Carolina Minella: una voz que construye su propio linaje dentro del tango

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En una escena donde la tradición pesa -y muchas veces condiciona- la artista viene trazando, disco a disco, un recorrido singular dentro del tango contemporáneo. No desde la ruptura, sino desde una apropiación sensible del género: entender su historia, atravesarla y, recién entonces, decir algo propio. Nacida en Los Surgentes, Córdoba, su vínculo con la música comenzó temprano, casi como una intuición más que como una decisión. A los seis años ya estaba inmersa en el aprendizaje, en una formación que con el tiempo se expandiría no solo en lo vocal, sino también en lo actoral. Esa doble dimensión (la técnica y la interpretación) terminaría siendo una de las claves de su identidad artística.

Su primer trabajo, Alma de loca, marcó el inicio de un camino que rápidamente encontró eco fuera del país. Con giras por América Latina y Europa, Minella empezó a consolidar una presencia internacional poco habitual para artistas jóvenes del género. Pero fue con su segundo disco, editado por Acqua Records, cuando ese recorrido tuvo un reconocimiento concreto: el Premio Gardel como Mejor Nueva Artista de Tango.

Lejos de acomodarse en ese lugar, su siguiente paso fue Génesis, un proyecto ambicioso que dialoga con la obra de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. Allí, Minella no solo revisita ese universo, sino que lo tensiona con una mirada contemporánea, incorporando temáticas actuales y explorando una sonoridad que amplía los márgenes del tango tradicional. El disco, además, la volvió a posicionar en los Premios Gardel, confirmando que lo suyo no era un reconocimiento aislado.

Su cuarto álbum, Minella, profundiza esa búsqueda. Con un repertorio que cruza clásicos y relecturas —desde “Se dice de mí” hasta versiones inesperadas como “Padam, Padam” o “Sólo se trata de vivir”—, la artista reafirma su versatilidad y su capacidad para habitar distintos climas sin perder coherencia. En este trabajo también aparecen diálogos con otras voces, como Amelita Baltar y Patricia Sosa, que no funcionan como guiños, sino como encuentros generacionales dentro de una misma tradición.

Minella no solo recupera una pieza clave del repertorio: la vuelve presente, la tensiona y la deja vibrar en su propia voz.

A lo largo de los años, su presencia en escenarios clave —desde festivales internacionales hasta citas emblemáticas como el Festival de Tango de La Falda— fue consolidando una figura que combina madurez interpretativa con una búsqueda constante. Minella no parece interesada en repetir fórmulas: cada proyecto abre una pregunta nueva.

Ese recorrido desemboca ahora en Besaré la memoria, su quinto trabajo discográfico, donde vuelve a rodearse de músicos fundamentales como César Angeleri y el Chino Ascencio. El título ya anticipa una poética: la memoria no como archivo, sino como territorio vivo, emocional, disponible para ser reinterpretado.

“Uno”: volver al centro del conflicto humano

En ese contexto aparece “Uno”, el nuevo adelanto del disco, una elección que dice tanto como la interpretación misma. El clásico de Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores no es solo una de las piezas más emblemáticas del tango: es, también, una de las más existenciales.

La versión de Minella —con arreglos y dirección musical de Angeleri— no busca aggiornarse superficialmente, sino entrar en la densidad del texto. Hay en su interpretación una lectura que entiende a “Uno” como algo más que una historia de amor: como una reflexión sobre la fe, la fragilidad y la persistencia del deseo de creer. “Cantar ‘Uno’ es hablar de la existencia humana en conflicto constante… y aun así sostener la utopía de seguir creyendo”, señala la artista.

A los seis años ya estaba inmersa en el aprendizaje, en una formación que con el tiempo se expandiría no solo en lo vocal, sino también en lo actoral.

Esa idea dialoga directamente con el espíritu de Besaré la memoria: mirar hacia atrás no desde la nostalgia, sino desde una necesidad vital. Volver a esas obras fundacionales para preguntarse qué siguen diciendo hoy.

En tiempos donde lo inmediato suele imponerse, la elección de un tango como “Uno” —y la forma de habitarlo— funciona casi como un gesto contracultural. Minella no solo recupera una pieza clave del repertorio: la vuelve presente, la tensiona y la deja vibrar en su propia voz. Porque si algo define su recorrido, es justamente eso: la capacidad de moverse dentro de la tradición sin quedar atrapada en ella. Y en ese equilibrio, construir -pacientemente- un linaje propio.