El primer sinestésico reconocido legalmente en la Ciudad de Buenos Aires habla sobre una forma diferente de percibir la realidad, los desafíos de convivir con todos los sentidos encendidos y la necesidad de que más personas conozcan una condición que sigue siendo tan fascinante como desconocida. Durante gran parte de su vida, Héctor Maduri creyó que lo que veía era normal. Los colores aparecían asociados a personas, movimientos y emociones. Los sonidos podían transformarse en imágenes. Los recuerdos tenían aromas, texturas y formas. No sabía que existía una palabra para describir esa experiencia ni que compartía esa manera de percibir el mundo con una pequeña parte de la población.
Hoy, a sus casi sesenta años, se convirtió en una de las voces más activas en la divulgación de la sinestesia en Argentina. Su trabajo de concientización fue uno de los motores que impulsaron la creación del Día de la Sinestesia en la Ciudad de Buenos Aires, una iniciativa que busca visibilizar una condición neurológica que aún permanece subdiagnosticada.
Detrás de las definiciones científicas y los reconocimientos institucionales hay una historia profundamente humana. La de un hombre que pasó décadas intentando comprender aquello que le ocurría y que todavía hoy se sigue sorprendiendo frente a una realidad que percibe de una manera distinta.
Durante muchos años no sabías que lo que percibías tenía un nombre. Mirando hacia atrás, ¿hay alguna escena de tu infancia que hoy entiendas de una manera completamente distinta?
Sí. Cuando era chico me daba cuenta de que los colores siempre estaban presentes, pero pensaba que todo el mundo veía lo mismo. Hay muchos ejemplos, pero hay uno que siempre recuerdo. Cuando circulaban las bicicletas yo veía colores y pensaba que tal vez era una cuestión de la fricción o del contraste con el sol. Pero hubo una escena muy fuerte para mí. Un amigo mío, Luciano, se cayó cuando estaban arreglando el asfalto. En ese momento tuve uno de esos brotes de colores, sabores y texturas que me acompañaron toda la vida.
Recuerdo que me acercaba y después me quedaba reflexionando. Me preguntaba si realmente estaba viendo lo que veía. Con el tiempo, cuando ya tuve el diagnóstico y entendí que era sinestesia, comprendí que aquello era lo que hoy se conoce como espejo sensorial no táctil.
También me pasaba cuando tocaba un instrumento o cuando cantaba. Cantaba en el baño, con el vapor, observando esos colores muy suaves que aparecían casi imperceptibles. Al final, todos esos pequeños sucesos fueron los que terminaron mostrándome que aquello que veía no era un delirio ni una ilusión. Era sinestesia.


El descubrimiento de una percepción diferente
La mayoría de las personas damos por sentado que todos perciben la realidad de forma parecida. ¿Hubo algún momento puntual en el que descubriste que tu experiencia del mundo era diferente a la de los demás?
Sí, desde muy chico. En aquel momento no se hablaba de empatía como se habla ahora, pero había algo que me atraía hacia ciertas personas, ciertos objetos o determinados momentos. Era como un imán. Recuerdo observar a los vecinos, mirar detenidamente los ojos de las personas y notar cosas que parecían pasar inadvertidas para los demás. Veía el brillo cuando alguien se emocionaba.
Uno de los momentos más marcantes fue cuando mi papá comenzó a sentirse mal. Fumaba mucho y tenía una tos persistente. Yo veía cómo exhalaba y percibía una especie de vapor que para mí tenía una presencia muy concreta. Después vino la neumonía y todo aquello se volvió más intenso. Siempre fueron los momentos de fragilidad los que me permitieron percibir cosas que me impactaban profundamente. Cada vez volvía a hacerme las mismas preguntas y cada vez aparecía el mismo asombro.
“…Cuando un amigo se cayó, entendí años después que eso era sinestesia…”
Has contado que los estímulos pueden desbordarte. En una sociedad cada vez más ruidosa y acelerada, ¿qué cosas te ayudan a encontrar equilibrio y refugio?
La música, el arte y una buena lectura. También los paisajes. Me gusta encontrar serenidad en lugares donde hay luz, rocío, aromas suaves. El olor del jazmín, por ejemplo, me lleva directamente a la felicidad.
Una caminata bajo los árboles, los colores de las hojas, la lluvia golpeando una ventana. Todo eso me calma. Hay algo que siempre digo: me hago muy amigo de la soledad. En esos momentos me reencuentro conmigo mismo. Respiro distinto. Me aíslo un poco del ruido.
Un abrazo, la consolación, la lectura y la respiración. Y después hay un camino más profundo, que lo hablo muy poco, que tiene que ver con la Fe, a veces es como entregarme y decir: «Héctor es lo que hay, lo que vivo». Escribo, dibujo mucho, esa soledad conmigo me da paz, un día lluvioso con aromas de torta, llevándome a recuerdos de mamá, de mis hermanos cuando eran jóvenes. Todo eso lo plasmo en una visión, como siempre digo, tener un visor, un monitor, un televisor activo. Eso es lo que me calma, y mi nena Fiorella también, cuando era chiquitita, las fotos, esos recuerdos me mantienen feliz, que la felicidad es un instante ¿no?
“La sinestesia es como caminar hacia la belleza y descubrir el abismo detrás”


