¿Puede la arquitectura ayudarnos a sentirnos menos solos?

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Hay encuentros que parecen insignificantes. Cruzarnos con la misma persona mientras caminamos. Reconocer a quien se sienta habitualmente en un banco. Saludar al vecino. Ver movimiento desde una plaza. Coincidir, una y otra vez, con rostros que poco a poco dejan de ser desconocidos. Son escenas pequeñas de la vida cotidiana. Situaciones que probablemente ni siquiera recordaríamos al final del día. Pero ¿qué ocurre cuando el espacio donde vivimos deja de ofrecerlas? ¿Qué pasa cuando nuestros recorridos cotidianos permiten desplazarnos, pero cada vez ofrecen menos oportunidades para detenernos, mirar, reconocer o encontrarnos con otros?

Un estudio publicado en 2026 en Health & Place propone mirar la soledad desde una perspectiva especialmente interesante para la arquitectura. Haussermann y colaboradores exploraron cómo las características físicas y vividas del barrio se relacionan con esta experiencia. Entre sus hallazgos aparece una idea sugerente: el entorno puede facilitar la interacción, la participación y el sentido de pertenencia, pero también ofrecer lugares para el retiro y la soledad elegida.

Uno de los aspectos más interesantes está en esos pequeños contactos cotidianos. Parques, veredas, estaciones y recorridos habituales ofrecen oportunidades para ver a otras personas, reconocerlas, saludarlas y, eventualmente, conocerlas. Incluso saber dónde y cuándo es probable coincidir con alguien puede generar una rutina: volver a caminar por el mismo lugar, comenzar a reconocer caras familiares, intercambiar un saludo.

Esto abre una pregunta para quienes diseñamos: ¿proyectamos lugares para encontrarnos o solamente espacios para circular? Una vereda puede conducirnos de un punto a otro, pero también permitir que nuestras trayectorias se crucen. Un banco puede extender nuestra permanencia. Una plaza puede convertirse en ese lugar donde, después de muchas coincidencias, comenzamos a reconocernos.

No podemos diseñar vínculos ni garantizar que alguien deje de sentirse solo. Pero sí podemos crear condiciones espaciales que amplíen las posibilidades de conexión.

La investigación recupera una distinción interesante entre los third places —parques, plazas, cafés, bibliotecas o centros comunitarios donde pueden producirse interacciones informales— y los passing places: calles, veredas y otros ámbitos que atravesamos cotidianamente y donde también ocurren contactos breves. Desde esta mirada, diseñar para la conexión quizás tenga menos que ver con crear grandes ámbitos de socialización y más con multiplicar pequeñas oportunidades de encuentro en la vida cotidiana.

También aparece un matiz interesante respecto de la naturaleza. El verde fue valorado como un recurso para caminar, despejarse y encontrarse con otros, aunque su presencia por sí sola no garantizaba conexión. Algunos entornos con abundante naturaleza podían sentirse demasiado silenciosos o aislados cuando ofrecían pocas oportunidades de interacción. En cambio, un recorrido verde acompañado por lugares donde sentarse podía favorecer tanto la permanencia como los encuentros espontáneos.

Uno de los aspectos más interesantes está en esos pequeños contactos cotidianos. Parques, veredas, estaciones y recorridos habituales ofrecen oportunidades para ver a otras personas, reconocerlas, saludarlas y, eventualmente, conocerlas.

Y hay otra cuestión, un lugar puede existir y, sin embargo, no estar verdaderamente disponible. La distancia, la accesibilidad, el costo, los horarios o las posibilidades de movilidad condicionan nuestra capacidad de apropiarnos de él. Pero quizás uno de los hallazgos más sensibles sea que estar solo no siempre significa sentirse solo.

También elegimos la soledad. Buscamos un parque, un bosque, un rincón tranquilo o un banco donde detenernos, ordenar pensamientos, encontrar calma o atravesar una pérdida. Uno de los relatos recogidos en la investigación lo muestra de una manera especialmente significativa. Un hombre de 80 años describió un banco cercano a un camino al que acudía para encontrarse consigo mismo y procesar la tristeza por la pérdida de su esposa. Ese banco era su lugar de calma y de retiro. Pero, al mismo tiempo, expresaba que encontrarse allí con alguien con quien conversar haría una diferencia.El mismo lugar podía permitir estar solo y mantener abierta la posibilidad del encuentro.

Esta pequeña escena cambia la manera de pensar el problema. Diseñar frente a la soledad no significa llenar todos los espacios de actividad ni provocar interacción permanente. También implica ofrecer distintos grados de proximidad: estar con otros, estar cerca de otros, observar, participar o elegir retirarse. Entonces, ¿qué podemos hacer desde el diseño?

La clave puede estar en construir una secuencia de posibilidades cotidianas: cruzarse, permanecer, reconocerse, participar y también estar a solas. Recorridos donde las trayectorias puedan encontrarse; lugares que inviten a quedarse un poco más; escenarios familiares donde volver a coincidir; ámbitos que favorezcan la participación y la pertenencia, pero también otros donde sea posible retirarse sin quedar aislados.

No podemos diseñar vínculos ni garantizar que alguien deje de sentirse solo. Pero sí podemos crear condiciones espaciales que amplíen las posibilidades de conexión. La arquitectura interviene en esas pequeñas experiencias cotidianas con las que construimos familiaridad y pertenencia. Quizás diseñar para la conexión sea, finalmente, crear lugares donde podamos encontrarnos sin estar obligados a hacerlo.

Referencia
Haussermann, F., Gryp, D., Schepers, W., Dikmans, B., Dury, S., & De Donder, L. (2026). How the neighbourhood-built environment shapes loneliness: A photo-elicitation study. Health & Place, 97, 103587.