Susanitas y Mafaldas · Por Pilar Sanchez Muiño

Por Pilar Sanchez Muiño

Susanitas y Mafaldas

Luego de algunos días de la desaparición física de Quino, me interesa honrar el impacto que Mafalda tuvo en varias generaciones de mujeres. Sobre este tema puedo decir que Quino todo lo hizo bien, excepto hacernos elegir entre Mafalda y Susanita. Ninguna de nosotras quería ser Susanita, eso estaba claro. Nos daba vergüenza identificarnos con la pequeña rubia cuyo máximo objetivo era la maternidad y un marido con dinero. Más orgullo nos daba sentirnos pequeñas Mafaldas, cuestionando la injusticia y soñando con un mundo más justo. Pero hoy me pregunto si muchas de nosotras no tenemos a las dos a la vez. 

Reflexionando sobre los feminismos, y sobre la relación entre Mafalda y Susanita que, a pesar de ser ellas enormemente distintas, conservan durante toda la tira una amistad entrañable, es que me avoco hoy a pensar qué temas siguen estando ausentes de la agenda pública a pesar de ser de central interés para miles de mujeres. 

Con los avances en la adquisición de derechos desde el acontecimiento del Ni Una Menos en 2015, hay algunas problemáticas que parecieran estar cubiertas o al menos encaminadas. Ya se dijo que no estamos obligadas a ser madres si no lo deseamos; tarde lo que tarde el aborto va a ser legal, seguro y gratuito; ya hay suficiente consenso (al menos en la opinión pública) de que las mujeres tenemos derecho a trabajar y a vivir una vida plena en igualdad de condiciones que los hombres. Si bien queda aún mucho camino por andar, y el discurso sigue alejado de la cotidianeidad de muchas, el ritmo vertiginoso que ha tenido la capacidad de masificar estas discusiones pareciera prometedor a la hora de pensar estas conquistas.

Ahora, si una mujer quiere trabajar y, por ejemplo, desarrollarse profesionalmente siendo madre la cosa se complica. Nos toca la exigencia de, además de ser madres impresionantes, con vocación de cuidado incondicional, garantizando una vivienda en condiciones de habitabilidad, limpia, ordenada, prolija, con comida sana, saludable, verduras orgánicas y nada de harinas ni azucar, darle la teta a demanda hasta que empiece la primaria; y como si todo esto fuera poco, ocuparnos de tener una formación continua y actualizada para un mercado laboral cada vez más y más exclusivo. Por supuesto, trabajar siempre mejor que los hombres para acceder a puestos interesantes (porque aún esto no es ni cerca equitativo), manteniéndonos muchísimas horas alejadas de nuestros hijos ¿No es mucho? ¿Se les pide tanto a los hombres?

Estas preguntas abren muchos hilos conductores. Por un lado, el mercado laboral no fue pensado para las mujeres. Muchísimo menos para las mujeres madres. Fue pensado para varones que antes de la cena volvieran a sus casas para cenar con sus familias, mientras sus esposas garantizaban la continuidad de la rutina familiar desde el hogar. Aún hoy, en los trabajos de relación de dependencia, las mujeres debemos lidiar cotidianamente con comentarios tales como “decime por favor que no vas a quedar embarazada porque si no me metés en un quilombo”, o “prefiero contratar hombres porque me ahorro la licencia por maternidad”, o “las mujeres son más conventilleras”, y así una inconmensurable cantidad de clichés que circulan en oficinas, fábricas y comercios, limitando nuestras posibilidades de crecer profesionalmente.

Por otro lado, tener un hijo para una mujer trabajadora implica invertir decenas de horas en conseguir una vacante para guarderías, jardines, o algún dispositivo que se ocupe del cachorro o la cachorra mientras ella trabaja. En el caso de las guarderías, el precio es casi un salario mínimo. Ni hablar si además hay que pagar un alquiler. Y encima no puedo llevar al cachorro o a la cachorra al trabajo porque mi jefe se pone de mal humor. Y ya así, esta mujer pasa al menos 8 horas separada de su bebé, sin amamantarlo, sin abrazarlo, sin ver sus primeras muecas, sus gestos ¿Y si encima quiere estudiar? ¿Y si encima quiere tener una vida social?

Finalmente emerge el dilema excluyente, y la elección pasa a ser los hijos o el trabajo. Entre Mafalda, la soñadora y rebelde, o Susanita, la madre ejemplar. Nunca mejor descritos los arquetipos de mujeres que en vez de unirnos nos dividimos, incluso dentro de nosotras mismas, relegando muchas veces alguno de nuestros deseos, quedando aplastadas en la vorágine de obstáculos que implica la asunción de ambos roles. ¿Pero y si en vez de cargar en nuestros hombros la responsabilidad de elegir entre una y otra peleamos por nuevas reglas de convivencia social? Por supuesto abro esta pregunta asumiendo que los compañeros comprendieron de una buena vez que la crianza y las tareas domésticas son trabajos tan suyos como nuestros ¿Somos nosotras las que no queremos ser madres o es el conjunto de las instituciones sociales las que nos piden a gritos que no los tengamos?

La última política pública contundente orientada a salvar esta absurda exclusión fueron las guarderías de Evita en los lugares de trabajo. Esa enorme iniciativa destinada a cuidar el lazo madre-bebé permitiendo a la mujer realizarse laboralmente, rápidamente se transformó en el extra que las madres (y digo madres haciendo notar el atraso en las normativas laborales) cobran durante los primeros años de la cachorra o el cachorro para pagar la guardería, como si sólo fuera un problema monetario. Las discusiones sobre compartir la licencia entre padre y madre se encaminan en esta dirección, pero aún estamos a años luz de empezar a vislumbrar un mundo del trabajo que nos incluya a todas en todas nuestras dimensiones. A las que son madres, a las que no quieren serlo, a las jóvenes, a las mayores en las que su CV podría decir “trabajo en mi casa” pero eso a nadie le parece experiencia laboral. Como si la mamá de Mafalda decidiera salir a buscar una oportunidad laboral, rememorando la tira en dónde su hija le pregunta qué quisiera ser si tuviera una vida ¿Estamos listas para exigir que dejen de pedirnos que nos adaptemos a un mundo hecho para hombres?

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