Después de más de dos décadas de trayectoria, Yámana atraviesa una nueva etapa artística. La banda que fue pionera en fusionar el folklore con el pop regresa con un trabajo en vivo, nuevas colaboraciones y una mirada renovada sobre la música. En diálogo con Revista Random, Federico Azurmendi repasó el presente del grupo, habló sobre el valor de las raíces, el impacto de las nuevas tecnologías y los desafíos de mantenerse vigente sin perder la identidad.
Hay artistas que regresan para revivir viejos éxitos. Otros lo hacen porque sienten que todavía tienen algo nuevo para decir. En el caso de Yámana, la segunda opción parece definir mejor el momento que atraviesa la banda nacida en Carmen de Areco, que supo abrir un camino propio dentro del pop-folk argentino cuando esa fusión todavía era una apuesta poco habitual.
Con un nuevo Live Session, colaboraciones con artistas de distintos géneros y una agenda que vuelve a llenarse de escenarios, el grupo encara esta etapa con la experiencia que otorgan los años, pero con el mismo entusiasmo que los llevó a grabar su primer disco.
En esta conversación con Revista Random, Federico Azurmendi reflexiona sobre el legado de Yámana, la evolución de la industria musical, el valor de las raíces y el desafío de seguir construyendo canciones en una época donde todo parece suceder más rápido.
Federico, muchas gracias por recibirnos. Para comenzar, contanos en qué está trabajando hoy Yámana. ¿Cuáles son las novedades de esta banda que ya lleva varias décadas de historia?
Venimos de lanzar un trabajo de ocho canciones, un Live Session, y es un proyecto del que estamos muy orgullosos porque nos conecta con los comienzos de Yámana, con nuestras raíces e incluso con las raíces de nuestro folklore, que es algo que queremos muchísimo. Fue un trabajo que nos llevó muchos meses. Primero hubo que elegir el repertorio, porque queríamos sentirnos realmente identificados con cada canción. Hay clásicos como Luna Cautiva, La compañera y Nada tengo de ti, de Horacio Guarany. También incluimos canciones nuestras e incluso una zamba inédita. Todo eso hubo que integrarlo con los sonidos actuales, con esta nueva forma de producir música. Antes los discos eran conceptuales, de once o doce canciones; hoy la lógica es distinta, es canción por canción. Como además soy productor y tengo un estudio de grabación, fui parte de toda esa transformación, así que no me resultó un cambio tan brusco.
Este lanzamiento mezcla sonidos muy autóctonos, como charangos y guitarras acústicas, con instrumentos de otros países. Por ejemplo, incorporamos la tambora costeña, un instrumento colombiano muy parecido al bombo legüero. Nuestro percusionista, que trabaja mucho con música latinoamericana, la sumó a canciones con ritmos de huayno y taquirari, y esa fusión nos gustó muchísimo. Con las zambas hicimos algo parecido: cuidamos mucho la esencia porque sentimos un enorme respeto por ese género. Siempre tratamos de proteger ese espíritu original y después sí darle nuestro toque, que naturalmente tiene una impronta un poco más pop.
En esta nueva etapa también aparecen colaboraciones con artistas de distintos géneros. ¿Qué sienten que le aportan esas experiencias a Yámana?
Creo que lo más importante es justamente la fusión de géneros. Venimos de grabar con Ángela Leiva una balada muy linda, Eras. También colaboramos con Matías Valdez, un artista uruguayo al que le está yendo muy bien. Nuestra canción Ven a bailar sonó mucho en Uruguay, pero también en Venezuela, Ecuador y Colombia. De hecho, en Ecuador existe un grupo que también se llama Yámana y hasta se hace pasar por nosotros. Es algo bastante curioso. Las colaboraciones permiten eso: hoy podés grabar una cumbia, una balada con un cantante melódico o una chacarera con un artista folklórico. Antes existían muchos prejuicios. Si vos cantabas un estilo, parecía que no podías salirte de ahí. O eras una cosa o eras otra. Hoy eso cambió y me parece muy positivo.
Ustedes fueron pioneros en mezclar folklore con otros estilos cuando esa idea todavía no era común. ¿Sentís que el tiempo terminó dándoles la razón?
