Podés cambiar este gris · #ETP3 · por Dante Sabatto

Esto también pasará #3

Por Dante Sabatto

Un voto en una urna. Un papel de diario en una bolsa de basura. Un barbijo tapando la nariz y la boca. Este artículo nace de algunas reflexiones sobre ciertas grietas en el sentido común progresista, del que el autor (y probablemente la mayoría de los y las lectoras) participa. Partimos de los tres objetos mencionados, para referirnos a tres actos: votar, reciclar, quedarse en casa.

Un factor particularmente interesante de la democracia argentina es la alta tasa de participación en las elecciones, que se registra con bastante regularidad tanto espacial (en las 23 provincias y la Capital) como temporal (ni siquiera el 2003, luego de la crisis político-social y con el quiebre del sistema de partidos, presenta mayores irregularidades). Los llamados abstencionistas, por derecha o por izquierda, son tan extraordinarios que podríamos calificarlos de estadísticamente irrelevantes. No parece haber siquiera una banalización del voto en la cultura popular, vía periodistas o personajes de la farándula. No encontramos un descontento juvenil con la política que se traduzca en un nihilismo abstencionista, incluso podemos ver lo contrario. 

Las dimensiones normativo-institucionales son obviamente importantes. Sólo como contraejemplo, en Estados Unidos se vota un día de semana (!) que no es feriado (!!) y muchos empleos no permiten a los trabajadores ausentarse temporalmente para votar (!!!); además, hay que registrarse activamente para votar, a diferencia de nuestra registración automática (!!!!). Sin embargo, este aspecto no puede determinar la totalidad del fenómeno. Deberíamos aclarar que en muchos estados del país norteamericano es posible votar anticipadamente y/o por correo, lo que debería aumentar su tasa de votantes en comparación con nuestro país. Sin embargo, esta se sitúa alrededor del 50%, muy inferior a nuestro 75%. 

No olvidamos tampoco el eje de la representación política. Es evidente que el sistema partidario argentino ha hecho grandes esfuerzos para seguir siendo relevante para el electorado; en este sentido podemos interpretar la aparición de nuevos partidos, los frentes y alianzas que se recrean continuamente, e incluso las rupturas y reuniones del peronismo.

Sin embargo, nada de todo esto valdría sin una cierta cultura política, que se relaciona con las dimensiones anteriores pero que tiene componentes educativos, mediáticos y hasta inconscientes. Una pregunta posible es “¿por qué no es cringe votar?”, es decir, ¿por qué las generaciones más jóvenes no sienten por el acto específico del voto la misma intrascendencia, aburrimiento y hasta vergüenza ajena que sí les produce la discusión política cotidiana? En un artículo de La Política Online, Martín Rodríguez decía que en nuestro país “tirás una semilla y crece un jacobino”. Efectivamente, incluso la pose de “varón joven desencantado por la clase política” llenó las urnas de boletas de Espert.

En su Manual de Ciencia Política, Valles y Martí dan una definición muy clara: es más sorprendente que la gente vote que que no lo haga, para un modelo racionalista de la acción. En la explicación de este fenómeno, citan “la integración en la cultura política de una sociedad que considera el voto como obligación cívica y juzga la abstención como una dejación de responsabilidad.” . 

Cabe recordar que nos referimos específicamente al fenómeno del voto, no al debate político del día a día, que probablemente también es especialmente generalizado en nuestro país pero cuya mensurabilidad es, como mínimo, dudosa. El voto implica un cierto ritual: la escuela un domingo, los presidentes de mesa, robarse boletas, los fiscales partidarios, las bocas de urna, los rumores, los primeros resultados a eso de las 22 hs. Es probablemente en la forma de experimentar esos rituales (con un cierto placer y hasta orgullo cívico o bien como obligación molesta) que el sentido común progresista se diferencia del resto.

Quiénes participamos, de alguna manera, de esta disposición, nos hemos visto en más de una oportunidad obligados a justificar la importancia del voto ante algún familiar, amigo o conocido que probablemente vota, pero no tiene tan claro por qué. Es casi seguro que alguna vez hayamos recurrido a un argumento tradicional, sin saber que estábamos replicando uno de los principios de la ética kantiana. Ese argumento se expresa, más o menos, de la siguiente manera: si bien es cierto que un voto individual no cambia el resultado de una elección, si todo el mundo pensara eso y actuara en consecuencia, nadie votaría.

