Capital cultural

Políticas del gesto

Esta semana, la cantante de indie pop-rock Phoebe Bridgers rompió su guitarra al final de su mini show en Saturday Night Live. No imaginaba que iba a generar un mini escándalo, hasta el punto en que la cantante tendría que responder, en la parodia de una batalla microcultural.

Voy a hablar en esta nota de una breve anécdota del mundo del rock estadounidense actual para intentar algunas conclusiones sobre el malestar en la cultura contemporáneo. Es una reflexión de lunes a la noche, más pesimista de lo que puede parecer. Les pido que me sigan brevemente por un recorrido pop: el caso de estudio no es más que un ejemplo, una puerta de entrada a las ideas del final.

Esta semana, la cantante de indie pop-rock Phoebe Bridgers rompió su guitarra al final de su mini show en Saturday Night Live. Lo ví esa misma madrugada, en Twitter, e imaginé que sería uno de esos momentos icónicos del pop contemporáneo, que vienen y van. No imaginaba que iba a generar un mini escándalo y producir una buena cantidad de posteos estúpidos en todas las redes sociales, hasta el punto en que la cantante tendría que responder, en la parodia de una batalla microcultural.

Hay un primer punto de rechazo, en el nivel más banal: cómo va a romper una guitarra, quién se cree que es, ese es equipamiento caro, no entiendo por qué lo hizo, etcétera. Refutar esas ideas es bastante sencillo, y es en lo que se enfocó Phoebe, en una decisión estratégicamente correcta (plantear a sus críticos como una serie de boomers, de gente-sin-rock) pero a la vez algo aburrida. Es también lo que hizo este artículo de Consequence of Sound, que señala una obviedad: Phoebe Bridgers fue masivamente bardeada por hacer algo que miles de músicos varones vienen haciendo regularmente durante los últimos 50 años.

De hecho, el gesto de Bridgers fue una referencia, que pocos notaron, a algo que hizo su productor, Conor Oberst hace 15 años. Luego de interpretar “Road to Joy” en el Late Late Show de Craig Ferguson, Oberst y su trompetista Nate Walcott (también en la banda de Bridgers) rompieron sus instrumentos.

Sin embargo, esta cuestión no alcanza para desarmar el segundo nivel de la crítica: la inautenticidad del gesto, la falta de punk implícita en la música de Bridgers y en el hecho de que lo hiciera en el centro máximo del liberalismo demócrata yanki (Saturday Night Live): su notoria falta de rebeldía. Para muchos, el problema es que Phoebe banaliza el acto de romper las guitarras, que se ve ridícula haciéndolo.

Para responder a esto, podemos encontrar una pista en la referencia original a Oberst. La canción “Road to Joy” (camino a la alegría) –en sí una referencia al Oad to Joy de Beethoven– cierra el disco de Bright Eyes, banda de Oberst, I’m Wide Awake, It’s Morning. Es un álbum de 2005, explícitamente crítico con la guerra de Irak y la gestión Bush. Las canciones giran entre el folk y el emo, la búsqueda identitaria adolescente en el mundo sin sentido del capitalismo tardío. El gesto de Oberst de romper la guitarra fue esencialmente populista: una crítica fuerte al sistema, desde su mismo corazón (un programa liberal de televisión). Esto se articula directamente con la letra de la canción: nihilista, radicalmente pesimista, más frustrado con causa que rebelde sin ella.

“I Know the End”, la canción que tocó Phoebe Bridgers, es muy distinta. Dentro de su soft rock, la letra mezcla la ruptura de una relación con el fin del mundo, en un extenso crescendo que termina con gritos deliberadamente desafinados y, en SNL, el guitar-trashing final. Pasaron 15 años desde el tema de Conor Oberst, y entre Obama-Trump y la victoria de Biden parece no haber lugar para ninguna política contestataria, ni siquiera nostálgica, nihilista y adolescente: aún eso es condenado.

Lo más parecido a un acto populista hoy es lo que hizo el comediante de stand up John Mulaney hace unos meses, también en Saturday Night Live: en su monólogo, mencionó que “nada cambiaría” el día en que asumiera Joe Biden. Mulaney no es un secreto comunista: es un actor liberal, demócrata, que participó de varias de las marchas de Black Lives Matter en el último año y parece crecientemente descontento con el establishment estadounidense. De hecho, en aquella frase estaba citando a Biden, que durante la campaña prometió literalmente a un grupo de empresarios multimillonarios que “nada cambiaría para ellos” en su gestión. Mulaney fue, por supuesto, atacado fuertemente por sus palabras (mucho más que nuestra cantante indie) y tuvo que pedir disculpas, algunos días antes de entrar en rehabilitación por primera vez en décadas (dato privado que fue sospechosamente informado a la prensa, ¿tal vez como retaliación por el “chiste”?).

Las palabras de Mulaney, “nada va a cambiar”, pueden parafrasearse como el slogan thatcherista: no hay alternativa. Vivimos en la época del neoliberalismo de la administración pura, donde aun el populismo de derecha puede domesticarse. Y, para citar la remanida frase de Fisher/Jameson, más fácil que imaginar el fin del capitalismo es imaginar el fin del mundo: precisamente lo que hace Phoebe Bridgers en su canción.