No sé si hablaría de que nos dio la razón. Es un tema sobre el que pienso mucho. Hubo enormes poetas y compositores del folklore, artistas como Horacio Guarany, el Chango Rodríguez o Daniel Toro, que escribieron canciones emblemáticas y que hoy ya no están físicamente. Los tiempos cambian y aparecen nuevas formas de hacer música. Hoy hay artistas que fusionan el folklore con el trap. La verdad es que a veces incluso yo mismo me pregunto hacia dónde va todo esto.
Sé que existe un folklore tradicional y después están las distintas fusiones. Hay cosas que me parecen buenísimas y otras que quizás no tanto, pero eso ya es una mirada personal. Lo que sí creo es que cuando uno hace una reversión o mezcla estilos, tiene que existir un mínimo de respeto por la obra original y por la intención de quien la escribió. Esa esencia tiene que seguir estando. Después cada uno puede aportar su personalidad, pero me parece importante que esos dos mundos convivan y que la canción conserve su espíritu.

¿Y qué busca decir Yámana cuando compone? El folklore suele hablar de las tradiciones y de la identidad; el pop, muchas veces, de lo cotidiano y lo urbano. ¿Cuál es el mensaje de ustedes?
En el 98% de nuestras canciones hablamos del amor. Le cantamos a la mujer, aunque también a otros amores, como puede ser un hijo. Siempre hay un sentimiento de afecto muy presente. No somos un grupo que escriba sobre cuestiones sociales. Me gustan mucho los artistas que lo hacen, pero sinceramente nosotros no sabemos hacerlo porque nuestra forma de componer es muy orgánica y muy visceral. Hace un rato, en otra entrevista, me preguntaban cuál era mi canción favorita. Yo respondía que canto las canciones porque realmente me gustan. Necesito sentirlas. Para alguien que canta es muy difícil interpretar algo con lo que no conecta emocionalmente.Por eso elegimos canciones como Luna Cautiva, que cuenta una historia muy fuerte, casi un drama, pero donde el amor sigue siendo el eje. Lo mismo ocurre con La compañera, una zamba dedicada a una mujer que ya no está. Después aparecen nuestras propias canciones, quizás con un ritmo más bailable o más alegre, pero el amor siempre está presente. Ese es el corazón de Yámana.
Ustedes comenzaron a principios de los 2000 y hoy se encuentran con una generación completamente distinta, atravesada por las redes sociales, el streaming y las nuevas tecnologías. ¿Cómo dialoga Yámana con ese nuevo público?
Como te decía recién, en cuanto a la forma de producir música yo nunca dejé de hacerlo. Siempre seguí trabajando como productor, así que fui parte de toda esa transformación. Obviamente hubo un período de adaptación, como le pasó a todos los artistas de nuestra generación.Las redes sociales son una herramienta enorme. Pensá que cuando grabamos el primer disco con Yámana lo hicimos para BMG, que después pasó a ser Sony BMG. En ese momento, para nosotros, que vivíamos en Carmen de Areco, era el sueño de cualquier artista. Viajar a Buenos Aires, conocer la compañía, entrar a una multinacional… era como vivir una película.
En aquella época, si querías llegar a mucha gente era prácticamente indispensable tener una compañía de ese nivel detrás. El filtro era enorme: muy pocos artistas tenían la oportunidad de que alguien escuchara un demo o apostara por ellos.Hoy eso cambió completamente. Ya no es imprescindible una gran discográfica para que la gente conozca tu música. Las redes democratizaron muchísimo ese acceso. Claro que también hay mucha más competencia.

Esa es justamente la otra cara de la moneda. Hay más libertad, pero también muchísimo más contenido compitiendo por la atención del público.
Exactamente. Y te voy a ser absolutamente sincero: nosotros somos músicos. No somos influencers ni youtubers, ni pretendemos serlo. Pero también entendemos que la gente consume contenido, quiere conocer a los artistas, divertirse y ver otras facetas. Entonces tratamos de encontrar un equilibrio. No hacemos personajes para las redes, pero tampoco nos encerramos diciendo «yo solamente hago música y nada más».
Mostramos un poco nuestra vida, cómo vivimos acá en el campo, parte del trabajo en el estudio de grabación, el proceso de producción y, por supuesto, siempre poniendo a la música en el centro de todo. Cada uno busca la manera de comunicarse con su público y nosotros encontramos ese camino.
