Háganse cargo

La argentinidad al palo

La tensión se siente en el ambiente, la respiración se acelera: finalmente se escucha decir al presidente de la cámara que hay 131 votos a favor y estallan miles de gargantas en un grito común, en un abrazo que –por un momento– nos hace olvidar de la pandemia y las horas sin dormir desde hace días.

Se hace de día, miles de personas llenan las calles linderas al Congreso de la Nación. Barbijos verdes, ojos con glitter, bombos, redoblantes, cantitos, banderas. Se escuchan algunas aclaraciones innecesarias, se prolongan los segundos, faltan dos votos, la tensión se siente en el ambiente, la respiración se acelera: finalmente se escucha decir al presidente de la cámara que hay 131 votos a favor y estallan miles de gargantas en un grito común, en un abrazo que –por un momento– nos hace olvidar de la pandemia, el alcohol en gel y las horas sin dormir desde hace días. Se prenden bengalas de humo, la gente llora y la alegría es tan grande que nos desborda el cuerpo. Ya nada importa, todo es felicidad.

Otro escenario ya no alegre, sino desgarrador. Desde la Casa Rosada hay horas y horas de fila para despedir a una de las figuras más grandes del país (y del mundo), una persona que puede meter un gol con la mano o decirle no al ALCA en la cara al presidente de Estados Unidos y seguir bailando cumbia y ayudando a quien lo necesite. Pandemia mediante, millones de personas sufren, cada una desde su lugar. Impiden la entrada y la gente se amontona, pasan igual, tiran una estatua al pasar. Miles de varones de todas las edades lloran acongojados y se muestran frágiles como jamás se lo permitieron antes. Corren los días, el llanto no cesa, se hace un duelo colectivo en el que vamos atravesando distintas etapas, negación, ira, decepción, aceptación. Pasan las semanas y el dolor continúa, no sabemos si algún día va a parar.

¿Qué tienen que ver estas dos escenas, tan opuestas respecto a los sentires pero tan similares respecto a su intensidad? Una sola cosa, que define al ADN argentino y lo diferencia de tantos otros, que nos hace sentir en la piel cada cosa que pasa con una vehemencia inigualable: la pasión argentina.

Desde las discusiones sobre batata o membrillo hasta los partidos de fútbol multitudinarios, desde la banda del invierno y la del verano hasta las elecciones nacionales, pasando en el medio por concursos televisivos y marchas multitudinarias. No existe discusión serena, diferencia de opiniones o gris, el argentino toma posturas y las lleva hasta las últimas consecuencias. ¿En cuántos países es posible encontrar jóvenes disputando centros de estudiantes como si sus vidas dependieran de ello? ¿Hay muchas localidades que tomen figuras de los derechos humanos, como lo es Estela, y la consideren la abuela de todes? ¿En qué lugar del mundo es cosa de todos los días encontrarse con una persona con la espalda íntegramente tatuada con imágenes de una presidencia que no vivió pero que comprende que fue un antes y un después en la historia?

Vivimos en un rincón del planeta en el que entendemos que las cosas suceden sin tantas explicaciones, que puede salir el sol por el simple hecho de que hable una presidenta, que se pueden cambiar finales de realities por twitter, o que podemos ser cuna de reinas, papas y revolucionarios.

Es una cosa rarísima, vista desde afuera, que todes entendamos que el Obelisco es un lugar de encuentro para festejar y duelar y que los dueños del McDonalds de la esquina tiemblan con cada superclásico, con cada aumento del dólar, con cada suceso que sacude a les argentines. Hay mucha gente muy apasionada alrededor del globo, pero no mucha hace temblar barrios saltando y cantando porque entra a la cancha su equipo. No pasa en todos lados que la gente llore por elecciones perdidas y ganadas, que se viva en comunidad, que los problemas personales queden absolutamente de lado frente a lo colectivo (o, por el contrario, que lo colectivo se viva de forma tan personal que lo sintamos con una familiaridad inédita).

Nuestra idiosincrasia está presente en todos los momentos de nuestras vidas. Cuando hablamos de Santa Gilda, cuando vemos deportistas de la disciplina que sea y lo alentamos aunque no entendamos ni las reglas del juego, cuando vamos masivamente a cada misa ricotera. Al escuchar la melodía de un cuarteto, en cada guitarreada, en las cucharadas de dulce de leche directo del pote. Mirando documentales de Nasha Natasha en Rusia, viendo a Charly saltar de un balcón a la pileta, escuchando estrofas de la Negra Sosa, gritando falta envido, creciendo con María Elena Walsh, marchando con la democracia como bandera y los 30.000 siempre presentes. Son los asados familiares a los gritos, con cumbia de fondo y una jarra de fernet sobre la mesa. Son niñes aprendiendo un zarandeo y zapateo para un acto escolar. Son Viale y Samid a las piñas en la TV. Son los mates amargos a media mañana. Son los titulares de crónica. Son las travestis incansables.

Es el retrato que hace La Bersuit en su conocida canción, el orgullo de demostrarle al resto todas nuestras invenciones y nuestros gigantes, pero también nuestra miseria. Porque nos infla el pecho ser esta mezcla exótica y tercermundista de eventos imposibles de comprender desde la racionalidad. La historia que vivimos en el día a día, el realismo mágico hecho Nación. 

Ya lo dijo Francella en “El secreto de sus ojos”, si hay algo que no se puede cambiar, es de pasión. Y si sabremos de eso les argentines. Cada quién con su pasión, cada persona viviéndolo desde su lugar, pero sintiéndolo en cada poro del cuerpo. El ser argentino en su máximo esplendor.

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