El vino de los caprichos: por qué el Pinot Noir rompe corazones y fascina al mundo

0
97

Hoy, 18 de agosto, se celebra el Día Internacional del Pinot Noir. Es una de las uvas más antiguas de Francia, antecesora genética del Chardonnay y una de las cepas que más dolores de cabeza provoca en el viñedo. Los enólogos no exageran cuando la llaman “la rompecorazones”: es delicada, exigente y poco amiga de los errores. Pero cuando encuentra el lugar indicado, puede convertirse en uno de los vinos más fascinantes del mundo. Y en Argentina encontró un segundo hogar, lejos de los grandes calores, en los paisajes fríos de la Patagonia.

En el mundo del vino hay una regla que nadie escribió pero muchos conocen: el Cabernet Sauvignon aguanta casi todo, el Malbec sabe adaptarse, pero el Pinot Noir puede hacer sufrir hasta al viticultor más experimentado. No tolera demasiado sol, los vientos fuertes pueden complicarlo y la humedad favorece las enfermedades. Su piel es tan fina que cualquier problema ocurrido en la viña puede terminar reflejándose en la copa.

Y, sin embargo, cuando todo sale bien, aparece algo difícil de explicar. El Pinot Noir puede dar algunos de los vinos más elegantes del planeta, con una delicadeza que no necesita demasiada fuerza para hacerse notar.

Hoy, 18 de agosto, el calendario vitivinícola le dedica su propio día. Es una buena excusa para entender por qué esta cepa fascinante despierta tanta obsesión entre productores, enólogos y consumidores, y cómo terminó convirtiéndose en uno de los grandes secretos de la vitivinicultura argentina.

La uva que le dio su ADN al mundo

La historia del Pinot Noir no se cuenta solamente en siglos. Se remonta a miles de años. Los romanos ya conocían variedades relacionadas con esta uva, pero fueron los monjes cistercienses de Borgoña, durante la Edad Media, quienes comenzaron a observarla y trabajarla parcela por parcela, sentando algunas de las bases de la viticultura que conocemos hoy.

Mucho después, los estudios genéticos permitieron descubrir algo todavía más sorprendente. El Pinot Noir es una variedad particularmente inestable desde el punto de vista genético y, a través de distintas mutaciones, dio origen a variedades como Pinot Gris y Pinot Blanc.

Pero todavía quedaba una sorpresa mayor. Un antiguo cruce natural entre Pinot Noir y Gouais Blanc, una variedad mucho menos prestigiosa, dio origen a la Chardonnay. Es decir: detrás de una de las uvas blancas más famosas del mundo está, al menos en parte, la genética de esta pequeña y caprichosa uva tinta.

También hay que mirar hacia Champagne. Allí el Pinot Noir ocupa un lugar fundamental y aporta estructura y cuerpo a muchos de los grandes espumantes franceses, aunque se lo vinifique como vino blanco. Su presencia es parte de la identidad de una de las regiones vitivinícolas más famosas del planeta.

El efecto Hollywood y el boom de la elegancia

Durante buena parte del siglo XX, el Pinot Noir tuvo algo de vino secreto. Era elegido sobre todo por aficionados con experiencia y consumidores dispuestos a pagar precios elevados por botellas francesas. Hasta que en 2004 una película cambió la historia: Sideways, conocida en Argentina como Entre Copas.

El protagonista, un hombre obsesionado con el vino y bastante neurótico, convierte al Pinot Noir en una especie de objeto de culto mientras desprecia abiertamente al Merlot. Lo que parecía apenas un recurso de guion terminó teniendo consecuencias reales.

Después del estreno, las ventas de Pinot Noir en Estados Unidos crecieron con fuerza, mientras el Merlot perdió terreno. El fenómeno terminó siendo conocido como el “Efecto Sideways”, una de esas raras ocasiones en que Hollywood consiguió modificar los hábitos de consumo de una bebida.

La revancha en el fin del mundo

En Argentina, el Malbec continúa siendo el rey indiscutido. Sin embargo, el Pinot Noir encontró un territorio donde sus exigencias dejaron de ser un problema y comenzaron a convertirse en una ventaja. Con unas 2.000 hectáreas plantadas, aproximadamente el 1% de la superficie vitivinícola nacional, sigue siendo una variedad relativamente pequeña frente a las grandes protagonistas argentinas.

Su lugar más destacado está lejos de los grandes calores mendocinos. Neuquén, Río Negro y Chubut construyeron en las últimas décadas una identidad alrededor de los vinos de clima frío, y el Pinot Noir encontró allí condiciones especialmente favorables.

El frío ayuda a conservar la acidez, los vientos reducen la humedad y la amplitud térmica permite una maduración lenta. En regiones como San Patricio del Chañar, los valles rionegrinos y distintos sectores de Chubut, la variedad puede desarrollar una expresión delicada y profunda. También aparecen interesantes exponentes en zonas de altura extrema, como algunos sectores del Valle de Uco.

En la copa, esos vinos suelen mostrar colores más translúcidos, una acidez marcada y aromas que recuerdan a cerezas, frambuesas, flores y tierra húmeda. No buscan la potencia de un tinto musculoso. Su atractivo está precisamente en otro lugar: la sutileza.

Por eso también conviene servirlo un poco más fresco que otros tintos, generalmente entre 14 y 16 grados. El Pinot Noir no pretende golpearte con el primer sorbo. Más bien hace lo contrario: te obliga a acercarte, prestar atención y descubrirlo de a poco.

Quizás ahí esté su verdadero encanto. En una época en la que casi todo compite por llamar la atención, el Pinot Noir parece haber elegido otro camino. Habla bajo, cambia con cada minuto en la copa y deja que sea el bebedor quien complete la experiencia. Tal vez por eso, después de tantos siglos, esta uva caprichosa siga rompiendo corazones.