Sin parar · por Joaquín Correa

Cuentos Apocalípticos #3

Este cuento recibió el primer premio en el Concurso de Cuentos Apocalípticos organizado por El Semillero Secundaries. El jurado estuvo compuesto por Marico Carmona, Camila Rocca Tagliata y Matías Segreti.

Listo. El aroma exquisito lo indicaba. Abrió la puerta del horno y contempló su majestuosa obra: unos canelones de ricota cubiertos con salsa y queso gratinado que burbujeaban de grasa chorreante. Tomó la bandeja y con la otra mano rebuscó en el armario tres platos hondos. Su hijo entraba en la cocina mientras contestaba un mensaje y al levantar la cabeza vio algo que lo dejó duro. Casi con pereza, la inmundicia penetró sus sentidos. El olor tardío de una mano quemándose grotescamente contra el metal caliente. Firmemente sujetada por alguien ignorante del accidente. Feliz de servir la cena.

— ¿Yo? Administro accidentes. — Hablaba sin dejar de mirar el monitor mientras revoleaba la mano en un confuso ademán. Con la otra giraba la rueda del mouse frenéticamente. Hileras de texto azul se sucedían en pantalla, salpicadas por esporádicas imágenes amarillas. —No hay mucho para hacerle honestamente. Los riesgos están a la vista de todo el mundo, pero igual van y se mandan. Pensándolo bien, no es muy distinto a lo que pasaba antes con los semáforos.

—Antes los semáforos servían para algo.

—Claro, Claro. Pero hasta ahí. Entre la onda verde y el embotellamiento tenes ese amarillo naranjoso que te manda a frenar y a meter turbo al mismo tiempo. Siempre va a haber alguien que se la ponga. La pregunta es cuántos y dónde. Ahí es donde entran los programadores de semáforos. Ellos saben que los accidentes van a ocurrir. Su trabajo es comandar el caos de modo que esté un poco más repartido en tiempo y espacio. Planifican. Administran los accidentes. Prácticamente deciden en qué esquina es más probable que a sus viejas les rebote el cráneo. Sangre de pato.

Se lo notaba extasiado con su teoría. Evidentemente la venía pensando hacia mucho y no veía la hora de contársela a alguien. Por primera vez corrió la mirada para buscar algo entre sus bolsillos. Llevaba un jogin naranja que combinaba estupendamente mal con su camisa desteñida y las ojotas marca Haguai que le adornaban los pies. Sacó un papel y leyó detenidamente:

—“Usted, Andrés Putnik ha sido seleccionado por el laboratorio de futuros intensos (LOFI) para integrar el equipo de gestión de amenazas implícitas debido a su experiencia en el manejo de herramientas comunicacionales de dispersión autogenerada. Lo esperamos pronto en nuestras instalaciones ubicadas en la calle México 1026”. Cuando me llegó esto pensé que era una joda. Parece una película de Michael Bay pero más moderna, con luces led y shitposting. Se ve que los ingenieros de petróleo ya no están de moda.

—La gente tampoco parece entender muy bien por qué fueron convocados… humoristas como usted para contener esta situación. El gobierno no quiere dar explicaciones y ni hablemos de justificar los gigantescos fondos que dedicaron a este instituto. Mire. — Sacó su celular y le mostró la imagen de un noticiero que titulaba “Movilizaciones contra la censura cultural”. Detrás se veían personas levantando celulares y carteles. — Esto no puede seguir así. Por favor, no estoy en contra de las medidas, claramente algo pasa. Pero si no se lo podemos explicar a la sociedad nos espera un estallido.

—Hacéme un favor. Apagá el micro. Quiero hablar ¿Cómo se dice? – levantó los ojos buscando una palabra, riéndose de su propio chiste – off the record. Y recordame tu nombre por favor.

La periodista apagó la grabadora de su celular, prácticamente la única aplicación que le quedaba. Las redes sociales estaban prohibidas desde hacía una semana. Eso obviamente no había evitado que siguieran activas. Muchos las llamaban “necesidad básica”.

—Paula Goldfar – entregó.

—Recapitulemos, Paula. Mi nombre es Andrés Putnik y hago memes. Chiste de Alcohólicos Anónimos aparte mi trabajo acá es medio complicado de explicar. No es fácil ver la relación entre el sutil arte de ponerle texto en Paint a imágenes graciosas y el desmesurado aumento de personas cayéndose por el agujero del ascensor. Ni yo soy tan rancio para joder con eso. Es obvio pero a veces no le prestamos atención. La cultura del internet se reproduce rápido. Muy rápido. Un grupo de warap es caldo de cultivo para que nazcan los homúnculos más diversos, producto de la colisión acelerada entre fotos y frases inconexas que se montan entre si tratando de que alguien se ría y reconozca que sí, que es así tal cual como la vemos. Cuando el engendro es hijo legítimo de algún formato que ya es público no le  cuesta nada salir a presentarse en sociedad. En cambio, algunos bichos más nichososos se quedan macerando un tiempo entre amigos o rebotando en algún foro marginal de donde salen vástagos que, en su precariedad, aspiran a pegarla algún día y figurar en Futbol para Todos. Algunos, como yo, nos dedicamos a producir, encontrar o pulir esas joyitas para lanzarlas al estrellato. Nadie me conoce por mi nombre, soy una página anónima. Una productora de pequeños memes. Muchos dirán que ellos hacen todo el trabajo, pero yo les doy cobijo y alimento. Sin eso morirían en algún tugurio. El tema es que una vez al aire es un dominó la cosa. O más bien un agujero lleno de conejos. ¿Me explico? Cualquiera  agarra tu obra y hace un Frankenstein con la frase berreta que está circulando esos días. De golpe tenés una sobrepoblación tal que es cuestión de supervivencia darwiniana el asunto. La ley del más gracioso. El más deprimente. El más… En definitiva, el más parecido a vos. Si alguno no le gusta a nadie caput. Todo eso pasa de un saque. Muerte y resurrección con miles de variaciones en el medio. Casi que era esperable que algún día saliera uno con propiedades sungunderas.

