Esteban Prol: “Uno está militando la vida todo el tiempo”

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Mientras disfruta del gran momento de La cena de los tontos en teatro y celebra el estreno de No habrás imaginado en cine hace algunos meses, el actor habla sobre el trabajo en equipo, la creatividad, la paternidad, la Selección Argentina y esa forma de mirar la vida que atraviesa cada uno de sus proyectos.

La excusa del encuentro es su presente profesional, sin embargo, en pocos minutos la charla encuentra otro rumbo. Primero aparece el Mundial. La voz todavía gastada por los gritos del partido del día anterior, las cábalas, la emoción compartida y esa necesidad de creer que el fútbol todavía puede regalar pequeños milagros colectivos. Después llega el teatro, donde vuelve sobre una idea que repetirá varias veces durante la conversación: nadie trabaja solo y el escenario siempre es un espacio generoso.

A medida que avanza la entrevista con RANDOM, los temas empiezan a enlazarse de manera natural. La comedia, la música, la escritura, la curiosidad permanente, la importancia de aprender del otro, la crianza de un hijo, la autoexigencia, el tiempo que nunca alcanza y la necesidad de construir vínculos más horizontales aparecen como partes de una misma manera de entender el mundo.

Más que hablar de personajes o de éxitos, Prol habla de personas. De equipos. De compartir. De recibir y dar lo mejor de uno. Y quizás por eso termina regalando la frase que resume toda la conversación y que funciona como una verdadera declaración de principios: «Uno está militando la vida todo el tiempo.»

De manual iba a comenzar preguntándote por el teatro, pero… ¿cómo estás después del partido de Argentina contra los ingleses? Hoy además tenés función y me imagino que no fue un partido más.

Disculpame la voz… después de los goles de ayer quedé así. No sé cómo va a ser la función de hoy. Estoy con tecito, con miel… pero de mucha emoción. No se puede hacer ninguna abstracción. Uno lo vive en carne propia. Yo quisiera evitarlo, pero mi cuerpo y mi emoción no tienen control. Necesito ver el partido parado. No puedo sentarme. Camino, voy a la cocina, salgo al balcón, vuelvo… Si te contara todas las cábalas que hacemos, nos internan.

Pero uno cree, pone energía. Y la verdad es que no te das cuenta de todo lo que vivís hasta el día siguiente. Mi voz rota hoy es la prueba. Son momentos muy especiales para todo un país. Estoy feliz y agradecido por todo lo que estamos viviendo.

Vos sos un tipo creyente y siempre hablaste de la importancia de creer. Da la sensación de que para vos el «Elijo creer» no es un eslogan.

(Ríe.) Si alguien me hubiera filmado en el balcón de la casa de mi amigo, habría pensado que tenía un problema serio. Uno pide milagros por la salud, por el amor, por el trabajo, porque la gente esté bien. Me da un poco de vergüenza pedir un milagro para un partido de fútbol… pero también es cierto que ver a tanta gente feliz y festejando junta, de alguna manera, también es un milagro.

Hoy volvés a subirte al escenario con La cena de los tontos. Después de una gran temporada, ¿cómo estás viviendo este momento?

Cada trabajo, cada experiencia, siempre tiene algo para enseñarte. Este proyecto lo tomé pensando que nos íbamos a divertir mucho. Pero también me gusta observar, compartir y aprender de los demás. El escenario siempre es un espacio generoso. Está bueno entender cómo juega el otro, qué necesita y cómo armamos el equipo para llevar adelante la tarea.

Después de tanto tiempo volver a hacer teatro y encontrarte con una sala llena, con gente que disfruta, se ríe y aplaude, es una energía hermosa. Y la agradezco muchísimo.

Alguna vez dijiste que no había dinero que justificara pasarla mal trabajando. Que la salud estaba por encima de cualquier contrato.

Sí, porque si hacés un trabajo donde la estás pasando mal, en realidad lo estás pagando con salud. Y la salud… ¿cuánto vale? Yo entiendo que a veces uno acepta determinados trabajos porque necesita seguir adelante. Pero una cosa es eso y otra es aceptar que no te valoren o que la pases mal. Siempre me pregunto cuál es el precio para pasarla mal. Yo no lo tengo.

No quiero que mis amigos, mi familia o mi hijo me vean triste por un trabajo o por una suma de dinero. Si hace falta inventaré otro trabajo, haré otra cosa, pero no quiero vivir así.  Y después están estas enseñanzas que nos deja esta Selección, que tiene una resiliencia increíble. «¿Cuál es tu precio para pasarla mal? Yo no lo tengo.»

La obra también habla de algo muy actual: la facilidad con la que etiquetamos a los demás.