Las argentinas y argentinos que participamos del sentido común progresista solemos ser macropolíticos: nos interesan las grandes discusiones sobre la orientación general de la política económica, los debates sobre modificaciones a las leyes y el código penal, y hasta las formas que adopta la política exterior. Sin embargo, a la hora de dar ese argumento tomamos una postura esencialmente micro; es el momento en que descubrimos que el “todos” está compuesto de “cada uno”. Es el momento en que reconocemos una cierta identidad entre la libertad individual (negativa) y la libertad colectiva, participativa, colectiva. Lo hacemos reconociendo una limitación posible a los discursos que hablan del Pueblo o de la Nación: si son mal interpretados, pueden servir de excusa a la irresponsabilidad de quienes somos ese Pueblo y esa Nación.

Nos alejamos por un rato de las urnas para acercarnos a los tachos de basura. Cuando se habla de dejar de utilizar pajitas de plástico, o desodorantes en aerosol, o separar en diversas bolsas la basura, o tener el aire acondicionado en más de 24°, una respuesta común es que el impacto de un individuo en el ambiente es ínfima, incomparable con el de grandes empresas o Estados. Hay un punto, entonces, en el que la lógica micro de la participación ciudadana, presente en el sentido común progresista, se encuentra con un límite.

Es verdad que, proporcionalmente, el impacto de una empresa transnacional en el ambiente es inmenso, incomparable con el que tienen incluso cientos de individuos. Sin embargo, también existen elementos macro que condicionan la vida política: asociaciones de la sociedad civil que inciden en el debate público, manifestaciones, la militancia cotidiana en diversos territorios. Si bien la mayoría de la población no participa de estas instancias, no por eso deja de votar. Este es el sentido en el que hay una contradicción en la forma en que nos relacionamos con dos actos que, a modo de simplificación, llamaré votar y reciclar.

Pero la intención de estas líneas no es hacer una denuncia de hipocresía progre, ni una ilustración costumbrista en la que el cronista acepta la propia culpabilidad. Es evidente que los sacrificios exigidos por lo que podríamos llamar, siguiendo a Cristina Kirchner, “responsabilidad ciudadana” de reciclar, resultan demasiado costosos. Pero la responsabilidad ciudadana de votar también implica sus propios sacrificios, y aunque la excepcionalidad del voto (que ocurre entre dos y tres veces por año, cada dos años) podría explicar esto al ser comparada con la cotidianidad exigida por el reciclaje, esto no alcanza. Es que en realidad los costos del voto son mayores: implica prestarle una determinada atención a las noticias, forjar opiniones, fumarse meses de spots y campañas, y, sobre todo, hacer algo que no se quiere hacer y que podría evitarse con un costo mínimo. Recordemos que la multa por la ausencia a las urnas es tan baja que casi no califica como simbólica, y que muchas veces ni siquiera se cobra.

Tiene que haber, entonces, otros factores que explican el problema que implica que personas que están tan convencidas de la importancia de la democracia como de la de preservar el medio ambiente juzguen de manera diferente las actitudes individuales que pueden tener para con uno y otro fenómeno.

Antes de indagar en estos factores, haremos una breve interrupción para pensar estas mismas categorías de responsabilidad ciudadana en el contexto específico de la Pandemia.

Estamos viviendo una situación cuya excepcionalidad y universalidad se plantean como únicas fuentes de legitimación de las medidas extremas que se han tomado. La alteración de la vida cotidiana, fruto del Aislamiento, es radical, una de las mayores que hemos vivido en décadas. Si bien no se trata exactamente de un estado de sitio permanente, el alto control del Estado sobre el movimiento de la Población y la suspensión (finalmente superada) del funcionamiento regular del Congreso no pueden más que recordar a la Dictadura. Esto no hace más que reafirmar el altísimo consenso poblacional sobre la extrema necesidad y urgencia de las medidas aplicadas, sin el cual sería absolutamente imposible establecer un control tan potente que además tiene este tipo de connotación histórica. O, en otras palabras: que algo que contiene ciertos elementos comparables a los tomados por un autoritarismo antidemocrático no despierte el recuerdo de este autoritarismo demuestra, hablando mal y pronto, que esto no es una Dictadura.

