Estamos cagados: tirá el celular por la ventana · Por Martín Arias

Por Martín Arias

Pará. Léeme un segundo. No contestes ese mensaje. Desactivá las notificaciones. Dejá el celular (no podés, porque estás leyendo desde ahí, ¿no?). Leer esta nota te va a llevar 11 minutos (de verdad, la leí y cronometré la lectura). Dedicá a esto exclusivamente 11 minutos.

Cada palabra que elegimos, cada oración que enviamos y cada pequeño dato que introducimos en nuestro celular, nos hace menos libres. ¿Si pensaras que cada emoción que expresas en un mensaje, cada like, cada fueguito, cada confesión de WhatsApp a la noche, cada tweet, publicación de Facebook, cada momento hermoso u horrible, importante o insignificante que compartís, y todas y cada una de las palabras que usas, quedan guardadas en algún lugar que no sabés dónde es, al que tiene acceso alguien que no conocés, y pueden ser utilizadas sin que lo sepas … ¿Lo mandarías igual? Imagino la respuesta. Sigamos.

La globalización abarcó, entre muchas otras cosas a la comunicación. Comunicarse como lo entendemos ahora, no existe hace mucho. En la antigüedad, estaba reducido al uso militar (enviar órdenes a tropas lejanas), o algún halcón egipcio con el famoso rollito, y mucho más para acá, sólo tenía acceso la monarquía o la aristocracia. Recién por 1840, un tal Rowland Hill se avivó y reinventó el servicio postal en el Reino Unido. Precios bajos, paga el que envía, sello postal. Y ahí empezamos a mandarnos cartas las personas comunes.

No mucho después, llega el teléfono. La historia dice que fue Graham Bell. La verdad es que fue un italiano, Meucci, pero que no tenía plata para pagar el patentamiento. Incluso después los estadounidenses lo reconocieron como el inventor, pero claro, nadie se acuerda del buen Meucci, que lo diseñó para comunicarse desde de su oficina del primer piso, con el de abajo, la habitación donde estaba postrada su mujer. Este sistema se extendería a lo largo del siglo XX con avances tecnológicos: más rápido, se podía llamar a mayor distancia y a mayor calidad. Acá, más cerquita de fines del siglo veinte, ya se vuelve absolutamente masivo.

Después tenemos los correos electrónicos y mensajes de texto, que es donde se convierte la palabra en dato. Empezamos con palabras volcadas en un papel, pasamos a la oralidad, y volvemos a las palabras, volcadas en algún lugar que no conocemos.

El feroz avance tecnológico en materia de comunicación, con la posterior explosión de las redes sociales, nos volvió vulnerables. Porque vuelve perpetuas nuestras palabras, y nada podemos hacer sobre ello. Perdemos control de lo expresado una vez que mandamos un mensaje o realizamos una publicación en alguna red social. Porque no sólo pueden disponer de lo comunicado nuestro receptor (en una conversación) o receptores (una conversación multilateral a través de una publicación), sino que, como Alicia persiguiendo al conejo, nos perdemos en un laberinto surrealista y ajeno para todos. Datos, internet, servidores, grandes corporaciones, Big Data. Y he ahí el núcleo del asunto. El marco regulatorio actual es impotente para defender nuestro derecho a la privacidad. Porque la tarea legislativa es lenta, y corre de atrás a la tecnología, que encima va muy rápido. Hoy, podría decirse que se han trasladado todas las dinámicas sociales de mecanismos papelizados o telefónicos a un formato digital. Si quedaban dudas, el aislamiento de cuarentena las evacuó. Estamos hiperconectados. Miramos en el celular noticias, videos, memes, stickers. Lo usamos para trabajar, para hablar con amigos, para comprar productos. También, para pedir la cena, pagar impuestos y hasta para entrenar o contar la cantidad de pasos que damos por día. Se volvió una herramienta esencial de la vida cotidiana. Uno de los problemas que implica, es que a través de ella socializamos: nos comunicamos con los otros. Incluso nos preguntamos “¿cómo hacían nuestros viejos cuando no había Whatsapp para ver a sus amigos?”. Eso es todo un síntoma, al punto de que el ejercicio mental de eliminar la herramienta digital imposibilita pensar la forma de vida de una época muy cercana. Este traslado hacia la digitalización de tareas y actividades de las más diversas, implica convertir lo que hacemos en datos, que están registrados y vinculados entre sí, y eso nos convierte en un objeto de deseo de las grandes corporaciones. Cada movimiento digital que hacemos se convierte en información valiosa. Que se recopila, y es disponible. Si es disponible, en consecuencia, es analizable, por alguien que, por la propia especificidad técnico-informática y la complejidad de los entramados corporativos de las empresas prestadoras de servicios, hacen que no sepamos quién es, ni qué hace con nuestros datos. Byung-chul Han, habla del panóptico digital, y brillantemente refiere que “los residentes del panóptico digital (…) se comunican intensamente y se desnudan por su propia voluntad (…) El Big Brother digital traspasa su trabajo a los reclusos. Así, la entrega de datos no sucede por coacción, sino por una necesidad interna. Ahí reside su eficiencia.”

