Los usos de Lovecraft · Por Dante Sabatto

Por Dante Sabatto

I.

El objetivo de esta nota es pensar sobre usos no literarios de la literatura. Quiero en particular reflexionar sobre la obra de H. P. Lovecraft, que no ha dejado de producir efectos en la filosofía, la teoría política y las ciencias sociales; incluso podría pensarse que las ideas inspiradas en Lovecraft van en aumento, en particular en las últimas décadas, como veremos más adelante.

La obra de H. P. Lovecraft es extremadamente popular; pese a quedar en un punto algo incierto entre la literatura “seria” de Edgar Allan Poe y el pulp (es decir, cuentos publicados en revistas de baja calidad, la clase B de la literatura), sus libros siguen siendo leídos (y vendidos) por millones. Ha habido incluso varias adaptaciones de su obra al cine y la televisión, lo que es particularmente llamativo por la dificultad intrínseca de representar visualmente muchos de los elementos clásicos de la obra lovecraftiana. Además, múltiples series y películas recuperan algunas de sus ideas, desde la obra de Guillermo del Toro hasta Gravity Falls. No podemos olvidar el mundo de los videojuegos, donde la influencia se ve claramente en clásicos como Dark Souls (sobre todo en Bloodborne) y joyas del indie como Pathologic. Y el listado estaría incompleto si no mencionara el inmenso mundo de los juegos de rol, tal vez el subuniverso cultural con más desarrollo de la estética lovecraftiana.

La inmensa mayoría de los cuentos y novelas de Lovecraft comprenden una mitología común, y tienen incluso una estructura similar: una persona (casi exclusivamente un varón) relata en primera persona un encuentro con algo que sólo tangencialmente puede calificarse de “alienígena”. Se trata de alguna manifestación de the Elder Things, en general traducido como “los Antiguos” pero que en realidad debería llamarse “las Cosas Antiguas”. Es una raza extraterrestre que hizo contacto con nuestro planeta en el pasado lejano y que se encuentra dormida, pero que sigue influenciando la realidad presente. Decimos que no es precisamente alienígena en tanto la otredad extrema de los Antiguos es uno de los elementos centrales de la mitología de Lovecraft: su realidad es tan radicalmente distinta a la nuestra que a duras penas podemos comprenderlos. No son “dioses” ni “seres” en ningún sentido usual de la palabra. Son “aliens” en el sentido en que son total y absolutamente extraños, inconmensurablemente lejanos; pero la palabra puede ser confusa si remite a nuestra idea tradicional de “un marciano”.

En este sentido, no puede decirse que sean malvados. Son, esencialmente, amorales. El “horror cósmico” de Lovecraft está basado en esta amoralidad: a los Antiguos la humanidad no les importa, no la consideran, existen en una escala inmensamente mayor. El ejemplo más común es Cthulhu, que duerme eternamente en la ciudad de R’lyeh bajo el océano, mientras un culto clandestino organiza rituales secretos para intentar despertarlo. En “La llamada de Cthulhu”, el relato donde aparece por primera vez, un barco encuentra casualmente una entrada a la tumba donde yace el Antiguo y (casi) lo despierta. Varios hombres mueren en el relato, pero ninguno por acción directa de Cthulhu; uno de ellos es tragado por “un ángulo agudo, que se comportaba como si fuera obtuso”. La matemática no euclideana era una de las pasiones de Lovecraft.

Este es un buen momento para recordar que Cthulhu no se ve como un gigante pulpo antropomórfico, que es la imagen que se suele asociar con él. En el cuento que lo introduce, Lovecraft tiene mucho cuidado en notar que la figura que lo representa tiene reminiscencias de un pulpo, un dragón y un “mamarracho humanoide”, pero el “perfil general” de la imagen no se cierra en ninguna de esas descripciones. Todos los seres de la mitología son así descritos, con señales que parecen acercarlos a nociones imaginables pero que a la vez señalan la inabarcable distancia que nos separa de ellos. Incluso descripciones como la de Azathoth (“el dios idiota rodeado de flautistas amorfos”) no es planteada más que como una pantalla que esconde un caos absoluto, pero no completamente indecible.

