Yo, tu, elle, nosotres · por Sofía Schapira

Por Sofía Schapira

En 1977, el renombrado lingüista Roland Barthes inauguraba una cátedra de semiología literaria en el Collège de France con una frase cuanto menos provocativa: “la lengua es fascista”. Retomando sus palabras, es interesante pensar cómo la lengua modula nuestra forma de ver el mundo; no solo nos define una mirada determinada desde la forma más lisa y llana de pensar la estructura de la oración (no todas las culturas se organizan en base al núcleo de sujeto) sino que forma nuestra línea de pensamiento. Según Barthes, “se define menos por lo que se permite decir que por lo que obliga a decir”.

Pero ¿qué es la lengua? Sabemos que la lengua no es innata, pero una vez que aprendemos a usarla, nunca podemos dejar de hacerlo. La lengua está en todo lo que nos rodea, es un fenómeno social que nos permite interactuar con la realidad: ocurre en relación con une otre, con una comunidad invisible que establece convenciones sobre qué significan las palabras y cómo se las utiliza. Parafraseando a Saussure, cada comunidad establece la relación entre significante y significado.

Como hispanohablantes, quien rige las normas de nuestra lengua -la lengua castellana- es la Real Academia Española. Pero no es la RAE quien delimita cómo debemos hablar, el proceso es exactamente el contrario; utilizando una gramática descriptiva, esta institución reúne los usos de la lengua en distintas partes del mundo. Si un grupo grande de gente usa la lengua de una forma determinada (por fuera de lo que nos propone la gramática normativa, la que establece las normas gramaticales) por un período prolongado en un territorio determinado, la RAE lo termina incorporando al diccionario. Porque, reiteramos, su trabajo es descriptivo.

El ya mencionado lingüista suizo (imposible hablar de lingüística sin citarlo) estableció distintas cualidades del signo lingüístico, entre las que podemos nombrar su mutabilidad e inmutabilidad. Es inmutable en el sentido de que no puede modificarse todo el tiempo porque la comunicación se haría imposible, tenemos que tener certezas sobre qué estamos hablando, los significados están fijos a sus significantes durante un periodo considerable de tiempo. Esto quiere decir que si decimos “mesa”, todes nos imaginamos un mueble formado por una tabla horizontal y patas, usualmente cuatro. Ahora bien, el signo también es mutable: la lengua y su uso muta, porque es propiedad de quienes la hablan y no de academias o instituciones.

Que nuestra lengua pueda modificarse constantemente da fé de su carácter dinámico. Basta comparar la forma en la que hablamos hoy en día con los modismos que tenían nuestros padres a nuestra edad y podremos ver diferencias evidentes.

Podríamos decir que la lengua no es solo fascista, sino que también es sexista. La lengua, con sus generalidades masculinas y su sinfín de carreras y adjetivos nombrados en masculino, genera en el inconsciente colectivo una noción tan simple como compleja: hay espacios a los que las personas que no somos hombres no podemos acceder. Es un tipo de violencia simbólica que perpetúa las relaciones patriarcales de nuestra sociedad.

La capacidad de nombrar es una de las facultades más poderosas de la lengua. De hecho, ya en el siglo XIX se hablaba de determinismo lingüístico, cuya principal teoría es que la lengua que hablamos nos determina una forma de ver el mundo. Esta teoría había caído en desuso hasta fines del siglo pasado, cuando distintos grupos de lingüistas alrededor del mundo retomaron la teoría y descubrieron que nuestra lengua determina, entre otras cosas, la forma en la que entendemos el paso del tiempo y los colores. Si esto se descubrió con pequeños experimentos aislados, es imposible cuantificar el impacto que tiene la lengua sobre nosotres en nuestro día a día.

En lo que respecta al lenguaje no binario, el quid de la cuestión es sencillo: no solo no podemos pensar en lo que no podemos nombrar, sino que nuestra forma de nombrar hoy en día determina, a su vez, nuestra forma de ver el mundo.

El feminismo encontró diversas soluciones a este problema, cada una con sus ventajas y desventajas. Se empezó hablando del desdoblamiento de género (señores/as o señores y señoras) pero esta forma, si bien es gramaticalmente correcta, entorpece la lectura y atenta contra el principio de la economía de la lengua, sin olvidar que es absolutamente binaria. Luego se intentó con la X y con el @, pero trajo nuevos problemas: son caracteres que no tienen una versión fonética acorde a la de una vocal, por lo que su pronunciación genera dificultades enormes. Sumando a la problemática, estos caracteres generan vacíos que pueden ser llenados de diversas formas y, en nuestra lengua, el vacío muchas veces se rellena por el masculino genérico (no de nuevo decía).

La variante que más trascendió para resolver esta cuestión, la más adecuada para nuestro sistema fonético, es la “e” como marcadora de género neutro. Dentro de la e entramos todes: hombres, mujeres, personas no binarias y tode aquelle que no entra en las históricas categorías impuestas.

Como dijimos más arriba, lo que no se nombra, no existe. Entonces ¿cómo debemos referirnos a gente que no se siente identificada con ninguno de los dos géneros que normalmente conocemos? ¿Qué hacemos con las personas no-binarias en nuestra sociedad? ¿Nuestra solución es dejar de nombrarles, hacer como si no existieran o usar con elles formas binarias que no les representan?

La lengua, como toda institución moderna, es un terreno en disputa. Hay diversas voces a favor y en contra, más progresistas o más conservadoras, cada una con sus propios argumentos. No es una disputa urgente ni tampoco descabellada, pero es una discusión que muches estamos dispuestes a dar. La modificación de la lengua hacia una variante no binaria no tiene un sesgo meramente gramatical: es una discusión política que busca desarticular una herramienta de naturalización de estructuras patriarcales, es un fenómeno más bien retórico que expone situaciones de injusticia con el objetivo de hacer tomar conciencia. En eso estamos.

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