Trump no fue un golpe de suerte · por Dante Sabatto

“No hay razón para que el bien no pueda triunfar con tanta frecuencia como el mal. El triunfo de algo es una cuestión de organización. Si hay tal cosa como ángeles, espero que estén organizados como la Mafia.”

Kurt Vonnegut, Las sirenas de Titán

“La gran fe de Hegel y Marx en su dialéctico “poder de negación”, en virtud del cual los opuestos no se destruyen sino que se desarrollan mutuamente porque las contradicciones promueven y no paralizan el desarrollo, se basa en un prejuicio filosófico mucho más antiguo: el que señala que el mal no es más que un modus privativo del bien, que el bien puede proceder del mal; que, en suma, el mal no es más que una manifestación temporal de un bien todavía oculto.”

Hannah Arendt, Sobre la violencia

Quiero proponer un pacto de lectura: Joe Biden ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Se impuso por algunos millones de votos, pero debido a la organización del colegio electoral el resultado fue definido por un puñado de votantes en estados clave (Georgia, Pennsylvania, Arizona, Nevada). Por la crisis sanitaria de COVID-19, además de por las complejidades del proceso electoral en EEUU, el voto por correo se multiplicó y fue en enorme mayoría para el Partido Demócrata. Como este voto tarda más en contarse, todavía no ha sido confirmada la victoria de Biden. Sin embargo, nada menos que un milagro puede definir en su contra el resultado de la elección: si bien todavía faltan contar estados, sería necesario que un recuento en algunos de ellos invierta el resultado, lo que parece imposible, pese a lo que diga su adversario. Por lo tanto, para los propósitos de esta nota, pasando por encima de los criterios establecidos por las consultoras que definen cuándo se considera un estado como ganado por un candidato, Joe Biden es el presidente electo.

No hay tales certezas sobre qué va a hacer Donald Trump con su derrota. Por lo pronto, la niega: inicia procesos judiciales contra los comités electorales de los estados que deciden el resultado, denunciando un poco verosímil fraude. Esto, si bien era esperado, genera desconcierto en los grandes medios: ¿cómo tratar a un presidente no-reelecto que se rehúsa a conceder la derrota? Cuando, en su primera aparición pública en 48 horas, desconoció públicamente el resultado de la elección, las grandes cadenas de televisión cortaron la transmisión. Twitter, que viene desarrollando una guerra contra el presidente, marcando sus twits con información falsa sobre el Coronavirus o el proceso electoral, avisó que desde el día que termina su mandato se tratará su cuenta como cualquier otra: es decir, que podrá ser suspendida por comportamiento inapropiado. La ética de esto es confusa: ¿preferimos que gigantescas empresas de extracción de datos puedan inmiscuirse en el proceso político? ¿Y si cuando lo hacen están efectivamente defendiendo la democracia? ¿Y si al permitirlo esta vez estamos abriendo el camino para que continúen haciéndolo en toda elección?

Pero quiero dejar estas cuestiones de lado. El título de esta nota es un remix de un artículo de José Natanson, publicado en Página 12 luego de las PASO de 2017, llamado El macrismo no es un golpe de suerte. Creo que un mismo error de análisis cometía el kirchnerismo en aquel momento y el Partido Demócrata estadounidense en estos últimos cuatro años. En el caso de los retazos del Frente para la Victoria, supieron evidentemente salir del inmovilismo y conducir la oposición al gobierno de Macri iniciada con la reforma previsional y radicalizada en la crisis de 2018. En el caso de Joe Biden y compañía…

Da la sensación de que los demócratas no van a aprender nada de este proceso. Durante cuatro años, el discurso hegemónico del liberalismo yanki era “off with Trump and back to normal”: cuando esta pesadilla se acabe, volveremos a la normalidad, a la política como administración. El día después de su patética derrota, Hillary y Bill Clinton hicieron una aparición pública juntos, donde parecían presentarse como los legítimos herederos a la Corona, injustamente desplazados por un sucio lumpen. Este filomonarquismo demócrata encuentra tal vez su expresión más acabada en la serie de Netflix The Politician, cuya estética de la artificialidad pura matizada con los más inverosímiles instantes de genuina emoción resulta igualmente repugnante y apasionante.

Trump no fue un golpe de suerte. Trump construyó su poder sobre la radicalización política hacia la extrema derecha de miles de jóvenes (varones, blancos, heterosexuales) que se sentían excluidos del proyecto demócrata. Y, sobre todo, se negó a ponerse la máscara de la política yanqui: se negó a moderarse, a conceder, a dar un mensaje inclusivo, a buscar los votos de las mayorías. Trump fue una máquina de goce puro: insoportable, irresistiblemente honesto. Fue lo contrario del aristócrata liberal: el nuevo rico, con ese poder hipertransformador del capital joven, sin tapujos, sin vergüenzas. Trump es un vicio más.

A Trump aplica perfectamente algo que señala Zizek sobre el fascismo, presente desde el mismo Hitler: es un gigantesco error criticar su piel naranja, su ignorancia, sus gestos infantiles y torpes, porque son precisamente estos elementos los que hacen que la cosa funcione. Son esos elementos donde los votantes de Trump se identifican con él, donde él los encarna superando las amplias distancias de las formalidades y la corrección. 

Sin embargo, Biden ganó. Lo hizo contra un presidente que tuvo uno de los peores manejos del mundo sobre la pandemia, un presidente que gobernó con los medios en contra (salvo Fox News). Y aun así, el triunfo fue por un puñado de votos. No se trata de desmerecer la victoria sobre Trump, y mucho menos de hacer una apología del (ex)presidente republicano: se trata de sacar de este resultado las conclusiones correctas.