Hay múltiples interpretaciones de la obra del escritor norteamericano, que muchas veces intentan reponer un orden faltante a la caótica mitología llena de nombres como Shub-Niggurath, la cabra de los mil retornos; Tsathoggua, el durmiente de N’kai; o Nyarlathotep, el caos reptante. Muchas veces intentar establecer relaciones de paternidad (como si se tratara de los dioses griegos) o clasificaciones entre razas alienígenas (tristemente, alguno de los peores relatos de Lovecraft contribuye a este último intento). Houellebecq, en su libro Lovecraft: contra el mundo, contra la vida, critica estas lecturas por perder el carácter verdaderamente interesante de la mitología lovecraftiana: su extrema amoralidad.

II.

Hemos llegado lo más lejos posible sin mencionar un factor importante, que muchas lectoras y lectores habrán estado esperando. El racismo extremo de Lovecraft es un fenómeno estudiado en mucha profundidad, no sólo en tanto aparece continuamente en sus cuentos sino por las mismas cartas escritas por el autor, o por algunos elementos conocidos de su (extravagante) vida. Sin ir más lejos, usó como nombre para su gato un insulto racista que no transcribiremos. La misoginia y una temprana pero no por eso menos potente homofobia son, tal vez, menos estudiados pero no menos reales.

Al respecto, el youtuber británico Harry Brewis (Hbomberguy) se preguntaba, en su video Outsiders: how to adapt Lovecraft in the 21st century, por cómo reconciliar su pasión por Lovecraft con su propia sexualidad. Más allá de la cuestión personal, el video destaca el interés que muchas veces este autor representa para víctimas del mismo racismo, misoginia y homofobia que lo caracterizaban. En particular cita la película Cthulhu, una producción independiente de 2008 que adapta el clásico “La sombra sobre Innsmouth” con un foco original. El cuento se refiere a los habitantes del pueblo de Innsmouth, que se reproducen con criaturas alienígenas similares a peces o sapos (los Profundos) como parte de un culto secreto de adoración a la seudo-deidad dormida Dagon; un hombre, que visita el pueblo por accidente, termina descubriendo que él también desciende de los Profundos, y se convertirá en uno de ellos. En la película, el protagonista vuelve a Innsmouth, su pueblo natal del que escapó cuando era joven por la homofobia de su familia, y una sensibilidad profundamente humana se introduce en medio del horror cósmico.

III.

Esa distancia inmensa que separa a los seres humanos de esos Antiguos, cuya realidad es tan distinta de la nuestra que resulta incompatible, es la fuente del horror en Lovecraft. Evidentemente, esto puede implicar una lectura intrínsecamente racista, si entendemos las diferencias étnicas como igualmente inmensas; es posible que el autor así lo hiciera. Pero, inversamente, en un acto que busca recobrar algo bueno de Lovecraft que quedó perdido en y por su propio racismo, puede verse que esa distancia sólo puede separarnos de algo extra-humano. La noción de fuerzas inabarcablemente poderosas que dominan nuestro destino desde una exterioridad pura y sin ningún tipo de moralidad no es una noción extraña a los humanos. Se parece bastante a aquello que llamamos “alienación”.

No vamos a detenernos en la descripción marxista del término, ni en nociones sociológicas de reificación o cosificación. Pero hay un vínculo entre horror cósmico y lucha de clases: el terror de la revelación de lo falso de nuestra libertad aparente, el dominio abstracto, amoral, silencioso pero certero del Capital.

Por izquierda: no es esta la más clásica lectura política que puede hacerse de Lovecraft. De hecho, uno de sus principales adoradores es el neorreaccionario Nick Land. Pero deberíamos decir que es posible que Land esté de acuerdo en mucho de lo que dijimos en los párrafos anteriores, con una diferencia: mientras nosotros abrazábamos el muy humano pavor ante los Shoggoths, Land propone unirse al culto a Chtulhu y abrazar al máximo la alienación capitalista. Ya volveremos a ello.

