Viajes, eventos y muchas historias: el fin de semana de Revista Random en la ruta

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Entre Santa Fe, Rosario y Buenos Aires, el equipo de Revista Random combinó trabajo, vinos, símbolos, gastronomía, teatro, café y kilómetros de ruta. Lo que comenzó como un viaje laboral terminó convertido en una colección de anécdotas, descubrimientos y discusiones que continuaron mucho después de volver a La Rioja.

Hay viajes que se planifican con horarios, destinos y objetivos concretos, y hay otros que, después de algunos kilómetros, empiezan a tomar su propio rumbo. El viaje de Revista Random a Buenos Aires tuvo un poco de las dos cosas. La idea original era participar de una nueva edición de Símbolos y Vinos, acompañar a las bodegas con las que el equipo trabaja y aprovechar el recorrido para generar encuentros y contenidos. Pero el fin de semana terminó siendo bastante más que eso: hubo ruta, reuniones, degustaciones, una cena frente al Paraná, teatro, café, discusiones sobre vinos, películas, series y hasta un desafío pendiente con una de las producciones más famosas de la televisión.

Un rally riojano rumbo a Buenos Aires

El viaje tuvo como protagonistas a Santi Ruiz, Juan Vega Maza e Ignacio Quintavalle, que salieron desde La Rioja rumbo a Santa Fe, Rosario y finalmente Buenos Aires. Desde el comienzo, el trayecto tuvo algo de expedición improvisada. Hubo problemas con el carnet de conducir, turnos al volante, mate, música y una cantidad considerable de gomitas Mogul. “Nacho es muy, muy dulcero, no sabés la cantidad de golosinas que mete en el viaje”, contó Santi, mientras Juan quedó asociado a otras funciones fundamentales para cualquier expedición argentina: hacer el mate, manejar la música y registrar buena parte de lo que ocurría durante el recorrido.

La distribución de tareas fue bastante natural y, en algunos casos, inevitable. Juan se convirtió en una suerte de encargado audiovisual de la travesía, mientras Santi y Nacho asumían buena parte de las horas al volante. El propio Santi definió el viaje de una manera que terminó funcionando casi como un resumen de todo lo que vendría después: “Fue un rally”. Y lo fue. En apenas un fin de semana había que pasar por Santa Fe, Rosario y Buenos Aires, participar de distintas actividades y todavía encontrar tiempo para comer, conocer lugares y dormir algo.

El GPS que los llevó hasta el puente Victoria

La primera gran anécdota apareció antes de lo previsto. Había que llegar a comer y el grupo decidió seguir las indicaciones del GPS. El problema fue que, entre accesos, autopistas y desvíos, alguien prestó más atención al paisaje que a la ruta. Así fue como terminaron atravesando el puente Victoria casi por accidente.

Juan fue quien explicó cómo ocurrió la maniobra: “Miramos el puente, no miramos el GPS y pasamos de largo”. Lo que podía haber sido simplemente una desviación pintoresca se transformó en una pequeña odisea cuando apareció el peaje electrónico y nadie entendía demasiado bien cómo salir de allí. El grupo terminó cruzando hacia Entre Ríos, tuvo que reorganizar el recorrido y finalmente hacer una vuelta para retomar el camino.

El resultado fue una anécdota y un gasto inesperado. “El peaje más caro de mi vida”, recordó Julio, que además tuvo que pagar nuevamente cuando emprendieron el regreso. La equivocación, de todos modos, tuvo una recompensa: terminó llevándolos hacia Granadero Baigorria, donde tenían prevista una cena de trabajo con distribuidores de la zona.

Una boga gigante frente al Paraná

La cena dejó otro de los recuerdos gastronómicos del viaje: una enorme boga de río servida con Roquefort y parmesano. “Boga mamut”, la bautizó Santi, todavía sorprendido por el tamaño del pescado. Pero la comida era apenas una parte de la experiencia. A pocos metros estaba el Paraná y por el río pasaban grandes buques que, para un grupo acostumbrado a vivir entre montañas, producían un efecto particular.

“Estamos criados en la montaña. Ver los buques de esos gigantes, ver el agua, la humedad… yo estaba enloquecido”, contó Santi. La escena produjo además una observación que quedó flotando durante la conversación: mientras los riojanos miraban fascinados el agua, sus anfitriones hablaban con entusiasmo de las montañas. Al final, cada uno parece querer conocer aquello que forma parte del paisaje cotidiano del otro.

Santa Fe, los vinos y el lenguaje de los símbolos

Antes de llegar a Buenos Aires todavía quedaba una escala importante: Santa Fe, donde el viaje sumó degustaciones, encuentros y una actividad vinculada a la simbología que atravesaría buena parte del recorrido. Allí apareció con fuerza el trabajo de Juan Vega Maza, responsable del diseño de las etiquetas de los vinos que formaban parte de la experiencia.