El problema se complejiza más aún, cuando lo analizamos en clave política, comercial y psicoanálitica. Porque por más perturbador que sea que Instagram te sugiera zapatillas después de contarle por WhatsApp a tu amigo que querías unas zapas nuevas, no define ni por asomo la peligrosidad del asunto. Cambridge Analytica nos ahorra explicar el por qué de este punto. Y sino sabés de que hablo, leelo acá.

Me gustaría poder empezar hablar de un concepto de uso responsable de los celulares. Más no sea un recorte a la sobrecomunicación. Sería nostálgico pedir volver a las cartas o sistemas papelizados, y también sería imposible. Porque hoy todo es necesario e inmediato. Ese mal necesario de la ansiedad que nos gobierna, consecuencia del poder hacer ilimitado del que habla Byung-chul Han, que creyéndonos libres nos terminamos autoesclavizando, nos exige comunicarnos rápido. Y si no, quedamos en la marginalidad. Difícilmente algún asalariado pueda prescindir de un celular para realizar plenamente sus tareas laborales. Difícilmente, algún estudiante pueda cursar su carrera sin recurrir a su celular o a plataformas digitales. Pero peor aún, esta ficción digital de nosotros mismos que crean las redes sociales, nos impide relacionarnos genuinamente. Profundicemos esta idea. En la modernidad no hay tiempo para la espera.

El comportamiento humano en tiempos digitales

Siguiendo la interesante línea del surcoreano formado en Alemania, hoy nos encontramos en un mundo en el que el ser humano se explota así mismo. Momento de máximo esplendor del capitalismo. Somos seres humanos libres. Pero nuestra libertad tiene un marco, que es el panóptico digital. Vale preguntarse, entonces, si realmente somos libres. Para empezar, ¿somos libres cuando una empresa puede sugerirnos un servicio o producto basado en una conversación privada que tuvimos el día anterior? Podría afirmarse que sobre una persona nacida en el siglo XX, se podría trazar un mapa casi integral de su vida reciente, dependiendo de la frecuencia de uso y de la conciencia que tenga sobre las configuraciones de su celular. Un centennial concentra aún más todos los aspectos de su vida cotidiana en el celular. Porque no tuvo lugar ese desplazamiento de actividades hacía lo digital, sino que se crió directamente en pleno auge tecnológico. Hace unos meses, mencioné acá que el uso excesivo de palabras que utilizamos al conversar por celular, se almacena y procesa, al punto que el mismo aparato nos puede sugerir que palabras podríamos querer utilizar, y también hablé de la posible construcción de un mapa de nuestras mentes. Vayamos un poco más allá. Porque no sólo se puede armar ese mapa mental, sino que se podría armar una casi completa ficha de nuestra vida.

Te hago una pregunta: ¿Tenés el GPS desactivado? Si la respuesta es no, estás permanentemente trackeado (en criollo, seguido y rastreado). Y si lo tenés activado, ¿Tenés desconfigurada la sincronización con Google? Te sorprendería saber que en ese caso, en alguna sección de tu gmail, vas a encontrar una suerte de calendario con muchos de los lugares donde estuviste a lo largo del tiempo. Si, es tétrico. Te conectás al WiFi de un bar, el GPS lo localiza, y lo registra. Y probablemente vos no tenías idea de esto.