IV.

Pero antes, el dios dormido en la ciudad de R’lyeh merece una mención importante. Chtulhu no es sólo la figura más conocida de la mitología lovecraftiana, también es el primero en prestar su nombre a una noción de teoría político-social. “Chtuluceno” es el nombre que utiliza la filósofa poshumanista y feminista cyborg Donna Haraway para referirse a una era donde las personas debemos establecer relaciones de “parentesco” con todo tipo de seres vivos, en el sentido de forjar nuevas formas de relacionarnos con animales y plantas, rompiendo la tradicional dicotomía humanidad/naturaleza. (Recomiendo la nota de Alejandro Galliano en Panamá que la menciona). Si bien Haraway insiste en que la referencia no es tomada de Lovecraft sino del vocablo “chth-”, que significa “de la tierra”, la relación es evidente.

En muchas y muchos filósofos contemporáneos encontramos referencias más o menos explícitas a Lovecraft. Está presente en los propulsores de una ontología orientada a los objetos (ver la nota citada arriba), al punto en que Graham Harman dedicó un libro entero a estudiar la forma en que Lovecraft establece rupturas entre los objetos sensibles, disponibles para nuestra consciencia, y los objetos reales, que nos son inaccesibles, y entre unos y otros objetos y sus cualidades. Si bien Harman sostiene que no tenemos acceso directo a las cosas en sí, sino sólo a las cosas “como nos son dadas a la consciencia” (idea plenamente aceptada por la filosofía occidental desde Kant), cree que sí podemos acceder indirectamente a ellas, a través de metáforas y alusiones, de la misma manera en que Lovecraft nos permite acceder indirectamente a la realidad hipercaótica absoluta del horror cósmico.

Antes de avanzar, queremos hacer un breve repaso de algunas de las ideas centrales trabajadas hasta aquí. Lo central en Lovecraft es una tensión muy potente entre una realidad tan distinta de la nuestra que no puede ser descrita, por un lado, y el hecho de que el mismo Lovecraft está escribiendo al respecto, por el otro. Harman es particularmente preciso en definir las formas en que el autor soluciona esta tensión: por ejemplo, describiendo con dos palabras incompatibles una misma imagen (en “El color que cayó del espacio”, Thaddeus habla con “una risita o murmullo”), lo que obliga al lector a intentar imaginar un sonido imposible a la vez que cancela cualquier interpretación cerrada en particular. Otra veces, Lovecraft hace una descripción extensa y enumerativa de una serie de rasgos que no terminan de generar una imagen completa, como en la ciudad de En las montañas de la locura.

Esto es lo que suele interesar a los filósofos: el “realismo” de Lovecraft, el modo en que se hace cargo de la inmensa distancia que separa a las palabras de la realidad que quieren describir. Y es que gran parte del canon filosófico considera que nuestra misma realidad cotidiana está igualmente distante de nosotros. Hegel dice que no podemos “sorprender a los objetos por detrás”: las cosas siempre existen “para nosotros”, y la única forma que tenemos de relacionarnos con una cosa “sin nosotros” es pensando en ella, lo que necesariamente vuelve a introducirnos en la ecuación, como sujeto-que-piensa. No sólo el ser lovecraftiano Yog Sothoth, El Uno-En-Todos, nos es completamente distante: también lo es cualquier silla o escritorio. Y si bien es cierto que podemos, por ejemplo, dar un puñetazo contra el escritorio y asegurarnos de su realidad, sólo nos aseguramos de que existe… para nosotros. La única diferencia entre un Antiguo y ese escritorio es que el Antiguo no existe para nosotros: la distancia no puede ser saldada.