La relación entre vino y simbología no había surgido como una ocurrencia estética, sino de una investigación alrededor de las historias de las bodegas y de los elementos que querían transmitir. En el caso de Bodega La Macarena, por ejemplo, esa construcción estaba vinculada a la historia familiar de la bodega y a la tradición masónica de algunos de sus protagonistas.

Para desarrollar las etiquetas, Juan y el equipo investigaron distintos símbolos y conceptos asociados a la tradición masónica. “Nos pusimos a leer, a investigar de qué se trataba la masonería, qué hacen los masones”, contó. De allí surgieron referencias a las siete virtudes: Fe, Esperanza, Caridad, Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza, integradas a una propuesta visual que buscaba transmitir la idea de una conciencia capaz de orientar pensamientos, sentimientos, emociones y acciones.

Símbolos y Vinos en el Palacio Cangallo

La llegada a Buenos Aires tenía como destino Símbolos y Vinos, pero también significaba volver a un escenario que para el equipo tenía una carga especial. La primera experiencia había sido en el Palacio Balcarce y esta nueva edición se desarrolló en el Palacio Cangallo, sede central de la Masonería Argentina.

El contexto modificaba por completo la experiencia. Ya no se trataba simplemente de una degustación en un salón, sino de un encuentro en un espacio donde los símbolos que inspiraban las etiquetas estaban presentes en la propia arquitectura y en la historia del lugar. “Ahí ya convivías con los símbolos de la masonería directamente”, explicó Santi. Esa combinación fue precisamente una de las cosas que más valoró el grupo: el vino aparecía como una puerta de entrada hacia una historia, una tradición y un conjunto de significados que excedían lo estrictamente enológico.

La noche tuvo además encuentros inesperados, entre ellos la aparición de Luciano Giugno, más conocido como El Tirri, además de empresarios, influencers y otras figuras vinculadas a distintos ámbitos. El evento combinó vinos, productos regionales, aceite de oliva, café, música y una charla sobre Masonería, pero lo que más quedó en el recuerdo fue precisamente esa mezcla poco habitual.

Pizza a la una y media de la mañana

Después de una jornada de trabajo que había comenzado muchas horas antes, llegó el momento inevitable de comer. El grupo terminó en Guerrín, alrededor de la una y media de la mañana, en una escena bastante más porteña que cualquier presentación formal.

La pizza fue aprobada, aunque no sin discusión. ¿Es realmente tan excepcional como dice la fama? ¿Cuánto pesa la tradición? ¿Cuánto pesa el turismo? ¿Hay lugares mejores y más accesibles? La conversación quedó abierta, pero la pizza cumplió su cometido. El problema, según coincidieron, estuvo más relacionado con los precios que con la calidad. Al día siguiente, cuando volvieron a pasar por el lugar y encontraron una fila de casi media cuadra, la discusión adquirió una nueva dimensión.

Para un equipo acostumbrado a mirar los viajes también desde el costado gastronómico, Buenos Aires volvió a demostrar que tiene una oferta difícil de abarcar en una sola visita. Y que muchas veces una comida termina siendo tanto parte del viaje como el evento al que se asistió.

Teatro, Rocky y una invitación inesperada

El viaje también permitió que cada integrante tuviera su propia aventura paralela. Juan, por ejemplo, aprovechó la estadía para ir al teatro junto a Luis Aja, su esposa y Maca, de Bodega La Macarena. El destino fue el Lola Membrives, donde vieron Rocky, el espectáculo protagonizado por Nico Vázquez.

La experiencia lo sorprendió especialmente por el uso del espacio, las luces y la interacción con el público. No era simplemente sentarse frente a un escenario y observar: la puesta buscaba que el espectador sintiera que estaba dentro de la acción. La invitación había surgido casi casualmente, a partir de un encuentro con Carlos Spadone, vinculado a Bodega San Huberto y NINA.

Juan volvió con la sensación de haber visto algo diferente y lo resumió desde su experiencia: la obra tenía una fuerte interacción con el público, cambios constantes de escenario y una puesta que convertía al espectador en parte del espectáculo. Una vez más, el viaje había abierto una puerta que no estaba en el itinerario original.

El regreso y los paisajes que solo se ven lejos de casa

El regreso comenzó a devolverles otra imagen completamente diferente del país que habían atravesado. Las ciudades quedaron atrás y apareció nuevamente el paisaje abierto de La Rioja, con las salinas y los horizontes amplios.