Lo interesante, en este contexto, y esta es mi respuesta a la segunda crítica, es precisamente que la cantante sostenga la falsedad absoluta del acto. Como es evidente para cualquier persona que vea el video, todo está previamente calculado, informado, apoyado por la producción de SNL e incluso por la empresa fabricante de guitarras. Pero, por otra parte, igualmente fútil y falsamente rebelde fue cualquier ruptura-de-instrumentos pseudo-punk. El espíritu contestatario del rock siempre fue poco más que una pantalla para su abrazo puro al goce del capitalismo (lo que no hace que tenga que gustarnos menos The Who o Nirvana); o, más que una pantalla, la otra cara de la moneda, lo que la hace posible. Como fue notado muchas veces, entre las bandas fundacionales del Punk, algunas (Sex Pistols) no tenían más política que una estética anarquista, y otras tenían matices directamente conservadores (Ramones). Lo que, nuevamente, no hace que sean malas bandas

Lo potente del gesto de Phoebe Bridgers es precisamente el plantearse como gesto: es su inautenticidad, su falta de presunción de rebeldía genuina. Parece decirnos: necesitás gozar con momentos de quiebre emocional como si fueran reales, por más que sepas plenamente que no lo son. No hay ningún ataque al orden social, pero no pretende haberlo en ningún punto, y por eso la crítica al respecto es absurda.

Pero creo que hay un motivo por el que suscitó un rechazo tan fuerte, por izquierda y por derecha: tal vez, por la verdad de su inautenticidad, porque mostró en su misma existencia que ese es el máximo real de rebeldía al que podemos aspirar. Y lo mismo ocurre con I Know The End, la canción que precedió al gesto. Su letra es notoriamente ambigua: por un lado, parece abrazar el apocalipsis (y estamos de vuelta en el nihilismo); pero por el otro, intenta no imaginar, sino desear imaginar un después:

Over the coast, everyone’s convinced
It’s a government drone or an alien spaceship
Either way, we’re not alone
I’ll find a new place to be from
A haunted house with a picket fence
To float around and ghost my friends.

(En la costa, todos están convencidos
de que es un drone del gobierno o una nave espacial
De cualquier manera, no estamos solos
Encontraré un nuevo lugar de donde ser
Una casa embrujada con una valla
Para flotar y acechar a mis amigos)

En primer lugar, el descubrimiento del fin del mundo es que no estamos solos, es decir, que hay alternativa, que el mundo no está suturado finalmente por el capitalismo como realidad última. En segundo lugar, que es posible (y necesario) soñar, o como dijo una vez, en pleno menemismo, Envar el Kadri, “tener ganas de querer” un mundo distinto. Mundo que Bridgers describe, acá el punto brillante de la canción, partiendo de las ruinas del presente: una casa con una valla (picket fence) es una imagen idílica de los suburbios norteamericanos, pero en la canción aparece embrujada y llena de fantasmas. 

No quiero decir que Punisher (considerado, por otra parte, uno de los discos del año pasado) sea secretamente un álbum revolucionario, ni que Phoebe Bridgers sea la nueva Sid Vicious (¡ja!) o algo así. De hecho, eso es precisamente lo contrario a lo que quiero decir. Mi intención es marcar los puntos en los que funciona el placer de la canción, los lugares en los que se anuda el disfrute que sentimos quienes la escuchamos, el punto que permite que ese juego entre lo genuino y lo explícitamente falso de una cantante indie rompiendo su guitarra en Saturday Night Live funcionen. 

Lo más importante, creo, es el valor del gesto como precisamente inútil. No hay una función de lo que hizo, no va a despertar conciencias ni poner ideas en discusión. Pero es a través de gestos que el funcionamiento simbólico del capitalismo se produce. No pueden subestimarse. Nuevamente: no digo que necesitamos más cantantes pop haciendo rituales de pseudo-rebeldía en canales de TV para construir un mundo nuevo. Todo orden de lo necesario, lo útil, es explícitamente rechazado. El ejemplo es (necesariamente) exagerado, pero el punto es que ante la cerrazón de la imaginación política y, lo que es más, del deseo político en sí, encontrar pequeños gestos y momentos capaces de articular el carácter absurdo, arbitrario del sistema existente es un acto fundamental. Y hay algo sintomático, en el sentido de un elemento discordante que hace funcionar el juego completo, en que SNL haya tenido dos momentos similares en pocos meses. Algo que señala la pura corrupción del thatcherismo a la Biden, su contingencia y debilidad, y al mismo tiempo nuestra debilidad, el hecho de que estemos relegados a la segunda derivada de la política: no ya querer cambiar el mundo, sino tener ganas de querer cambiarlo.

En palabras de Slavoj Zizek:

“Un sacrificio, para poder funcionar y ser eficiente, debe ser en cierto modo ‘sin sentido’, un gesto de despliegue o ritual ‘irracional’, inútil (…); la idea es que sólo un gesto que se realice espontáneamente, un gesto no justificado en ninguna consideración racional puede restaurar la fe inmediata que habrá de liberarnos y curarnos de la enfermedad espiritual moderna.”

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