Un segundo tipo de usos de Lovecraft son los usos políticos, en sus versiones de izquierda y de derecha que mencionábamos arriba. Este uso parte de otro elemento central de la obra de Lovecraft: la distancia imposible entre nuestra realidad y la de los Antiguos es causa de horror. Esto implica una serie de lecturas posibles: la que acepta acríticamente el racismo de Lovecraft reescribe este horror sobre las diferencias entre personas; la que lo rechaza, tiende a entender en el sentido de opresión y alienación el dominio que ejercen los Antiguos sobre los seres humanos.

Este “Lovecraft de izquierda” implica en algún sentido la metáfora de un velo que oculta la influencia subrepticia de los seres extraterrestres, y el horror como consecuencia del corrimiento de este velo. Es interesante que este velo no está colocado intencionalmente por alguna fuerza maligna (como el gobierno estadounidense en X-Files, por ejemplo) sino que es producto de la misma realidad de los Antiguos. En este sentido, es plenamente ideológica en el sentido fuerte: no requiere de participación activa, de violencia física, está implícita en la misma situación como si fuera natural.

V.

Queremos proponer, para finalizar, una última alternativa, no demasiado explorada, aunque tampoco completamente ausente. ¿Qué ocurre si no fuera horror lo que esa distancia cósmica con una realidad ajena que nos influye sin que siquiera le importemos? ¿Podríamos de alguna manera abrazar esa distancia de una forma liberadora? 

Graham Harman hace un comentario que puede pasar desapercibido pero es particularmente interesante: las obra de Lovecraft está plagada de instancias en las que seres humanos comunes y corrientes logran sobreponerse e incluso herir a los Antiguos. La pregunta es qué ocurre una vez corrido el velo, qué ocurre con las personas que lograron mirar aunque sea de reojo un Shoggoth o al gran Chtulhu despertando. ¿No pueden ganar, de alguna manera, una nueva perspectiva sobre su propia humanidad y sobre el poder mismo de su voluntad? Y en la misma amoralidad de los Antiguos, ¿no pueden encontrar recovecos donde actuar y vivir?

A veces, la obra de Lovecraft parece implicar que el caos y la neutralidad infinita cósmica coinciden, en algún sentido, con lo que nosotros entendemos como maldad, perversión y locura. Pero la implicancia más interesante, creemos, está en reafirmar la verdadera amoralidad pura del caos. Como dice el personaje central de la serie de televisión Angel (de un fantasy con pocas pero no nulas referencias lovecraftianas): si nada de lo que hacemos importa, entonces lo único que importa es lo que hacemos.

Harman propone un posible Lovecraft que escriba amor cósmico, en lugar de horror. Y verdaderamente, cualquier historia podría teñirse de su impronta. ¿O no sabemos, como aprende el protagonista de “La sombra sobre Innsmouth”, que nuestro cuerpo no nos pertenece y a veces ni nos obedece? ¿O no buscamos, como los protagonistas de En las montañas de la locura, siempre un nuevo plus ultra, un nuevo límite, sin importar las consecuencias? ¿No hay, entonces, algo revolucionario que aprender de las obras de Lovecraft?

Pero no creemos que podamos purgar plenamente sus errores. El racismo, la misoginia y la homofobia (si bien hay indicios de que los fue abandonando paulatinamente en los últimos años de su vida) no sólo lo convirtieron en una mala persona, sino potencialmente en un mal autor. Porque su elección por el horror surge claramente de su incapacidad de comprender la diferencia como algo que no cause asco y desprecio. En ese sentido (que es el opuesto al que sigue Houellebecq cuando alaba el racismo de Lovecraft), la lectura de derecha es esencialmente fiel.

Nosotros preferimos otra fidelidad, una fidelidad que debe primero traicionar algunos de los principios de Lovecraft para dejar lo esencial. Y lo esencial es el descubrimiento de un mundo plenamente caótico, mucho más caótico de lo que podemos siquiera imaginar, un mundo que no es malo sino que es un mundo al que no le importamos, y que está dispuesto a aplastarnos. Ese es un excelente punto de partida.

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