Es muy común que uno tienda a resumir a las personas. «Este es así.» «Este piensa de esta manera.» «Le gusta esto.» Y nadie es lo que parece. Siempre es mucho más de lo que se ve. Lo que pasa es que muchas veces no nos tomamos el tiempo de conocer al otro. Entonces resumimos para estar tranquilos. Pero ver más allá de lo evidente requiere tiempo. Y si uno va a compartir un trabajo o una vida con alguien, vale la pena hacer ese esfuerzo.

Cada función parece distinta y cada noche es única. ¿Cómo vivís esa responsabilidad de salir a escena después de tantos años?

Para mí siempre es la primera vez. Cada función es única. Yo necesito irme sabiendo que ese día di lo mejor que tenía para dar. Esa es la única manera de estar en paz conmigo. La gente invierte su tiempo y su dinero para compartir un momento con nosotros. Algunos se llevarán algo de la obra y otros no. Pero desde mi lugar tengo la responsabilidad de darle lo mejor al público y también a mis compañeros. Siempre les digo antes de salir: «Nos vemos en el escenario.» Voy a estar ahí con ellos.

Después pueden pasar cosas espontáneas y hay que estar presente. El escenario te pide presencia.

Y compartir escenario con Martín Bossi imagino que también implica estar preparado para lo inesperado.

Martín tiene un espíritu muy vivo arriba del escenario. Puede tomar algo que sucede espontáneamente y ponerlo al servicio de la obra. Yo siempre le digo: «Yo toco la partitura, pero por contrato no remo tentadas.» Porque si me hace reír, estoy perdido. Pero han pasado momentos realmente mágicos. Es una obra muy agradecida.

También estrenaste No habrás imaginado, una película muy distinta a la imagen que mucha gente tiene de vos.

Sí. Mucha gente me relaciona con la comedia, pero yo estudié toda la vida para poder moverme por todos los géneros. Trabajar con Chaya Miranda fue un privilegio. Para mí es una de las mejores directoras que conocí. Y además la película tiene una temática muy profunda. Es una denuncia sobre cosas de las que muchas veces no se habla. Poder formar parte de un proyecto así me llena de orgullo.

CREAR TAMBIÉN ES UNA FORMA DE VIVIR

La industria audiovisual cambió muchísimo desde tus comienzos. Ya no existen aquellas tiras de dos años y hoy todo parece mucho más dinámico. ¿Cómo vivís esa transformación?

Bienvenidos sean los cambios. Creo que la última tira tan larga fue Dulce Amor. Después cambió el modelo, cambió el negocio, aparecieron las plataformas, las redes, ahora incluso se hacen ficciones en formato vertical. Entonces uno tiene que encontrar la manera de seguir representándose en ese nuevo escenario y, sobre todo, generar sus propios proyectos. Eso es algo que a mí me divierte mucho: escribir, producir, hacer lo que me gusta.

Siempre hablaste de lo lúdico y de la importancia del trabajo horizontal. Nunca de las jerarquías.

Sí, porque es una filosofía de vida. Los roles sirven para organizar una tarea, una película, una serie o una obra de teatro. No para ejercer poder. Yo no creo en la verticalidad de un trabajo. Me parece que todos tenemos que estar al servicio de lo que estamos construyendo. Es como un director técnico. Él no entra a jugar el partido. Observa, ordena, propone. El objetivo es que el equipo funcione. En una película, en una obra o en una serie debería pasar exactamente lo mismo. Nadie puede estar por delante del proyecto. Cada uno tiene un rol.

Cuando alguien trabaja desde otro lugar termina asfixiando el proceso creativo y entorpeciendo el trabajo. Por eso digo siempre que el escenario es un espacio generoso. Ahí descubrís cómo trabaja cada uno. Y también quién es cada uno.

«No creo en la verticalidad de un trabajo. Los roles sirven para organizar, no para ejercer poder.»

Da la sensación de que tu creatividad no termina cuando baja el telón. Escribís, hacés música, producís, leés mucho…

Sí, porque ese es mi combustible diario. Necesito nutrirme de todo eso. Soy muy curioso. Algo me llama la atención y quiero conocerlo, quiero investigarlo, quiero aprender. Por eso leo, escucho música, grabo mis canciones, hago shows. Mi problema es que no tengo fines de semana. De lunes a lunes estoy haciendo algo. Entonces tengo que estar atento a mi propia hiperactividad. Por suerte está Flor, mi pareja, que muchas veces me baja un cambio y me dice: «Bueno, ahora salgamos a caminar. Hagamos otra cosa.» Y está buenísimo porque también hay que parar.

fotomontaje del actor y musico creado con IA

¿En qué momento de tu historia sentís que estás hoy?

 Depende del día…(Ríe.) A veces creo que estoy en el minuto setenta y ocho de un partido. Y al rato me doy cuenta de que el partido ya terminó y que estaba todo bien. Creo que muchas veces quiero acelerar procesos que tienen su propio tiempo. Y la creación también funciona así.

