo que tenemos, ese republicanismo occidental, casi siempre liberal, que, afrontémoslo, no se encuentra hoy en día entre los candidatos favoritos para “el modelo ganador del siglo”. Pero somos americanos y es parte de nosotros. No vamos a tirarlo por la basura a la primera de cambio. No tenemos idea de lo que nos espera: nunca hubo mejor motivo para intentar aprender todo lo que podamos de los valores y tradiciones que nos acompañaron hasta acá.

En particular en nuestra Argentina, la madre de otra tradición política de capacidades transformadoras siempre inimaginables (una que no eligió para su nombre a una palabra cualquiera: la Justicia), donde todo lo republicano suena o bien a “facho” o a palabrerío bonito de apertura de sesiones ordinarias y discurso protocolar, pensar la República y el republicanismo se vuelve cada más importante. Tal vez porque, como el Justicialismo, parece ser uno de esos conceptos inabarcables – de esos que nadie sabe dónde empiezan ni cuándo terminan– que nos encantan a los argentinos y argentinas. Quizás porque, a pesar de esto, logra expresar, más allá de la infinidad de diferencias internas dentro de la misma tradición, un conjunto de ideas fuerza que importan (porque no es indistinto que formen parte de nuestra cultura política o no) y pueden marcar un rumbo, un horizonte, de esos que tanto le faltan a nuestra joven democracia. Por ahí –¿quién sabe?–, republicanas somos todas y todos.

En esta serie de artículos, entonces, no buscaremos realizar sofisticados aportes a la teoría política ni demostrar ninguna posición provocadora. En este sentido, esperamos que el lector sepa perdonar simplificaciones y afirmaciones que puedan parecer generalizadoras, para enfocarse en cambio en lo que, en este caso nos interesa, que es analizar, intentando no faltar a la verdad, no tanto los orígenes y devenires (en sus coincidencias y sus discrepancias) del pensamiento republicano, sino la potencialidad del conjunto de ideas, valores y utopías que este ha logrado dejar marcados en la arena de la historia. 

A lo largo de las próximas semanas, vamos a hablar de soberanía popular y autogobierno, de la libertad de equivocarse y la importancia de la diferencia, del rol de la oposición, de virtud cívica, institucionalidad e imperio de la ley; vamos a hablar también de austeridad y ejemplaridad, de súbditos y ciudadanos, de nuestra democracia y de nuestros traumas nacionales. Deseamos recorrer esas ideas fuerza (que no son el final, sino potenciales principios desde los que pensar y actuar, y por lo tanto, utopías) para ponerlas a prueba en función de sus méritos y sus (muchas) limitaciones y, de manera que -esperamos- puedan servir como un insumo más para el esfuerzo de una generación que busca salir adelante, con su pasado y sus sueños al hombro, en el momento en el que el partido se empieza a jugar.

So here I go, it’s my shot: feet, fail me not

This may be the only opportunity that I got.

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