Si pudieras compartirle a otra persona, aunque fuera durante un minuto, tu forma de percibir la realidad, ¿qué experiencia elegirías mostrarle?
Le propondría caminar conmigo por una playa inmensa o por la orilla de un río. Al principio todo sería maravilloso. El sol, el viento, el sonido del agua, la arena bajo los pies. La sensación de bienestar sería total. Pero después llegaría el momento de regresar. Te darías vuelta y descubrirías que detrás tuyo hay una profundidad enorme. Lo que antes parecía un pequeño charco ahora tiene un metro de agua. Entonces aparece la desesperación.
Ahí empiezan mis desequilibrios, mis miedos, mi sensación de estar atrapado. Es una experiencia muy difícil de explicar. Para mí la sinestesia es exactamente eso. Es hermosa. Es profundamente fascinante. Pero también puede ser frustrante y todavía hoy sigue sorprendiéndome y asustándome muchísimo.
La sinestesia suele asociarse a dones o capacidades extraordinarias, pero pocas veces se habla de las dificultades. ¿Cuál es el aspecto menos visible o más difícil de convivir con esta condición?
La reacción de la sociedad. Vivimos en un contexto donde todavía existe la discriminación y donde muchas veces lo diferente es etiquetado rápidamente. Los sinestésicos tenemos dos cosas muy presentes: la duda y la sospecha. Siempre dudamos y siempre sospechamos de aquello que percibimos. Nos preguntamos constantemente si lo que vemos es real o si estamos interpretándolo mal.
La ciencia ya demostró que estas experiencias existen y tienen una base neurológica. Sin embargo, la sorpresa de los demás sigue estando presente. Y lo curioso es que todavía me sorprendo yo también. Después de casi sesenta años sigo intentando comprender algunas cosas de lo que vivo.
«…Hay algo que siempre me preocupa: no me gusta que me traten como un monstruo. No lo soy. Soy más humano de lo que muchas personas imaginan…»
Una capacidad para comprender al otro
Tu historia está atravesada por la búsqueda de respuestas y por la necesidad de explicar algo que durante mucho tiempo fue incomprendido. ¿Qué aprendiste sobre vos mismo en ese proceso?
Aprendí que se puede comprender al otro desde una perspectiva mucho más profunda. Para mí la sinestesia no es un trastorno. Es una capacidad. Una habilidad distinta para conectar con las personas y con el entorno. Lo difícil es que somos muy pocos. Y cuando uno intenta trasladar ciertas reflexiones al mundo en el que vivimos, se encuentra con muchas barreras.
Yo veo un planeta profundamente desigual. Veo recursos que desaparecen, personas que se alejan unas de otras y una humanidad que muchas veces parece haber perdido el rumbo. Por eso insisto tanto en la necesidad de un cambio de paradigma. No desde una religión ni desde una ideología, sino desde una manera más humana de vincularnos.
La ley que reconoce el Día de la Sinestesia me dio esperanza. Tal vez ahora algunas cosas puedan empezar a cambiar.


Una comunicación más allá de las palabras
Decís que el futuro podría traer formas de comunicación más sensoriales que verbales. ¿Cómo imaginás ese mundo?
Creo que la comunicación humana todavía tiene mucho por evolucionar. La tecnología avanzó, la ciencia avanzó, pero seguimos utilizando formas muy limitadas para comprendernos. Si existen personas capaces de percibir información de maneras distintas, tal vez haya caminos que todavía no exploramos.
No hablo de algo paranormal. Hablo de nuevas formas de interpretación de los sentidos. Hay culturas que se comunican mediante sonidos, vibraciones o señales que para otros resultarían extrañas. Quizás el futuro tenga que ver con ampliar nuestras herramientas para conectar con el otro. Al final, si no es la vista será el oído. Si no es el oído será el tacto. Y si no es ninguno de ellos, será algo más profundo que todavía estamos aprendiendo a comprender.
Más allá de la sinestesia, cuando termina el día y se apagan las explicaciones, las entrevistas y la divulgación, ¿quién es Héctor Maduri?
Es una de las preguntas más difíciles. Hay algo que siempre me preocupa: no me gusta que me traten como un monstruo. No lo soy. Soy más humano de lo que muchas personas imaginan. Lo que pasa es que resulta muy difícil explicar cómo funciona mi mente. Percibo la música, el arte, los colores, las emociones y también las contradicciones de las personas.
¿Sabés qué es lo que más me afecta? La mentira. Una vez me preguntaron qué color tenía la mentira. Para mí es una mezcla extraña. Un color que nace cuando algo noble se distorsiona. Y quizás ahí esté parte de la respuesta. La verdad es que no sé exactamente qué soy. A veces me siento más humano que cualquiera. Y otras veces me siento muy lejano, como un observador que contempla el mundo desde cierta distancia.
No tenemos la verdad de nada. No somos superiores a nadie. Sólo tenemos una forma distinta de encontrarnos con los demás y con la realidad. Somos raros. Tal vez esa sea la mejor definición. No sé si más felices o más infelices. Pero definitivamente somos raros.







