Néstor, o la política como vocación · Por Dante Sabatto

Por Dante Sabatto

“Todavía en 1834 había hombres en Francia que creían que haciendo desaparecer a Luis Felipe, la república francesa volvería a alzarse gloriosa y grande como en tiempos pasados. Acaso también la muerte de Dorrego fue uno de esos hechos fatales, predestinados, que forman el nudo del drama histórico, y que, eliminados, lo dejan incompleto, frío, absurdo.”

Domingo Faustino Sarmiento, Facundo o Civilización y Barbarie en las pampas argentinas 

“Mucha gente piensa que un duelo es algo privado, que nos devuelve a una situación solitaria y que, en este sentido, despolitiza. Pero creo que el duelo permite elaborar en forma compleja el sentido de una comunidad política, comenzando por poner en primer plano los lazos que cualquier teoría sobre nuestra dependencia fundamental y nuestra responsabilidad ética necesita pensar.”

Judith Butler, Vida precaria. El poder del duelo y la violencia

En el día del Censo, en el año del Bicentenario, en el comienzo de la década perdida de la Grieta, Néstor Kirchner murió. Su cadáver se convirtió, como siempre ocurre, en un campo de batalla por el sentido de la época: si sus dos metros de altura entraban en el cajón, si la bala que unos días atrás había matado a Mariano Ferreyra atravesó también su pecho, si su mujer podía llorarlo, si una historieta guevarista podía habitarlo.

Néstor jodiendo con el bastón, siendo golpeado por las cámaras, tocando madera y su testículo izquierdo en el juramento de Menem, ceceando contra Clarín y Todo Negativo, abrazando a Cristina. Néstor y su país normal, su Mauricio es Macri, su pingüino o pingüina, su quisiera que me recuerden, su pedido de perdón y su llamada a Alfonsín. 

La política es un juego de límites autoimpuestos y límites quebrados: es el arte de hacer posible lo imposible pero también es el arte de la resignación. Con Néstor, por ejemplo, se acabo la atadura económica de la Convertibilidad y el estado volvió a tener política monetaria, y con Néstor se acabaron las AFJP y el estado volvió a mirar a los jubilados a la cara, y con Néstor se acabó el silencio sobre los crímenes de lesa humanidad que el mismo Estado cometió. Con Néstor, también, se fusionó Cablevisión con Multicanal, dando origen al gran conflicto mediático que marcó la década pasada. Y con Néstor, el Ejecutivo se autolimitó en la elección de jueces de la Corte.

Néstor representa, para muchos, el milagro: distribución, superávit fiscal, apertura de los juicios, el camino del 22% al 45% de CFK 2007. Ese relato mítico olvida gran parte de la conflictividad inherente a la construcción de ese milagro, así como los errores, los traspiés, los que quedaron en el camino. Olvida a Bloomberg y a Béliz, al antecedente de Rodríguez Saá, olvida que incluso quien iba a ser “presidente y ministro de economía” necesitó a Lavagna, y olvida aun ese enfrentamiento. El nestorismo, se ha dicho hasta el hartazgo, es muy injusto con Néstor.

“Yo nunca me metí en política, siempre fui peronista.” Esta es la ética que Néstor buscó combatir y vencer. Es la lógica que parece regir la Argentina de la Convertibilidad, la Argentina ensimismada (Páez dixit), o más bien: el Estado obsesionado en autolesionarse, desmembrarse y entregarse pedazo por pedazo. Néstor se opuso por lealtad al evento fundamental que parió el milenio tres: diciembre de 2001, un 17 de octubre sin un Perón a quien querer. Néstor escuchó el “que se vayan todos” y se preguntó de dónde podían irse si en la Rosada no quedaban más que gigantes de paja.

Entonces, la política. Algo en que creer, aunque sólo sea la posibilidad mínima, contingente, de creer en algo. El leitmotif de la militancia K: la política es la herramienta de transformación de la realidad. Pero, en primer lugar, ¿qué política? ¿No es política la guerrilla, la asamblea, el partido, todas lógicas que el kirchnerismo rechazó? La política pública, entonces, la política de unidad básica, de local, en lo posible de ministerio o secretaría. Y en segundo lugar, ¿se puede creer en herramientas? ¿Cómo evitó el kirchnerismo el desastre que acecha a quiénes adoran a los medios sin tener claros sus fines? ¿Es el “país normal” idéntico, al fin y al cabo, a la Comunidad Organizada? ¿Qué lugar queda ahí para la política? ¿Es una lógica frágil y contingente, el golpe de suerte de la elección 2003, o la trascendencia final de la vida, la ley del conflicto eterno que sólo podemos querer domesticar para evitar la masacre de los 70?