Lo mismo sucede con el material fotográfico. Si no tomás el recaudo necesario, tu teléfono te agrupa las caras de las personas que aparecen en las fotos de tu galería. Probablemente, también las tengas almacenadas por sincronización en Google Drive. Pareciera ser un detalle. Pero en la era de la información privada que se tasa y se vende al mejor postor, no lo es. De hecho, una de las novedades en telefonía celular es el desbloqueo a través de los datos biométricos. Y acá ya se vuelve aún más peligroso. No sólo regalamos nuestras más íntimas o efímeras conversaciones, sino que también regalamos nuestras huellas digitales o una “foto” de nuestra cara, que en realidad es una autenticación biométrica que utiliza medidas corporales para verificar la identidad de una persona. Toda esta tecnología e información, que en un futuro no muy lejano probablemente sean utilizadas para acceder a cuentas bancarias, trámites, servicios o acceso a determinados lugares, ya está en manos también de las grandes corporaciones de la tecnología de las que sólo conocemos sus coloridos logos. Para hacer una pausa y sentirnos un poco mejor, mirá el mal momento que le hizo pasar el Senador Richard Joseph Durbin a Mark Zuckerberg, cuando estalló el escándalo de Cambridge Analytica y lo citó el Congreso de Estados Unidos para dar explicaciones. La carucha de Mark, vale la pena.

Las redes sociales y el yo

Nuestras vidas se han digitalizado. Ya no hay ni diferencia entre “el trabajo” y “el hogar”. La tecnología imposibilitó establecer límites de cualquier tipo y aplastó la vida arquetípica del siglo XX. Una de las consecuencias de esta digitalización es, como ya dijimos, no la conversión de palabra a dato, sino también la alteración de la propia dinámica de las relaciones sociales. A partir de Facebook ya nada será igual. La velocidad en la comunicación trastocó de fondo nuestros comportamientos para relacionarnos con los otros. Principalmente por dos motivos. Lo que se comunican entre sí no son dos personas, sino dos proyecciones de personas. En otras palabras: yo me comunico con otra persona a través de un perfil por mi mismo creado, que a la vez es susceptible de la percepción del destinatario. Se genera así una otredad propia: una identidad ideada, planificada, moldeada consciente e inconscientemente por el titular de la cuenta. Casi, como si fuera un producto que pensamos de qué manera es mejor presentarlo a los potenciales consumidores.

Esta mercantilización del yo, el fin más último y acabado de la dinámica de las redes sociales, implica una bifurcación entre la persona real y las relaciones sociales que establece. Los distancia cada día un poco más. La construcción de mi yo virtual, puede ser más o menos fantasiosa, más o menos verdadera y más o menos dirigida para comunicarse con tal o cual persona. Pero sin dudas es una imágen que plantamos en la (casi) eternidad virtual y desde ahí establecemos vínculos no sólo con personas que realmente conocemos, sino también, con personas que no conocemos. Esta comodidad de moldear a gusto nuestro perfil excita aún más los hábitos comunicacionales, generando la sensación de que literalmente todo es posible. Y ahora quiero volver al Señor Han, que muy lúcidamente nos plantea que este esquema de “plena libertad”, nos encuentra aún más atrapados. Porque, como ya dijimos, es mucho lo que regalamos cuando usamos redes sociales: nuestros datos biométricos, nuestras mentiras, nuestros deseos, nuestras amistades, nuestros enojos, nuestros pensamientos y también nuestros intereses culturales, comerciales y también políticos. ¿Qué pasa cuándo se cruzan todas estas variables y nosotros no tenemos noción de que eso siquiera sucede? Por supuesto, no tenemos la respuesta. Porque es tal la magnitud y la complejidad que implican el almacenamiento de datos a gran escala (big data), que vale la pena detenerse en la definición de Han al respecto: “(El Big Data) es un instrumento psicopolítico muy eficiente que permite adquirir un conocimiento integral de la dinámica inherente a la sociedad de la comunicación. Se trata de un conocimiento de dominación que permite intervenir en la psique y condicionarla a un nivel prerreflexivo. El Big Data anuncia el fin de la persona y de la voluntad libre”. Voy a repetir una parte, para que quede bien clara la idea: “se trata de un conocimiento de dominación que permite intervenir en la psique y condicionarla a un nivel prerreflexivo”.

