No sos vos, es la estructura · Por Miranda Schwarzberg

Por Miranda Schwarzberg

¿Cuántas veces nos encontramos abrumadxs por la falta de futuro? Ser joven hoy en día equivale casi siempre a trabajo informal, sin contrato digno, y en un gran porcentaje, desempleo. Si se goza de una posición social acomodada se puede esperar a terminar los estudios, pero la independencia económica y habitacional representa siempre un problema. La sufren lxs jóvenes, sobre todo mujeres cis y personas trans de los sectores más pobres. Es importante atender que la falta de proyección no se trata sólo de sensaciones particulares, sino que es un sentimiento generacional.

Me inclino a pensar que este momento histórico que estamos viviendo no es el fin del mundo, sino una transición hacia un nuevo paradigma. Quizás peco de optimista, pero todxs necesitamos creer en algo para avanzar. De todas formas, es importante poder disputar el sentido de aquello hacia lo que estamos yendo. Hay miles de razones que nos llevan a pensar por qué debemos cambiar las lógicas de este capitalismo feroz, pero quiero sobre todo detenerme a pensar el campo del trabajo, una actividad que supo ser performativa de los sujetos pero que ahora está adquiriendo nuevas formas que todavía no podemos visualizar socialmente. 

El debate por el cambio en la cultura del trabajo no es nuevo. Varios pensadores han tratado el tema, sobre todo desde los años noventa. Robert Castel fue uno de ellos. El sociólogo francés escribió -entre muchas cosas- La metamorfosis de la cuestión social: crónica de un asalariado en 1995, año en el que el Plan de Convertibilidad de Cavallo en el gobierno menemista comenzaba a mostrar el costado más descarnado de la futura debacle. Encuentro fieles paralelismos entre sus concepciones y la realidad argentina de ese momento.

Retomo a Castel por motivos personales, soy parte de una generación nacida en el menemismo y particularmente me encuentro en el grupo de quienes tenemos sólo vagos recuerdos del 2001 (como punto cumbre del desmantelamiento de la matriz social, económica y política de nuestro país). Esta lectura me permitió comprender el proceso desde un lado más filosófico y global y me brindó respuestas a problemas que surgían recurridamente de las charlas con mis allegadxs. 

Resumidamente, Castel propone que estamos viviendo el fin de la sociedad salarial y que este cambio estructural repercute en el modo de actuar de las personas, a través de un proceso de individualización cada vez más agudo. La sociedad salarial es aquella sociedad industrial keynesiana de posguerra, en la que el trabajo apareció como el ordenador e integrador de la vida social. Trabajar nos da una serie de marcos colectivos: un contexto de acción, una red de contactos, varias seguridades (tanto seguridad monetaria como derechos laborales), nos permite proyectar una vida y definirnos como sujetos. En esta ecuación es necesario que el trabajo sea estable, que existan lazos de solidaridad fuertes para que las personas activas, mediante sus impuestos, puedan sostener a las inactivas y desempleadas y, además, que haya un Estado presente capaz de administrar y brindar seguridad para todes. Sin ir más lejos, pensemos en la movilidad social ascendente de aquellos años del primer peronismo y en el viejo Estado integrador modelo argentino.

Cuando la coyuntura económica cambia, -como sucedió desde mediados de los setenta pero fundamentalmente durante los noventa- y se altera el modelo de acumulación y de producción, las partes de la ecuación se desmoronan una por una. La combinación de nuevas tecnologías, un puñado de personas sumamente poderosas manejando el capital industrial y productivo, y el descorche de la timba financiera moviendo grandes riquezas sin necesidad de fuerza de trabajo, provocan una caída en la demanda de mano de obra que profundiza las desigualdades sociales. De acá, lo obvio: aumenta la desocupación pero también el mercado informal de trabajo. Se priorizan lxs trabajadores flexibles y los contratos discontinuos por tiempos determinados. Se cae la estabilidad. Las personas activas tienen que cargar con cada vez más personas no activas, lo que provoca hartazgo y bronca hacia lxs marginadxs. Se cae la solidaridad. El Estado se retira de su papel cohesionador. Se cae la seguridad. ¿Y qué queda como resultado? La vida social en desintegración, un individualismo cada vez más latente. 

Cambios en lo identitario

Traigo este debate planteado hace décadas porque creo que todavía nos encontramos en un punto de inflexión que la pandemia del coronavirus expuso sustancialmente. Es cierto que se acabaron los grandes relatos revolucionarios y que hay un fuerte descreimiento de la idea de progreso de la “vieja política”, pero también es cierto que no hay un plan superador. Durante la primera década del nuevo siglo se vivió a nivel nacional -y también regional- un intento de recomponer este viejo paradigma (por un lado, porque de una caída tan abrupta sólo se puede crecer, y por otra parte, por la decisión política de hacerlo). Pero ningún gobierno desde que cambió la matriz productiva pudo resolver por completo el problema de la masificación del empleo precario. Actualmente, según el INDEC existen 21 millones de personas económicamente activas, y de ellas, 9 millones tuvieron que aplicar al Ingreso Familiar de Emergencia, estamos hablando de más del 40% de esta población. 

Los sindicatos y movimientos sociales plantean la importancia de la unidad de lxs trabajadores para poder hacer frente a la crisis que está viviendo el país, producto de la gestión económica macrista e intensificada por la pandemia. La unidad y el trabajo son puntos claves para la reintegración social. Sin embargo, creo que el trabajo ya no va a ser lo que era, porque ya no será performativo para los sujetos. Nuestra identidad tendrá que producirse por fuera de la actividad laboral y eso es todo un desafío, estará en constante cuestionamiento. Tendremos que recorrer caminos más individuales e introspectivos para encontrar nuestra definición auténtica. Pero, como dice Svampa, existe una brecha entre quienes viven positivamente esta individualidad y aquellos que padecen esta situación.

