Desde hace un tiempo, Fabio Alberti vive en la tranquilidad de un pueblo en Uruguay, con ese ritmo que impulsa a darle importancia a las cosas simples. En esos lugares donde nadie se maneja apurado y la rutina conecta con lo esencial. Desde ir en bicicleta a hacer las compras por calles de tierra hasta caminar hacia una cuesta para ver cómo cae el sol. Dejar que el día tenga su propio ritmo y la calma sea parte del aire que se respira. Ahí es Fabio a secas, el vecino o el cocinero en su restaurante de puertas cerradas (Choto Uy) que recibe con los sabores rioplatenses.
Lejos del vértigo, pero no de la creación, el actor y creador de algunos de los personajes más emblemáticos del humor argentino vuelve al teatro. Y lo hace con un regreso que no es solo escénico, sino también emocional: con un show comandado por el mítico Peperino Pomoro, esa criatura delirante que supo instalarse en la memoria colectiva de un ciclo televisivo que terminó convirtiéndose de culto.
A partir del 12 de abril, con La Apocalipsis Existe, Alberti vuelve a poner el cuerpo en escena. Pero no solo: el universo se expande, se reconfigura y dialoga con un presente que, por momentos, parece superar cualquier ficción. En diálogo con RANDOM, habla del regreso A LAS tablas, del absurdo como forma de pensar el presente y de una vida que hoy transcurre lejos del ruido.
Ahora que volvés al teatro con un personaje tan querido como Peperino Pomoro, ¿qué sentiste al reencontrarte con él?
Sobre todo celebro la vigencia del personaje. A la vez, después de retomarlo de varios años… ya pasó con los más de 100 shows que hicimos celebrando Cha Cha Cha. El personaje mantiene y retiene todo lo anterior, toda su inocencia, todo su carisma… su ángel, y sumándole cosas con que uno le puede agregar con los años también. Así que me parece que todo es crecimiento. Y en el espectáculo está basado en cinco personajes, todos vinculados a la vida del mártir Peperino Pomoro para ir narrando una historia, un cuentito. Y al final incluso… no lo voy a spoilear, pero el personaje vive un apocalipsis y un poco se va todo de las manos (sonríe).


Ya el título dialoga con el absurdo, ese humor con el que interpelas pero arriesgo que debe ser difícil crear cuando la propia realidad se corre a ese registro, no?
Siempre digo que el personaje no baja línea. No es política. Actualidad sí, hemos usado… meter algún nombre de manera graciosa entre medio de los discursos. De alguna manera el apocalipsis existe, de hecho no lo digo yo sino fue Violeta Lo Re quién lo manifestó. El apocalipsis existe y es hoy. Bueno, ahora es el 12 de abril (Teatro Brodway)…
«…me parece que como sociedad es importante pensar. Después cada uno piensa como quiere y piensa lo que quiere. Por lo menos pensar me parece que debería ser un hábito. Y hay gente que no piensa….»
Tu humor atraviesa generaciones. ¿Cómo vivís ese cruce con públicos tan distintos?
Está buenísimo porque realmente son –mínimo- tres generaciones. Me atrevería a decir que puede haber una cuarta, pero seguro tres. Los que se criaron hace 30 años viendo nuestro humor, los hijos de esa generación que no entendían de qué se reía el padre y que hoy tienen cuarenta y pico y se hicieron fanáticos, y los hijos de esa generación que son chicos pero lo descubren porque los padres se lo muestran por internet, por YouTube. Está buenísimo que atraviese distintas generaciones… y que esté vigente ese humor. No existía internet cuando arrancamos.


