Habita un territorio propio, lejos de las etiquetas cerradas y de los casilleros cómodos. Modelo, sí, pero también escritora, actriz, dramaturga y directora de cine, su recorrido no responde a un plan de carrera tradicional sino a una curiosidad voraz por todo lo que implique creación. Nacida y criada en Tucumán, en una familia atravesada por el arte, creció literalmente dentro de una sala, entre ensayos, textos, luces y bambalinas. Ahí aprendió a mirar, a escuchar y a entender el mundo como un escenario en permanente transformación.
Tarcic no fue una top model argentina simplemente porque no quiso. Sus profundos y luminosos ojos azules y su rostro a prueba de cualquier malintencionado primer plano, le daban margen para conquistar la cámara que quisiera. Pero nunca se sintió del todo cómoda con las condiciones que impone la industria de la moda, sus mandatos de perfección y su lógica de consumo voraz. Y a sus 38 años, ya no se deja domesticar por ninguna categoría. Prefiere la pregunta al dogma, el ensayo al resultado, el proceso al brillo.
En su biografía conviven escenas que parecen de ficción. Filmó un corto publicitario en Barcelona junto a la estrella de Hollywood Gerard Butler; grabó su propia música con el mítico productor Tweety González, y editó un libro de poemas para la multinacional editorial Penguin Random House. En su Instagram, una suerte de bitácora emocional, se la ve tocando la guitarra, jugando al fútbol recitando textos propios, dictando talleres de escritura creativa y compartiendo fragmentos de una vida pensada como obra abierta. Por estos tiempos, se la puede ver en la publicidad de Issue, en un descapotable, apurando a su amiga Flor porque “no hay chance” de teñirse el pelo en 5 minutos.
Curiosa y en constante movimiento, Tarcic no persigue la fama, por el contrario, la esquiva. Y en ese gesto, tan contracultural como íntimo, construye una identidad que escapa a los moldes y se afirma en lo único que considera irrenunciable, la expresión.


-Naciste y te criaste en Tucumán. ¿Cómo fue esa infancia tan atravesada por el arte?
-Fue una infancia muy poco convencional. Mis papás son arquitectos, pero además mi papá es actor y mi mamá productora de teatro, así que crecí literalmente adentro de una sala porque tenían una compañía y un teatro que se llamaba El Círculo. Ahí pasaba gran parte de mis días. Mis hermanas y yo participábamos en todo, si faltaba alguien, entrábamos nosotras. A los cinco años ya me sabía los textos de memoria, ayudaba a pasar letra y me sentaba al lado del director para marcar errores. Para mí no era trabajo, era vida.
-¿Eras muy observadora?
-Muchísimo. Me encantaba mirar, escuchar. Tenía algo de pequeña controladora también, si alguien se equivocaba, yo lo notaba. Creo que esa observación temprana me formó como artista. Mi abuela, a la que yo le decía Bove, me regaló una cámara de esas caseras con la que empecé a filmar mis primeros cortos. Hacía efectos especiales, inventa historias. Ahí nació algo de lo que después se transformó en vocación.
-¿Tenías ídolos de la televisión o el cine?
-No miraba mucha televisión. Veía lo que veían mis hermanas como “La banda del Golden Rocket” pero nunca me enganché con las ficciones juveniles tipo Cris Morena. El cine llegó a mi vida por un amigo de mi papá, historiador, que me traía películas y me explicaba todo ese trasfondo. Empecé con “Cinema Paradiso”, “Il Sorpasso”, mucho neorrealismo italiano. Me formó la mirada. Después, ya más grande, me enamoré de directores como Paul Thomas Anderson. Todo eso fue moldeando mi sensibilidad.