Hablando del campo, ustedes eligieron quedarse en Carmen de Areco cuando muchos artistas sienten que tienen que mudarse a Buenos Aires para crecer. ¿Cómo influye ese lugar en la identidad de Yámana?
Carmen de Areco es un pueblo cabecera de la provincia de Buenos Aires. Estamos a una hora y media de la Capital y es un pueblo como tantos otros del interior. Mi viejo tenía un dicho que siempre me quedó: decía que era un lugar donde no pasaban cosas demasiado buenas, pero tampoco demasiado malas. Y tiene algo de cierto. Es un pueblo tranquilo. Podés dejar la bicicleta afuera, el auto sin llave, todos nos conocemos. Caminás diez cuadras y ya estás en el campo. Yo además tengo un lugar donde solemos reunirnos con Yámana. Es un campo muy sencillo, donde tengo un par de caballos y disfrutamos muchísimo de la naturaleza. Nosotros somos gente del interior y eso se nota.
Vamos seguido a Buenos Aires porque muchas cosas pasan allá y hay que estar presentes. Pero cada vez que volvemos sentimos que recuperamos nuestro ritmo. La ciudad tiene un movimiento al que nosotros no estamos acostumbrados. Acá saludás al verdulero, al carnicero, al vecino… es otra forma de vivir.

También es una decisión de vida.
Totalmente.
Todos los integrantes de Yámana tenemos nuestras familias acá. Nuestro estudio de grabación también está acá y desde este lugar desarrollamos todo. Muchos artistas eligen mudarse a Buenos Aires porque sienten que ahí está todo. Nosotros decidimos quedarnos. A mí me encanta ir a la ciudad, disfruto cuando viajamos por trabajo, pero conecto mucho más con la tranquilidad, con la naturaleza y con esta forma de vivir. Hubo una época en la que parecía que, si no te instalabas en Capital Federal, no podías lograr cosas importantes en la música. Hoy eso cambió muchísimo. Las redes sociales también ayudaron a romper esa idea.
Cuando era más joven también me preguntaba si debía llevar mi estudio a Buenos Aires. Lo pensé muchas veces porque producía para muchos artistas. Pero finalmente elegí quedarme. Me costó más, claro que sí. Sin embargo, también descubrimos que podíamos ofrecer algo diferente: venir a grabar al campo, trabajar con tranquilidad, lejos del ruido de la ciudad. Estoy convencido de que la gente del interior tiene otra forma de relacionarse. No digo que sea mejor; simplemente es distinta. Hay otra manera de tratarse, otra calma, y eso también termina reflejándose en la música.
Para terminar, ¿qué viene ahora para Yámana? ¿Cuáles son los próximos pasos de esta nueva etapa?
Tenemos dos colaboraciones muy importantes que ya están terminadas. Todavía no puedo decir con quiénes son por una cuestión de respeto hacia los artistas involucrados, pero puedo adelantar que uno pertenece al folklore y el otro al pop. El primero de esos lanzamientos sale el mes que viene. Lo que sí puedo contar es que una de esas canciones originalmente no es folklórica. Es un tema latino muy conocido y nosotros lo llevamos a nuestro lenguaje, al folklore. Creo que quedó una reversión muy linda.
Además seguimos con la agenda de festivales. Tenemos una presentación el 9 de agosto, estamos trabajando para hacer una fecha en un teatro de Capital Federal y la idea es seguir recorriendo el país. Venimos de tocar en Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Córdoba, y próximamente vamos a sumar Jujuy. La verdad es que la gente nos recibió con muchísimo cariño. Nos emociona porque sentimos un enorme respeto hacia nuestra música y porque Ven a bailar sigue estando muy presente en el corazón de la gente. Eso nos da muchísima fuerza. Los músicos necesitamos ese ida y vuelta. No lo digo como una frase hecha: necesitamos sentir que las canciones siguen llegando, que siguen emocionando.
Por eso hoy Yámana está en un momento de generar contenido, de lanzar canciones, de seguir proponiendo cosas nuevas. Tuvimos un largo impasse y sentimos que volvimos con todo. Nos encanta grabar videoclips, disfrutamos muchísimo ese proceso y, sobre todo, tenemos muchas ganas de seguir haciendo música.