Simplificando, Freud a principios del siglo XX nos sopapeó descubriendo que el ser humano no tomaba las decisiones por los motivos que creía. Que detrás, había un motor inconsciente que impulsaba nuestras conductas. Lo que probablemente Freud nunca hubiera imaginado, es que ese lugar inconsciente a desandar en el psicoanálisis iba a ser terreno de batalla de grandes corporaciones. Porque en no muy poco tiempo, este entramado digital que la escasa legislación nacional mira como un niño a sus ídolos, nos va a impedir entendernos como sujetos de derechos. Porque para que la comunidad internacional considere ciertos derechos inherentes a las personas (los derechos humanos), pasaron cosas muy malas. Que, claro está, volverán a suceder. Y de hecho a cuentagotas suceden: filtración de información e imágenes privadas, revenge porn, manipulación de elecciones, inducción al consumo de determinados productos, robo de datos para estafas, venta de datos en escala, fake news, entre varios otros más. Pero aún no produjo un daño definitivo global. Nuestra vida está, por la simultaneidad con el desarrollo tecnológico, parcialmente digitalizada. La de las generaciones futuras, estará completamente tomada. Nos encontramos entonces ante una situación en la que determinados actores económicos pueden intervenir a nivel “prerreflexivo”. Es decir, a nivel inconsciente. Ni la fantasía más osada de las agencias de publicidad de los años 60 imaginó esta posibilidad. Porque este surco entre persona real y “yo mercantilizado”, genera interferencias, intercambios recíprocos entre sí.

Dialogamos con nosotros mismos con ideas que no son nuestras, para luego socializar. Nos vuelve predecibles. La dinámica que propone una red social me aleja de mi yo real y a la vez me enfrenta al yo digital, que es una usina de bombas plantadas, activamente por nosotros (consciente e inconscientemente), y pasivamente por la recepción de los estímulos que ese yo virtual nos traslada y ni siquiera percibimos. Se desdibuja la esencia yoica, cartesiana, sartreana. “Pienso luego existo” ¿Cuánto coarta el pensamiento esta articulación de datos procesados que se retroalimentan con nuestros hábitos inconscientemente? Es probable que bastante. Entonces, no es descabellado pensar, siguiendo la línea cartesiana, que se desdibuja la existencia. Y lo mismo sucede con ese “poder elegir” sartreano. ¿Qué margen queda para el existencialismo en el siglo XXI? Cada vez que usamos nuestros celulares, baja nuestra posibilidad de formar una voluntad libre de mi propia existencia. Me gustaría poder preguntarle a Sartre si, hoy día, cree que “hay un ser que existe antes de ser definido por cualquier concepto”, tal como plantea en la conferencia “El existencialismo es un humanismo”. Es que la modernidad creó un puente, previo a la existencia, en el que pueden interferir factores exógenos a nosotros mismos sin que nos demos cuenta. Porque todos los días volvemos a existir, y el flujo de información que recibimos indefectiblemente aporta a la construcción de nuestra propia existencia y de nuestro “yo mercantilizado” para interactuar. ¿Somos responsables de lo que somos, como afirmaba Sartre?.

El señor Han, en una entrevista concedida al diario El País, echa luz sobre el tema: “La libertad también la definimos desde un punto de vista individual. Freiheit, la palabra alemana para “libertad”, significa en origen “estar con amigos”. “Libertad” y “amigo” tienen una etimología común. La libertad es la manifestación de una relación plena. Por tanto, también deberíamos redefinir la libertad a partir de la comunidad.” Preguntémonos, entonces, ¿Puede suplir nuestra interacción en persona un dispositivo electrónico conectado a WiFi que almacena prácticamente toda la información intercambiada?

