Hacia una mística republicana · #CDR 3 · por Martín Pont Vergés

Cuando decimos república #3

Por Martín Pont Vergés

La esencia de la grandeza es la percepción de que con la virtud es suficiente.

Ralph Emerson

Cuando decimos república podremos empezar pensando en las leyes y las instituciones, en los comunicados de Juntos por el Cambio o en Ay Carmela, pero más temprano que tarde va a aparecer, vieja y querida, la virtud cívica: la idea de que el desempeño de funciones públicas es una actividad dignificante que exige cuidadosa sujeción a la ley y entrega devota al servicio del bien público, por más que ello implique el sacrificio de los intereses privados de los funcionarios” (O’Donnell, 1998; p.4)[1]. La Cosa Pública reconoce la igualdad política de sus miembros-ciudadanos y les confiere derechos, pero también obligaciones. 

A diferencia de las monarquías, con una familia real centenaria y un poder concentrado, las repúblicas, al nacer (y en general encontrarse rodeadas de reinos no muy simpáticos), necesitaron forjar una cultura que justificara el sacrificio de sus habitantes en las trincheras y otorgara un aura de grandeza a los líderes políticos sin ubicarlos jurídicamente por encima del resto de sus compatriotas. La forma que encuentran de hacerlo es reivindicar la entrega que sus miembros hacen a la cosa pública: cultivando virtudes republicanas en el pueblo soberano y exigiendo (y luego recompensando con honores) a los funcionarios que pongan el interés general por encima de su interés privado y ambición personal,  ubicando lo público como esfera máxima de realización humana, personal y colectiva. Veamos dos ejemplos –uno de virtud ciudadana y otro de autolimitación del gobernante– para graficarlo: 

Según cuenta la leyenda, poco tiempo después de expulsar a los reyes, Roma estaba siendo sitiada por las fuerzas etruscas, que buscaban restaurar a la familia real. Una noche, el joven Cayo Mucio se escabulló en el campamento con la idea de asesinar al monarca etrusco, pero a la hora de hacerlo, por mala suerte, se equivocó de persona y fue capturado. Cuando el rey, furioso, estaba por hacerlo ejecutar, Mucio lo enfrentó y le advirtió que, como él, había cientos de jóvenes romanos que habían jurado no volver jamás a ser súbditos de un monarca y estaban dispuestos a dar la vida, uno a uno, hasta asesinarlo mientras dormía. A continuación, para probar su punto, extendió la mano derecha sobre la hoguera del altar real y, mientras su carne se incendiaba y se derretía, le gritó: “Mira, y aprende cuán ligeramente consideran sus cuerpos aquellos que aspiran a una gran gloria” (Livio, p.59). Literalmente, Mucio “Escévola” (el zurdo) puso las manos en el fuego y entregó su cuerpo como garantía de la causa de sus compatriotas. El etrusco, habiendo debidamente comprobado que los republicanos romanos estaban completamente dementes y no valía la pena meterse con ellos, lo dejó volver a la ciudad y se apresuró a firmar un tratado de paz, para no tener que volver a verse con esa gente nunca más.

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Mucio Escévola pone la mano en el fuegoWashington como Cincinnatus

George Washington, con todas las de perder, acababa de derrotar al Imperio, garantizando la independencia de las Trece Colonias. Era el líder indiscutido. Podría, según el relato republicano, haber tratado de proclamarse rey y gobernar para siempre y, probablemente, lo habría logrado. Pero, en cambio, se retiró a su casa de campo –Sospechosamente igual que el romano Cincinnatus, quien, tras ser aclamado dictador por el pueblo para derrotar una invasión inminente, venció al enemigo en dos semanas, entregó de vuelta el poder y volvió a su finca a seguir con la cosecha. Se sentó a la sombra a esperar la proclamación de la Constitución y, recién cuando sus compatriotas se lo pidieron, eligiéndolo por unanimidad, asumió la tarea de ser el primer Presidente de los Estados Unidos. Pero nuevamente, tras su segundo mandato, decidió volver a la vida de campo en Mount Vernon en vez de aspirar a mantenerse en el poder, y lo hizo con un Discurso de Despedida en el que resaltaba la importancia del Estado de Derecho, la unidad nacional y la virtud republicana del pueblo americano: 

La aceptación y continuación hasta aquí en el oficio a que me han llamado dos veces vuestros sufragios, han sido un sacrificio uniforme de mi inclinación a la opinión de mis deberes […]. Hubiera yo querido […] volverme más temprano a aquel retiro del que me separé con dolor. La experiencia de mi mediocridad, grande a mis propios ojos, y tal vez a los ojos ajenos, ha mantenido los motivos de desconfianza de mi mismo; y el peso de los años, que crece con los días, me amonesta más y más que la sombra del retiro me es tan necesaria como deseable. Llevo la consolación de creer que mientras la elección y la prudencia me invitan a abandonar la escena política, no lo desaprueba el patriotismo.  