— ¿Cómo? – Exclamo Godlfar, confundida. Putnik desenvolvía metódicamente un chicle de menta mientras hablaba. Lo miraba fijo, distraído por las letritas negras que cubrían el aluminio. Apenas fue interrumpido aprovechó para metérselo en la boca.

—Eso mismo— dijo a media masticada. —Hace cosa de un mes los hospitales empezaron a registrar un aumento flasherísimo en los accidentes. Cosas boludas eh. Tráfico, quemaduras domésticas, tropiezos en las escaleras. Incluso salió en algunos portales como prueba de la imbecilidad de nuestra especie. Era casi una curiosidad inocua hasta que arrancaron las caídas. El primer caso fue hace tres semanas. Un flaco abrió la puerta del ascensor, se metió y la gravedad lo succionó por seis pisos hasta partirle el cuello contra la planta baja. Como él hubo muchísimos más que hubieran deseado tener el mantenimiento en fecha. Todo esto ya lo debes saber. Hubo algunos sobrevivientes y obviamente les preguntaron por qué se querían matar. Alguna secta tiene que haber de por medio. Un nuevo Clan Manson con fetiche por los ascensores. Para nada. Todos sin excepción dijeron lo mismo.

—“Fue sin querer”—completó Goldfar. Hacía días que las caídas eran noticia en todo el mundo.

—Exacto. Y la secuencia empezó a repetirse en otros países. Primero los de habla hispana, luego estados unidos. Todo Occidente está anunciando suicidios masivos que luego se revelan como algo distinto: Brotes de inconciencia que azotan sin avisar, in media res. Estas haciendo algo y de pronto no te das cuenta de que tenés que parar. Que el semáforo esta en rojo. Seguís de largo hasta las últimas consecuencias. – Encajó la lengua entre la goma verde y sopló. Frente a los cachetes inflados y los ojos saltones fue creciendo un globo que en pocos segundos le explotó flácido sobre la nariz. -Tomo un tiempo darse cuenta de que la causa eran los memes. – Concluyó sacándose de encima los hilos salivosos.

—Más concretamente uno cuya identidad no puedo desvelar. Sería un peligro para tu salud. Todos los afectados tenían alguna variante en su celular y no solo eso, lo habían compartido. No los culpo. Es hilarante.

Escupió el chicle en dirección al tacho de basura y este reboto a unos centímetros para desconsuelo del lanzador. Tuvo que levantarse a tirarlo con sus manos. Ofuscado se sentó y empujó la silla con rueditas hasta verse en frente de la periodista. La miró fijo, dispuesto a terminar la conversación. – En síntesis: Parece que un volado sacó la quiniela al revés y pegoteo un edit que te hackea el bocho. El temita es que no hay manera de frenarlo. Para empezar, no podes sacar de circulación los formatos, sigue habiendo chats por donde pululan libremente. Pero el problema no es ese, las plantillas la quedan solas con el tiempo. No, por más que desaparezca el daño ya se produjo. Hay algo perturbador dejándote su semillita imaginaria en las neuronas y una vez ahí crece hasta que tu vida en redes sociales es una versión gigante del formato. Ni te das cuenta. Como tampoco te das cuenta de que estas por ponértela contra el poste. Es un accidente. Hace falta conocer el rubro para saber qué contenido hereda material de este virus memetico. Desde acá el laboratorio me manda datos de la actividad en Argentina y en función de eso subo memes para cambiar la tendencia. Mi trabajo es administrar accidentes que de un modo u otro van a suceder. No existe censura en el mundo que pueda matar el humor. Aunque sea para salvarte la vida.

Se dio vuelta y sin levantar la vista del monitor concluyó — Acá nos despedimos. Fue un gusto conversar, pero el deber llama.

Goldfar tomo sus pertenencias y tras un seco “gracias” emprendió la salida. Bajó por escalera, algo intimidada aún por el relato que acababa de escuchar. Una vez en el auto prendió la radio pensando cómo podía comunicar semejante delirio. Tenía que apurarse.

Esta era su oportunidad. Debía ser la primera en conjugar los relatos y hacer una gran primicia. Finalmente iba a ser conocida.

Vio el camino despejado y pisó el acelerador. En la radio dos payasos cantaban por cuarta vez la misma canción.

“Brazo extendido. Puño cerrado.”

Vio el camino despejado y pisó el acelerador. “Dedo hacia arriba. Hombros en alto.”

Vio el camino despejado y pisó el acelerador. “Lengua hacia afuera.”

Vio el camino despejado y pisó el acelerador.

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