De alguna manera, ese lenguaje fragmentado de Cha Cha Cha se adelantó a las lógicas de contenidos actuales…
Nosotros nos adelantamos en la manera fragmentada de contar. Nunca tuvimos remate. Era como que hacías un sketch y no había remate. Teníamos un zapping que era una lluvia, y a mitad del sketch se cortaba, ibas a otro y después volvías. Fabricábamos nuestro propio zapping. Y el espectáculo que hago está pensado de manera que te rías todo el tiempo. Una frase atrás de la otra. No puede pasar tres minutos donde yo esté hablando y no haya una risa… por lo menos intentar provocarla. Algunos se reirán en una parte, otros se ríen en otra y algunos se reirán con algún personaje más que con otro. Pero eso es lo bueno que tiene.
¿Cómo construís ese ritual con el público, esa “liturgia del humor”?
Tuve la suerte -y la coherencia también- a lo largo de todos estos años de haber hecho lo que yo quería. Generalmente participé, me escribí, hice mis personajes, los pensé, los creé y los llevé a la escena. Y disfruto de mi show. Está pensado de una manera que yo lo pueda disfrutar. Si digo: “acá esto a mí se me hace largo, esto lo voy a tener que repetir 80 veces”. Entonces yo mismo me bajo las cosas que puedo considerar o pensar que a mí me pueden llegar a aburrir con el tiempo. Por más que la gente la disfrute, necesito estar disfrutándolo. Y a la vez también con las actuaciones, van siendo cositas pequeñas que se van sumando, pruebas. Esto funcionó, lo dejo. Probé algo que no se río nadie, no queda pero está vivo.
«…Está buenísimo que atraviese distintas generaciones… y que esté vigente ese humor. No existía internet cuando arrancamos…»
En estos tiempos donde parece todo como explicado ¿Qué lugar pensás que ocupa el absurdo como una manera de resistencia o de lectura del mundo que también nos obliga a pensar?
Me parece que lo importante es eso, que estemos obligados a pensar. A través del humor, a través del absurdo, a través de la lectura de un clásico, a través de la información, a través de lo que sea. Pero me parece que como sociedad es importante pensar. Después cada uno piensa como quiere y piensa lo que quiere. Por lo menos pensar me parece que debería ser un hábito. Y hay gente que no piensa.

¿Cómo encendés la creatividad, buscás desconectarte?
No hago nada para desconectarme porque vivo bastante desconectado. Me conecto cuando lo necesito, cuando es una necesidad. De alguna manera será un entrenamiento de años, será una necesidad de generar. Como todos creo que se me ocurren cosas, las escribo, al día siguiente las tiro, las guardo o las vas a buscar al tacho de nuevo. Quizás lo que un día te pareció una genialidad, al día siguiente te parece una porquería y lo que te pareció una porquería resultó que era bárbaro.
Mirando hacia atrás, ¿qué sentís que te transformó como artista?
Y la inconsciencia, supongo. Siempre hice las cosas sin saber ni para quién las hacía, ni para quién. Con los años capaz o ahora, por ejemplo haciendo el teatro, aprendí a aceptar y a disfrutar del cariño de la gente. Las historias que te cuenta la gente que uno, cuando estaba frente a una cámara, no las conocés ni las imaginás. Con los años uno se pone más gagá y más sentimentaloide y se saca un poco las corazas. Antes era: “perdón, ¿cómo me vas a felicitar?” Ahora “sí, disfrutaste de mi laburo tantos años, ¿me lo querés agradecer? Dale, por qué no“
¿Qué lugar ocupa la Fe en tu vida?
Para mí la fe aparece en la dificultad. En la necesidad, en la dificultad y te entregás a algo superior y decís: “no, ay qué horror, perdóname, necesito, pido”. En general, uno es un desagradecido.


Y lo que sí ocupa mucho lugar en tu vida es el arte culinario, verdad?
Siempre me gustó la cocina, tengo un restaurante a puertas cerradas, vivo en Uruguay, hay un Instagram, Si querés –ponelo- es @choto.uy donde recibo gente a comer. A mí me encanta comer, me gusta cocinar, me gusta ser anfitrión. Es una manera de estar vinculado a la cocina sin ser esclavo, porque la cocina es muy esclava y de esa manera puedo disfrutarlo. A la vez también cuando cocino para mí mismo, lo que sea. Es como que mi cabeza, mi atención está puesta en eso, en la distracción, estoy concentrado en el ruido de la plancha.
¿Qué te proyectás hacia adelante en este presente dominado por las plataformas y apps?
No me propongo a futuro, siempre tengo proyectos, ideas, capaz sí sueño con concretarlos pero nadie me corre. Si se concretan, se concretan, y si no se concretan, no me frustra. Es básicamente disfrutar el ahora, el presente, disfrutar de este show, disfrutar que la gente venga, pague una entrada para venir a verte, lo disfrute. Que se mueva el boca a boca, que me parece importante, porque no deja de ser uno de los medios de comunicación más importantes. Y disfrutarlo. Después del estreno ya arranco por las provincias, voy a hacer los domingos capital y viernes y sábado recorrer el país. A veces haces un montón de kilómetros y la gente te agradece que lleves lo que de otra manera no lo puede ver. Que te acerques hasta su localidad o su provincia, la gente lo valora, lo agradece y eso está buenísimo.
Y en ese equilibrio entre el escenario y la vida, entre el delirio creativo y la calma cotidiana, Fabio Alberti parece haber encontrado una forma propia de habitar el tiempo. Mientras parte de la sociedad se sumerge en el apocalipsis constante, elige otro gesto: bajar la velocidad, escuchar el presente, y seguir creando desde un lugar donde la risa, todavía, puede ser una forma de pensar.