[…] me regocijo anticipadamente al pensar en el tranquilo retiro donde pienso entregarme al reposo, a fin de disfrutar, entre mis queridos conciudadanos, de la benéfica influencia de sabias leyes, bajo un gobierno libre, objeto favorito de mis constantes deseos y la más dulce recompensa que puedan alcanzar nues­tros mutuos afanes y peligros.

(Washington, 1812)

Por nuestros pagos, fue Manuel Belgrano quien se ocupó de traducir y difundir este Discurso, suplicando “al gobierno, a mis conciudadanos y a cuantos piensen en la felicidad de la América, que no se separen de su bolsillo este librito, que lo lean, lo estudien, lo mediten, y se propongan imitar a ese grande hombre, para que se logre el fin a que aspiramos, de constituirnos en nación libre e independiente”.

Héroes de la república temprana: Brutus, el primer cónsul, ejecutó a sus propios hijos por conspirar en favor de los reyes expulsados; Escévola entregó su mano a su Patria; Camilo volvió a su Roma devastada, a pesar de haber sido expulsado de la ciudad años antes, y se puso al frente de su reconstrucción. 

La premisa es contundente: 1) los ciudadanos deben ser la expresión máxima de los valores comunes y estar dispuestos a sacrificarse por la República; 2) los gobernantes, que son también ciudadanos, son representantes temporarios de los intereses del pueblo y deben cumplir con el mandato que se les concede, sabiendo reconocer sus propios vicios y renunciando a aprovecharse de su puesto. Al contrario de los César y los Napoleón, que hacen de su fama un medio para hacerse con un poder eterno e ilimitado, los republicanos ideales, los Cincinnatus y Cicerones, deben esforzarse (y a menudo lo hacen obsesiva y lastimosamente) para ser reconocidos y honrados por el pueblo que los eligió, solo para luego elegir conscientemente autolimitarse, devolver el poder que se les confirió cuando corresponda y no aprovecharse jamás de las condiciones del momento (allí cuando saben que “les da” para hacer lo que quieran, a riesgo de poner en peligro la institucionalidad). Deben vivir haciéndose cargo de sus actos y poner, siempre, el compromiso con el deber y con la Patria por encima del beneficio propio e, incluso, a pesar de el daño y el dolor que aquel pueda provocar. Deben ser virtuosos. Deben hacer el bien y hablar con voz clara más allá de las circunstancias. Deben ser, en un sentido, héroes.

Esta preocupación se ve elocuentemente graficada en las (fundamentalmente fallidas) constituciones de Bolivia y Perú de 1826 promovidas por Simón Bolívar (Safford, 1991), que creaban una Cámara especial para atenderla:

Son los Censores los que protegen la moral, las ciencias, las artes, la instrucción y la imprenta. La más terrible como la más augusta función pertenece a los Censores. condenan a oprobio eterno a los usurpadores de la autoridad soberana, y a los insignes criminales. Conceden honores públicos a los servicios y a las virtudes de los ciudadanos ilustres. El fiel de la gloria se ha confiado a sus manos: por lo mismo, los Censores deben gozar de una inocencia intacta, y de una vida sin mancha. Si delinquen, serán acusados hasta por faltas leves. A estos Sacerdotes de las leyes he confiado la conservación de nuestras sagradas tablas, porque son ellos los que deben clamar contra sus profanadores.

El elogio a la autolimitación de los gobernantes y a la virtud de un pueblo comprometido con la causa pública tiene una potencia indiscutible: es la expresión más elevada de la grandeza humana en su entrega a su Patria y a sus conciudadanos y eleva la vara con la que se juzga a los gobernantes. Para una joven generación como la nuestra, en una Argentina que discute la corrupción, el gasto de la política y el rol de lo público, una dosis de “religión cívica” republicana es fundamental para pensar nuestra participación como ciudadanos en la vida pública y, sobre todo, para no olvidarse jamás, si alguna vez tenemos la oportunidad de gobernar, a quién respondemos y a quién no: hacer uso de la función pública para sostener el privilegio propio y explotar los beneficios que otorga el poder sin hacerse cargo de las obligaciones que implica no solo es injusto, es traición al pueblo.