Me inclino a creer que no. Pero dicha tendencia avanza. Y es tan funcional como atemorizante. Porque que funciona, es innegable. Comunicación inmediata. Desahogo, escucha, expresión, resolución práctica e inmediata. Pero todo contaminado y recopilado. Hablar de uso responsable de celulares no se limita a acotar el intercambio de palabras con amigos, colegas o desconocidos en las cientos de aplicaciones disponibles, ni a las publicaciones en redes sociales, sino a tomar noción de que toda información introducida está siendo confiada a una empresa. Se trata de jerarquizar nuestra propia intimidad por sobre las falsas necesidades que  creemos tener que satisfacer a diario. Se trata de alejarnos cada día un poquito más de este campo de concentración de la información que nos somete, y sencillamente no conocemos. Porque incluso quienes se dedican profesionalmente a la temática, muy dificilmente puedan construir el mapa completo del “panóptico digital”. ¿Dónde están alojados los servidores que guardan nuestra información?, ¿Cómo protegen nuestra información de un posible hackeo? Facebook adquirió Instagram, y también el más efectivo de los sistemas de autovulneración: WhatsApp. Las tres aplicaciones, manejadas por la misma empresa. Y si sincronizamos el respaldo de las conversaciones de WhatsApp en un google drive, ¿dónde se aloja? ¿Qué legislación regula el almacenamiento de esos datos?. Entonces, viene una pregunta importante: ¿puede un Estado que mayoritariamente funciona papelizado contener la avanzada de compañías que literalmente se enfrentan científicamente a la muerte? Quizás esto que cuenta Harari en Homo Deus nos oriente: “En 2012, Kuzweil fue nombrado director de ingenieria de Google, y un año después Google puso en marcha una subcompañía llamada Calico, cuya misión declarada es “resolver la muerte. Recientemente, Google ha nombrado a otro ferviente creyente en la inmortalidad, Bill Maris, para presidir el fondo Ventures. En una entrevista de enero de 2015, Maris dijo: ¿Si usted me pregunta hoy: “Es posible vivir hasta los 500 años”, la repuesta es “sí”. La respuesta a nuestra pregunta, entonces, es “no”.

Para redondear estas reflexiones, quiero dejar unos datos duros, que hablan por sí sólos y no merecen mayor análisis. Es una encuesta de 2018, realizada por Deloitte Touche Tohmatsu Limited, empresa lider mundial en materia de consultorías en distintas temáticas:

  1. En prácticamente todos los grupos etarios, los norteamericanos miran sus celulares más veces que nunca, un promedio de 52 veces por dia.
  • Es un hábito que mucha gente está tratando de dejar, de acuerdo con la encuesta de la nombrada consultora. Alrededor del 40 % de la gente concuerda que usa demasiado su celular.
  • El 60 % de las personas de entre 18 a 34 años confiesa que no puede soltar su celular.
  • El 78% de los adultos del Reino Unido tiene un smartphone, y los ingleses miran su celular cada 12 minutos.

Resumiendo. Todavía falta mucho camino por recorrer. Se viene el 5G. Y con cada paso que la tecnología avanza, nuestra libertad y privacidad retroceden. Pero ojo: tenemos muchos likes, corazoncitos, retweets, y un montón de amigos y seguidores. Y a pesar de que no sea de mi agrado, no puedo no citarlo: “Estamos atrapados en libertad”. Sino sabés de quién hablo, regalale ese dato a Google y buscalo. Vale la pena. Y revisá la configuración de tu celular, y de los permisos de cada una de las aplicaciones. Pensá que por ese aparatito que entra en tu bolsillo, alguien sabe a dónde vas, con quién te ves, qué pensás, qué comés y quizás hasta cómo está tu salud. ¿Cada cuántos segundos mirás el celular?, ¿Cuántas veces lo desbloqueás por día?, ¿Cuántas horas de tu día pasás inmerso en la pantallita absorbiendo y regalando información? Huyamos de esta cárcel que nos encierra y nosotros mismos estamos construyendo, ladrillo a ladrillo. Foto a foto. Palabra a palabra. Dato a dato.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s