¿Cuándo apareció Buenos Aires en tu horizonte?
-A los siete años. Acompañé a mi mamá que vino por trabajo y me llevó al Teatro Colón. Cuando salimos y vimos la 9 de Julio sentí algo muy fuerte. Esa inmensidad, el movimiento, los carteles. Me acuerdo perfecto de pensar: “Yo quiero vivir acá”. Se lo dije a mi mamá ahí mismo. Fue una certeza infantil que nunca se me fue. A los 19 me vine a estudiar cine porque sentía que era el lenguaje que contenía a todas mis otras inquietudes artísticas. Yo había estudiado piano, teatro, había filmado cortos, escrito guiones, pero no sabía dónde poner todo eso. Viví en la casa de los mejores amigos de mis abuelos, que eran como mis abuelos. Estudié en la Fuc y en la Enerc.
«…Mis papás son arquitectos, pero además mi papá es actor y mi mamá productora de teatro, así que crecí literalmente adentro de una sala porque tenían una compañía y un teatro que se llamaba El Círculo…»
-Fuiste movilera en “Día Cero”, programa netamente periodístico.
-Sí, fue totalmente azaroso. Conocí a un productor hablando de política en un almuerzo. Meses después me llamó y me dijo que buscaban una notera. Le dije que yo no era periodista. Después me llamó el director del programa y me explicó que buscaban justamente a alguien que no tuviera formación periodística, sino curiosidad y frescura. Hice una prueba en una marcha por la educación pública y quedé. Me encantó esa adrenalina del contacto con la gente, de lo que pasa en el momento.
-Hiciste mucha publicidad, pero tenés una mirada crítica sobre ese mundo.
-Sí, porque es lo que menos me representa de todo lo que hago. Lo hago porque es rápido, porque paga muy bien, pero no es donde pongo mi deseo. Me gusta cuando hay actuación, cuando hay un desafío creativo. Nunca me consideré modelo. Una vez una agencia quiso que adelgazara y dije que no. Me gusta comer, vivir, disfrutar mi vida sin restricciones ilógicas. El mundo de la moda siempre me pareció bastante vacío, aunque hoy lo miro con más complejidad.


-Filmar junto a Gerard Butler, es algo por fuera de la lógica terrenal. ¿Cómo fue esa historia?
-Es una de mis anécdotas favoritas. Yo estaba viviendo en Madrid en 2023, bastante en crisis conmigo, sin mucho trabajo, viendo cómo se me acababan los ahorros. Me había ido de vacaciones a Barcelona, estaba en la playa, y mi agente me llama desesperada: “Tenés que ir ya a un casting”. Yo estaba en ojotas, sin ropa, sin nada. Fui así como estaba. Llegué y eran todas modelos altísimas, perfectas. Yo les llegaba a la cintura. Me prestaron un blazer, un poco de maquillaje. Hice el casting sintiéndome un desastre.
-Pero quedaste.
-Sí, y después me dijeron por qué: porque actuaba. Las otras modelos solo posaban. Eso me marcó mucho. Después, durante el rodaje, tuve largas charlas con Gerard Butler en los tiempos de espera. Le conté que estaba en crisis, que pensaba abandonar todo. Él me contó que después de un gran éxito estuvo siete años sin trabajo, que cayó en excesos, en momentos muy oscuros. Y me dijo algo que me quedó grabado: “Cuando no estés trabajando, trabajá para vos. Entrená, estudiá, alimentate mejor, rodeate de gente que te nutra”. Me cambió la cabeza.
«…A los 19 me vine a estudiar cine porque sentía que era el lenguaje que contenía a todas mis otras inquietudes artísticas. Yo había estudiado piano, teatro, había filmado cortos, escrito guiones, pero no sabía dónde poner todo eso…»
-¿Eso impactó en tu manera de vivir?
-Totalmente. Empecé a tener una disciplina que antes no tenía. A levantarme más temprano, a leer, a entrenar, a cuidarme. A entender que los momentos de crisis también son parte del camino. Esa publicidad no solo me salvó económicamente, me reordenó emocionalmente.
-En paralelo, hiciste teatro y publicaste libros.
-Sí. Estrené “Bitácora” en el teatro Margarita Xirgú, que fue una experiencia muy hermosa. Propuse que el público estuviera en círculo, y eso después se empezó a usar mucho. Y tengo dos libros: “Besar una puerta” y “Las cosas que parecen un error”. El primero es más de búsqueda, de identidad, de deseo. El segundo es más nostálgico, muy de la pandemia, no me trae buen recuerdo. De hecho, no me gusta releerlos, pero sé que fueron parte importante de mi historia.
-En tu Instagram hay mucha escritura, poesía y música.
-Sí. Grabé canciones con Tweety González, armé una banda de chicas, soy la cantante. Volví a ese lugar que había dejado cuando me vine a Buenos Aires. La música siempre está en mí, a veces sale; otras, espera. Dicto talleres de escritura creativa que parten de lo autobiográfico. Es algo que amo hacer, escribir y fomentarlo. Después cada uno escribe lo que quiere: poemas, cuentos, canciones. Para mí no se enseña a escribir, se enseña a animarse.
-¿Cómo te definís hoy?
-Como alguien que no proyecta demasiado. Juego al fútbol todos los martes, soy una 9 goleadora y juego muy bien. A su vez, ensayo con mi banda los miércoles, escribo, doy clases. No aspiro a la fama. Aspiro a hacer cosas que me hagan bien. Lo demás, si llega, llega.








