El Beto es capitán aunque no enamore · por Julián Goldin

Por Julián Goldin

En un lejanísimo 2019


Dólar por las nubes, la inflación también. Terribles indicadores sociales y fuertisimos compromisos financieros. Todo en medio de una situación de restricción externa.


En pleno desarrollo de esta tormenta económico-social, un elevado porcentaje de los argentinos vuelve a refugiarse bajo el habitual techo peronista. Y no estamos hablando solamente de la sociedad civil, sino de una parte representativa de la clase política. Así, una larga fila de gobernadores veía con gusto a Alberto Fernández sentarse en su cabecera, pero eran ellos quienes una vez más ponían la mesa de la gobernabilidad. ¡Buen provecho! La comida estaba lista, y en un continente que se incendiaba entre golpes de estado y rebeliones populares, Argentina alternaba presidencias de forma democrática y ordenada. Que país curioso el nuestro.


Comenzó el 2020


Y la primavera no existió. La lluvia seguía siendo fuerte. La crisis económica colgaba del flamante gobierno tal espada de Damocles. Como afirmaba el poeta y politólogo Martín Rodríguez, asistíamos entonces a un “Peronismo en stand by”, con pies y manos atadas a la posibilidad de una negociación exitosa de la deuda.


Pero hubo sorpresas y, en medio de la tormenta regional, un huracán mundial llamado Pandemia también quiso decir “presente”. Ahora sí, una novedosa crisis para un país habituado a transitar todo tipo de situaciones turbulentas. Crisis que curiosamente, como afirma el proverbio chino, se transformó en oportunidad. El gobierno (antes atado) podría finalmente mostrar músculo ejecutivo, decidiendose por una cuarentena más prematura y longeva que en la mayoría de los países de la región. Como en una famosa técnica de Judo, el presidente usó la inercia del ataque rival para aplicar su propio golpe. Mostró iniciativa frente a la crisis y cosechó apoyos a raudales. Alberto convenció, aunque no pueda decirse que enamoró.


Más de 120 días de cuarentena después…


El desgaste es tanto inevitable como evidente. En el desopilante programa de radio y podcast “Caricias significativas” plantean una interesante pregunta: ¿Acaso el gobierno ha perdido iniciativa y fuerza?


Alberto llegó al Ejecutivo tras una decisión históricamente acertada de Cristina. Se presentaba como un negociador nato, como un cultor de la rosca política bien entendida. Lo que tanto el peronismo como el país necesitaba para saldar viejas heridas. Con el aura de la primera presidencia de Kirchner y un fuerte pie en la gestión. A partir del 10 de diciembre: ¿Alcanzaría con eso para gobernar? ¿O se precisaría de algunos otros ingredientes?


Desde la imposición de la cuarentena, existieron dos momentos en los que el gobierno buscó retomar iniciativa y volver así a mostrar músculo ejecutivo: uno más tenue, en el intento de impuesto a la riqueza. Gravamen que hoy se aplica (o está rumbo a aplicarse) en la mayoría de los países conocidos como “desarrollados”. Sin embargo, el lógico lobby en su contra pareció frenar esta iniciativa. El gobierno, en su tiempismo, entendió lo compleja que resultaba esta propuesta, y más en este contexto. Decidió así recular.


El otro momento, algo más contundente, fue el caso Vicentín; cuando el gobierno planteó la necesidad de expropiar este pulpo agrocomercial, por la insostenibilidad de su deuda con el estado y en pos de la soberanía alimentaria.


Sin embargo, más allá de la iniciativa y la consecuente oposición del arco económico, la clase política no le mostró el grado de apoyo que Alberto esperaba: Los aliados en el congreso no le facilitaron los votos necesarios, y la unidad mostró algunas de sus limitaciones. Así tampoco existió en el ejecutivo una voluntad expresa de asumir el costo político (¿y judicial?) de emitir un DNU de expropiación. El gobierno se refugia entonces en su naturaleza, negociar una salida que deje a las partes conformes, y la opción no-expropiadora del gobernador Perotti parece ser la única que va en este sentido.

Noticias de ayer ¡Extra! ¡Extra!


El peronismo sigue siendo el famoso “partido de la estabilidad”, es decir, de la gestión de las crisis. Eso no debiera resultarnos nada novedoso a esta altura de los acontecimientos. Argentina es, al mismo tiempo, el país de las múltiples crisis. De aquí tal vez esta relación tan intrínseca y duradera.