Pero seguro habrán notado que la fórmula de la virtud (del latin vir, viri: varón, héroe, esposo, hombre digno de ese nombre), heredera del tradicionalismo patriarcal occidental, es esencialmente masculina: el hombre es virtuoso si se entrega a la patria en el ámbito público; la mujer es virtuosa si se entrega a su marido en el ámbito privado. Tal vez por eso los ejemplos “históricos” relevados, que en realidad son construcciones míticas que buscan ejemplarizar mucho más que retratar la realidad efectiva, sólo muestran esposas fieles y grandes hombres, mientras las figuras femeninas que asumían la centralidad – las miles de Didos, Cleopatras y Evitas de la historia– aparecen como seres movidos exclusivamente por las pasiones, a veces doncellas desconsoladas, a veces brujas conspirativas y manipuladoras. Esta es una discusión abierta que no podemos pretender cerrar en estas líneas, pero valdría la pena asumir como conjunto en el presente y en el futuro: ¿se puede promover una virtud ciudadana inclusiva, o seguirá siendo un consuelo de pocos?

Con sus luces y sombras, la estatua mítica de Cincinnatus, aunque sea como horizonte ideal, nos regala dos pilares que nos ayudan en la tarea de descubrir cómo cambiar el mundo sin perder la integridad: 

  • Austeridad a la hora de manejar lo que es de todos y todas, para que cada cual tenga lo necesario para vivir, pero no viva para tener cada vez más (algo que adquiere mucha mayor relevancia visto desde una perspectiva ambiental, como decía Dante Sabatto en Devorados por el Consumo). Austeridad para vivir bien sin hacerlo a costa del otro, sino con el otro: “Austeridad no es miseria: austeridad significa vivir dignamente, normalmente. […] significa tiempo libre para discutir y dialogar con los demás, para jugar, para hacer posible el amor entre seres que se conocen, para convivir en la calle, en la plaza, en el ágora griega. Austeridad que significa que la mejor manera de vivir es tener relaciones con otro en el plano de igualdad sintiéndose hombres y mujeres libres en una sociedad democrática.” El republicanismo es deber, pero también es acto de entrega colectiva, porque lo público es de todas.
  • Ejemplaridad política y personal cuando toca ordenar y cuando toca obedecer. Cada cosa que hacemos o elegimos dejar de hacer deja ver lo que somos. Si no obramos con justicia, no construiremos justicia social. Si no obramos con buena fé, no podemos esperar (ni exigir) vivir jamás en “un país con buena gente”. Cuando la patria lo demanda, la decisión consciente de hacer lo que haya que hacer –cueste lo que cueste, sin poner excusas ni culpar a los demás– vale más que que mil discursos o artículos elogiando a la virtud. Es un momento, un instante, que no distingue entre orígenes, géneros ni clase: un patriota es un patriota. No pide gratitud ni demanda compensación, pero eso no impide que nosotros, que queremos más patriotas, busquemos, si no estamos a la altura de marcar el ejemplo, al menos poder aportar a construir una sociedad en la que el sacrificio cotidiano o excepcional de cualquier hermano o hermana, que tiene valor en sí mismo, sea recompensado socialmente como corresponde: con honor y gratitud.

Sin embargo, poner todas las fichas en una decisión personal y en la calidad humana puede traer problemas. Por una parte, porque, como le suele pasar a muchos republicanos, llevado a sus últimas consecuencias deriva en un elitismo puro y duro que es francamente insoportable: “quienes basan su derecho a gobernar en la superioridad de sus virtudes, tienden a menospreciar a quienes dedican sus esfuerzos a los menesteres de la vida privada” (O’Donnell, 1998). Y, en sentido opuesto, porque cae en un voluntarismo típico, elogioso del “hombre común”, de ese que cree que todos los problemas del país pueden explicarse por la mediocridad y corrupción de “los políticos” y solo tiene para ofrecer Pepes Mugicas y Zamoras, sin meterse en el barro de los profundos conflictos éticos que implica gobernar de verdad

“Parece que la injusticia tiene en nosotros más abrigo que la justicia. Pero yo me río y sigo mi camino.”

General Manuel Belgrano

Notas

[1]  Curiosamente, son los pensadores más radicalmente democráticos, como Jefferson o Robespierre, quienes terminan sosteniendo una especie de superioridad moral del republicano, varón, propietario e iluminado, por sobre el resto de sus compatriotas.

Bibliografía

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