Inventando futuros. Reseña de K-punk – Vol. 2, de Mark Fisher · por Dante Sabatto

Por Dante Sabatto

Leí el segundo volumen de K-punk, los escritos reunidos e inéditos de Mark Fisher, en cinco días; sus quinientas páginas lo convierten en el libro más grueso de la colección Futuros próximos, de la editorial Caja Negra. Pero el formato bloguero de capítulos cortos y la escritura de Fisher, clara y apasionada, lo convierten en lo que los angloparlantes definieron, germánicamente, como “unputdownable”: un libro que no podés soltar. Escribiendo esta reseña, paso de nuevo las hojas del libro y tengo ganas de volver a sentarme a leer una vez más las páginas que acabo de terminar. Mis notas en los márgenes incluyen: “Esto es Lovecraft”, “(Acelerar…)”, “También lo plantea Mason es Poscapitalism”, “terriblemente británico” y “Žižek sí lo cree”.

Fisher fue un escritor, docente y crítico inglés. Fundó la editorial Zer0 Books, que sigue funcionando. K-punk es el nombre de su blog (la K es “un sustituto libidinalmente preferible al prefijo ciber”), fuente de los textos editados en tres volúmenes (el tercero aún no publicado). Escribió, además, tres libros: Caja Negra editó en Argentina Realismo capitalista y Los fantasmas de mi vida; Lo raro y lo espeluznante fue publicado por Alpha Decay en España. También editó y compiló Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma y, junto a Gavin Butt y Kodwo Eshun, Postpunk. Entonces y ahora. Es probablemente más conocido por haber popularizado la frase “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, que en realidad es una paráfrasis de ideas similares de Fredric Jameson y Slavoj Žižek.

La mayor parte de sus textos son de crítica cultural, pese a su rechazo de la tradición frankfurteana. El primer volumen de K-punk está dedicado a películas, libros y televisión; el segundo, a música y política. La escisión es, por supuesto, una abstracción editorial que busca ordenar el inmenso magma de textos; la teoría de Fisher es un programa estético-político muy coherente e integrado. Si hubiera que resumir brevemente el pensamiento fisheriano, podríamos presentarlo como miembro de algunas tradiciones: por un lado, el retorno al clasismo luego del giro posmarxista, sin abandonar los presupuestos lacanianos (Žižek es en este sentido el filósofo más comparable); por el otro, una serie de debates dentro del marxismo europeo contemporáneo luego del fin del movimiento autonomista, que incluyen las tendencias aceleracionistas. Fisher fue parte de la CCRU (Unidad de Investigación de Cultura Cibernética), un grupo que funcionó en la Universidad de Warwick en los años 90, y que frente al inmovilismo de la izquierda llamaba a hacer acelerar el capitalismo para superarlo, aumentar la alienación para despertar la conciencia. Fisher, años más tarde, sostuvo una crítica a la parálisis cultural del capitalismo tardío como síntoma del “realismo capitalista”: la noción efectivamente implantada por el neoliberalismo de que “no hay alternativa” al capitalismo, de que es imposible imaginar una organización distinta de la sociedad. 

Mark Fisher se suicidó en 2017. Muchos de sus textos hablan sobre la depresión, en particular acerca de la vinculación entre neoliberalismo y psicopatologías. Entre los textos publicados en el segundo volumen de K-punk, se encuentra uno titulado “Por qué la salud mental es un problema político”. Si bien no es el texto más personal de Fisher (para encontrar otros donde referencia su propia salud mental, es preciso dirigirse a los “escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos” que reúne Los fantasmas de mi vida), su distancia lo hace aún más premonitorio. “La capacidad de actuar racionalmente de muchos de los que sufren enfermedades mentales está dañada, y esta es una de las razones por las que necesitan ser protegidos”, dice Fisher. Dejó inconcluso un proyecto de libro: Capitalismo ácido.