Trump no fue un golpe de suerte: nace del desastre que los demócratas han construido durante años, vendiéndose pedazo por pedazo a las corporaciones económicas y sosteniendo la más tibia de las agendas sociales (derechos LGBT, un mínimo feminismo) para no perder al puñado de votantes de San Francisco y Nueva York. Se volvieron incapaces de tener una idea propia, incapaces de modificar la más mínima de las normas de buenas conductas que ellos mismos habían creado, incapaces de defender algo genuino, cualquier cosa. Barack Obama fue su última esperanza de que un votante demócrata crea en algo. Por eso sus slogans fueron hope y yes we can. Esperanza y “sí podemos”, pero ¿esperanza de qué? ¿qué podemos hacer? La respuesta, claro está, es que podemos esperar.

Hillary Clinton fue la peor candidata posible. El desprecio que mostraba por la gran mayoría de los estadounidenses, su seguridad de que se merecía el cargo tanto que ni siquiera tenía que luchar por él. Y cuando fue derrotada, su respuesta: todos tienen la culpa salvo yo. Durante cuatro años se dedicó a insultar al resto del mundo por no ser lo suficientemente inteligentes para haberla votado. Como si las elecciones no fueran más que una personificación de la verdadera ley que debe regir la política: la sangre. Ejércitos de liberales en twitter exigen que “le pidan perdón a Hillary”. No quieren escuchar a los votantes de Trump. No les interesa.

Biden por otra parte, fue solo marginalmente mejor. Su campaña puede definirse como “al menos no cometió los mismos errores que Clinton”. Al menos no se olvidó de hacer campaña en el cinturón de óxido (los viejos estados industriales quebrados por el neoliberalismo, donde millones de trabajadores blancos se inclinaron por Trump). Al menos no se burló de los votantes del otro partido. Y sin embargo, toda su campaña estuvo basada en rechazar algunas políticas del ala izquierda, como la extensión de la asistencia sanitaria, la legalización de la marihuana o la prohibición del fracking. Todas políticas extremadamente populares. Evidentemente, sin embargo, le alcanzó para triunfar. Pero ¿alcanzará para gobernar? Y sobre todo ¿alcanzará para frenar próximos populistas de derecha?

Las identity politics fueron la norma: un programa basado en la concepción más liberal posible de la diversidad (de género, étnica, sexual), un multiculturalismo de la nada, absolutamente despegado de cualquier concepción de justicia reparadora. En medio de las movilizaciones más grandes de las últimas décadas contra la violencia policial, Biden eligió como compañera de fórmula a una fiscal conocida por defender acusados de gatillo fácil y enviar mujeres trans a cárceles de hombres. El resultado: los republicanos mejoraron su performance con todos los grupos étnicos, tanto con mujeres como con varones… salvo con los hombres blancos, que redujeron su voto a Trump. Biden fue más crítico con Venezuela y Cuba que el presidente, y sin embargo los votos latinos viraron en masa hacia el candidato republicano. 

Decían que no podían adoptar las políticas de Bernie Sanders y el ala izquierda porque serían acusados de comunistas por Trump. Entonces adoptaron políticas centristas y moderadas, y Trump los acusó de comunistas igual. Mención especial para el Lincoln Project, una organización que juntó millones dólares para captar apoyo republicano para Biden; su fracaso fue absoluto: los republicanos apoyaron a su presidente más que en 2016.

Trump no fue un golpe de suerte: es el síntoma del elitismo insostenible de la política demócrata, de su terror a romper las formas, de su adopción absoluta del lema thatcherista no hay alternativa. Es el síntoma de un Partido Republicano que se había resignado a ser la contraparte neoconservadora del neoliberalismo demócrata, el Mitt Romney de Barack Obama.

Trump no es un golpe de suerte, es decir: habrá otros Trump. Mientras los demócratas no cambien las cosas, no hay pacto interpartidario, no hay gran consenso que aguante. Mientras los demócratas continúen sosteniendo un programa “al que nadie puede oponerse”, siempre surgirá alguien que reclame su derecho inalienable a decir que no. Mientras los demócratas sigan negando el carácter conflictivo de la política, su dimensión antagónica de lucha, mientras crean que todo es deliberación y reglas siempre nacerá un candidato cuya regla sea romper las reglas. 

Biden es un candidato despreciable, que representa lo peor del ala “moderada” demócrata: Pelosi, Harris, Buttgieg, Clinton. Estados Unidos volverá al Acuerdo de París y dejará de hacer propaganda islamófoba, pero ¿quién construyó los centros donde detienen a los inmigrantes ilegales en un acto de inhumanidad explícita? La administración Obama, y su vice: Joe Biden. ¿Quién continuó la política expansionista en Oriente Próximo de Bush? La administración Obama, y su vice: Joe Biden. No quiero decir que son lo mismo: es definitivamente preferible que el presidente no sea negacionista del cambio climático y que no avale al supremacismo blanco como forma política. Trump fue sin duda un punto de apoyo clave para los Bolsonaro del mundo. Pero no me tranquiliza la política que Biden pueda tener con Cuba, Venezuela y Bolivia. Y no me tranquiliza saber que, en cuatro años, cuando un Donald Trump con otro peinado y otros bailes se presente a las elecciones, lo mejor que el Partido Demócrata tenga para enfrentarlo sea Biden-Harris.Una enseñanza para eso, expresada por Zizek en Porque no saben lo que hacen:

“La debilidad principal de la lucha ideológica antifascista fue precisamente sospechar que todos los elementos ideológicos acaparados por el fascismo (el folclore popular alemán, la admiración por el deporte y la naturaleza, etc.) ya eran intrínsecamente ‘fascistas’, en lugar de ver en ellos el capo de lucha ideológica y de tratar de arrebatárselos a los fascistas.” 

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