La comunidad organizada como práctica de salud mental · por Pilar Sánchez Muiño

Por Pilar Sánchez Muiño

Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios son unas pobres causas

Ramón Carrillo

La crisis sanitaria, social y política que convulsiona al planeta entero ha sacado a relucir un escenario catastrófico pero pre existente. Así como se tornó inevitable hablar en todos los ámbitos de la importancia del sistema público de salud, y del financiamiento de la ciencia para cualquier país con pretensiones de desarrollo, nos vimos obligados a prestar atención a aquellas realidades que resultan incómodas para la mesa de los argentinos y las argentinas: las cárceles, las villas, los geriátricos, los manicomios. Hace unos días se confirmaron 22 casos de covid-19 positivo en el Hospital monovalente de mujeres Braulio Moyano. Aumentan día a día los casos en el Borda mientras una jauría de perros asesina salvajemente a un usuario. Las viejas deudas que tenemos con los derechos humanos recrudecen en esta crisis para emerger como contundentes denuncias de una enorme porción de nuestro país que se encuentra descartada, relegada, olvidada. 

El año 2020 fue definido por el Consenso de Panamá (2010) como el año en el que los manicomios debían ser sustituidos por dispositivos comunitarios. La declaración en Panamá de la Conferencia Regional de Salud Mental expresa la necesidad de: “Fortalecer el modelo de atención comunitaria en salud mental en todos los países de la Región, de manera de asegurar la erradicación del sistema manicomial en la próxima década.” Cierra la declaración con la ambición: “La década del salto hacia la comunidad: por un continente sin manicomios en el 2020.”

De lo que se trata es de construir normativas que impulsen en los países la desmanicomialización, palabra casi impronunciable pero que condensa el sueño de muchas generaciones y movimientos que decidieron que la locura no era razón para estar privado de la libertad. En Argentina, aunque lejos estamos de alcanzar esa ambición, esta perspectiva cobijada en los Derechos Humanos se plasma en la Ley Nacional de Salud Mental y Adicciones Nº 26.657 promulgada en el año 2010. Lo fundamental: torcer una representación social de la locura como peligrosa, y restaurar los derechos que han sido sistemáticamente negados a las personas con padecimiento mental.  

La ley propicia una cantidad de regulaciones destinadas a:

 1) Garantizar los derechos humanos de las personas con padecimiento mental, por ejemplo, incorporando el consentimiento informado de usuarios y usuarias para que puedan decidir en su propio tratamiento, es decir, sobre su propia vida.

 2) Iniciar con determinación un proceso de sustitución de las instituciones monovalentes hacia dispositivos de abordaje comunitario e interdisciplinario, lo que arranca a la corporación psiquiátrica el monopolio de los tratamientos en salud mental para incorporar un abordaje más complejo e integral a través de distintas disciplinas (psicología, terapia ocupacional, musicoterapia, enfermería, trabajo social, etc…), y, fundamentalmente, sin aislar a las personas de su entorno, de su red de contención. Dice al respecto el artículo 9º de la ley: “El proceso de atención debe realizarse preferentemente fuera del ámbito de internación hospitalario y en el marco de un abordaje interdisciplinario e intersectorial, basado en los principios de la atención primaria de la salud. Se orientará al reforzamiento, restitución o promoción de los lazos sociales”

3) Construir un modelo alternativo de atención a la salud mental, corriendo el eje de una concepción puramente biológica de la salud como ausencia de enfermedad, y ampliando la perspectiva reconociendo como salud a todas aquellas prácticas que promueven el bienestar. Enuncia el artículo 11º de la Ley: “Se debe promover el desarrollo de dispositivos tales como: consultas ambulatorias, servicios de inclusión social y laboral para personas después del alta institucional; atención domiciliaria supervisada y apoyo a las personas y grupos familiares y comunitarios; servicios para la promoción y prevención en salud mental, así como otras prestaciones tales como casas de convivencia, hospitales de día, cooperativas de trabajo, centros de capacitación socio-laboral, emprendimientos sociales, hogares y familias sustitutas”.

