512 kilómetros, cinco motos, sierras, curvas, ríos y alguna que otra caída inesperada. Un regreso a la ruta para reencontrarse con la libertad de viajar en moto y descubrir que, muchas veces, lo mejor del viaje está en todo lo que sucede mientras avanzamos.
El domingo pasado no fue un domingo cualquiera. Fue el día en que, después de mucho tiempo sin moto, volví a sentir esa libertad única que solo te da la ruta. Todo surgió por una invitación relámpago de mis amigos motoqueros; de esas propuestas que no se pueden, ni se deben, rechazar.
La previa del viaje tiene su propia mística. Es preparar el equipo, repasar las protecciones, el casco, los guantes, las botas y, por supuesto, el kit de supervivencia: herramientas, los infaltables precintos, el infla-sella y los tarugos. El ritual se completó con el clásico café en la estación de servicio de siempre. Mismo horario, puestas al día rápidas y motores en marcha.
Éramos seis, pero la ruta tiene sus propias reglas. Apenas a 30 kilómetros de arrancar, uno de los chicos sufrió la rotura de una cubierta. Fue irrecuperable. Hicimos lo que pudimos, pero esa rueda dijo basta. Una vez que resolvimos su regreso seguro a casa, los cinco restantes retomamos el objetivo.


El destino apuntaba a Anquincila, un pintoresco pueblo de Catamarca a 1010 metros sobre el nivel del mar, enclavado en las Sierras del Ancasti. Salimos por la Ruta Provincial 5 desde La Rioja, cruzamos a Catamarca, empalmamos la Nacional 60 hasta Casa de Piedra y luego la Provincial 20. Al tomar la Ruta 7, el entorno hizo un clic: el paisaje se volvió más verde y la inmensidad de la montaña nos dio la bienvenida.
Al desviar por la Ruta Provincial 2, empezó la verdadera diversión. Pero atención, dato clave para moto-viajeros: esta ruta tiene badenes traicioneros con acumulación de verdín. Hay que esquivarlos por los costados haciendo un poco de off-road y embarrándose un poco. Uno de mis amigos pecó de confiado, pisó el badén y terminó deslizando por el piso. Por suerte fue sin consecuencias, pero estaba tan resbaladizo que tuvimos que levantar la moto entre cuatro personas y sacarla despacito. Una anécdota de agua y risas para el grupo.
A partir de ahí, el camino se puso hermoso. Curvas cerradas, subidas, bajadas y una velocidad baja que me permitió abrir el visor del casco para que el aire puro de la sierra me golpee la cara; caliente por la época, pero revitalizante.

Llegamos a Anquincila, foto de rigor en el ingreso, y directo a la Hostería del pueblo. Ahí nos esperaba Alberto, un mozo de lujo. Si andan por la zona, agenden: almorzamos de manera súper abundante, con bebidas y postre incluido, por $34.000 por persona. Un 10.
Con la panza llena, los chicos me guiaron hasta un río cercano. Árboles tupidos, sombra perfecta y el agua tibia, como si fuera verano. Nos pusimos los shorts, tomamos sol y al agua para resetear el cuerpo.



Para la vuelta, la naturaleza nos tenía preparada otra sorpresa. Bordeando el Ancasti, majestuosos cóndores jugaban con las corrientes térmicas sobre nosotros. Merendamos en la Hostería del Portezuelo, donde el sol nos regaló un atardecer épico filtrándose entre las nubes.
El broche de oro fue descender la mágica Cuesta del Portezuelo. Es angosta y exige muchísima atención, pero está en excelentes condiciones para rodar y disfrutar las vistas.
Ya por la Ruta Nacional 38, completamos los 512 kilómetros de la jornada para volver a casa. Llegué con calor, pero el placer inigualable de volver a viajar en moto me hizo sentir que fue otra primera vez. Y es que, al final del día, siempre digo: el viaje son las experiencias y el camino, nunca el destino.