El país normal y la política como fin trascendente se encuentran en la Grieta. Sólo tenemos conflicto, un conflicto que parece más existir por y para sí mismo que para fines ulteriores. El conflicto está, a su vez, completamente domesticado: es el enfrentamiento entre una socialdemocracia audaz y un neoliberalismo despiadado, pero sin sangre. La Grieta parece aún capaz de tragarse a lo que Martín Rodríguez llama el tercio de los sueños, es decir, el segmento de la población que entre la muerte de Néstor y el Frente de Todos pareció escapar a los extremos K y M. 

Los riesgos son muchos e inmensos. Si la hemorragia de la Grieta persiste, es posible retornar a la lógica del Gigante Amapolas de Alberdi: adversarios débiles, incapaces de efectivamente dañarse o siquiera tocarse, representando la comedia de un conflicto que a nadie importa. Y habrá otro que se vayan todos. Que el empate no sea hegemónico. 

¿Qué nos queda, entonces? ¿Jacobinos o populistas? ¿Radicalizar, subir las apuestas, elegir la sangre sobre el tiempo? ¿Hacer de cuenta que no hay una disputa inmensa por el destino del país y resignarnos a la técnica sobre la decisión, el diálogo eterno sobre la nada?

Néstor no quiso elegir entre la regla injusta y la arbitrariedad. Sobre la tierra arrasada de la política, la economía y la sociedad misma, construyó fe, tiempo y lazos. Lo hizo administrando la lógica del conflicto y la de la concesión. La ética de la convicción y la ética de la responsabilidad: que se haga justicia para que pueda sobrevivir el mundo. La pregunta es si ese juego de equilibrista sólo puede partir del 2001 y llegar a la Grieta. 

Néstor era imposible. Nació de una tormenta. No había nada en este país quebrado, donde hasta el éxito es una condena, en este país ahogado y castigado, en este país completa y absolutamente jodido, nada que pudiera producir un Néstor. Y sin embargo. 

Néstor sangrando. Néstor mostrando la billetera llena. Puteando a Scioli. Riéndose. Recorriendo Río Gallegos en un auto destartalado. Perdiendo con De Narváez. Bajando el cuadro. Leyendo. Firmando. Muriendo. 

Néstor padre. Del kirchnerismo. De la Grieta. De las tasas chinas y los superávits gemelos. De toda una generación. Cuando Alberto Fernández convocó su fantasma en la campaña 2019, se bautizó: ¿quién es Alberto Fernández? Un amigo de Néstor. Tal vez no sea demasiado romántico creer que la elección se ganó con poco más que eso.

No creo que después de Néstor se pueda dejar de creer en la política. Por eso no creo que la Grieta, al final, nos vaya a vencer. No creo que nos vaya a asfixiar. Porque no creo que aquello que te juro que a mí Néstor me enseñó sea una fe ciega en la política como herramienta, ni el sueño de un país normal a toda costa. Tal vez fue su estrabismo lo que le permitió ver en el 2001 la señal de que todavía vale la pena. Que la batalla inútil entre hacer justicia y mantener un ámbito común, consensuado, de supervivencia, es una batalla que debe seguir dándose. 

Creo que la Grieta, finalmente, es señal de que lo hizo. Es el síntoma del kirchnerismo. Porque efectivamente no es el reino de la convicción irresponsable ni de la responsabilidad vaciada sino una conspiración de ambas: demasiada política y demasiado poco en juego. Es una barrera nueva que se alza contra la política que convocó Néstor, y por desgracia es en parte hija suya. Pero creo que estamos obsesionados por la Grieta (porque vemos ahí nuestro fracaso). No va a durar mil años. Todo impasse puede quebrarse. Debe quebrarse. A diez años de la muerte de Néstor, entre las lágrimas, conviene tratar de mirar como lo hacía él cuando vino a proponernos un sueño. Una Argentina unida, normal, seria, más justa.  

El discurso del 25 de mayo de 2003 es el mejor pronunciado en la Argentina desde la muerte de Juan Domingo Perón. El momento en que Kirchner se convirtió en Néstor, el punto donde fue posible volver a creer, el punto que cristaliza el texto completo ocurre cerca del final:

“Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias; me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada. (…) Llegamos sin rencores, pero con memoria.”

Con Néstor fue posible recordar de otra manera. Por eso fue posible construir de otra manera. Por eso es posible soñar de otra manera. Todavía.

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