Hay esfuerzos que hacemos para adaptarnos a los espacios sin siquiera darnos cuenta. ¿Qué pasa cuando empezamos a mirarlos como parte de la experiencia de habitar? Entramos a una clínica y buscamos el consultorio 8. Hay una pantalla, varios carteles, puertas parecidas, personas circulando y una recepción llena de información. Preguntamos. Nos indican un pasillo, después otro, un giro a la derecha. Caminamos tratando de recordar. Llegamos a una bifurcación y dudamos. Finalmente encontramos el consultorio.
Podríamos decir que el espacio funcionó: pudimos entrar, circular y llegar. Pero hay otra pregunta que me interesa reflexionar: ¿cuánto trabajo tuvimos que hacer para lograrlo? Buscar. Filtrar información. Mantener la atención. Interpretar una señal. Recordar una indicación. Decidir entre dos recorridos posibles.
Son acciones que realizamos cotidianamente y muchas veces casi sin advertirlas. Nuestro cerebro recibe información del entorno de manera continua, selecciona aquello que resulta relevante y construye respuestas que nos permiten movernos, orientarnos y actuar.

Pero los espacios pueden hacer que esa tarea sea más sencilla o mucho más demandante. A eso me gusta llamarlo el “costo invisible de habitar”.
No como una medida clínica ni como una nueva escala para clasificar edificios, sino como una manera de mirar los espacios que diseñamos y también aquellos que habitamos todos los días. Porque muchas veces nos acostumbramos a hacer esfuerzos para adaptarnos a ellos sin preguntarnos cuánto nos están exigiendo.

Cuando llegar depende de recordar
Hay un campo de investigación que estudia justamente cómo encontramos nuestro camino en los espacios: el wayfinding. Orientarnos depende de nuestros propios recursos, pero también de la información que ofrece el ambiente: cómo se organiza una planta, qué podemos ver desde donde estamos, qué referencias encontramos y qué tan claras son las decisiones que debemos tomar. Una revisión de 84 investigaciones sobre orientación en interiores encontró precisamente esa interacción entre factores individuales y ambientales.
Para quienes diseñamos, estas preguntas pueden revelar oportunidades de proyecto. Para quienes habitamos esos espacios, pueden ayudarnos a reconocer esfuerzos que quizás habíamos naturalizado.
Hay un trabajo que me parece especialmente revelador. La arquitecta e investigadora Gesine Marquardt revisó la evidencia sobre orientación espacial en residencias para personas con demencia. En este contexto, poder encontrar un recorrido tiene una relación directa con actividades cotidianas y con las posibilidades de desenvolverse con autonomía.
¿Qué encontró? Que la configuración arquitectónica del edificio tiene un papel importante en la orientación. El color, la iluminación, el mobiliario y la señalización pueden ayudar, pero tienen una capacidad limitada para compensar una organización espacial adversa.


Pensemos qué significa esto en una situación cotidiana. Una persona sale de su habitación para ir al comedor. Frente a ella aparecen dos pasillos prácticamente iguales. El destino no se ve. Las puertas son similares. No hay una referencia espacial evidente.
Podemos colocar un gran cartel que diga COMEDOR. Ayuda, por supuesto. Pero primero hay que encontrarlo, leerlo, interpretarlo y después mantener esa información mientras se avanza por el recorrido. El cartel está intentando resolver una demanda que comenzó antes. “A veces intentamos resolver con una señal lo que previamente complicamos con arquitectura.”
Las barreras que no tienen forma de escalón
El ejemplo anterior habla de demencia, pero nos abre una pregunta mucho más amplia sobre nuestra relación cotidiana con los espacios. Cuando pensamos en inclusión, solemos reconocer con facilidad algunas barreras físicas. Sin embargo, una barrera también puede estar en la cantidad de esfuerzo que requiere comprender y utilizar un lugar.
Puede estar en una sala de espera donde no existe ninguna posibilidad de alejarnos del ruido. En un aeropuerto donde muchos carteles compiten por nuestra atención. En una escuela donde todos los estímulos tienen la misma jerarquía visual. En un edificio donde llegar a destino depende de recordar las indicaciones que alguien nos dio en la entrada.

Y esa demanda no es igual para todos ni es igual para nosotros todo el tiempo. Podemos llegar a un hospital descansados y tranquilos o hacerlo preocupados, con dolor, acompañando a un niño o a una persona mayor. El edificio es el mismo. Nuestros recursos disponibles para responder a sus demandas, no necesariamente.
Ahí aparece, para mí, una dimensión especialmente interesante de la neuroarquitectura: comprender que la experiencia surge de una relación permanente entre las características del entorno y quienes lo habitamos.
Y esta mirada sirve tanto para proyectar como para observar nuestra propia vida cotidiana. Una casa en la que nunca encontramos dónde dejar ciertas cosas. Una oficina donde cuesta concentrarse. Una escuela saturada de información visual. Un hospital donde necesitamos preguntar varias veces hacia dónde ir.

Muchas veces terminamos adaptándonos. Creamos rutinas, evitamos determinados lugares, memorizamos recorridos, buscamos rincones más tranquilos o pedimos ayuda. Compensamos.
Y quizás lo más interesante sea empezar a preguntarnos cuánto de esa adaptación corresponde inevitablemente a nuestra diversidad humana y cuánto está siendo demandado por el propio entorno. Mirar de otra manera los espacios que vivimos
La próxima vez que entremos a un espacio —o que volvamos a mirar uno que habitamos todos los días— podemos hacer una pequeña prueba. Elegir una acción sencilla: entrar, encontrar algo, orientarnos, esperar, trabajar, aprender, descansar. Y seguirla. ¿Qué necesito percibir? ¿Qué necesito comprender? ¿Qué puedo regular? ¿Qué posibilidades tengo de elegir?
Después, agregar una última pregunta: ¿Qué me está obligando a compensar este espacio? ¿Memoria para recordar un recorrido? ¿Atención para encontrar información? ¿Tolerancia sensorial para permanecer? ¿La asistencia de otra persona para comprender hacia dónde ir?
Nuestro cerebro recibe información del entorno de manera continua, selecciona aquello que resulta relevante y construye respuestas que nos permiten movernos, orientarnos y actuar.
Para quienes diseñamos, estas preguntas pueden revelar oportunidades de proyecto. Para quienes habitamos esos espacios, pueden ayudarnos a reconocer esfuerzos que quizás habíamos naturalizado.
No se trata de pensar que la arquitectura puede resolver toda la diversidad humana. Se trata de reconocer que algunas demandas también se construyen desde las decisiones de diseño y, por lo tanto, pueden revisarse.
Los espacios no son escenarios neutros de nuestra vida. Nos ofrecen información, nos orientan, nos confunden, nos contienen, nos estimulan y también pueden exigirnos. Tal vez por eso valga la pena empezar a mirar aquello que casi nunca vemos: el esfuerzo cotidiano que hacemos para adaptarnos a los lugares que deberían ayudarnos a vivir. ¿Cuánto nos está exigiendo un espacio para poder habitarlo?
Referencias
Jamshidi, S., Ensafi, M., & Pati, D. (2020). Wayfinding in interior environments: An integrative review. Frontiers in Psychology, 11, 549628. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2020.549628
Marquardt, G. (2011). Wayfinding for people with dementia: A review of the role of architectural design. HERD, 4(2), 75–90. https://doi.org/10.1177/193758671100400207