La dimensión afectiva del capitalismo lo obsesionaba: el aburrimiento de todo, la privatización del estrés, la problematización de la esperanza, la democracia como alegría, el deseo como fuente de la acción política. Igualmente lo obsesionaba el futuro: el futuro cancelado del comunismo, de la liberación; los futuros perdidos que acechan al presente (esta es su noción de hauntología, tomada de Derrida). La posibilidad de imaginar esos futuros es condición necesaria para producirlos; el concepto que explica esto es el de “hiperstición”: una imagen de futuro que crea las condiciones para su producción.

La primera mitad del libro está dedicada a la música. Fisher es un experto en el mundo underground de la electrónica británica (en los 90, tocó en el grupo D-Generation). Postpunk, jungle, goth, glam, rave, techno: le interesa, en particular, la relación entre experimentación musical y organización política. El malestar en la cultura que identifica Fisher es la ausencia del malestar; su preocupación es por la monotonía artística: sostiene que la música producida hoy en día podría haber sido creada hace 20 años. La irrupción de nuevos géneros, en los años 70 y 80 era verdaderamente un quiebre, una señal de la posibilidad abierta de transformación social: la nueva música sonaba como nunca nada había sonado antes. Se perdió el futurismo, la capacidad de aproximarse a sonidos que aún no pueden concretarse: porque todo es posible, nada lo es. Se perdió el modernismo, la imaginación radical, transformadora. Mark propone un modernismo popular, revolucionario, gótico.

Pero aún para quiénes no somos eruditos de la música que Fisher critica ni de la que alaba (The Fall, DJ Rashad, Sleaford Mods, Scritti) los textos son profundamente interesantes. No sólo por su dimensión política ni por la belleza de su escritura, que son elementos importantes de todos modos, sino porque es posible perderse en el mundo que vivió Fisher. Leí doscientas páginas sobre glampunk y artpop como si leyera un cuento de Borges que describe la obra de un autor inexistente; llegué a conocer a otros críticos musicales que Fisher denosta y a interesarme por los pormenores de un tema de Drake. 

La necesidad de presentar el intrincado y complejo pensamiento de este autor me lleva a tomar cierta distancia. Es difícil expresar la cercanía que se siente al leerlo, la calidez con la que escribe sobre todo, desde el fracaso del laborismo hasta sus experiencias con la burocracia educativa. Tal vez por la dinámica misma del blog, las palabras suenan más cercanas, más genuinas. Mark viene a ofrecer su corazón, a pedirnos que encontremos modos de activar un trabajo de autoconciencia que no caiga en la trampa de la “emopolítica”, a reírse de su propia ingenuidad sobre los resultados de las elecciones británicas de 2015, a contarnos en primera persona su depresión, su inmovilidad, cómo se siente convertirse en el sujeto perfecto del realismo capitalista, cómo a veces se logra despertar.

Cuando se lee a Fisher, a veces da la sensación de encontrarse con el último ejemplar de una clase: el último crítico cultural, el último neomarxista, el último lacaniano, el último postpunk, el último utópico contra el neoliberalismo eterno. ¿Quién más va a describir con tanta precisión la tierra arrasada de la ideología en un mundo post-Thatcher? ¿Quién más va a denunciar el soporífero neoliberalismo de centroizquierda que representan los Blair, los Clinton del mundo? ¿Quién va a encontrar en el uso de sonidos industriales en la música techno la conexión entre clase obrera y vanguardia? ¿Quién va a hacer un análisis materialista de las condiciones del pensamiento de izquierda, descubriendo en los programas de bienestar social y la gratuidad universitaria la tierra fértil para el desarrollo de la ciencia marxista que el neoliberalismo debió destruir? ¿Quién va a hacernos ver los fantasmas de futuros perdidos?

