Cuando la vida es Fauda · por Julián Goldin

“Yo no soy un hombre, soy un campo de batalla”

Friedrich Nietzscche

Por Julián Goldin

Acostumbrados a buenos y malos en clave hollywoodense. A hombres y mujeres que se entregan por su patria Vs. feroces terroristas despreocupados por su vida y la de los otros. A héroes altruistas contra intereses oscuros y mezquinos. En todo eso pensamos muchos cuando nos plantearon de la existencia de una serie de acción israelí. Y más aún teniendo en cuenta que los protagonistas eran agentes secretos de la Mossad (inteligencia israelí) que se infiltraban en riesgosas zonas de Cisjordania y Gaza. El descrédito inicial hacia esta serie no pudo haber sido mayor, como así tampoco la posterior sorpresa.

Existe una eterna discusión que atraviesa casi todas las ramas de las ciencias sociales, aunque con un fuerte anclaje en la antropología, la ciencia política y el derecho internacional. Como un verdadero superclásico interdisciplinario, se encuentra a un lado del ring el Universalismo. Del otro, se prepara para pelear el relativismo cultural. Los primeros, históricos y pretenciosos defensores de valores que nos atraviesen a toda la humanidad, o al menos de un piso. Los segundos apelando al respeto por las diversas culturas, con las complejidades que esto nos pueda acarrear. 

Aunque muchas veces no nos demos cuenta, en casi todas las discusiones esta dicotomía vuelve a aparecer, y el conflicto árabe- israelí claramente no es una excepción. La historia reciente de esta disputa nos muestra que han habido posiciones pro-israelíes tanto universalistas como relativistas, y así también posturas pro-palestinas que se apoyan en ambos lados del mostrador. Al mismo tiempo, esa bipolaridad parece habitar también dentro de nosotros mismos, seamos académicos o simples personas con una opinión política. Cómo un lado luminoso y otro oscuro de la fuerza, no hay nadie que sea 100% universalista, como así tampoco lo habrá totalmente particularista.

Desde ese costado relativista que nos habita es que el 16 de septiembre del 2019 aterricé en el aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv, capital administrativa del Estado de Israel. Bajo la premisa de que “para saber de un tema, hay que vivirlo en primera persona”, fui adentrandome en distintas realidades que cruzan el histórico conflicto árabe-israeli. Mi opinión había provenido siempre desde el universalismo, y era hora de darle una buena capa de particularismo cultural. Al fin y al cabo: ¿No es la vida una búsqueda constante de equilibrios?

Durante casi tres meses pude recorrer y transitar todo lo que quise del Estado de Israel, país que como judío me abrió todas las puertas habidas y por haber. Sabemos que allí pertenecer tiene sus privilegios, y así siempre lo sentí. Sin pretender caer en una crónica de mi viaje, pude observar a lo largo del mismo, la heterogeneidad que supone el pensamiento e ideología sionista. Es decir, que más allá de la defensa unánime de la existencia de un estado con capital en Jerusalén, mucho distan en su visión las tendencias religiosas ortodoxas de las laicas. Así también de quienes habitan en las grandes ciudades de quienes viven en kibutz (explotaciones agrarias basadas en el colectivismo y el trabajo común, aunque con un fuerte viraje capitalista en las últimas décadas). 

Así mismo, el no ser un ciudadano israelí me permitió recorrer algunas partes de la región cisjordana de Palestina. Un poco más lejano a la conflictividad de la Franja de Gaza, me sorprendió la existencia de una clase media alejada de la ortodoxia islámica, defensora del derecho palestino a constituir su propio estado, pero antibelicistas e impulsores del diálogo entre ambos estados. Con una clase media baja abierta al comercio, al turismo, al contacto cultural y que sufre las consecuencias diarias de una fuerte política fronteriza. La sorpresa fue amplia, la realidad se volvió a presentar de forma mucho más compleja a la esperada.

Fue en este clima matizado y algo más realista, donde irrumpió con fuerza en mi vida la serie Fauda. En árabe significa “caos”, y no es casualidad la elección de esta palabra ya que su desarrollo ofrece al menos una narrativa tanto palestina como israelí . Además, resulta acertada la elección del título, ya que por momentos parece todo ser una nebulosa, donde es difícil definir quién es quién y los límites éticos y humanos.  

Basada en hechos reales, aunque sin dejar de ser una serie israelí de acción atrapante, lejos se encuentra del tono moralizante (del que muchas producciones de este país históricamente se han hecho eco). Agentes del Mossad cometen reiteradas irregularidades, presionados muchas veces por jefes que los empujan en pos de resultados. No es casualidad entonces que muchos importantes políticos israelíes la hayan criticado, así tampoco que haya sido el año pasado la serie más vista en el Líbano. 

Así también, la vida de los “shaides” (héroes en árabe) suponen complejidades similares a las de sus enemigos. Por momentos, jóvenes adultos se ven revestidos de responsabilidades extraordinarias a las que no saben cómo responder. Sus familias sufren pérdidas irreemplazables y no se contentan simplemente con que sean considerados “héroes de la resistencia”. O peor, a veces el sistema solamente les arroja esa triste pero honrosa opción. 

Por momentos, como en una crítica foucaltiana, protagonistas de ambos lados del mostrador (como los carismáticos Dorón o Walid) parecen no ser del todo dueños de su destino. Hay algo mucho más grande que ellos, que los antecede, que los supera. Parecen a veces ser parte del gran engranaje de una guerra eterna, que no conoce demasiado de ética y se alimenta de sangre y de venganzas. Por momentos, estos personajes caen en el sinsentido de su lucha, por momentos tratan de convencerse de lo trascendental que resultan sus acciones, por momentos actúan honradamente y por momentos claramente se equivocan. Al fin y al cabo, con toda su espectacularidad (y aunque pueda herir susceptibilidades de ambos lados), Fauda representa la realidad árabe-israelí de forma un poco más compleja y cercana a la habitual. Así también lo hace con nuestra naturaleza humana, confirmando que al final no somos más que un campo de batalla. 

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