La incomodidad del vínculo en este estreno nacional

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Moscas, la nueva película de Fernando Eimbcke, no se presenta como un estreno inmediato sino como una idea que atravesó el tiempo hasta encontrar su forma definitiva. Después de un recorrido por algunos de los festivales más importantes del mundo, la película llega a las salas de cine de Argentina el 2 de julio de 2026, antes de su desembarco en la plataforma MUBI, en un movimiento que la devuelve a su espacio natural: la pantalla grande.

El film, protagonizado por Teresita Sánchez, Hugo Ramírez, Enrique Arreola y el debut de Bastian Escobar, retoma una de las obsesiones más persistentes del cine de Eimbcke: los vínculos humanos en estado de fragilidad. Pero esta vez lo hace desde un punto de partida que carga una intensidad particular: la soledad no como paisaje emocional, sino como estructura de vida.

Olga, la protagonista, vive en un enorme conjunto residencial donde el tiempo parece repetirse sin sobresaltos. Su rutina está hecha de hábitos que funcionan como defensa, una forma de sostener un orden íntimo que evita cualquier tipo de fisura. Pero ese equilibrio se quiebra cuando, por necesidad económica, decide alquilar una habitación de su departamento. Lo que parece una decisión práctica abre una grieta mayor: su nuevo inquilino ingresa al espacio con un secreto, la presencia oculta de su hijo de nueve años.

A partir de ahí, Moscas se mueve en un terreno donde lo cotidiano deja de ser neutro. La convivencia forzada transforma el hogar en un espacio inestable, donde la cercanía deja de ser abstracta y se vuelve una experiencia inevitable. Olga no enfrenta un conflicto espectacular, sino algo más silencioso y persistente: la irrupción del otro como forma de desorden emocional.

Pero detrás de esa premisa hay una historia mucho más antigua. En diálogo con la prensa, Eimbcke contó que el origen del proyecto se remonta a hace más de dos décadas, cuando escribió un guion para una serie de televisión a pedido de Alejandro González Iñárritu. El proyecto llegó a una etapa de preproducción, pero nunca se concretó por falta de acuerdos con la televisora, y el material quedó archivado durante años. “Alejandro le gustó el guion, entramos en una preproducción, pero después ya no hubo acuerdos con la televisora y se quedó guardado”, recordó el director. Mucho tiempo después, ya en otro momento de su vida y su carrera, Eimbcke volvió a ese archivo casi por casualidad. “Lo leí y la premisa seguía siendo lo suficientemente fuerte. Le hablé a Alejandro y le dije si la podía usar. Me respondió: ‘Es tuya’”.

Eimbcke vuelve a insistir en otra lógica: la del tiempo lento, la observación paciente y la emoción que no se anuncia. Moscas no propone respuestas cerradas

Ese gesto de reencuentro con el material no solo reactivó el proyecto, sino que también, según el propio director, permitió que la historia encontrara su madurez. Eimbcke reconoce que el paso del tiempo fue determinante para poder abordar ciertos temas que atraviesan la película, especialmente el de la pérdida y la transformación emocional que implica el vínculo con otros.

En ese sentido, Moscas no solo habla de la soledad, sino también de cómo esa soledad se redefine cuando aparece la posibilidad del afecto, incluso cuando esa posibilidad incomoda o desestabiliza. Uno de los elementos centrales del film es su tratamiento visual: el blanco y negro. Lejos de ser una decisión meramente estética, Eimbcke lo concibe como una herramienta emocional. “El blanco y negro capta algo muy esencial en la infancia. Hay algo en la mirada y en la sonrisa de los niños que se vuelve muy especial”, explicó. Esa elección, además, refuerza la sensación de aislamiento del personaje principal, construyendo una especie de coraza visual alrededor de su mundo.

“Fortalecía esa idea de una coraza alrededor del personaje”, señaló el director, aludiendo a cómo la fotografía contribuye a delinear el universo emocional de Olga, donde lo externo parece filtrado, distanciado, casi suspendido. Pero quizás uno de los elementos más reveladores de la película sea el lugar del humor dentro de su estructura. Lejos de entenderlo como un alivio externo, Eimbcke lo incorpora como parte del mecanismo interno del relato. “Vanesa Garnica y yo teníamos un parámetro para saber si una escena funcionaba o no: el humor. Es una muestra de respeto hacia los personajes. Incluso en las situaciones más difíciles, el humor ayuda a atravesarlas”, comentó.

En esa tensión entre lo doloroso y lo leve, Moscas encuentra uno de sus tonos más particulares. No se trata de una película que subraya el drama, sino de una que confía en los matices, en las pequeñas fisuras donde lo humano aparece sin aviso.

El recorrido internacional del film refuerza esa lectura. Tras su paso por la Competencia Oficial de la Berlinale en su 76° edición, su presentación en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara como función inaugural y su presencia en el programa Écrans Juniors del Festival de Cannes, Moscas llega a la cartelera con el respaldo de un circuito que reconoce en ella una sensibilidad particular dentro del cine contemporáneo.

En tiempos donde muchas historias parecen buscar el impacto inmediato, Eimbcke vuelve a insistir en otra lógica: la del tiempo lento, la observación paciente y la emoción que no se anuncia. Moscas no propone respuestas cerradas, sino una pregunta sostenida: qué ocurre cuando lo que más tememos —el vínculo, la cercanía, el otro— finalmente sucede. Y en esa pregunta, que nunca se resuelve del todo, la película encuentra su forma más perdurable.