Pero también es el primero de los suyos; no sólo un docente, un maestro. Entre sus seguidores, se encuentran Alex Williams y Nick Srnicek, autores de Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo (publicado por Malpaso); el título referencia una frase de Fisher. Srnicek también escribió Capitalismo de plataformas, editado por Caja Negra. Pero también es preciso mencionar la cantidad de autores que tal vez no se inspiraron en las ideas de Fisher pero sí encontraron su lugar en un terreno que él construyó: en Zer0 Books, en el mundo de los blogs. Ray Brassier, Benjamin Noys, Graham Harman. También sus pares, que escribieron y pensaron con él, y a veces contra él: Paul Mason, Bifo Berardi, Reza Negarestani. Ya hay incluso un libro sobre Mark Fisher: Egress. On mourning, melancholy and Mark Fisher (Egreso. Sobre duelo, melancolía y Mark Fisher), escrito por Matt Colquhoun, que fue su alumno. En Argentina, el podcast Posmopolitan le dedicó un capítulo especial, que quiero recomendar porque presenta de manera muy interesante y completa al pensador británico, y trae algunas voces argentinas que trabajan sobre sus ideas.

La segunda parte de K-punk – volumen 2 consiste en los escritos políticos, es decir, los exclusivamente políticos: Fisher habla sobre todo de la política británica, pero extrayendo de ella una teoría universal sobre el avance despiadado del capitalismo. Fisher era de izquierda, una izquierda sin adjetivos: radical, racional, interseccional, todos le quedan chicos. La izquierda de Fisher era anticapitalista en el sentido fuerte; rechazaba la cooptación neoliberal del laborismo, pero no se oponía a la política electoral en sí. Leerlo es leer la historia de las últimas dos décadas del capitalismo: del consenso absoluto a la crisis del 2008, los intentos de reactivar una izquierda popular en el cambio de década y finalmente la deriva neopopulista de la derecha. Fisher llegó a ver al Partido Laborista de Jeremy Corbyn pero no al Partido Conservador de Boris Johnson (pero lo previó: en uno de sus últimos escritos, menciona el advenimiento de una derecha radicalizada que da por tierra con el realismo capitalista en virtud de un rechazo a su realismo).

No puedo describir la experiencia de leer a Mark Fisher; no es precisamente una experiencia placentera en el sentido de esa alegría spinoziana que sus textos nos proponen construir. No es tampoco una lectura abrumadora, ni ardua (la accesibilidad de las más complejas ideas y nociones teóricas puede ser lo mejor de la escritura fisheriana). Es una lectura diferente, si bien suenan en ella muchos pensadores contemporáneos (Zizek, Badiou, Brown, Laclau, Negri…): no sé si alguien más elaboró un pensamiento estético, histórico y político tan completo en el presente. Un pensamiento que además está íntimamente vinculado a la acción: la obra de Fisher no está separada de la praxis, de la elaboración estratégica, del rechazo al inmovilismo y el llamado a responder, a pensar a medio y largo plazo, a “dejar de perder mejor y empezar a querer ganar”.

La obra de Mark Fisher es productiva. Te abre un nuevo modo de leer la política: la cerrazón del presente, el futuro cancelado y los futuros aún posibles, la dimensión afectiva de la política, el origen social de los afectos. Lo leí como un reencuentro, que en parte me trae de nuevo lecturas pasadas, pero también un reencuentro con un pensamiento original, con ese conocimiento que es como un relámpago, en palabras de Walter Benjamin (autor que Fisher extrañamente no menciona, pese a las múltiples similitudes entre el pensamiento de ambos). La obra de Fisher es redentora de esos futuros posibles, perdidos, reactivables. Y la obra que nos queda (porque cuando avanzo en el libro no puedo dejar de pensar que en esa imposibilidad de dejar de leerlo estoy agotando su trabajo, que pronto no habrá más para leer) es redimirla, hacer efectiva su crítica radical del capitalismo tardío, continuar pensando cómo nos enseñó Mark. 

“Nuestro deseo es de futuro (un escape de los callejones sin salida de las repeticiones infinitas del capital) y viene del futuro (del mismo futuro en el que serán posibles, una vez más, las nuevas percepciones, deseos y conocimientos). Hasta ahora, solo pudimos captar destellos de este futuro, pero depende de nosotros la tarea de construirlo, incluso si, en otro nivel, ya nos está construyendo a nosotros (…). El nombre de nuestro nuevo deseo aparecerá y lo reconoceremos.”

Mark Fisher, Por ahora, nuestro deseo no tiene nombre

 

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