Nada de todo esto impide declaraciones irresponsables de periodistas, intelectuales y algún que otro opositor que comparan la Cuarentena con situación de concentración, tortura y exterminio. Ojalá pudiéramos decir que estas críticas sólo vienen de la derecha: no podemos dejar de lado no sólo algunos comentarios de algunas conductoras de programas de Futurock, sino tampoco los reclamos del trotskismo en defensa de “las libertades individuales” (!) al comienzo del Aislamiento.

Dejando de lado esta cuestión, el caso de la pandemia es especialmente interesante para pensar los límites de la responsabilidad ciudadana; esto se debe a que los resultados son inmediatos y el riesgo, altísimo: la muerte. Esto, sin embargo, tiene una doble cara: al violar la cuarentena, no sólo nos ponemos en riesgo a nosotros mismos, sino también a los demás. Es bastante difícil determinar la importancia que se da a ambos incentivos, pero en definitiva (y esto es directamente expresado por el discurso presidencial) la responsabilidad es a la vez individual y colectiva: cuidarte es cuidarnos.

El aislamiento, sin embargo, es violado, y muchas veces las consecuencias tienen gran impacto mediático: un casamiento, un baby-shower, un asado con amigos, eventos íntimos que ya no pueden serlo. Es posible que no podamos saber hasta que el aislamiento termine cuál fue el cumplimiento efectivo de la medida. Sin embargo, el #QuedateEnCasa parece ser, al menos dentro del sentido común progresista, un mandato ampliamente aceptado y las violaciones justificadas en el bajo impacto individual, excepciones a la regla. Esto se debe, probablemente, a que el total de los casos es bajo y que las consecuencias no sólo son altas sino que son altamente conocidas, como decíamos anteriormente.

Y, haciendo pie en esta idea, volvemos a la discusión previa. El acto de votar no sólo está cristalizado en los rituales que hemos descrito, sino que también tiene un impacto que conoce numéricamente, cuyas consecuencias son muy específicas (la asunción de un funcionario o funcionaria, que además contiene sus propios rituales) y, en definitiva, tienen un ámbito específico separado de la totalidad de la esfera política.

La democracia es todo. Cada semáforo que impide un accidente de tránsito, cada crimen que se comete, cada decreto que sin que lo sepamos regula nuestras vidas. La cara cotidiana de la democracia aparece como separada de su cara excepcional: el momento instituyente de las urnas, la marcha más grande del mundo que hacemos millones de argentinas y argentinos un par de veces cada dos años. Esta separación es fundamental para entender qué nos motiva a seguir votando aún si ahí termina nuestro interés por la política. 

No hay forma de medir nuestro impacto en el ambiente de esa manera. No hay forma de verlo separado del clima como un todo organizado. No hay rituales del reciclaje. Y, encima de todo, el Mercado juega en ese terreno como nunca puede jugar en el terreno del voto. No podemos verlo entonces como una esfera plenamente nuestra, como sí lo es el voto.

Hay otros actos de este mismo tipo, donde libertad individual y colectiva se cruzan; la vacunación es uno de ellos, y podemos apreciar en ella todo un mundo de rituales y un discurso colectivo sobre la salud que están implicados en la masividad del fenómeno. Así como podemos ver en los pequeños sectores que (casi exclusivamente desde la derecha extrema) lo cuestionan un rechazo consciente hacia esos rituales y esos discursos.

Es probable que sólo el Estado pueda configurar este tipo de legitimidad de la responsabilidad para con el ambiente, que sólo en su ámbito puedan crearse los rituales y las representaciones que nos atan a la costumbre de actos como votar o reciclar (o quedarse en casa). La dimensión afectiva resulta evidente tanto en el campo del voto como en el del Aislamiento (recordemos el uso de la palabra angustia para referirse a los sacrificios implicados por este); sin duda tiene también importancia a la hora de pensar la responsabilidad ciudadana con el ambiente, cuya necesidad y urgencia crecen a medida que la catástrofe climática se hace más certera. En los días previos a la campaña electoral de 2019, Cristina Kirchner se refirió a un “contrato social de ciudadanía responsable”, y la importancia de imaginarlo no hizo más que crecer ante la Pandemia. Creemos que los aportes desarrollados en este artículo pueden ser útiles para pensar los alcances de este tipo de ideas.

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