Uno escribe, compone, empieza una idea, la deja. vuelve. Todo tiene un tiempo.

¿Qué lugar ocupa hoy la música, la escritura y todo lo que creás además de actuar?

Si pudiera elegir, tendría más tiempo. Me gustaría poder sentarme, terminar lo que estoy escribiendo, seguir con las canciones, dedicarles más horas, pero aparece otra idea. Después otra. Y todo convive. El desafío es encontrar ese tiempo de creación con cierta tranquilidad. Hay momentos en que la encuentro y otros en que no, es fluctuante.

¿Arriesgo que sos el crítico más bravo y exigente con vos mismo, no?

Insoportable. (Ríe.) A veces no soy mi mejor amigo. Ni siquiera me gusta verme cuando termino un trabajo. Ya está, lo hice. El que lo quiera ver, buenísimo y el que no, también. Creo que con los años entendí que la mejor filosofía es dar lo mejor en el momento en que uno está y por ende recibir lo mejor. Después también hay que ser un poco más benévolo con uno mismo.

A mí me encantaría hacer un disco como Frank Zappa, pero no soy Frank Zappa. Entonces hago la música que puedo hacer. Escribo como puedo escribir. Estudio, aprendo y trato de mejorar, pero sobre todo trato de construir un mejor vínculo conmigo todos los días.

«Dar lo mejor en el momento que uno está. Recibir lo mejor y dar lo mejor.»

ESTEBAN PROL, UNA VIDA ENTRE ESCENARIOS Y CÁMARAS

Con más de tres décadas de trayectoria, Esteban Prol construyó una carrera marcada por la versatilidad. Desde sus primeros trabajos en televisión hasta sus recordados personajes en ficciones como Montaña Rusa, Gasoleros, Campeones de la vida, 099 Central, Los Roldán, Valientes y Dulce Amor, transitó con naturalidad la comedia y el drama.

Además de su trabajo como actor, desarrolla proyectos vinculados con la música y la escritura, dos espacios creativos que alimentan permanentemente su universo artístico. Actualmente integra el elenco de La cena de los tontos y forma parte de No habrás imaginado, el largometraje dirigido por Chaya Miranda.

EL EQUIPO Y UNA FORMA DE MIRAR LA VIDA

Es curioso que durante toda la charla aparezca varias veces el fútbol como una referencia. La Selección, el equipo, la resiliencia…

Es que el fútbol tiene una dinámica grupal increíble. El director técnico está afuera de la cancha. Coordina el juego, observa, ordena. El objetivo es ganar el partido. En un rodaje o en una obra de teatro pasa algo parecido. Un buen director, un buen guionista, un buen actor… todos tenemos que estar al servicio de lo que estamos construyendo.

Nadie puede estar por delante del proyecto. Cada uno tiene un rol. Cuando eso sucede, el trabajo fluye. Cuando alguien quiere imponer otra lógica, termina ahogando el proceso. Por eso creo tanto en el trabajo horizontal del que hablamos hace un rato.

«El escenario siempre es un espacio generoso.»

En medio de todos tus proyectos está el trabajo más difícil de todos: ser padre. Alguna vez dijiste que la paternidad te volvió más miedoso, pero también que uno debe hacer lo imposible para fortalecer el corazón de un hijo.

Sí. Te soy honesto: desde muy chico quería ser papá. Quería tener una familia. Antes de tener un hijo no tenía miedo a nada. Ahora vivo asustado porque sé que no puedo evitar que sufra, que se equivoque o que aprenda. Y ahí aparece el desafío. ¿Cómo acompañarlo sin impedirle vivir? ¿Cómo darle herramientas para que, si se cae, sepa que puede volver a levantarse?

Yo rezo para que un ángel lo cuide, para que no le llegue tanta oscuridad al alma y para que siempre se anime a perseguir lo que sueña. Yo voy a estar al lado de él. Eso sí lo tengo claro.

También dijiste alguna vez que «la vida es maravillosa y el mundo es una mierda».

Sí. La vida es maravillosa. Y el mundo es una mierda. Las dos cosas pueden convivir. Uno camina permanentemente sobre esa delgada línea. A veces el mundo parece empeñado en convencerte de que todo está mal. Pero yo sigo creyendo que la vida vale la pena. Hay que seguir adelante. Pensando en el otro. Teniendo una mirada inclusiva. Creo que uno no se equivoca cuando piensa en el otro.

Cuando trabaja con el otro. Cuando intenta construir algo para un bien común. Esa es mi manera de entender las cosas.

¿Y esa sería la filosofía con la que hoy elegís vivir?

Sí. Recibir lo mejor. Dar lo mejor. Intentar construir con otros. Seguir adelante. Porque, al final… uno está militando la vida todo el tiempo.