 “Es difícil pensarse como individuo original cuando estamos sintiéndonos fragilizados por la falta de recursos objetivos y protecciones colectivas. La vida es aleatoria en un contexto de destrucción de antiguas pertenencias colectivas y eso aumenta la posibilidad de exclusión social, institucional y también simbólica. Una especie de ‘no-lugar’ en donde la autenticidad no se diluye sino que tiene un carácter anómico.” (Svampa, 2000: 17)

Hay que romper con el mito de que el trabajo dignifica

La conocida frase “el trabajo dignifica” aplicaba para la vieja concepción del trabajo, pero no encuentra raíces en la actual configuración. ¿Es digno trabajar más de ocho horas por un mísero salario, sin protecciones sociales ni marcos regulatorios? o mejor dicho, ¿es indigno no trabajar cuando no existen tales posibilidades? Para superar la crisis de esta sociedad salarial debemos correr al trabajo como eje principal de nuestras vidas. Que el tiempo no laborable cobre protagonismo, porque en este huracán meritocrático, la humanidad descuidó el tiempo de ocio. El tiempo se usa “productivamente” o se desperdicia. La típica división horaria del día en “8 horas para dormir, 8 horas para trabajar, 8 horas para distenderse” es una farsa. ¿Dónde entra el tiempo de cuidado y de mantenimiento del hogar, el de los estudios, el de recreación, el de transporte y aquellas actividades que no son factibles de poner bajo un cronómetro? Si todavía había dudas, la pandemia y el ASPO vinieron a dejar “las cartas sobre la mesa”.

Gorz (1998) propone pensar al trabajo como una multiactividad, como algo que hacemos y no que tenemos. Ponerlo en la misma balanza que actividades artísticas y recreativas que sumen a nuestra experiencia identitaria. Se habla de dos salidas para que esto sea posible. Una es la reducción de la jornada laboral: trabajar 4 veces a la semana, o 6 horas por día. Esto produciría una expansión de la actividad no laborable de las personas, un aumento en la productividad, y en la demanda de mano de obra, por lo que se generaría más empleo. Lamentablemente esto sólo funciona en sociedades del “primer mundo” como Nueva Zelanda, Alemania, Francia o Japón; los países pobres no podemos salir de la lógica rentista de costo-ganancia. Resulta casi imposible pensarlo en una sociedad como la Argentina, que tiene una jornada laboral legal de las más altas del mundo con 48 horas semanales (Chile, por ejemplo, tiene 45, Alemania 28), ya que requeriría de un mayor gasto por parte de las empresas privadas, que deberían invertir para comenzar con el proceso de reducción -dado que no sería viable disminuir los salarios actuales-. La otra opción, también bastante europeizada pero recientemente discutida en varias partes del mundo debido a la pandemia, es la renta básica universal. Ésta sólo existe en Irán y en un estado de EE.UU, Alaska (en el que se le otorga anualmente a cada ciudadanx un monto de dinero financiado por la actividad petrolera), además de las pruebas pilotos con resultados muy positivos en países como Canadá y Finlandia, como explica Julio L. Aguirre, miembro de la Red Argentina de Ingreso Ciudadano (RedAIC) a Télam.

El ingreso universal (distinto al ingreso de emergencia, o al ingreso mínimo) lejos de fomentar “la vagancia” y el desempleo, como se dice a menudo, permite “una remuneración del tiempo de vida productivo que no se reconoce como tal: tiempo de formación, de aprendizaje, de relación, de cuidado, de juego, tiempo libre, de ocio (…). Así, resulta complementario y no sustitutivo del salario que aparece como remuneración del tiempo de trabajo reconocido” (Fumagalli, 2020). Sumaría también que vendría a remunerar el tiempo dedicado a actividades laborales no reconocidas: trabajos informales o actividades de importancia social, comunitaria y ambiental. Este ingreso, a diferencia de la reducción de la jornada laboral, no depende de las empresas, sino del propio Estado. Se trata de un derecho a la existencia. Si bien parece una salida utópica y eurocéntrica, porque pareciera que la Argentina jamás llegaría a tener esos recursos, esto es más posible de lo que creemos. Se trata de animarnos a dar un paso más, de alejarnos de la sociedad del trabajo y acercarnos a la sociedad de la cultura. Y claramente, se requiere una convicción política que lo acompañe. ¿Qué mejor momento para romper moldes y darnos el lugar a pensar otros mundos posibles, que el de una pandemia global? 

En lo inmediato

La pandemia demostró que todavía existen ciertos lazos sociales inquebrantables. Hay que reconocer, fortalecer y poner en valor los marcos de integración existentes para volver a generar un tejido de cohesión social. Los comedores sociales, las organizaciones barriales y populares cumplen un rol fundamental. Son el verdadero garante de la alimentación de los sectores populares en el transcurrir de esta gran crisis. Sin un lazo social (por más pequeño que parezca) que involucre al individuo con el resto de la sociedad, que ponga en el centro de la escena a la solidaridad como nervio motor del ser humano y su comunidad, hubiésemos tenido una crisis social y sanitaria muchísimo más grave y la cuarentena no hubiese tenido éxito alguno. Dentro de esos lazos sociales reivindico también la amistad como institución solidaria y horizontal que nos salva. Les amigues son aquellas personas que elegimos, con las que nos sentimos querides, aceptades, y confirmamos nuestra identidad por fuera del sujeto-trabajadorx. Son quienes hacen un poco más ameno este presente decadente.

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