Sin embargo, aparecen aspectos algo inusuales dentro de este nuevo proceso: Uno que ya nombramos, el más obvio, la aparición inesperada de esta pandemia mundial. El otro, algo
más interno, es la predominancia de un nuevo tipo de peronismo: El de un líder que no busca construir un relato a su alrededor.


Entonces no resultan accidentales las reivindicaciones constantes de Alberto Fernández a dos figuras presidenciales: Uno, el Duhalde “piloto de tormentas”. A este le tocó heredar una situación similar a la albertista y, lejos de la prosa épica, trató de ser el hombre que reencausara el país en una senda económico-social algo más transitable. El segundo, aún más nombrado, es Raúl Alfonsín. Nuestro presidente lo considera una figura fundamental a la hora del restablecimiento de las instituciones democráticas. Así también observa en su liderazgo un cariz algo más moderno, socialdemocratico y moderado que al albertismo le interesaría explotar.


Con un discurso más ubicado en el sentido común, en la construcción de un “país en serio” y en el fin de la “argentina de los vivos”. Con un primer mandatario exponiendo medidas de forma docente a la población y brindando entrevistas a todos los medios. Con figuras técnicas ministeriales que no se llevan las luces (¿Habrá lugar Bernis y Aníbales?): ¿Corre entonces Alberto el riesgo de un gran desgaste ante un contexto de fortísima crisis económica, agravada por la pandemia y que se traduce en ausencia total de buenas noticias?

Desde el gobierno pareciera entenderse que la prioridad absoluta es la gestión sin estridencias. Incluso en tiempos de vacas flacas. Aunque duela. Alberto, como uno de los mejores equilibristas de su tiempo, busca hacerse líder desde su pata hábil negociadora. Seguramente sea consciente de que ciertos puntos de equilibrio puedan tender a un status quo favorable a los mismos sectores que se busca subordinar (en pos de un beneficio colectivo). Así lo demuestran el caso del Impuesto a las riquezas y Vicentín. Pero también parece dispuesto a pagar ese costo, o confía en la posibilidad de recular para buscar una nueva solución.


La subestimación del relato resulta entendible, sobre todo al leerse en clave contextual, ya que procedemos de dos gobiernos que (aunque alguno lo negara más que otro) tenían un fuerte anclaje en el mismo. Por lo tanto, escapar de esa lógica resulta una fórmula “anti-grieta”. Cabe de todas formas destacar que el relato puede ser útil tanto para la creación de una agenda propositiva, como la de una estructura de contención ante posibles ataques (bajo la clásica premisa de que no hay mejor defensa que un buen ataque).


Ante la imposibilidad de obtener resultados desde la gestión económica, el avance en derechos civiles que el gobierno tenía planificado (legalización del aborto, del consumo de marihuana, etc) pareciera una interesante alternativa en cuanto a construcción de agenda. Sin embargo, la pandemia y su freno en la actividad política-parlamentaria también estaría retrasando este proceso.


Así llegamos a un punto algo pantanoso: La durísima situación económica y social heredada, más la terrible restricción externa e interna que supone la pandemia, claramente no ayudan. Por otro lado, tenemos un gobierno que de sus fortalezas hace también sus debilidades.


Alberto lidera desde la gestión y la negociación, y lograr que el país no haya estallado en este contexto, es un logro que debiera ser más apreciado. Muestra clara de que su conducción sigue vigente; y de que no hay figuras que se lo disputen, tanto desde la oposición como desde el oficialismo. Sin embargo, cada mala noticia puede tender a debilitar este apoyo, y la deliberada ausencia de un relato contenedor (traducido de forma reduccionista en el “Alberto no enamora”) puede hacer que estos golpes sean aún más duros. La imposición de una agenda fuerte y propia se ve algo limitada por la naturaleza conciliadora y no-prepotente del gobierno.


Está claro y es razonable que el gobierno de Alberto Fernández no abandone su naturaleza, que es la que lo trajo hasta aquí. Por eso, resultará crucial la evaluación exhaustiva de que márgenes de maniobra existen por fuera de la conflictividad que busca evitarse. Así también de que diálogos (con el famoso “campo” como gran exponente) pueden recuperarse y cuáles no. Ante esa imposibilidad de encauzar dialogos y negociaciones es cuando aparecerá la disyuntiva fundamental de Alberto en su estilo y liderazgo: Romper o no romper. Enamorar o no enamorar. Esa será la cuestión.

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