En su nueva película, Kleber Mendonça Filho construye un thriller político que vibra entre la memoria y la paranoia. Con Wagner Moura en estado de gracia, el film llega a MUBI como una de las obras más contundentes del cine latinoamericano reciente. Es un film que no solo narra, sino que envuelve, que respira en cada plano y que convierte al espectador en cómplice de una inquietud persistente.
Desde su irrupción en el Festival de Cannes 2025 —donde obtuvo el premio a Mejor Director y Mejor Actor, además del reconocimiento de la crítica internacional— la película fue construyendo un aura que trasciende lo cinematográfico. No se trata solo de un thriller: es una exploración sensorial sobre el miedo, la vigilancia y los mecanismos invisibles del poder.
Marcelo, el protagonista interpretado por Wagner Moura, no es un héroe clásico ni un fugitivo convencional. Es, ante todo, un hombre fragmentado. Un padre que busca reencontrarse con su hijo, un profesor que parece cargar con un pasado que nunca se explicita del todo, y una presencia que se desdibuja a medida que avanza la narración.
Moura compone el personaje desde la contención. Hay en su actuación una economía de gestos que potencia cada mirada, cada silencio. Como él mismo ha señalado en distintas entrevistas sobre el film:
“Me interesaba que el personaje nunca estuviera del todo definido. Que el espectador dudara de él, incluso de sus intenciones.”
Ese juego de ambigüedad es central en la propuesta de la película: nadie es completamente legible, nadie está completamente a salvo.

Ambientada en el Brasil de los años setenta, en plena dictadura, la película evita el abordaje histórico tradicional. No hay grandes discursos ni reconstrucciones didácticas. En cambio, Kleber Mendonça Filho opta por una estrategia más sutil —y más inquietante—: construir clima.
Recife aparece como una ciudad vibrante, atravesada por el carnaval, por la música, por el exceso. Pero debajo de esa superficie festiva late otra cosa: vigilancia, sospecha, control. El propio director ha reflexionado en torno a esta tensión:
“Siempre me interesó cómo los espacios pueden ser bellos y amenazantes al mismo tiempo. Recife es ambas cosas en esta película.”
La cámara se mueve entre multitudes, interiores cargados, calles saturadas de color. Y en ese recorrido, la sensación de ser observado nunca desaparece. Uno de los mayores logros de El agente secreto es su capacidad para ser profundamente político sin caer en lo explícito. No hay bajadas de línea ni discursos subrayados. Hay, en cambio, una construcción progresiva de incomodidad.

Mendonça Filho trabaja con lo que no se dice, con lo que se intuye. La red de corrupción, los mecanismos de vigilancia, las relaciones de poder: todo aparece fragmentado, insinuado, como piezas de un rompecabezas que el espectador debe completar.
En ese sentido, la película dialoga con cierta tradición del thriller político de los años setenta, pero también con el presente. Porque lo que se pone en juego no es solo una época, sino una forma de mirar el mundo. El recorrido internacional del film no es menor. A sus premios en Cannes se suman:
- Globos de Oro a Mejor Película de Habla No Inglesa y Mejor Actor
- Nominaciones al Oscar, incluyendo Mejor Película Internacional
- Reconocimiento de la crítica (Premio FIPRESCI)
Pero más allá de la acumulación de galardones, lo que estos premios evidencian es algo más profundo: la consolidación de un cine brasileño que vuelve a ocupar un lugar central en la escena global.


El desembarco en MUBI el próximo 17 de abril de 2026 no es un dato menor. En un ecosistema dominado por algoritmos y consumo veloz, MUBI se ha consolidado como un espacio de resistencia: una plataforma donde el cine aún se piensa como experiencia. En ese marco, El agente secreto no solo encuentra visibilidad, sino también contexto. Un lugar donde puede ser vista, leída y discutida como lo que es: una obra compleja, exigente y profundamente contemporánea.
Hay algo que persiste cuando la película termina. No es una escena puntual ni un giro narrativo. Es una sensación. La de haber sido observado. La de no haber comprendido del todo. La de que algo —quizás lo más importante— quedó fuera de campo. Ese es, tal vez, el mayor logro de Kleber Mendonça Filho: construir un relato donde el verdadero conflicto no está en lo que se muestra, sino en lo que se percibe.
En un presente atravesado por la sobreinformación, la vigilancia digital y la fragilidad de lo privado, El agente secreto se vuelve incómodamente actual. No porque hable del presente de forma directa, sino porque lo sugiere. Porque lo anticipa. Porque lo revela en sus formas más sutiles. Y porque, en definitiva, nos recuerda algo esencial: que el verdadero peligro no siempre es visible.