La salud comunitaria

José Bleger, psicoanalista argentino en los años 60 nos exhortaba a “tratar de superar la organización de una asistencia individual y privada dedicada fundamentalmente a la curación, haciendo que el énfasis o el mayor peso de la actividad profesional de los mismos recaiga sobre la población (la comunidad) y no sobre individuos: promover bienestar y no solamente curar”. Lo que Bleger nos explicaba, ya en ese entonces, en su libro Psicohigiene y Psicología Institucional es lo inviable de formar la cantidad de psicólogos suficientes para atender todas las problemáticas singulares de nuestra población. Lo que sí podía hacerse era construir una psicología dispuesta a salir al campo, a trabajar desde la comunidad para promover prácticas de salud que eviten el padecimiento. Dice Bleger: “en lugar de crear más instituciones donde se atiende exclusivamente gente enferma, salir a la comunidad y atender las situaciones cotidianas”[i].

¿A qué se refiere Bleger? El sufrimiento en el trabajo, el desempleo, la precarización laboral, la pobreza, las condiciones de vivienda, el acceso al agua potable, entre tantos otros derechos vulnerados, impactan directamente en la salud de la población. Salud concebida como la capacidad del ser humano de gozar plenamente de su vida. Floreal Ferrara, ex ministro de salud de la Pcia. De Buenos Aires durante las gobernaciones de Bidegain y Cafiero, definía la salud como: “la búsqueda permanente en la resolución de los conflictos y éstos se ven en los efectos, esa búsqueda, esa lucha en la resolución de los conflictos no es ni remotamente una lucha individual, sino colectiva”. A la definición que trae Ferrara me permito agregar que la comunidad es efectivamente el sostén central y ámbito de desarrollo de potencia y creatividad. Una comunidad organizada permite desplegar la solidaridad, el compañerismo, el acompañamiento, el cuidado, el arte, y tantas otras formas de vivir saludables y desplegar con plenitud nuestra personalidad. Es en el lazo social en dónde podemos constituirnos como sujetos, y nunca por fuera de él.

Si bien las políticas de salud pública son centrales para garantizar la equidad en el acceso y el alcance de las posibilidades sanitarias a cada rincón del país, existen por fuera una innumerable cantidad de dispositivos, profesionales, trabajadores y trabajadoras de la salud con una concepción integral de abordaje. Incorporar estas posibilidades para empujar la plena implementación de la Ley Nacional de Salud Mental y Adicciones resulta indispensable si queremos que el nuevo escenario al que caminamos tenga en cuenta a todos aquellos y aquellas que hasta ahora habían sido descartados por las políticas públicas. Implica también establecer puentes reales y potentes entre las áreas tradicionales de planificación del estado con los actores vivos y organizados de la comunidad. No hay un cuerpo biológico separado de los afectos, no hay afectos sin lazo social, no hay salud sin condiciones de vida digna. Esta pandemia nos presenta nuevamente el desafío de organizarnos y construir nuevas herramientas para contener una situación social de profunda crisis de todo lo que conocíamos hasta ahora. Un movimiento de temblor que produce incertidumbre, miedo, desconcierto, y que indudablemente tiene impacto en todos nosotros y nosotras.

Incluso acompañando y respetando el aislamiento social preventivo y obligatorio que se impone como medida de resguardo a nuestras vidas, podemos construir canales y recursos para mantener vivo el lazo social. Nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza. Nadie puede estar sano en una sociedad enferma. Nadie se salva solo. Una comunidad que se organiza en pos del bienestar de sus mujeres, hombres y niñes se consolida como la práctica fundamental de salud que necesitamos.


[i] Bleger, J. (1974)  Psicohigiene y psicología institucional, pág. 108

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