Allí surgió una conversación sobre los atardeceres y sobre cómo el lugar donde uno vive condiciona incluso aquello que considera extraordinario. Para alguien acostumbrado a las montañas, ver cómo desaparece el sol sobre una línea de horizonte interminable puede ser una experiencia casi exótica. “Cuando uno se sensibiliza, es como que se pone sensible”, reflexionó Santi sobre esos cambios de luz que parecen modificar el ánimo.

Iván llevó la conversación hacia otro extremo y confesó: “Yo me pongo ansioso con el amanecer. Cuando sale el sol la paso muy mal”, especialmente después de una noche sin dormir. Lo que había comenzado como una charla sobre el paisaje terminó convirtiéndose en otra de las conversaciones inesperadas del viaje: cómo los lugares, la luz y los cambios de paisaje pueden modificar nuestra percepción y hasta nuestro estado de ánimo.

Iván, entre el café y el mundo de los jurados

Mientras algunos estaban haciendo kilómetros, otros habían tenido su propio fin de semana de trabajo. Iván Gramajo participó como jurado en una competencia regional de baristas organizada por Café Project.

El universo del café le resultó familiar por una razón evidente: la lógica de evaluación guarda ciertos paralelismos con la del vino. Había espresso, flat white y bebidas de autor sin alcohol, y cada preparación debía ser evaluada con atención. “Es un mundo muy parecido al del vino. Nada más que no tiene alcohol”, explicó Iván.

La experiencia también despertó una discusión sobre el lenguaje técnico y las barreras que a veces se construyen alrededor de determinados productos. En el vino, decía el grupo, existe cierta tendencia a establecer una especie de puerta de entrada que determina quién puede opinar y quién no. Santi fue directo: “Estoy en contra de todos esos portales que tenés para entrar a cierto mundo, o para ser respetado”.

La mirada del equipo sobre el vino, según explicó, tiene más que ver con contar historias, compartir experiencias y hablar desde el gusto personal que con intentar construir una autoridad basada exclusivamente en conocimientos técnicos. Esa idea terminó conectando naturalmente con el mundo del café y con la necesidad de acercar estos productos a personas que muchas veces sienten que existe un lenguaje reservado para especialistas.

La Rioja y Catamarca: una cercanía que todavía puede aprovecharse

La conversación sobre el café abrió otra discusión que excedió por completo el viaje: la relación entre La Rioja y Catamarca. Ambas provincias comparten cercanía geográfica, parte de su identidad regional y numerosos vínculos culturales y productivos, pero el grupo coincidió en que todavía existe mucho espacio para generar proyectos conjuntos.

El intercambio apareció casi como una idea al pasar, pero terminó adquiriendo una lógica concreta: desarrollar actividades, encuentros y propuestas que aprovechen la proximidad entre ambas provincias en lugar de pensar siempre en Buenos Aires como el centro inevitable de cualquier circuito.

En ese sentido, el viaje funcionó también como una demostración práctica. Durante un mismo fin de semana habían pasado por distintas ciudades, conocido productores, bodegas, cafeteros y espacios culturales y comprobado que existen comunidades con intereses similares separadas por distancias mucho menores de las que habitualmente se imaginan.

Después del vino, el café y la ruta: películas y series

Como ocurre en cualquier conversación que se extiende lo suficiente, el viaje terminó desembocando en el terreno de las películas y las series. Julio contó que había visto la nueva iteración de Resident Evil, el clásico videojuego japonés y la galardonara serie Widow´s Bay, ambas combinando el terrore, el gore y el humor, un trend de estos tiempos.

“Me encanta hacer pochoclo”, confesó. Y cuando llegó la pregunta inevitable sobre el sabor, no dejó lugar a dudas: dulce. Santi, en cambio, defendió también la idea del pochoclo como parte de la experiencia cinematográfica y recordó la importancia de ese pequeño ritual previo a sentarse frente a una pantalla.

Después aparecieron las series. Julio defendió a Los Soprano como una de sus favoritas, mientras Iván eligió Breaking Bad y Game of Thrones. Pero el verdadero problema estaba sentado frente a ellos: Juan no había visto Breaking Bad.

Santi no podía creerlo. “No podemos charlar. Hay muchas charlas que no podemos tener porque no veo Breaking Bad”, protestó. La solución fue inmediata: convertir la serie en una actividad grupal. Juan tendría que verla y el equipo podría registrar sus reacciones. Julio propuso incluso convertirlo en una especie de experimento audiovisual, mientras Nacho resumió la logística con una frase perfecta para cerrar la conversación: “Café, pochoclos y Juan viendo”.

El desafío quedó planteado. Y probablemente, como casi todo lo ocurrido durante aquel fin de semana, termine convirtiéndose en otra historia para contar.